Capítulo ocho — Pared con pared
El viernes amaneció sin ruido, y eso, en aquel edificio, fue un acontecimiento.
Llevábamos una semana con la cuadrilla picando arriba y Manolo contestando abajo, y el silencio de la mañana del viernes fue tan completo que los dos salimos de nuestros cuartos a la vez, en pijama, con cara de haber oído disparos y haber encontrado niebla. Nos miramos en el pasillo.
—¿Han parado? —dijo ella.
—Hoy no hay obra —recordé yo—. Lo prometido es deuda.
—Esto —dijo ella, señalando el techo— es lo que va a sonar el barrio entero cuando aprueben la reforma. Silencio de obra terminada. —Bostezó, con elegancia de contable—. No sé si estoy preparada para tanta felicidad acústica.
Desayunamos tarde, cada uno en su franja del día, y el día fue de esos que agosto regala a los que se quedan: una mañana de escritura buena —la mejor de mi vida reciente, y no exagero; escribí cuatro páginas seguidas sin tachar una sola línea, algo que no me pasaba desde antes del desastre—, una tarde de gestiones en las que aproveché para subir al segundo, con permiso ya del perito, y hacer una cosa que llevaba semanas aplazando.
Esas cuatro páginas de la mañana merecen acta aparte.
No fueron cuatro páginas de las viejas —no eran el capítulo cuarenta y tres ni nada que llevara tres años pudriéndose en el ordenador—.
Eran páginas del arranque nuevo, el de la cocina y el decimal, y lo raro no fue que salieran: lo raro fue cómo salieron.
Sin taladro que me acompañara —la obra descansaba—, sin Manolo de rítmica, en el silencio absoluto que durante tres años había sido mi condición no negociable y que ahora, de repente, me sobraba.
Escribí igual que con ruido. O mejor. Como si el ritmo se hubiera mudado de la obra al bajo, de la pared al cuerpo, y ya no necesitara altavoz.
Al terminar las cuatro páginas miré la libreta como se mira el dinero encontrado en un bolsillo de invierno, y apunté en el margen, con la letra de las cosas serias: «Dos semanas.
Más escrito que en los tres últimos años juntos. No decirlo en voz alta.»
Una hora después, en la cocina, se lo dije en voz alta. A ella, que es distinto.
—Llevo dos semanas —dije, sirviendo el café de las cuatro— escribiendo más que en los tres últimos años juntos. No sé lo que estoy escribiendo todavía. No te lo puedo enseñar.
—No te lo he pedido —dijo ella, desde su lado de la mesa, con el bolígrafo bueno quieto.
—Lo sé. Por eso te lo digo.
Me miró por encima de las gafas de cerca, que se pone para las cuentas y quita para la gente, y asintió una vez, con la gravedad de quien registra un ingreso.
No preguntó más. La cláusula octava protegía el manuscrito de sus comentarios; lo que acababa de hacer ella era más fino: protegerlo de sus preguntas.
Anoté en la libreta, porque era día impar y el ventilador me lo permitía: «Me cuida la escritura mejor que yo. Peligroso. Seguir.»
Una tarde de gestiones en las que aproveché para subir al segundo, con permiso ya del perito, y hacer una cosa que llevaba semanas aplazando.
La pila de libros seguía junto a la puerta del piso, donde la había dejado, empolvada ya con el polvo fino de la obra.
Veinte volúmenes: los Proust de la edición buena, el Faulkner entero, dos primeras ediciones que me habían regalado en la boda de un editor amigo.
Los bajé en dos viajes a la librería de viejo de la calle del Olmo, que tiene en el escaparate un cartel de «compramos libros» escrito a mano por alguien que no cree en la caligrafía.
El librero los miró con la cara de siempre, la de quien ha visto pasar por su mostrador todas las bibliotecas de todos los fracasos de la ciudad.
—Son buenos —dijo, hojeando—. Lástima que sean buenos. Lo bueno se vende mal, ¿sabe? La gente compra mierda con sobrecubierta.
Me pagó lo que pagó, que fue menos de la mitad de lo que la pila me había costado a mí en esperanzas, y lo acepté sin regatear, que para qué.
Conté el sobre sin abrirlo delante de él —hay gestos que uno aprende de los jugadores de póker y de los padres de familia numerosa—, lo guardé en el bolsillo interior y me giré para irme.
En la puerta me detuvo.
—¿Su nombre?
—No importa —dije.
—Siempre importa —dijo él, anotando algo en su cuaderno—. El que vende libros buenos siempre importa. Vuelva cuando escriba otro, y traiga las ganas.
—¿Y si no escribo otro?
El librero me miró con cara de haber sobrevivido a más censuras que yo, y sonrió sin alegría.
—Entonces vuelva a venderlos —dijo—. Pero venga usted mismo esta vez. Los libros que entran con nombre salen con más dignidad.
Subí a casa con el sobre en el bolsillo interior y la estantería del bajo con veinte huecos nuevos, que a Lucía no le iban a pasar desapercibidos: una estantería con veinte huecos es una declaración de la renta al revés.
Ya pensaría la explicación. O no pensaría ninguna, que era lo que llevaba haciendo tres meses con todo.
Por la noche, al cerrar el bar, ejecutamos lo acordado en el patio.
Salimos a la calle a la una y media de la madrugada, que en agosto fantasma es la hora dorada: la hora en que la ciudad, muerta de calor, pertenece por fin a los que no duermen por gusto.
Lucía iba con una camiseta de las del bar —«La Media Naranja», la de los domingos de fregar— y las chanclas, con el pelo suelto y la libreta roja debajo del brazo, por costumbre o por escudo.
Yo iba con la gorra de escribir y el miedo de siempre disimulado de malo.
—¿Primera parada? —dijo ella.
—Tú tienes una lista —dije—. Te conozco.
—Tengo un orden de visitas —admitió—. Con horarios.
Cruzamos la calle del Pez entera sin ver un coche.
Los semáforos de la glorieta nos saludaron con sus cambios de color, obedientes y vacíos, y yo pensé que la ciudad por la noche es como un bar cerrado: todo en su sitio, nadie dentro, y una promesa.
Caminamos por la acera de la sombra sin darnos prisa, y a la altura de la plaza paramos delante del primer escaparate, una tienda de utensilios de cocina con las luces encendidas para nadie, y Lucía se detuvo con solemnidad de museo.
—Regla del juego —anunció—: a cada escaparate, una vida. Tú me dices quién vive detrás de ese cristal, yo te digo quién vive detrás del siguiente. Sin repetir oficio. La vida tiene que cuadrar.
—¿Cuadrar?
—Que tenga sus números en orden. No valen vidas literarias con los recibos sin pagar.
—Eso me lo has inventado a mí.
—Hemos venido a jugar —dijo ella—. Juega.
Miré el escaparate: cazuelas de barro apiladas con geometría de torre, un cortafiambres antiguo con la elegancia de un Cadillac, un delantal colgado del gancho como una bandera de república doméstica.
—Tras este cristal —dictaminé— vive una mujer de unos cincuenta años, viuda de oficio y de gusto, que cocina todos los días para dos aunque vive sola, «por si acaso».
Su contabilidad se hace en una libreta de tapa dura, con entradas y salidas en dos columnas, y cuadra siempre, pero no porque sea ordenada sino porque su vida es tan previsible que cuadrarse es lo único que sabe hacer.
Tiene una radio de las de botón grande, y el día que se le rompa se compra otra igual.
—Aprobada —dijo Lucía—. Le falta un defecto.
—Le sobra un defecto: cree que la pena se quita con actividad.
—Todos creemos eso —dijo ella, un poco más bajito, y me señaló el siguiente escaparate, que era una papelería: libretas, sobres, un ordenador en la caja, una pila de sellos.
Le tocó a ella la papelería, y me asignó la vida de un hombre de unos cuarenta años que llevaba la papelería heredada de su madre, que detestaba los sellos porque «los sellos son para escribir a desconocidos», y que había descubierto, tarde y por accidente, que la gente ya no escribe, y que por las tardes, cuando cerraba, abría el cajón de los cuadernos de tapa dura y los contaba.
«No los vende —dijo ella—. Los cuenta. Y su contabilidad también cuadra, pero cuadra triste, que es como cuadra la mía. »
Me quedé mirándola. El semáforo de enfrente cambió dos veces para nadie.
—¿Eso último era del juego? —dije.
—Era del juego —dijo ella, y echó a andar—. Siguiente.
Y así cruzamos medio barrio, escaparate a escaparate, inventando la vida de los cristales apagados: una mercería con una dueña que cosía dobladillos y sabía todo el edificio antes que los periódicos —Lucía se detuvo un segundo de más en esa, y no hizo falta que me explicara por qué—; una relojería con un relojero que arreglaba los relojes de los muertos y cobraba a los vivos la mitad; una farmacia con un boticario jubilado que seguía viniendo a ordenar los estantes «por costumbre», palabra que ella subrayó dos veces en voz alta.
Los cristales de Madrid eran un censo de la gente que se queda, y los dos lo leíamos en voz alta como se lee un periódico del día anterior: con ternura y sin prisa.
En un escaparate de una tienda de música, con una guitarra colgada en el centro como un santo de barrio, me soltó ella la mejor de la noche sin saberlo: me asignó la vida de un profesor de instituto que daba clases de guitarra los sábados, «cada vez a menos niños, porque los niños ya no piden guitarras, piden otra cosa que no suena», y que tenía una contabilidad impecable y una casa impecable y una vida impecable, y que lo único que no cuadraba de su vida era que no le importaba nada.
«Lo peor de las cuentas —dijo ella— no es que salgan mal.
Es que salgan bien y a uno le dé igual.»
La miré. Llevaba el pelo pegado a la sien con el calor y la libreta bajo el brazo y la camiseta del bar, y decía esa frase mirando una guitarra, y yo pensé que llevaba tres años escribiendo sobre la soledad y que nunca se me había ocurrido definirla así, de una tacada, como se define un saldo.
—¿Qué? —dijo ella, notando la mirada.
—Que te robo frases —dije—. Defecto profesional.
—Ya lo sé —dijo—. Llevo semanas viéndote anotar. —Y echó a andar, y me dejó con la frase en la libreta y el corazón en la boca, que era lo suyo.