Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo ocho — Pared con pared #2
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Capítulo ocho — Pared con pared #2

En la acera de una calle lateral, frente a una librería con la persiana bajada, me tocó el peor turno, y yo lo sabía antes de empezar.

—A ver —dijo ella, cruzándose de brazos—. Quién vive detrás de ese cristal.

La librería era pequeña, de barrio, con el cartel de «compramos libros» y un escaparate de novelas que el sol había desteñido por capas.

Miré el cartel, miré los lomos muertos detrás del cristal, y la verdad se me salió sola, que es lo que pasa con las verdades cuando uno está cansado de guardarlas en anaquel.

—Ahí vive un hombre que vendió sus libros esta mañana —dije—.

No los quiso vender, los vendió, que es distinto.

Los llevó en dos viajes, aceptó lo que le dieron sin regatear, y el librero le dijo que volviera cuando escribiera otro.

Lleva un año sin saber si va a poder escribir otro. —Hice una pausa—. Le falta un defecto.

—¿Cuál?

—Que piensa que si lo cuenta en voz alta, deja de ser un fracaso y pasa a ser una anécdota. Y tiene miedo de la anécdota, porque las anécdotas son las que te cuentan en las cenas cuando ya no eres nadie.

Lucía no dijo nada. El silencio duró lo justo para que un semáforo cambiara, y luego dijo:

—El que vende libros buenos siempre importa.

—¿Cómo sabes que…?

—Porque lo acabas de decir tú —dijo ella—, y porque tengo un Expediente abierto contigo desde el jueves de la junta, y en ese Expediente hay una columna de incógnitas que este verano se está llenando más rápido de lo que yo apruebo.

—Se giró hacia mí, con las manos en los bolsillos de la camiseta grande—.

¿Sabes lo que me dijo Beni el miércoles?

Que la pena se arregla antes. Lo he estado mirando desde entonces, y creo que tiene razón: la pena se arregla antes, pero no se arregla sola.

Se arregla con alguien que la mire sin hacer la lista de lo que cuesta.

No supe qué decirle, que es mi estado natural pero aquella vez dolió distinto. Así que hice lo que hago: señalé el tejado.

—Subamos.

La azotea no era mía ni de ella: era de doña Pilar, que la usaba para tender la ropa de verano y para vigilar el barrio con la autoridad natural de los altos cargos.

Pero el jueves, cuando Lucía le comentó en el bar que el viernes por la noche «íbamos a estirar las piernas», doña Pilar le había tendido la llave por encima de la barra con una condición: «Que no se entere el seguro.

Las azoteas son para tender, no para poesía.

» Así que subimos por la escalera de la uralita con la llave prestada y la culpa consentida, y salimos al tejado de Madrid.

Y ahí arriba, a las tres de la madrugada, con la ciudad entera tibia y brillante debajo como una bandeja de plata al sol, entendí por qué la gente roba azoteas.

No por la vista, que también: Gran Vía abajo parecía un cauce seco de neones, y los tejados de Malasaña se extendían con sus alfeizares y sus antenas como un pueblo de casitas de juguete.

Se la roba uno por el aire, que a las tres de la madrugada y en agosto es el único aire de Madrid que no ha sido usado.

Se la roba por el silencio, que arriba no es un silencio vacío sino uno poblado: se oía todo.

Se oía un televisor en algún piso próximo, la voz apagada de un locutor de madrugada hablando para una casa que no dormía.

Se oía el zumbido lejano de la ciudad. Y debajo de nosotros, en el edificio, se oía nada: Manolo dormía, la obra dormía, el bar dormía, y por primera vez desde que me mudé, la pared que separaba mi cuarto del suyo no transmitía ningún ruido.

Lucía caminó hasta el tendedero de doña Pilar —sábanas blancas colgadas de una cuerda, tiesas por el calor, como velas de un barco anclado— y se quedó mirando la ciudad con las manos en los bolsillos.

—¿Sabes lo que ve Remedios desde su ventana? —dijo—. La calle. ¿Sabes lo que ve Pilar desde aquí? El barrio entero. Por eso Pilar es presidenta y Remedios es corresponsal: la altura del cargo.

—¿Y tú qué ves?

Ella tardó en contestar. Señaló el tejado de enfrente, donde unas macetas sobresalían de una ventana ajena.

—Veo que todo el mundo tiene su cocina de las tres —dijo—.

En cada piso de esa fachada hay alguien que no duerme esta noche.

Este despierto con el televisor, el del segundo con el balcón abierto fumando, la del ático de al lado con la luz del ordenador.

—Bajó la mano, despacio—. Nosotros nos hemos encontrado por casualidad en una escalera.

Ellos siguen ahí, solos, cada uno en su sitio.

¿Cuánta gente de esta ciudad estará ahora mismo en su cocina de las tres sin saber que la cocina de las tres existe?

—Todos —dije—. Todos los que no duermen creen que son los únicos.

—Pues qué tontos —dijo ella, sin acritud, con una ternura recién estrenada—. Cuánto ruido nos hemos ahorrado todos.

Nos sentamos en el pretil, con las piernas al aire, y Lucía miró el televisor lejano, esa ventanita azul en la fachada de enfrente que nadie había apagado.

—Mira —dijo—. Otro despierto.

—Seguro que hay más —dije—. En este edificio entero, ahora mismo, seguro que hay más gente despierta de la que parece.

Uno aquí, otro al otro lado de la plaza, otro en la calle de atrás, cada uno en su cocina, cada uno con su luz baja, mirando su cosa.

—Señalé el televisor, la ciudad—. Todo el mundo despierto a pared con pared, y nadie lo dice.

—Pared con pared —repitió ella, probándose la frase, y la guardó donde guarda las que le sirven—. Todo el mundo despierto y nadie lo dice.

Estuvimos arriba hasta que el aire cambió, que en agosto es cuando el calor baja del asfixiante al meramente injusto.

Bajamos sin prisa, devolvimos la llave al buzón de doña Pilar con un «gracias» en un papel que ella insistió en firmar con hora —«por si pregunta la aseguradora»—, y llegamos al bajo a las tres y cuarto.

La cocina nos recibió como siempre, con la lamparita y la nevera y Manolo en su turno.

Solo que aquella noche la cocina no era la de siempre, y los dos lo sabíamos antes de encender nada: era la habitación donde nos habíamos dicho las cosas de las tres, y volver a ella a las tres y cuarto con el aire todavía tibio del tejado era volver a un país del que acabábamos de conseguir el visado.

Preparé el té antes de pensarlo, por sistema, y fue Lucía quien paró mi mano con la suya sobre el armario de las infusiones:

—No hay té.

—¿Cómo que no hay té?

—Hay tila. Dos bolsitas. Las últimas. —Abrió el armario, y allí estaban, dos bolsitas arrugadas en el fondo de la caja, las dos últimas habitantes de una casa que se había bebido el verano—. Con esto y contigo —dijo, y se calló.

No terminó la frase. Las dos bolsitas quedaron sobre la encimera, olvidadas antes de servirse, y la cocina entera se quedó esperando lo que venía, con la lamparita baja y el ventilador dormido en su esquina.

Yo tenía preparadas, como siempre, tres salidas de emergencia: una broma sobre la escasez de tila, una observación sobre Manolo, una retirada ordenada hacia mi cuarto con el té del compromiso.

Las tres, de pronto, me parecieron lo que eran: puertas de salida de un sitio donde ya no quería salir. —Lucía —dije.

—Lo sé —dijo ella, sin dejarme seguir—. No hables con el sistema de las tres salidas. Úsala, la que sea, pero de una vez.

—¿Qué sistema de tres salidas?

—El tuyo —dijo—. Llevo semanas estudiándolo. Siempre tienes tres: la broma, la observación y la retirada. Las usas en ese orden y crees que no se nota.

Me quedé con la tetera en la mano y la boca abierta, que es mi expresión favorita de los últimos tiempos.

—¿Y si no quiero usar ninguna?

—Entonces dímelo ya —dijo ella, con la voz bajita y firme, la de los cierres—. Que son las tres y media, Álvaro, y yo llevo tres días sin cerrar el día porque no me cuadra una cosa, y la cosa eres tú.

Y yo, que llevaba tres años ensayándome para una frase así y había escrito cuarenta y dos páginas para no decirla, la dije sin ensayo ninguno, con la voz de las tres de la madrugada, que es la única que no sabe mentir:

—Contigo no me da vergüenza no dormir.