Capítulo ocho — Pared con pared #3
Ella levantó la vista de las bolsitas. La nevera zumbaba. Manolo, a través de la pared, contuvo el gemido de su vida entera.
—Álvaro —dijo.
—Lo sé —dije—. No estaba en ninguna cláusula.
—No —dijo ella—. No estaba.
Y me besó. O la besé yo. Lo cierto es que pasó fuera de toda lista, fuera del orden de visitas, fuera del anexo del ventilador y de las ollas difíciles, y que la cocina de las tres de la mañana, que había sido zona de no-hostilidad, dejó de serlo en el único sentido que importa.
Fue un beso de madrugada: sin prisa, con las dos bolsitas de tila olvidadas sobre la encimera, con el calor de agosto entrando por la ventana del patio y el ruido lejano de la ciudad que no dormía.
Duró lo que duran los besos que llevan tres años llegando: ni un segundo más de la cuenta, ni uno menos.
Cuando acabó, ella tenía la mano en mi nuca y yo tenía los ojos cerrados, y Manolo gimió una vez en la pared, con toda la discreción de la que un tubo viejo es capaz, que no es mucha pero es de corazón.
Cuando nos separamos, ninguno de los dos dijo nada durante un rato.
Ella fue la primera en moverse: apagó la lamparita, dejó la cocina en penumbra, y en el pasillo, con la puerta de su cuarto ya abierta y el ventilador en su esquina girando despacio hacia nosotros como un notario que ha visto firmar, se volvió.
—Esto no estaba en ninguna cláusula —dijo, con la voz todavía de las tres.
—La cláusula cero —dije yo— la redactamos mal.
Me miró desde su puerta un segundo, y sonrió —la sonrisa de las dos mitades, la suya, que era mi favorita de las dos—, y entró.
Su puerta cerró con el ruidito de siempre.
La mía cerró después. Me quedé apoyado en ella, con el corazón haciendo el tonto, y oí a través de la pared que ella se movía, se detenía, y se quedaba quieta.
A las cuatro y pico, todavía sin sueño, abrí la libreta.
Y escribí, en la página limpia que llevaba semanas reservando, la primera frase completa del libro nuevo.
Era una frase sencilla, de esas que parecen fáciles y han costado tres años: hablaba de dos personas que se habían pasado el verano contando paredes y que una madrugada descubrieron que la pared era la misma.
La releí. Estuvo bien. La dejé tal cual, sin tachar, que era la primera vez desde junio.
Y del otro lado de la pared, casi al mismo tiempo, sonó el roce de un bolígrafo contra el papel: la punta buena, la que yo ya reconocía en la oscuridad. Escribió algo. Se detuvo. Luego, un rasguño largo, pausado, de alguien que tacha con cuidado para no romper el papel, y el silencio.
No supe entonces qué escribía ella a las cuatro de la madrugada. Solo supe, con esa certidumbre tonta de las cosas que importan, que el libro nuevo tenía ya dos lectores: uno que escribía en una libreta, y otro, al otro lado de la pared, que acababa de borrar la misma frase.
El sábado amanecí en una casa que olía igual y sonaba distinta.
Me levanté tarde, con la libreta cerrada sobre la mesilla y la sensación —rara en mí, que duermo mal por sistema— de haber descansado.
En el pasillo, el ventilador hacía su turno matinal frente a la puerta de ella: era sábado, día par, día suyo, y allí estaba el aparato cumpliendo la custodia aunque la cocina estuviera vacía, porque las cosas serias no se suspenden por un beso. O quizá precisamente por eso.
Bajé al bar a por el periódico de las diez, con la gorra baja y el sobre de los libros pesándome en el bolsillo como una confesión sin destinatario.
Irene estaba deteniendo la barra con la actitud heroica de los agostos sin refuerzos, y me sirvió el café con la eficiencia de siempre y una novedad: se quedó un segundo de más mirándome.
—¿Qué? —dije, haciendo el inocente, con la frase de madrugada todavía encima.
—Nada —dijo Irene, muy despacio, limpiando un vaso que ya estaba limpio—. No he visto nada.
—¿No has visto qué?
—Nada —repitió ella, y por primera vez desde que la conocía, la reina del bar, la mujer que organiza hasta las despedidas de los demás, tuvo la decencia de ponerse colorada por partes—.
Que estoy sorda, ciega y de vacaciones. Que este verano no me he enterado de nada, que vivo en mi mundo, que a mí nadie me cuenta nada.
—Dejó el vaso, se inclinó sobre la barra y bajó la voz—.
Para que conste en tu libreta: no me lo ha contado nadie.
Me lo ha contado la escalera. Los edificios de antes tienen paredes finas y Remedios tiene un grupo de WhatsApp.
—Irene…
—No digas nada —dijo, levantando la mano—.
Lo primero, porque no sé de qué me hablas.
Lo segundo, porque te va a salir caro: sonríes distinto y me estás destrozando la barra.
—Me señaló con el trapo—. Quítate eso de la cara antes de que llegue Beni, que el hombre lleva setenta años cruzando la calle con un vaso y merece respeto.
Me fui con el periódico bajo el brazo y la orden cumplida, supongo, porque caminé las veinte vueltas del pasillo del bajo sin conseguir quitármelo. Sonreía distinto. Constaba en acta.