Capítulo nueve — La carta en el libro
Hay dos maneras de empezar algo que no estaba en ninguna cláusula: la manera romántica, que consiste en fingir que no pasa nada, y la manera contable, que consiste en regular lo irregular hasta que parece siempre.
Yo soy de la segunda escuela y no me avergüenzo: el lunes por la mañana, mientras él dormía la madrugada del sábado, redacté en la libreta roja el «Protocolo de funcionamiento fuera de cláusula», con tres puntos que oculté debajo de la lista de la compra por si la casa era inspeccionada.
El punto primero decía: «Fuera de cláusula no significa fuera de turno.
El ventilador sigue en custodia.» El punto segundo: «Los desayunos alternan: días impares de la semana ella, pares él, domingos por negociación.
» El punto tercero lo taché y lo volví a escribir dos veces antes de dejarlo: «Lo de las tres de la mañana sigue siendo lo de las tres de la mañana. Lo otro es lo otro.»
Añadí, a posteriori y en letra más pequeña, un punto cuarto que no le enseñé: «Nadie ha redactado nunca cómo se besa a alguien con anexos pendientes. Improvisar con cuidado.»
Porque la verdad es que nadie nos había enseñado el oficio.
El lunes por la tarde, en el turno de custodia de las cinco —horario nuevo, sin rubricar, surgido de la necesidad y de la vergüenza—, los dos nos plantamos frente al ventilador en mitad del pasillo y ninguno de los dos supo quién debía recibirlo.
Era lunes, día impar, día suyo por el anexo.
Era también, por primera vez en la historia del aparato, un traspaso con beso reciente, y la etiqueta del asunto no estaba en ningún documento.
—Protocolo —dije, con el ventilador entre los dos, sin que ninguno lo tocara todavía—. La custodia se transfiere como siempre.
—¿Como siempre? —dijo él—. ¿La semana pasada a esta hora estábamos igual?
—La semana pasada a esta hora tú estabas haciendo el ridículo con la tetera —dije—. Y yo estaba dejándote. Nada ha cambiado en la parte del ventilador.
—Nada ha cambiado en la parte del ventilador —repitió él, con cara seria de memorizarlo—. Apuntado.
Se lo entregué con las dos manos, como mandaba el anexo.
Me lo agradeció con las dos manos, como mandaba el anexo.
Y en la cocina, tres minutos después, se demostró empíricamente que el anexo del ventilador era el único documento de la casa que todavía se cumplía al pie de la letra, que era, supuse, la manera que tienen las cosas serias de aguantar el terremoto.
Se lo enseñé el lunes por la tarde, en la cocina, con el café de después de cerrar el bar, fingiendo que era la lista de la compra. Él lo leyó en once segundos —lo cronometré por costumbre—, y luego hizo lo que hace cuando algo le llega demasiado dentro: buscó la salida cómica.
—Falta un punto —dijo.
—¿Cuál?
—El de qué hacemos cuando coincidimos en el pasillo. Tienes contemplada la custodia del ventilador y no contemplas eso. Para una contable, es un hueco de gestión notable.
—El pasillo se cruza con educación —dije—. Ya está contemplado en el punto uno del contrato original.
—El punto uno original dice que nadie entra en la habitación del otro —dijo él, dejando la libreta sobre la mesa con cuidado—.
Esto es distinto. Esto es: cuando salgo de mi cuarto y tú sales del tuyo y el pasillo mide dos metros y pico, ¿qué protocolo aplica?
Porque el de las nueve de la mañana no es el de las doce de la noche.
Lo miré por encima del café. Tenía la gorra de escribir echada hacia atrás y cara de haber dormido bien dos noches seguidas, que en él era una novedad estacional, y me di cuenta de que estaba haciendo lo que yo hago cuando algo me importa demasiado: redactar enmiendas para no decir la frase.
—Protocolo de pasillo —dije—. Se cruza uno con la mirada, se deja pasar al otro, y se sigue. Sin anexos.
—¿Y de noche?
—De noche —dije, y aquí me sobrepasé a mí misma—, de noche el protocolo es que me beses si vas a hacerlo, y no me hagas esperar dos metros y pico.
Se quedó quieto con la taza a mitad de camino. Manolo gimió por la pared, puntual como un testimonio. Y el protocolo de pasillo se aplicó en la cocina, entre el café y la tarde, con la solemnidad de siempre y sin testigos, que era lo único que el anexo del ventilador no regulaba.
El martes por la tarde me prestó la libreta.
Fue cosa suya, sin petición mía. Estábamos en la cocina en silencio —el silencio bueno del domingo, que ya lo teníamos dominado entre semana— y él dejó la libreta sobre la mesa, abierta por una página cualquiera, y dijo, mirando la suya propia:
—Cláusula octava, enmienda unilateral. Puedes leerlo. Todo menos lo tachado en negro.
—¿Lo tachado en negro?
—Hay partes que tacho en negro —dijo—. Son mías. Lo demás es tuyo, que ya me he copiado suficiente de ti como para que te deba regalías.
Leí la libreta del principio, o lo que quedaba de principio: páginas de junio con anotaciones de la junta —«la punta de su bolígrafo temblaba», constaba, y sentí un vuelco ridículo—, frases robadas de Beni, del librero, mías.
Mi voz estaba por todas partes, subrayada, con flechas, anotada con comentarios de las cuatro de la mañana.
Había una página entera de «cosas que dice la contable» con veintitantos ejemplos y una tabla de mi sistema de tazas.
Y entre las páginas de julio, dos que me costaron leer: una donde había copiado mi relato del decimal con tal fidelidad que parecía dictado, y otra, sin fecha, donde solo decía: «Escribirla bien a ella o no escribir nada. »
—¿Y bien? —dijo él, fingiendo que ordenaba los azucarillos.
—Tienes un problema de inventario —dije—. Tu libreta está llena de stock ajeno y no tienes nada tuyo registrado.
—Lo tuyo ya es mío —dijo, y se encogió de hombros, y volvió a sus azucarillos, y yo fingí que miraba la página para no mirarle la cara.
Lo tachado en negro lo respeté como se respeta una valla con letrero: sin asomarme. Hay contabilidades que no se auditan aunque uno tenga la llave, y la suya negra era de esas. Lo anoté en la libreta roja, en la pestaña del Expediente: «Me ha enseñado todo menos lo negro. Primera deuda seria.»
Y aquí debo confesar una cosa que nadie ha leído jamás, ni leerá: la madrugada del beso, a las cuatro y pico, yo también escribí.
No en la libreta roja: en la contracubierta de la libreta de ahorro, la página en blanco que tienen las libretas de banco para notas que no deben existir.
Escribí una frase, una sola, la que me venía dando vueltas desde la azotea.
Y al terminar de escribirla, la borré. No con una raya: con la punta del bolígrafo, repasándola una y otra vez hasta que las letras dejaron de ser letras y quedó un cuadrado negro, pequeño, ordenado, un cuadrado que no reconocería ni el que lo escribió.
Nadie borra así una frase que no importa.
Los cuadrados negros de las libretas son los sótanos de las casas: todo el mundo sabe que están ahí, y nadie baja.
El miércoles organizé el edificio.
Digámoslo mejor: organicé la salud del edificio, que es distinto y más absurdo.
Llevaba semanas con una idea dando vueltas —desde que Manolo se puso vocinglero con la obra, desde que la cuadrilla encontró dos tuberías más «en estado de oración», según Genaro—, y el miércoles por la tarde, en la mesa del rincón del bar, abrí una carpeta nueva que titulé «FICHA TÉCNICA DEL EDIFICIO — calle del Pez 12» con la misma tipografía solemne de las carpetas del seguro.
Tres secciones: estructura, instalaciones, anexos.
En instalaciones, una tabla: elemento, estado, fecha de observación, tratamiento.
Primera fila: Manolo, tubería provisional, «gime con cambios de presión, de obra y de humor», tratamiento: «ninguno conocido. Se le habla.»
Ese mismo miércoles, el grupo de doña Remedios amaneció —a las once de la mañana, que es su alba estival— con la foto de una playa de Valencia que Blanca había mandado: arena, sombrilla, y un pie de foto de tres palabras: «Sigo en pie.
» Doña Remedios lo retransmitió con su comentario de director de informativo: «BLANCA CONFIRMA QUE ESTÁ VIVA.
La playa la ve estupenda. Yo veo que echa de menos el inventario y no lo dice.
Toda la vida echando de menos el inventario sin decirlo. »
—¿Y qué sabe ella? —dijo Irene, mirándolo por encima del hombro mientras fregaba.
—Que lleva diez días sin contar nada —dije yo—. Diez días sin contar nada es como diez días sin hablar. Se la nota en la sintaxis.
Se la enseñé a Álvaro por la noche, como testigo de la teoría.
Leyó el mensaje de doña Remedios dos veces, y dijo que aquella mujer tenía «el mejor oído narrativo del edificio», y que si algún día escribía un libro sobre el verano no iba a poder con ella como personaje, «que no cabe, que es demasiado grande para la página».
Yo le dije que eso era una frase de la suya y que la tenía apuntada, y él dijo que ya lo sabía, que me había visto apuntarla.
La ficha técnica se la enseñé a Álvaro por la noche, con la seriedad de una comunicación oficial.
—¿Manolo tiene ficha? —dijo.
—Manolo es la fila uno —dije—. La tubería del patio es la dos. La de la cocina del segundo, la tres. El ascensor, la cuatro, con nota de «empresa nueva en incorporación». —Le pasé la carpeta—. Firmas aquí, como testigo.
—¿Testigo de qué?
—De que este edificio tiene alguien que lo mira —dijo mi boca antes de que mi cabeza le diera permiso.
Firmó. Con su letra de urgencias, donde decía «testigo», y debajo, sin que se lo pidiera, escribió: «coautor». Me quedé mirando la palabra un rato largo. No la taché. Hay asientos que se dejan en firme a propósito.
El jueves, la mesa cojeó.