Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo nueve — La carta en el libro #2
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Capítulo nueve — La carta en el libro #2

La mesa pequeña de la cocina —la de los dos comensales, la de la custodia del domingo— llevaba semanas con una pata corta que yo compensaba con un posavasos doblado, sistema que funcionaba y que nadie discutía.

Pero el jueves el posavasos cedió en mitad de la cena —arroz, de nuevo, compás de taladro incluido en el recuerdo—, y la mesa se quedó coja de verdad.

—El «Ulises» —dije, levantándome.

—¿Cómo?

—Que el «Ulises» es el grosor exacto. —Señalé la estantería—. Es el único libro de la casa que sirve para algo.

—Eso es falta de respeto a la literatura —dijo él, ofendido con media boca.

—Eso es el único respeto que le tengo —dije, y alcancé el lomo gordo.

Lo saqué con las dos manos, como se saca un ladrillo de la pared, y fue entonces cuando se cayó.

No el libro: la carta. Deslizó un susurro de papel contra papel y cayó al suelo boca arriba, y yo la miré desde arriba con la sopa todavía humeando y el mundo haciendo ese ruido que hace cuando una cuenta se abre sola.

Membrete de la comunidad. Pero no el sobrecito gris del calendario de pagos.

Este era un aviso con la cabecera en rojo, rojo de verdad, rojo de «se le recuerda que», y debajo, en negrita de imprenta: derrama de conservación por la reparación urgente de la tubería general, 4.

900 €, fecha de vencimiento pasada y recargo de demora ya computado.

Las palabras «ejecutivo» y «vía de apremio» asomaban en el último párrafo como las peores invitadas de la fiesta.

Álvaro se había quedado quieto al otro lado de la mesa. El arroz humeaba. Manolo, con su puntualidad de testigo, guardó silencio.

—La pata —dije yo, porque mi cabeza buscó la salida menos importante.

—Lucía…

—La pata de la mesa, Álvaro. —Metí el aviso entre las páginas sin mirarlo, con los dedos obedeciendo una rutina que mi cabeza no había aprobado, y dejé el «Ulises» bajo la pata corta. La mesa quedó firme. Todo quedó firme. Yo no.

—Se me ha caído una carta —dije, sentándome—. La recogeré yo, no te preocupes.

—Lucía, eso no es…

—Arroz —dije, sirviéndole otra cucharada que no pidió.

Cenamos. Hablamos, creo, de la ficha técnica y de si Manolo debía tener columna propia o compartirla con la tubería del patio, y de si el pueblo de la azotea de enfrente tenía nombre, y de cosas así.

Hablamos bien, incluso. Por dentro, mientras tanto, mi cabeza —que en eso es una caja registradora que no se puede apagar con la tapa— hizo lo que hace siempre con los datos que no quiero: los sumó todos de golpe, en tres minutos, con el bolígrafo bueno de la memoria.

Primera fila: el reloj. El acero bueno se fue el lunes; el de quiosco negro llegó en su sitio.

Segunda: la estantería. Veinte huecos nuevos, de un tamaño exacto, de un color más claro que el resto, con polvo dibujado en los bordes: libros que estuvieron ahí años y ya no están.

Tercera: la carta viajera. Moby Dick, Ulises, el buzón sin abrir, el aviso con el rojo de verdad y el vencimiento pasado.

Cuarta: el jueves del bar, su «no puedo aceptarlo», dicho dos veces, con cara de gastar la última moneda; y el sábado de las cañas, pagando con el último billete de veinte que le quedaba en la cartera, a mí, que fui la cajera y no lo vi.

Quinta: la junta, el «en contra» sin motivo, la fila siete inventada, la provocación de quien necesita que el asunto sea matemático para que no sea monetario.

Sexta: una fila pequeña pero de peso, que era yo misma jurando hace un mes que su cuota de comunidad llegaba puntual, año tras año, y que los que no pueden pagar se delatan siempre por ahí.

Llegaba puntual, sí. Llegaba puntual porque era la última rendija por la que no se colaba el mar, y los que se están ahogando tapan primero las rendijas.

El total salió solo, como salen los totales que ya estaban hechos: no era un principio.

Nunca fue un principio. El señor del segundo no votó contra mi reforma: votó contra una factura de 9.

800 € con su nombre encima, y no me lo dijo porque no podía, y llevaba dos meses sin poder, y yo le había estado haciendo la guerra aritmética a un hombre que solo quería que nadie abriera su buzón.

Cerré el cierre del día en la cama, a las tres, sin haber tocado el cierre de nada.

Y entendí, con una claridad que me dolió en el pecho como los descubrimientos que ordenan demasiado de golpe, por qué llevaba semanas sin poder con la fila del Expediente: porque la columna de incógnitas se había llenado hacía tiempo, y yo no quería pasarla al libro mayor.

El domingo fue la Asunción, y Madrid entera se vació de la última gente que quedaba.

Es el día más quieto del año, el domingo de la Asunción: más quieto que el veinticinco de diciembre, que por lo menos tiene las tiendas de barrio cerradas con dignidad.

La Asunción tiene la ciudad abierta pero vacía, como un local entre servicios, y se oye todo: el zumbido de los postes, el eco de las campanas de San Ildefonso que llega dando tumbos por las calles de piedra, el paso de una sola bicicleta en tres manzanas.

Los turistas de agosto fantasma se habían quedado todos pasmados en la Puerta del Sol, y Malasaña amaneció con el aire de un pueblo donde alguien se ha olvidado de tocar la campana.

Abrimos el bar media jornada —media jornada en agosto fantasma es decir «estuvimos cuatro horas por si acaso, y acaso no vino nadie»—, Irene y yo las dos detrás de la barra con la radio puesta en la emisora de las campanas, por solidaridad acústica con el día.

A la hora del vermut entró una pareja de turistas buscando aire acondicionado y se quedó al ver que no había ni servicio de cocina ni clientes: la Asunción es el único día del año en que Madrid parece un local cerrado con la luz encendida, y la gente lo nota.

—El quince de agosto en este bar —dijo Irene, sirviendo dos vermuts con la solemnidad litúrgica del caso— se celebra lo mismo que siempre: sobrevivir. Felicidades.

—¿Es una tradición? —preguntó el turista.

—Es la única —dijo Irene—. Las demás las inventamos en septiembre.

Se fueron los turistas, cerramos a las dos —cuatro horas por si acaso, acaso no vino nadie— y nos fuimos los dos a la calle, con la cesta de la compra y la libreta roja bajo el brazo y esa sensación rara de tener la ciudad en alquiler.

Hicimos la compra donde se puede hacer la compra un quince de agosto: en la frutería del chino, que abre los trescientos sesenta y cinco días por sus propias leyes y sus propios santos, y que aquel domingo era el único comercio con luz de todo el barrio.

El dueño nos recibió con la solemnidad de un sacerdote de la única iglesia abierta, nos enseñó una sandía de un tamaño especulativo y nos dijo que la vendía con descuento «porque el quince de agosto la sandía pesa más que la fe, y yo no puedo con tanto milagro».

Compramos la sandía. Compramos también dos cocos por capricho suyo —«nadie compra cocos un quince de agosto, es mi regalo para mí»— y un manojo de hierbabuena que olía a todas las cocinas de verano a la vez.

El resto del día fue de esos que no figuran en ninguna agenda: paseamos por el medio de la calzada de la calle del Pez porque no venía nadie; contamos los coches parados en doble fila de la plaza —siete, todos con la luz del interior encendida por el olvido—; nos paramos a escuchar las campanas de San Ildefonso, que en la Asunción suenan con un eco de iglesia vacía, el eco de las cosas que se dicen solas; y Álvaro me contó, caminando por la acera de la sombra, que de niño su padre lo despertaba un quince de agosto de madrugada para ver «la procesión de los que se van», que es como llamaba su padre a la operación salida, todos los coches de España emprendiendo la marcha a la vez.

—Mi padre decía —contó, con las manos en los bolsillos— que un país entero no puede irse de vacaciones al mismo tiempo, que eso es físicamente imposible, y que por tanto el quince de agosto había dos Españas: la que se iba y la que se quedaba mirándola irse.

Él era de la segunda. —Hizo una pausa, y añadió, más bajito—. Yo también.

—Pues a los que nos quedamos nos toca la ciudad —dije yo—. Y hoy la ciudad tiene frutería abierta y sandía. Por mi parte, la operación salida se puede ir operando.

Se rio, y me miró de esa manera nueva que tiene desde el viernes, que es mirar y sonreír a la vez, y yo miré la acera, que es mi sistema de defensa desde hace treinta y un años.