Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo nueve — La carta en el libro #3
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Capítulo nueve — La carta en el libro #3

De vuelta, en el portal, la bombilla del cuarto de contadores se había fundido otra vez, y la escalera del edificio entero estaba a oscuras a las cuatro de la tarde, con una oscuridad de boca.

Yo fui a por la bombilla del recambio —Blanca los deja ordenados por potencia, bendita sea— y él sostuvo la escalera de mano, y cambiamos la bombilla del portal entre los dos, con la eficiencia de una vieja pareja de técnicos municipales.

—¿Sabes? —dijo él, desde abajo, con la escalera quieta—. Esto es lo más parecido a un domingo de familia que he hecho en años.

—No digas familia —dije, desde el peldaño de arriba—. Que me estás hablando en serio y se me nota.

—Se te nota —dijo él—. Consta en acta.

Subimos la sandía al ático. Doña Pilar nos abrió con el abanico ya en marcha —el ático, con el techo de pleno sol, era el último polvorín de calor de Madrid— y recibió la sandía con la ceremonia de una embajada: la examinó, la pesó con la mirada, la aceptó «en nombre de la comunidad», y nos hizo entrar diez minutos a tomar agua fría, porque «los que se quedan en agosto no se dejan morir de calor en mi rellano».

Desde la ventana del ático se veía la ciudad entera, quieta y brillante, con las campanas todavía dando tumbos en el aire caliente.

—¿Oye, Pilar? —dijo Álvaro, de pronto, con la copa de agua en la mano—. ¿Usted nunca se ha ido de vacaciones de verdad?

Doña Pilar abanicó tres veces antes de contestar, que era su manera de consultar el archivo.

—Veinte años tuve marido que quería playa —dijo—.

Veinte años de playa, y uno aprende que la playa es un sitio con más gente y menos sombra que el suyo.

—Señaló hacia la ventana, hacia Malasaña dormida—.

Esto es mi sitio. Los sitios no se abandonan en agosto, se vigilan.

Y ahora, fuera de mi cocina, que con la sandía y dos tortolitos no cabe ni el abanico.

Bajamos a las siete, con el sol ya bajo y la ciudad todavía quieta, y cenamos en la terraza del bar cerrado —mesa y sillas dentro, pero la acera es de todos— con la sandía fría del todo y los cocos que nadie supo abrir y acabaron siendo decoración, y las campanas dando el último toque del día con la lentitud de las cosas que no tienen prisa.

—Ha sido el mejor quince de agosto de mi vida —dijo él, y no era una frase de libro, porque se le trabó en la mitad y tuvo que terminarla mirando la acera.

—Consta en acta —dije yo, y se lo apunté en la libreta roja, en la de convivencia, con la letra de las cosas que no se borran.

Aquella noche, cuando él subió a su cuarto y la casa se quedó en silencio, yo volví a la cocina.

Abrí la carpeta del seguro de la comunidad, saqué el «Ulises» de debajo de la pata —la mesa cojeó sola tres segundos, y nadie la vio— y localicé el aviso rojo donde mi mano lo había metido a ciegas.

Lo abrí otra vez, despacio, y leí los números en voz baja, en la cocina vacía, para oírlos con los dos oídos: 4.

900 €. Vencimiento pasado. Recargo de demora.

Luego hice lo que tenía que haber hecho el jueves, y no hice, y no supe por qué no hice.

Volví a meter el aviso en el libro. No en cualquier página: conté, con el pulgar, hasta la cuatrocientos doce, que era donde él lo llevaba, en la página exacta, con el canto asomando lo mismo de siempre.

Cerré el lomo. Dejé el libro bajo la pata, que quedó firme, y la mesa quedó como estaba, y el mundo quedó como estaba.

Después fui al dormitorio, abrí el cajón de la mesilla —el único cajón de la casa que no tiene etiqueta— y saqué mi libreta de ahorro personal.

La de verdad, la del banco, la de las cuatro cifras y pico que he ido guardando en silencio desde hace años contra el día en que la vida me presentara una factura que no pudiera mirar a los ojos.

Sé lo que parece. Sé lo que es. Una libreta de ahorro no se saca por una deuda ajena: se saca por las propias.

Pero llevaba una semana haciendo cuentas que no eran mías con naturalidad casera, y la frontera entre la casa y lo demás se me había movido sin pedir permiso, y aquella noche, con el aviso rojo metido en el libro de página cuatrocientos doce y el silencio de la Asunción todavía flotando en la calle, no supe ya dónde acababa mi contabilidad y dónde empezaba la suya.

La puse sobre la cama, junto a la libreta roja. Las dos libretas, una al lado de la otra, mirándose como dos contables antes de firmar algo que ninguna de las dos ha redactado todavía.

Yo tampoco sabía todavía qué iba a hacer con ella. Pero una contable no saca la libreta de ahorro a las once de la noche por no saber: la saca porque ya sabe, y le queda por decidir únicamente cuándo deja de saberlo en silencio.

En la libreta roja escribí, por última vez esa semana, en la pestaña del Expediente Álvaro Reyes:

«Su voto no fue un principio. Fue un bolsillo. La pregunta ya no es qué hará él. Es qué hago yo con la respuesta.»

Y debajo, en letra más pequeña, la frase que no le enseñaría a nadie:

«Irene me preguntó si salvaba este bar o el de mi padre. A lo mejor he estado dos meses salvando a un hombre que no me ha pedido que lo salve. Averiguar la diferencia entre salvar y pagar: agosto. Plazo: el resto del verano.»