Capítulo diez — Segundo anticipo
El lunes por la mañana, mientras el bajo entero aún dormía la fiesta pequeña de la Asunción, entró en mi bandeja el correo que llevaba tres años esperando en el pasillo, acariciando la puerta.
El lunes había amanecido con el edificio en pleno regreso: a media tarde del domingo llegó Blanca, y el barrio entero lo supo antes de verla, porque los que vuelven de vacaciones hacen un ruido particular al subir las escaleras —un ruido de maletas que se han llenado de otra costa—, y porque doña Remedios transmitió su llegada con la eficiencia de un parte meteorológico: «BLANCA HA VUELTO.
Trae morena y maletas. La paella funciona.
» El edificio entero suspiró con ella, que era lo que hacen los edificios cuando vuelve quien mantiene el inventario del mundo.
Pero eso fue después del correo. Antes del correo, el lunes amaneció como los demás: el ritual del banco, el café del día impar, el manuscrito abierto.
La frase de la noche anterior seguía viva en la página ciento dieciséis, a medio escribir, esperando a que bajara a desayunar para saber cómo terminaba.
Y entonces, a las ocho y cuarenta, cuando ella ya estaba en el bar contando la caja de domingo, entró en mi bandeja el correo.
Lo supe por el asunto, que era de una corrección impecable: «Entrega definitiva: plazo y condiciones».
Diana no escribía nunca «definitiva»; Diana aplazaba las palabras definitivas durante años.
Lo abrí en la mesa del estudio, con la sensación de quien abre una radiografía, y leí el cuerpo del mensaje dos veces, la primera con los ojos y la segunda con el estómago:
«Estimado Álvaro: por la presente le comunicamos que, habiéndose agotado las prórrogas anteriores, el plazo de entrega de la novela comprometida queda fijado, como prórroga final y sin posibilidad de ampliación, el treinta de septiembre de dos mil veintisiete.
De no producirse la entrega en la fecha indicada, la editorial se verá en la obligación de ejercitar la cláusula de devolución del segundo anticipo, según lo pactado en el contrato.
Confiamos en contar con su mejor trabajo. Un cordial saludo, Diana.»
Confiamos en contar con su mejor trabajo. Hay frases que son pura cortesía y frases que son una última cuerda, y aquella era las dos cosas a la vez, como las cuerdas de rescate: parecen suaves y aguantan ciento cincuenta kilos de vergüenza.
Doce mil euros. Treinta de septiembre. Treinta y tantos días laborables contando los de agosto, que en España no cuentan igual.
Hice la aritmética de siempre —la del bolsillo, la del hora— y me salió el resultado de siempre, ahora con fecha: no llegaba ni a la mitad de la devolución, y no había ningún correo en la bandeja de Diana que pudiera cambiar esa cifra.
Y aquí viene lo que, contado en voz alta, suena a mentira de novelista: llevaba diez días escribiendo como no escribía desde antes del desastre.
Cuarenta y dos páginas se habían vuelto ciento dieciocho.
Ciento dieciocho páginas de un libro que no tenía título, que no tenía plan, que no tenía permiso de nadie y menos del mío.
Un libro que empezaba en una cocina a las tres de la mañana, que tenía una protagonista que contaba todo en columnas y que llevaba puesto un reloj de quiosco, un libro sobre dos enfermos de la misma enfermedad que pasan un verano a pared con pared sin decirse la verdad.
Cada página de las ciento dieciocho tenía su sombra.
Yo no escribía sobre ella: escribía con ella en la mesa de al lado, en el ritmo de sus frases, en la puntualidad de sus silencios.
Era el libro que llevaba tres años debajo del fracaso, y salía ahora porque ella le había quitado el peso de encima sin saberlo, y yo no me atrevía a decirle qué era porque decirlo era firmarlo.
La prueba de que escribía con ella y no sobre ella estaba en la libreta.
Aquella misma mañana, esperando a que hirviera el agua, copié en la página de las anotaciones una frase que le había oído contar al turista holandés —«en mi país la cortina se cierra por dentro», había dicho, sin saber que era la mejor frase del mes—, y al terminar de escribirla me di cuenta de que en el margen de arriba, donde anoto los títulos provisionales, había escrito sin querer su nombre.
Lucía. Completo, con la i y la tilde, la letra cuadrada que tengo yo cuando escribo despacio.
Lo miré un segundo. Luego saqué el rotulador negro —el de los cierres, el gordo— y lo pasé por encima, una sola pasada, ancha, que no deja leer.
Así había llegado a la cláusula octava de mi propia libreta: todo lo que llevaba su nombre se tachaba en negro, y lo tachado en negro ya no existía.
Era el sistema perfecto: escribía el nombre para poder tacharlo, y tachaba el nombre para poder seguir escribiendo.
Llevaba tres semanas con el sistema funcionando y la tinta negra bajando a velocidad de catástrofe.
Esa era la ironía exacta, medida al milímetro por algún humorista superior: la editorial me pedía el libro que me daba miedo escribir, y yo ya lo estaba escribiendo, a cuatro metros de la persona que lo protagoniza, fingiendo que era «lo de siempre».
Y el plazo, añadía el correo con su cortesía de verdugo, era el treinta de septiembre: casi siete semanas, dos de ellas de agosto, que es tiempo contable distinto, tiempo de ciudad vacía, tiempo que ya sabíamos —Lucía y yo— medir en otra unidad: en noches de cocina, en turnos de ventilador, en gemidos de Manolo.
El martes por la mañana, en el desayuno, estuve a punto de decírselo.
Estábamos en la cocina, en nuestros asientos de siempre, con el protocolo nuevo funcionando como un reloj de los buenos: ella había hecho el café —día par, turno mío, que ella había ocupado sin enmienda y sin pedir permiso, que era su manera nueva de decir cosas—, yo había puesto la mesa, Manolo había gimido su saludo de las ocho.
Afuera, la obra volvía al trasbar con su estruendo doméstico, y dentro, yo tenía la frase preparada desde la noche anterior, ensayada delante del espejo del baño con la seriedad de los ensayos que nunca salen.
«Lucía, hay algo que debería contarte.» Así empezaba.
Luego venía lo de la editorial, lo del plazo, lo del dinero, y al final —el final era lo importante— lo de mi padre, el verano de los trece años, la promesa.
La frase tenía tres párrafos y media vida, y yo la llevaba en el bolsillo desde el lunes como un sobre sin sellar.
Lo curioso es que la ocasión era perfecta.
Ella estaba de buen humor —la noche anterior habíamos reído en la cocina hasta tarde con la ficha técnica del edificio, que había engordado hasta ocho filas—, el café había salido bueno, y hasta Manolo se había contenido.
Yo cogí aire mientras ella miraba por la ventana del patio, con la taza en las dos manos y la cara del día par.
Di el primer paso retórico, el de acercarse:
—Oye, Lucía. ¿Y si esta noche…?
—Hoy el café lo pago yo —dijo ella, levantándose con las dos tazas antes de que yo dijera nada—. Por el quince de agosto. Consta en acta: la casa ha celebrado su primera fiesta y nadie ha roto nada.
Y me sonrió por encima del hombro, con la cara del día par, y la frase se me quedó en la garganta con la puntualidad de siempre, y yo le dije «gracias» y me tomé el café que ella pagaba, que era la manera exacta —no sé si me explico— en que mis deudas se hacían más difíciles de contar cada vez que ella pagaba algo sin saberlo.
No se lo dije. Primera vez de esa semana. Tercera de aquel verano, que en mi vida es lo mismo, si contamos desde la junta.
Lo peor no fue tragarme la frase. Lo peor fue el alivio, ese alivio infame que baja por el pecho cuando uno se libra de decir la verdad una vez más, y que se parece tanto —tanto— a la felicidad que uno empieza a sospechar de las dos.
El miércoles por la noche lo intenté otra vez, en el bar, después de cerrar.
Irene nos había invitado a «la cena de los que cierran», que es su ceremonia particular: cuando el bar echa el cierre en agosto, cocina para los de dentro lo que no cocina para los de fuera, y los de dentro somos, por definición estacional, cuatro gatos y un escritor.
Aquella noche eran tres: Irene tras la barra improvisada de la cocina del bar, Lucía contando la caja con su calma de cierre de un día cualquiera, y yo en la mesa del rincón, con el manuscrito en la cabeza y la frase otra vez en el bolsillo.
Beni apareció a las once y media, como aparecen los fantasmas favoritos: sin avisar y con derecho a saldo.
—Me han dejado —anunció, sentándose con la naturalidad de un rey menor—. Los del equipo. Dijeron que a mi edad no se cena a las once y media. Yo les dije que a mi edad se cena cuando me despierto.
—Aquí se cena siempre —dijo Irene, poniéndole un plato sin preguntar—. Tú cierras con nosotros.
La cena fue de esas que se cuentan en los anales del bar: tortilla de patatas de Irene, que es la mejor de tres barrios por votación de Beni y por derrota de todas las demás; pan con tomate, que en agosto es medio plato; una ensalada que Lucía cortó en dados perfectos, «por costumbre, no por juego», y vino de jarra, que es el vino de las sobremesas largas.
Hablamos de la obra, que avanzaba por dentro con una disciplina de relojería; del nuevo ascensor, que ya tenía fecha de estreno («cinco de septiembre», anunció Lucía, que lo tenía en la ficha técnica, «hay que estar vivos para verlo»); del grupo de Remedios, que aquella semana especulaba con la reapertura como si fuese la boda del año.
Irene contó que los turistas holandeses habían vuelto un último día a despedirse y habían dejado en la mesa, doblados con precisión de origami, los posavasos de papel con una dedicatoria en neerlandés que nadie supo leer y todos guardamos.
Y en medio de aquella paz —esa es la palabra, paz, que yo había olvidado cómo se escribía con mayúsculas—, yo tenía la frase en el bolsillo y la ocasión en la mesa.