Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo diez — Segundo anticipo #2
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Capítulo diez — Segundo anticipo #2

En un descuido de la conversación —Beni contaba cómo un pasajero de la línea cinco llevaba veinte años pagando con el billete exacto y nadie supo nunca a dónde iba—, me incliné hacia Lucía y bajé la voz:

—Oye. Cuando acabe esto, ¿te puedo contar una cosa?

—Claro —dijo ella, sin levantar la vista de la caja—. Cuéntamela ahora.

—Con Beni aquí no.

—Beni cierra con nosotros —dijo ella—. No cuenta.

—Yo cuento todo —dijo Beni, sin apartar la vista de su plato, con soberanía de sordo selectivo—. Pero no repito lo importante. Lo importante lo guardo en el cajón de las cosas importantes, que es más grande que el otro.

—¿Y qué hay en el cajón? —preguntó Irene, sirviéndole vino.

—Cosas —dijo Beni, y ese «cosas», dicho así, cerró el cajón delante de todos nosotros.

Se lo explicó después a su manera, ya de madrugada, cuando ayudaba a Irene a recoger: que los conductores de la línea nocturna aprenden a distinguir dos tipos de silencio, el de los dormidos y el previo al cuento.

«El joven viene con el segundo», dijo, señalándome con la barbilla desde la barra.

«Lleva dos noches con el segundo. Que cuente ya, que eso fermenta.

» Irene le dijo que no se entrometiera, que era asunto de los tortolitos, y Beni respondió la frase con la que se ganó su capítulo en la historia de este verano:

—Los asuntos de los tortolitos —dijo el viejo, colgando su vaso en el escurreplatos— son como el gas: si no se ventila a tiempo, la casa entera huele.

Lucía me miró entonces, con la curiosidad a medio encender, y yo abrí la boca para decir «mañana», y en ese instante exacto el móvil de ella vibró con el grupo de Remedios, y ella lo miró, y se rio, y me lo enseñó: una foto suya de la puerta del bar, tomada desde la persiana del primero, con el pie «LOS QUE CIERRAN CENAN.

Yo lo sé todo y no digo nada, que es mi trabajo.

» La conversación voló, la frase volvió al bolsillo, y Beni siguió con la línea cinco.

Cuarta vez de mi vida. Ya ni las cuento con los dedos: las cuento con los sobres.

Lo que pasó aquella noche en la cama —no me dormí hasta las tres, que era mi hora, pero esta vez no fue la carpeta de los correos lo que me mantuvo despierto— fue algo nuevo en tres años: no pensé en cómo ocultarlo. Pensé en qué pasaba si lo decía.

Y la pregunta, dicho sea lo vergonzoso, tenía respuesta: nada malo.

Esa era la novedad que no logré digerir hasta las tres de la mañana con las sábanas de otra persona enrolladas en la cintura: nada malo pasaba si se lo decía.

Ella no iba a echarse a reír, ni a compadecerme, ni a mirarme con la cara de la pescadera de mi padre.

Ella, que había contado su decimal en una cocina a las tres de la madrugada porque yo conté mi carpeta primero; ella no iba a hacer la cara de la lástima.

Ella iba a hacer números. Iba a hacer lo que hace siempre: sacar la libreta, alinear el problema, y empezar a buscar la fila donde cabe.

Y yo tenía miedo de eso, precisamente, de que lo convirtiera en algo que se puede cuadrar, porque las cosas que se cuadran se pagan, y yo no podía pagar ni su café de las mañanas.

Imaginé la escena entera, con detalle de escenógrafo: la cocina, la lamparita, ella alineando el problema en columnas.

Veía hasta las columnas: una, la editorial y su plazo; otra, la derrama y sus plazos; otra, mi cuenta, con su cifra de humor negro.

Veía su cara haciendo lo que hace —sumar, restar, buscar la fila donde todo cabe—, y veía el final de la escena, que era el problema: que ella encontraría la fila.

Que encontraría una solución, y la solución sería suya, y yo la aceptaría porque era razonable, y pasaríamos del verano de las cláusulas al invierno de un favor, y el favor es la única deuda que no se amortiza nunca, porque no tiene cuota: tiene cara.

El verano de mis trece años entró en la cama conmigo aquella noche, por primera vez en presente.

Siempre había sido un recuerdo, un archivo, una carpeta con sus correos propios: la ferretería, la gorra, las puertas.

Aquella noche no: era el verano, estaba pasando, mi padre estaba en la calle quitándose la gorra ahora, en este instante, y yo tenía trece años y estaba jurando una tontería de la que a los treinta y seis no sabía salir.

Es curioso: tardé veintitrés años en entender que el juramento no me había protegido de nada.

No me había protegido de la quiebra, de la deuda, de la junta, del voto.

Solo me había protegido de una cosa: de que alguien me ayudara.

Funcionaba perfectamente. Era su única función.

Y otra cosa entendí aquella noche, con la almohada caliente y la ciudad en silencio: que el juramento tenía una cláusula secreta que yo no recordaba haber firmado.

Mi padre pidió dinero en la calle, sí; pero lo que le rompió no fue pedirlo: fue tener que pedirlo solo.

Yo lo acompañé una sola vez y no volví —me escondí en casa los demás sábados, con las brocas—, y él siguió yendo solo, puerta a puerta, con la gorra y sin testigo.

Nunca me lo reprochó. Hasta aquella noche, tumbado a cuatro metros de la única persona ante la que podía contarlo, no se me había ocurrido que tal vez el juramento no era mío: tal vez era suyo, hecho de mi parte, para que yo no tuviera que aprender a ir solo por las puertas.

Si eso era cierto —y lo era, se me clavó entero, con la certeza de las cosas que llevan veintitrés años esperando—, entonces juré mal, y llevaba veintitrés años cumpliendo mal un juramento mal entendido.

El jueves por la mañana llamé a Diana.

Contestó al segundo tono, con la voz curtida de veinte años publicando libros y por tanto la mitad de la vida escuchando excusas.

—Álvaro —dijo, sin saludar—. El correo lo tiene que contestar por escrito, que soy vieja y me gusta el papel.

—No llamo por el correo —dije—. Llamo para decirte que voy a entregar.

Silencio. Se oyó un bolígrafo dejar de escribir, que es en Diana el equivalente a que otro se caiga de la silla.

—Dilo otra vez —dijo.

—Treinta de septiembre. Voy a entregar. —Tragué—. No te puedo decir todavía qué es. Es… distinto a lo que esperas.

—Espero que sea bueno —dijo ella—. Lo demás no es asunto mío. —Pausa. Se oía la oficina detrás, esa oficina que siempre tiene aire acondicionado y a mí siempre me pareció el paraíso—. Cuéntame del libro. Tres frases. Las que tengas.