Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo diez — Segundo anticipo #3
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Capítulo diez — Segundo anticipo #3

Miré la mesa del estudio, donde las ciento dieciocho páginas dormían bajo un pisapapeles de ladrillo.

Tres frases. Busqué las que no la delataran y no encontré ninguna, porque las tres frases que tenía eran ella: su manera de alinear los vasos cuando pensaba, su «consta en acta», su risa sin cara del domingo de la cocina.

—Es un libro sobre dos personas que no saben pedir ayuda —dije por fin—. Uno escribe mal y el otro cuenta bien. Pasan un verano juntos por accidente y se pasan todo el verano sin decirse la verdad.

—¿Y se la dicen? —preguntó Diana.

—No sé. Todavía no llegué ahí.

—Pues llega —dijo ella—. Esa es la parte que la gente compra. —Se oyó papel, siempre papel, Diana vivía entre hojas—. ¿Sabes lo que te voy a decir?

—Que la novela tiene que tener trescientas páginas y un final redondo.

—Que escribas el libro que te da miedo, Álvaro —dijo Diana—. Es lo único que se escribe bien. Lo otro ya lo has escrito, y ya vimos cómo salió. —Y colgó, que es su manera de abrazar.

Me quedé con el teléfono en la mano y una cosa caliente en el pecho, y escribí en la libreta, en la página de los títulos provisionales, donde el nombre de ella estaba tachado en negro: «Llegar a la parte donde se la dicen. Plazo: antes del treinta.»

Aquella noche, cuando ella bajó a cerrar la caja del bar, imprimí las ciento dieciocho páginas.

Lo hice en la impresora, que viajó en el coche de Daniel con el cinturón puesto, página a página, con el ruido doméstico de una máquina que no está acostumbrada a trabajar de noche.

Las colé en una carpeta de las de él, la «2º — DAÑOS», que ya era de los dos, y subí a la cocina con el corazón haciendo el tonto.

La cocina estaba a oscuras. La libreta roja de ella descansaba sobre la mesa, junto a su taza del asa grande, cerrada como cierran los contables: con todo en orden.

Puse la carpeta con el manuscrito junto a la libreta, alineadas, tocándose por los lomos: deuda a un lado, palabras al otro, y entre las dos, de madrugada, la verdad entera de mi vida en ciento dieciocho páginas.

Me quedé mirando la escena como se mira un parte: la libreta de los números y la carpeta de las páginas, esperando a que ella bajara del bar y encontrara las dos cosas juntas y entendiera todo sin que yo dijera nada, que era la única manera que se me ocurría de decirlo todo.

Hice el recuento, por si acaso, mirando las dos cosas sobre la mesa.

Primera vez: el jueves de la junta, cuando dije «en contra» y no dije por qué.

Segunda: el viernes del contrato, cuando la cláusula segunda me lo puso por escrito —la hospitalidad no compra votos— y yo firmé mi silencio con ella.

Tercera: el desayuno del martes, que ella pagó sin saber lo que me costaba no decirlo.

Cuarta: la cena del miércoles, que Beni cerró con su cajón.

Y esta, la quinta: la carpeta al lado de la libreta, que era la manera más cobarde y más valiente que había encontrado en dos meses, que es decir, las dos cosas a la vez, que es la definición exacta de mi carácter.

Me senté. Esperé. El reloj de quiosco marcó las doce y cuarto, las doce y media.

Pensé en cómo iba a ser la escena. Ella bajaría a las doce y media, como siempre; vería la carpeta; la abriría —es contable, no puede evitarlo—; leería la primera página, la del arranque, la de la cocina y el decimal; y llegaría a la página cuarenta y pico, donde el personaje que cuenta bien le pregunta al que escribe mal por qué votó en contra, y el que escribe mal no contesta.

Esa era la página donde yo, cobarde hasta en la ficción, había dejado la verdad sin escribir.

Ella llegaría ahí y levantaría la vista y me haría la pregunta de verdad, en la cocina, a la una de la mañana. Y yo tendría que contestar.

Eso fue lo que me detuvo, al final. No el miedo a contarlo: el miedo a contestar la pregunta que vendría después, que era la misma de siempre y no tenía respuesta todavía: «¿y ahora qué?

». Porque contarle a Lucía Fernández mi ruina, con su libreta roja delante, era activar el procedimiento de emergencia contable más eficiente que he conocido en mi vida, y yo no estaba seguro —no estaba nada seguro— de querer ser un procedimiento en sus manos, un problema alineado en columnas que ella resolvería mejor que yo y que me dejaría, una vez más, debiendo algo que no se paga con dinero.

Y a la una menos cuarto, cuando abajo sonó la llave del bar, hice lo de siempre: metí la carpeta bajo el brazo, la llevé a mi cuarto, y la guardé en el cajón de la mesilla, donde las cosas esperan a que sea su hora.

Quinta vez. Aún no es la hora, me dije, apagando la luz. Y por primera vez en cinco veces, la frase me supo a lo que era: no a una decisión, sino a una deuda más, apuntada en el único libro que yo llevaba con exactitud.

Del otro lado de la pared no se oía nada.

Ella también tardaba en dormirse, últimamente; lo sabía por la luz que se filtraba bajo mi puerta hasta tarde, por el roce de sus sábanas, por el silencio de dos despiertos fingiendo cada uno su sueño.

Aquella noche, antes de cerrar los ojos, pensé que las casas compartidas son como los bancos: guardan el dinero de los dos, y cada uno cree que el suyo está más vigilado.