Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo once — La cuenta de Lucía
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Capítulo once — La cuenta de Lucía

Toda contable sabe que hay cuentas que no se declaran.

No las del fraude —las del miedo: las cuentas que uno abre contra sí mismo a plazo fijo, con la certeza de que un día vencerán y habrá que pagarlas con intereses.

La mía se abrió el domingo de la Asunción, a las once de la noche, con la libreta de ahorro sobre la cama.

Vencía cuando yo decidiera. Y yo, que llevo media vida decidiendo por otros, descubrí aquella semana que la decisión más difícil no es la que cuesta dinero: es la que cuesta decirlo.

El viernes por la mañana subí al ático con la libreta roja bajo el brazo y un plan de tres páginas en la cabeza.

El plan se había redactado solo, casi, en las noches de la semana: tres madrugadas de cierre en las que mi cabeza, en vez de repasar el día, había estado construyendo la operación con la disciplina de las grandes obras.

Tres páginas con tabla y todo: la primera, el diagnóstico —el aviso rojo, el recargo de demora, la vía de apremio, y la certeza de que cada día que pasaba el problema dejaba de ser de dinero para ser de vergüenza—; la segunda, la operación —la derrama de conservación del segundo, la de la tubería general, vencida y con recargo: el fondo comunitario, que guardaba los cobros de las otras seis puertas a la espera de la última certificación de la obra, la adelantaba, y el propietario la devolvía al fondo en tres plazos con intereses al tipo de la cuenta de ahorro—; la tercera, la columna que yo no enseñaría a nadie: «Devolverá cuando pueda, o no devolverá.

La comunidad no pierde un céntimo. La operación cuadra igual.

» Porque esa era la columna entera, la que todo lo sostiene: que la comunidad no perdía nada, que él no debía nada a nadie visible, y que el fondo quedaba como pagador frente a la acreedora, que es lo único que importa cuando uno tiene que mirar a una acreedora a los ojos.

Yo me colaba en la operación como se cuela una buena intención: por la rendija, sin nombre, con el dinero haciendo de nombre.

Lo había repasado en la cocina de las tres, con la libreta de ahorro sobre la mesa y las cifras alineadas como soldaditos.

Cuatro mil novecientos euros: la derrama entera, la del vencimiento pasado, la que cortaba el recargo.

De mi libreta. Sin que constara en ninguna parte que era mío, porque si constaba, él no lo aceptaría, y si él no lo aceptaba, todo lo demás —el aplazamiento, los plazos, la paz de la casa— se desmontaba como una mesa con la pata corta.

Así que la operación estaba diseñada con una sola regla estructural, y la regla era que él no podía saberlo hasta que supiera de menos.

Doña Pilar me recibió con el café ya servido —en su casa no se pregunta, se sirve— y leí en su cara, antes de abrir la boca, que ya sabía a qué venía.

Los presidentes de las juntas de verdad tienen ese radar: huelen las gestiones ajenas como los perros huelen el miedo, y ella llevaba tres años oliendo las mías.

—A ver —dijo, sentándose frente a mí con el abanico cerrado sobre la mesa, en posición de trabajar—. Qué has traído.

—Una solicitud —dije, y desplegué el plan, que era de los míos: tabla, columnas, plazos—.

Quiero pedir a la administración que la derrama de conservación del segundo —la de la reparación urgente, la del aviso rojo— se abone con cargo al fondo de la comunidad, y que el propietario la devuelva al fondo en tres plazos, con la conformidad de la presidenta.

—Señalé la fila buena—. La comunidad adelanta la derrama; el propietario del segundo la devuelve al fondo con los intereses de la operación, que yo he calculado aquí, al tipo que da la cuenta de ahorro del banco de la esquina, que es mejor que el de demora del recibo rojo.

La comunidad no pierde un céntimo. Gana.

Doña Pilar no miró la tabla. Me miró a mí, con esa mirada de las dos manos quietas sobre el abanico, y el silencio duró lo suficiente para que Manolo, tres pisos abajo, gimiera una vez entera.

—¿Y el fondo pone el dinero? —preguntó por fin.

—No —dije—. Lo adelanto yo. Hoy. De mi libreta. El fondo solo firma.

—¿Con su consentimiento?

—Sin su conocimiento.

El abanico se abrió. Eso en doña Pilar era un movimiento de gravedad: significaba que la conversación acababa de cambiar de sala.

—Hija —dijo—. Voy a hacerle tres preguntas, y usted me las contesta en orden y sin la tabla.

—Adelante.

—Primera. ¿Él se lo ha pedido?

—No.

—Segunda. ¿Usted cree que él se lo habría pedido algún día?

La contesté más despacio, porque era la pregunta de las dos que llevaba diez días haciéndome en la cocina a las tres de la mañana.

—No —dije—. Nunca.

—Tercera. —Doña Pilar se inclinó un palmo hacia mí—. Si él se entera, ¿le va a doler más el dinero o el haberse enterado?

Ahí tuve que parar. Porque esa pregunta era la correcta, la de las correctas que duelen, y yo había pasado la semana construyendo una tabla precisamente para no hacérmela.

El dinero él lo podía soportar: era una cifra, tenía plazos, cabía en columnas.

Lo otro —que yo hubiera visto su ruina, que la hubiera medido, que hubiera movido cifras a sus espaldas como quien arregla un mueble cojo a oscuras— eso no cabía en ninguna columna que yo conociera.

—Lo sabrá cuando no le duela —dije, que era la frase que llevaba ensayada, y que al salir sonó exactamente a lo que era: una frase ensayada.

Doña Pilar me miró mucho rato. Luego cerró el abanico, lo apoyó contra la mesa, y sacó de la carpeta de presidenta —ese archivo del que no se escapa ni una mosca— el formulario de conformidad y la pluma.

—Le voy a decir una cosa antes de firmar —dijo, con la pluma en el aire—, y quiero que se la aprenda, porque se la voy a volver a decir y no me gusta repetirme. —Firmó, letra grande, sin dudar—: Las cuentas claras, hija, empiezan por decirlas.

—Lo sé —dije—. Pilar…

—No lo sabe —dijo ella, sin secar la firma, que tampoco había nada que secar—.

Lo sabe de oídas. Es distinto. —Me entregó el formulario firmado—.

Yo firmo porque la operación es legal y porque la comunidad no pierde un céntimo, que es lo único que una presidenta puede firmar.

Lo demás, que usted sabe perfectamente qué es, lo dejo apuntado aquí.

—Se tocó la sien con el mango del abanico—. En la cuenta que no se olvida.

Bebimos el café en silencio, con la operación ya firmada sobre la mesa entre las dos tazas, y fue entonces cuando doña Pilar me contó lo único que me contó aquella mañana, que no tenía nada que ver con papeles: que ella, cuando era joven y recién casada, había pagado una deuda de su marido sin que él lo supiera, una deuda de juego pequeña, de esas que se pagan y no se nombran.

«Lo pagué —dijo, mirando la ventana— y él nunca lo supo, y la deuda se pagó dos veces: una en dinero y otra en secretos.

Que conste que duramos cuarenta años. Que conste también que los últimos quince los pasamos diciéndonos solo lo que sonaba bien.

» —Cerró el tema con el abanico—. —No le estoy diciendo que no lo haga.

Le estoy diciendo que sepa lo que hace. Las dos cosas se parecen mucho y no son la misma.

Bajé del ático con el formulario en la carpeta y las tres preguntas en el pecho.

En el rellano del primero, doña Remedios me cruzó con la persiana a media asta y el ojo entrenado, y supe —lo supe con la certeza de las cosas inevitables— que el edificio entero iba a saber que había estado dos horas en lo de Pilar mucho antes de que la operación existiera en papel.

Así fue. A las ocho de la tarde, el grupo amaneció con la noticia del verano:

«LUCIA DOS HORAS EN LO DE PILAR. Dos horas, que no es una firma, es una negociación de fondos.

A ver quién me explica esto. ¿HAbrÁ PEDIDO LA FECHA?

¿EN EL ÁTICO? ¿CON TESTIGOS? Yo lo primero que hice fue mirar el calendario.

Octubre tiene fecha buena y fecha mala. Aviso: la mala es la del dieciséis. »

El verano del grupo tuvo después una tarde de gloria que yo preferiría no haber presenciado y sin embargo recuerdo entera.

Don Cesáreo, desde su pueblo, aportó jurisprudencia: «En mi familia las negociaciones de fondos duraron cuarenta años y acabaron en bodas de oro, que es lo que duran las cuentas cuando se hacen bien.

» Doña Remedios replicó con información de campo: «Vestida de calle, iba, pero con la carpeta buena.

La carpeta buena no se saca para un café.

» Los Espejo, desde Benidorm, mandaron una foto de la playa con el mensaje «APROBAMOS LA FECHA SI HAY CAÍDA DE ALGODÓN, que en el pueblo las bodas sin algodón no cuentan», y Beni, que no entendía nada y lo decía, escribió la frase más sensata de la tarde: «Yo lo único que digo es que en este edificio se casan papeles antes que personas, y las personas, aviso, se cansan de los papeles. »

Irene me lo enseñó en el bar, llorando de risa sobre la barra.

—El dieciséis —dijo—. Por tu vida, Lucía, no te cases el dieciséis, que Remedios lo ha visto en el calendario.

—No me caso —dije—. He estado tramitando papeles.

—Claro —dijo Irene, con cara de no creer una palabra y agradecerla—. Papeles. Dos horas de papeles. En lo de Pilar. En agosto.

—Irene.

—No digo nada —dijo ella, levantando las manos—. Digo que la persiana del primero lleva cuarenta años sin fallar un parte y que hoy yo, como subdirectora del periódico, apruebo la línea editorial: te casas en octubre, el dieciséis es mala fecha, y el bar necesita cava.

Lo peor —lo peor de verdad— fue que el escritor leyó el grupo antes que yo.

Me lo encontré en la cocina con el móvil en la mano y la cara de haber recibido una noticia a medias, que era lo único que aquella historia podía darle: una foto de mí subiendo al ático con la carpeta, y debajo, cuarenta y tres mensajes especulando con mi boda.

—¿Te casas en octubre? —preguntó, con seriedad de confirmación por escrito—. ¿Con alguien que yo conozca?