Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo once — La cuenta de Lucía #2
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Capítulo once — La cuenta de Lucía #2

—Con la administración de fincas —dije—. Es una historia de verano muy triste. El novio es un formulario.

—Los formularios —dijo él, dejando el móvil sobre la mesa— son los amantes más constantes que conozco. Nunca se van, nunca fallan un plazo. —Me miró un segundo de más, con la ceja de las preguntas que no hace—. Dos horas, Lucía.

—La administración de fincas —repetí— es lenta en agosto.

Y él aceptó la respuesta con un «aja» que no era un aja, que era un apunte en alguna libreta interior que yo no audito, y la conversación derivó hacia la cena, y yo cené con el corazón haciendo ruido de caja y la certeza nueva de que mentirle a Álvaro Reyes en la cocina de las tres —aunque fueran las nueve, aunque fuera por su bien— era el gasto más caro que había hecho en mi vida, y ni siquiera salía en la libreta.

El sábado y el domingo fueron de tramitación, y la tramitación, como todo en agosto, fue un callejón de gestiones breves y esperas largas.

Yo no escribo procesos: escribo resultados.

El sábado lo pasé entre la administración de fincas —una oficina de las de antes, con ventilador de techo y sellos de goma— y el teléfono, juntando firmas y conformidades a ritmo de agosto, que concede todo lo que se le pide despacio.

La administradora, una señora de secano que olía a papel y a eficiencia, me miró la operación por encima de las gafas y soltó el veredicto profesional del verano: «Está bien hecho.

Está tan bien hecho que da miedo. Lo que está tan bien hecho suele esconder algo.

» —«Esconde que llega tarde —dije yo—. Todo lo demás está en la tabla.

» Ella selló, y el sello sonó a cosa terminada.

El resultado fue este, apuntado el domingo por la noche en la libreta roja con la letra de los asuntos cerrados: la administración aceptó la operación con la conformidad de la presidenta; el fondo de la comunidad quedaba como pagador formal de la derrama de conservación del segundo, con la obligación del segundo de devolverla al fondo en tres plazos; los cuatro mil novecientos euros se abonaban el lunes veintitrés, fecha tope del aviso rojo, para cortar el recargo de demora antes de que creciera.

Y el lunes por la mañana, mientras él escribía arriba —o fingía escribir, que últimamente su teclado hacía pausas que no eran de escritura—, bajé al banco de la esquina con mi libreta de ahorro y un justificante rellenado con mi letra más cuadrada.

La cajera era la misma de siempre, la de los cuatro céntimos de la discusión legendaria, y me miró la libreta, y me miró el justificante, y me miró a mí, con la discreción profesional de las que llevan veinte años viendo lo que la gente trae a las ventanillas.

—Una transferencia importante —dijo, tecleando.

—Una operación de la comunidad —dije.

—Ajá —dijo ella, sin levantar la vista, y me entregó el resguardo.

Cuatro mil novecientos euros. Salieron de mi libreta con un ruido que no se oye y que sin embargo se oye, un ruido de fondo bajando de nivel, y quedó el resguardo en la carpeta y quedó la operación hecha y quedé yo, en la acera del banco de la esquina, con la sensación exacta y nueva de haber firmado algo con el dinero que no sabía explicarle a nadie, ni siquiera a la parte de mí que llevaba la cuenta.

Me quedé un minuto en la acera, con la libreta cerrada en la mano, mirando la fachada del banco como se mira una casa donde uno ha dejado algo.

Dentro de aquella libreta llevaba años guardando contra el día en que la vida me presentara una factura que no pudiera mirar a los ojos, y aquella mañana la factura había llegado, y no era mía.

Y sin embargo era la primera vez que el dinero de la libreta me sabía a algo: no a seguridad, que es lo que había sido siempre, sino a algo con calor, como un gesto.

Los contables no tenemos palabras para los gestos: los tenemos para las operaciones.

Y aquella operación, pensé caminando de vuelta bajo el sol de las once, era la primera de mi vida que no cuadraba en ninguna columna y que sin embargo me dejaba la cuenta por fin, por primera vez en meses, en paz.

Esa tarde, en el bar, Blanca me estuvo mirando.

Había vuelto el domingo anterior con su morena y sus maletas de otra costa, y nos había repartido las almendras garrapiñadas de Valencia con la solemnidad de una embajadora —las mías con un lazo, cosa que no le había puesto a las de nadie, y que yo decidí no interpretar—, y a mí me había mirado dos segundos de más al entregarme el paquete, con un «ya contaremos» que no era una frase sino un expediente.

Llevaba toda la semana en el bar sin ser ella del todo: con la mitad del cuerpo en el inventario de siempre y la otra mitad, lo notaba yo, clavada en mí como un alfiler de costura.

El lunes por la tarde, con el bar vacío y la obra silenciosa en el trasbar, se sentó frente a mí en la mesa del rincón, con su carpeta cerrada y sus gafas de cerca, y abrió fuego con la cortesía de siempre:

—¿Qué has hecho?

—La compra del martes —dije—. Está en la libreta.

—No la compra del martes —dijo Blanca—. Tú. Este fin de semana has hecho algo que te tiene con la mirada en otra parte. Llevas tres días cerrando la caja con la sonrisa de las que han movido dinero o corazón, y yo llevo diez años sabiendo distinguir las dos cosas.

—Blanca…

—No me lo cuentes —dijo ella, levantando una mano, con la amabilidad de siempre, que era la peor de las amenazas—.

Cuéntaselo a él primero. —Se ajustó las gafas—.

Solo le advierto de una cosa, socia: yo he visto muchas cuentas en esta barra, y las cuentas que empiezan en secreto, por buenas que sean las razones, acaban cobrándose en público.

Es la única ley de la contabilidad que no falla nunca.

—¿Y si la razón es buena?

—Las razones buenas son las peores —dijo Blanca—. Las malas se descubren pronto y se arreglan con disculpas. Las buenas se aguantan en silencio, y crecen, y el día que salen ya nadie recuerda la razón: solo recuerdan el silencio.

Se levantó, recogió su carpeta, y al pasar junto a mí dejó sobre la mesa una última frase, dicha con una dulzura que corta:

—Qué interesante, por cierto. Un libro de cuentas que se cierra solo. He visto pocos en mi vida, y todos acababan igual.

Yo no le había enseñado la libreta de ahorro.

Pero la mañana del lunes, en la cocina, la había dejado abierta sobre la mesa un minuto —un minuto exacto, el del café— mientras yo buscaba el justificante en el bolso, y Blanca había entrado a dejarme el parte de proveedores, y la había visto.

Lo supe por lo que no dijo, que era todo.

Me quedé un rato con las almendras sin comer delante, mirando la puerta por donde se había ido.

Blanca no amenaza nunca: constata. Y lo que ella había constatado aquella tarde, con su carpeta cerrada y sus gafas de cerca, era la diferencia exacta entre lo que yo creía estar haciendo —un favor, una operación, un asiento que cuadra— y lo que estaba haciendo de verdad, que era otra cosa que no tenía nombre en mi contabilidad y que, por tanto, me iba a salir carísima.