Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo once — La cuenta de Lucía #3
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Capítulo once — La cuenta de Lucía #3

La semana, por lo demás, había sido de las buenas, de esas que parecen un adelanto de la vida que uno quiere.

El libro de él avanzaba a un ritmo que se oía desde la cocina; la ficha técnica del edificio engordó hasta la fila doce (Galdós el geranio entró en la sección de anexos como «flora vigilada», con nota de «una flor, amarilla, segunda mano»); cenamos tres noches en la terraza con Irene y dos con Beni, que empezó a llamar a la casa «el bajo de los tortolitos administrativos».

El sábado por la mañana, en el mercadillo de la plaza —abierto por milagro menor de agosto—, discutimos veinte minutos por un cenicero de latón que yo quería para la terraza y él encontraba «funerario»; lo compré, y él lo bautizó «el testigo», y ahora fuma en él los jueves, que es su día de fumar, porque «los jueces también tienen derecho a un vicio procesado».

El domingo hicimos la gran limpieza de la ficha técnica en la mesa del rincón, con las dos libretas abiertas y los cafés enfriándose, y a las dos horas me di cuenta de que llevábamos dos horas hablando de tuberías sin aburrirnos, que es la definición exacta de algo que yo no quería nombrar.

Y una madrugada, en la cocina de las tres, me contó que su libro ya tenía ciento cuarenta páginas y que por primera vez desde el desastre no se despertaba con miedo.

—Cuando esté listo —dijo, mirando la taza— te lo leo entero. Es lo único que tengo para darte que sea mío de verdad.

—Ya me diste el «coautor» de la ficha técnica —dije.

—Eso es administrativo —dijo—. Esto es otro registro.

Se quedó mirando la taza un rato, y yo vi que tenía la frase cerca, que la traía desde hacía días —desde el martes del desayuno, desde el miércoles de la cena, lo sabía sin saberlo—, y que aquella cocina, aquella hora, era la puerta que él mismo había elegido.

—Lucía —dijo—. Hay algo que debería…

—¿Sí?

—…que debería apuntar —terminó, y cogió la libreta, y escribió algo que no me enseñó—. Antes de que se me olvide. Las ideas de noche son como el gas, si no se ventilan…

—…la casa entera huele —terminé yo, con el corazón cayéndoseme por dentro, porque reconocí la frase de Beni y supe que él la había robado igual que yo robaba las suyas, y que había usado la frase de otro para cerrar su propio cajón.

Se acabó el té. Apagamos la lamparita. Y en el pasillo, antes de que cada puerta se cerrara con su ruidito de siempre, él dijo, mirando el suelo, con la voz de las cosas que no se repiten:

—Es que no sé cómo se dice sin que cambie nada.

—Pues cuando lo sepas —dije yo, desde mi puerta—, dímelo así, sin más. Aquí no cambia nada por decir las cosas. Aquí cambia todo por no decirlas.

Lo dije convencida. Lo dije entera, con la certeza de las cosas que uno cree de verdad. Y por eso no se me ocurrió, ni por un segundo, aplicármelo a mí: el resguardo de cuatro mil novecientos euros que dormía en mi carpeta era, exactamente, una cosa que no se estaba diciendo.

Y yo pensé: ahora. Dímelo ahora, que la casa está en calma y el té está caliente y yo tengo un resguardo en la carpeta que pesa cuatro mil novecientos euros y que podría sacar ahora mismo, sobre esta mesa, y decirte que ya está, que la parte mala se acabó, que solo queda contarlo todo.

No lo hice. Apuré la taza, y la cocina de las tres guardó mi silencio como las cocinas de las tres guardan todo: sin juzgarlo, y a disposición.

El sobre estaba en la mesa del portal cuando bajé el lunes por la noche a tirar la basura.

Sobre gris de la administración de fincas, de los de toda la vida, con la esquina doblada por el buzón y el membrete serio. Y en la línea del destinatario, escrito con la letra de funcionaria de las cosas inevitables: Álvaro Reyes, propietario del segundo.

Lo cogí. Pesaba exactamente lo que pesan las cosas terminadas: nada, y todo.

Dentro iba el resguardo de la operación del fondo: la conformidad de la presidenta, la devolución aplazada en tres plazos, y la certificación de que la derrama de conservación, cuatro mil novecientos euros, constaba abonada en fecha de hoy, veintitrés de agosto, con cargo al fondo comunitario.

Lo leí allí mismo, bajo la bombilla nueva del portal —la que cambiamos el día de la Asunción—, con el papel de la basura aún en la otra mano, y comprobé los datos uno por uno con la costumbre de los tres cierres: fecha correcta, importe correcto, concepto correcto.

La operación, en frío, era perfecta. Había pensado en todo: en el plazo, en el recargo, en el interés, en la comunidad, en él.

Todo menos una cosa, que no cabe en los resguardos: que el papel no decía de dónde había salido el dinero, y que él —que era escritor, que leía lo que no estaba escrito mejor que nadie— iba a leerlo.

Los resguardos cuentan lo que pasó. Los escritores leen lo que pasó de verdad, que es casi siempre lo que falta.

Lo dejé donde estaba, sobre la mesa del portal, alineado con el borde. Y subí las escaleras despacio, contando los peldaños —doce, como siempre—, con el corazón haciendo el ruido que hacen las cuentas cuando saben que mañana es el día de presentarlas.

En el rellano del primero se movió la persiana, un centímetro, el justo para que su dueña comprobara quién subía a las once de la noche con la basura vacía y la cara de los días contados.

No saludé. Doña Remedios tampoco. Los dos sabíamos lo que sabíamos, que en aquel edificio era casi todo, y que sin embargo no era suficiente.

Mañana lo abrirá, pensé, cerrando la puerta del bajo. Y la frase se quedó en la cocina a oscuras, junto a las dos libretas que ya no cabían en el mismo cajón.