Capítulo doce — Tregua
Hay días que uno sabe, mientras los vive, que los va a recordar.
El martes veinticuatro de agosto fue uno de esos: una jornada entera en la que todo funcionó —la obra, el libro, la casa, hasta el tiempo— con la precisión sospechosa de los mecanismos justo antes de que algo se rompa.
Yo no sabía lo del final de la frase, naturalmente.
Es lo que tiene el final de las frases: uno los escribe sin saber que son el final.
Escribí la página ciento cuarenta y dos por la mañana.
Llegué a ella como se llega a las cimas de las cosas que no tienen mapa: de repente, sin mérito, en mitad de una oración.
Estaba escribiendo la escena de la cocina —la de la tila, la del beso, que en el libro llevaba veinte páginas preparándose— y la frase salió entera, sin ensayo, la frase que cerraba el primer acto.
La escribí, la releí, y entonces, por primera vez desde que empecé, dejé de fingir.
Porque hasta aquel martes llevaba tres meses mintiendo en tres planos: a Diana, a Lucía y a mí mismo.
Y la mentira tenía esta estructura: yo decía que escribía «un libro sobre dos personas que no saben pedir ayuda».
Frase correcta, vaga, defendible. Pero la página ciento cuarenta y dos no decía eso.
La página ciento cuarenta y dos —lo supe al releerla, con el café frío y la obra silenciosa en el trasbar y Manolo en su turno de mañana— decía la verdad completa, que era más corta y más peligrosa: decía que escribía sobre dos personas que confunden pedir ayuda con perder.
Uno escribe mal y el otro cuenta bien. Una pared. Un verano.
Lo anoté en la libreta, en la página de los títulos provisionales, debajo del nombre tachado en negro, con la letra de las cosas que ya no se desdicen: «El libro es este. No otro. La ficción ya eligió; falta la vida.»
Luego hice algo que llevaba semanas queriendo hacer y aplazando por sistema: mandé a Diana las primeras cien páginas.
Sin carta de presentación, sin excusas, sin «aún le falta».
Solo el archivo y una línea: «Empieza por la página uno.
La página cuarenta y dos es la vieja; ignórala.
» A media tarde llegó su respuesta, de tres palabras: «Esto es otra cosa.
» Y debajo, porque Diana no puede evitarlo: «Sigue. »
Me quedé mirando las dos líneas más tiempo del que se tarda en leerlas.
«Esto es otra cosa.» Tres años llevaba esperando que alguien de mi oficio me dijera, en una frase, que el pozo tenía fondo distinto.
Lo curioso es que la frase me llegó el mismo día que la página ciento cuarenta y dos, como si el libro y su primera reseña se hubieran puesto de acuerdo para caer juntos, que es lo que hacen las cosas buenas: caer juntas, para que uno no pueda atribuírselas por separado.
Dos cosas buenas el mismo martes era más de lo que mi economía emocional estaba acostumbrada a procesar, y la tercera llegó a media tarde, con destornillador.
La cerradura del baño —la del anexo séptimo, la que llevaba rota desde antes de que yo pisara el bajo— había sobrevivido a un verano entero de puertas entreabiertas y protocolos de pasillo.
El lunes por la noche, Lucía la había señalado con la barbilla mientras secaba los platos: «El seguro dijo que para septiembre.
El seguro dice muchas cosas.» Y yo, que soy de letras y que la letra de mi padre era la de las herramientas, me ofrecí antes de pensarlo.
—¿Tú? —dijo ella, con la ceja en el sitio exacto donde le cabe la duda.
—Mi padre tenía una ferretería —dije—. Algo se me habrá pegado.
No se me había pegado nada. El martes por la tarde, con el kit de herramientas de Daniel prestado y a Daniel en el altavoz del móvil dictándome la diferencia entre un tornillo de cabeza plana y uno de estrella —«el de estrella es el de la cruz, que no lo confundas con el de la flor, que es otro sistema y el tuyo no lo usa»—, desmonté la cerradura vieja del baño del bajo con la torpeza solemne de los escribas ante la materia.
Tardé cincuenta minutos en lo que un fontanero hace en ocho.
Manolo gimió dos veces, solidario. En un momento dado, con la puerta desmontada y los tornillos ordenados en fila sobre un plato —«por si acaso», me dijo Daniel por el altavoz, con voz de veterano de desastres domésticos—, me descubrió el propio Daniel, que pasó a recoger una cosa y se quedó mirando la escena desde el umbral.
—Estás instalando una cerradura —dijo, con la admiración del ingeniero ante lo improbable.
—Estoy instalando una cerradura —confirmé, con el destornillador en ristre.
—Tú —dijo Daniel— no sabes instalar cerraduras. Hace un mes no sabías dónde estaba la llave de paso general.
—Aprendo rápido cuando me conviene.
—Todo el mundo aprende rápido cuando le conviene —dijo Daniel—.
Lo raro es que te convenga esto. —Recogió su cosa y se fue, y en la puerta soltó, sin darse la vuelta, la frase con la que mi amigo resume el universo—: La eficiencia de un sistema se mide por lo que está dispuesto a hacer de gratis. Anótala, que te la regalo.
La anoté. Está en la libreta, con la fecha, que es la manera que tengo de admitir que las frases de los demás me entran más fácil que las mías.
Y cuando la cerradura nueva cerró por primera vez —con ese clic seco, redondo, satisfactorio, de las cosas que por fin funcionan—, sentí una alegría desproporcionada, de esas que no se pueden explicar sin confesar demasiado.
Lucía lo probó tres veces —tres, siempre tres— y la tercera me miró por encima de la puerta del baño con una cara que no supe clasificar en el momento y que ahora, escribiendo esto, clasifico sin dudas: era la cara de estar haciendo inventario de algo que se le va.
—Cláusula séptima —dijo ella, cerrando la puerta con el nuevo clic—, dada por cumplida. —Y añadió, más bajito—: Gracias por hacerlo tú.
—Era el anexo —dije—. O el sentido común. Nunca recuerdo cuál de los dos manda aquí.
—Aquí mandan los dos —dijo ella—. Por eso funciona.
Y por la noche, con la casa en calma y el ventilador en su turno par, hice la cuarta cosa buena del día, que fue la más difícil de las cuatro por ser la más pequeña: rompí el anexo.
Lo hice en la cocina, delante de ella, con toda la ceremonia que el documento merecía.
Saqué del imán de la nevera la hoja impresa de la custodia del ventilador —la de los días impares y pares, la de las dos manos, la de la solemnidad—, la doblé por la mitad con cuidado de archivero, y la rompí en dos tiras limpias, que no dejan dudas.
—Álvaro —dijo ella, con la voz baja de ver arder un documento oficial—. Eso era un anexo vigente.
—Era un anexo de la guerra —dije—. La guerra terminó y nadie ha firmado la paz.
—Saqué de la libreta la hoja donde llevaba dos días preparando el reemplazo, escrita a mano, con mi letra de las cosas serias—.
Anexo segundo. Redactado por las dos partes, aunque solo una lo escribió, que ya te lo firmo delante.
Ella lo leyó en voz alta, despacio, que era como merecía leerse:
—«Anexo segundo: el ventilador es de quien lo necesite. La custodia se ejerce sin ceremonia, las dos manos solo si hace falta, y la propiedad es compartida, como todo lo demás que vale la pena.» —Levantó la vista—. «Como todo lo demás que vale la pena» no es una cláusula.
—Es el considerando —dije—. Toda ley buena tiene uno.
—Las leyes no tienen considerandos.
—Las mías sí —dije—. He redactado a la casera. Que se aguante.
Firmó debajo, con el bolígrafo bueno, y yo firmé debajo de ella, y rompimos entre los dos las dos tiras del anexo viejo, un trozo para cada uno, y los guardamos cada cual en su libreta —ella en la roja, yo en la mía—, que es la manera que tienen los dos de conservar lo mismo dos veces: una en vigor y otra en recuerdo.
—Esto es ilegal —dijo ella, guardando su tira con cuidado de billete ganado—. No se pueden romper anexos sin testigo. El original lo tiene Pilar.
—Pilar firmará la paz cuando la vea —dije—. Que es lo que hace Pilar con todo: llega, mira, y firma.
—Pilar llega, mira, y sabe —corrigió ella—. Que es distinto. —Dobló su tira una vez más—. ¿Y ahora qué hacemos con la solemnidad de las nueve? Que llevo dos semanas de procesión y de repente no hay documento que traspasar.
—Ahora el ventilador se mueve cuando hace falta —dije—. Y si algún día hace falta discutir por él, ya discutiremos. —Pausa—. Es lo que hace la gente, ¿no? Con lo que es de todos.
Ella me miró con la cara de los cierres que no quieren cerrarse, y no dijo nada, y el ventilador giró en su esquina sin custodia, para los dos, que era la primera vez en su vida —me lo dijo después— que el aire le sabía a algo.
El miércoles fue un día que no amaneció nunca del todo, porque los días así no tienen mañana: tienen continuación.
Desayunamos tarde, los dos, con el anexo segundo ya en el imán de la nevera y el viejo roto en dos tiras de recuerdo.
Ella llevaba la camiseta del bar y la cara de haber dormido poco y bien, que es la cara menos fotografiable que conozco y la que más me gusta.
Hizo el café —mi día, pero ella lo hizo— y mientras lo hacía me contó que esa noche había soñado que el edificio entero se iba de vacaciones y se dejaba encendida la luz del portal, «y tú y yo éramos la luz».
—¿Yo era una bombilla? —dije.
—Tú eras la luz —dijo ella, sin discutir la metáfora—. Es un cargo, no un objeto. —Me pasó la taza—. Toma. Y no lo estropees, que eres lo único que queda encendido cuando os vais todos.
La frase se me quedó a mí dando vueltas toda la mañana, mientras escribía —la página ciento cuarenta y tres salió sola, que es lo que pasa cuando uno escribe con el corazón en otra habitación—, mientras el sol caía sobre el patio y Manolo gimía su turno de tarde con una parsimonia de viejo contento.
Escribí y pensé en la luz del portal. Pensé: qué fácil es ser la luz cuando la casa entera ayuda a pagar la factura.
Luego la factura, que es como las verdades: llega siempre cuando uno ya ha olvidado que existe.