Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo doce — Tregua #2
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Capítulo doce — Tregua #2

El miércoles fue el día de la cena, y la cena fue de esas que el bar no olvidará.

Irene la convocó como convoca ella las cosas: por whatsappeo a las tres de la tarde, con el mensaje «CENA DE LOS QUE SE QUEDAN.

Traer hambre y buenas noticias. Se ruega no hablar de la obra, que la obra ya cansa.

» Acudimos los seis: Irene, Daniel, Lucía, yo, Blanca —que llegó con su carpeta y una botella de lo de su hermana— y Beni, que llegó sin avisar, como corresponde a su categoría.

Blanca se había encargado del seating, cosa que nadie le había pedido y todos agradecieron sin saber por qué hasta que nos sentamos: me puso a mí frente a Lucía, en los dos sitios de la mesa larga donde la vela de las sobremesas cae justo en medio.

Cuando Irene se lo señaló con la mirada, Blanca se ajustó las gafas y declaró, con su serenidad de no mentir pero tampoco contar todo:

—Es la única disposición que cuadra. La mesa es de ocho; los otros dos sitios quedan descuadrados. No es simbólico, es geométrico.

—Geométrico —repitió Daniel, tomando nota mental de la palabra para sus archivos, porque Daniel colecciona definiciones ajenas.

—Geométrico —confirmó Blanca, y nadie volvió a tocar el asunto, que era exactamente su plan.

La cena fue buena de la manera de verano: ensalada de verduras del mercadillo, tortilla, queso, el pan de siempre, y el vino de la hermana de Blanca, que tenía nombre de playa y sabor a jueves.

Hablamos del trasbar, que ya tenía paredes nuevas y hasta una ventana donde antes había una humedad; del ascensor, que estrenaba técnico la semana siguiente; de las vacaciones de los ausentes, a las que nadie envidiaba y todos celebraban.

Daniel hizo su pronóstico de la obra —«fase de acabados: tres semanas, con desviación estándar de cuatro días»— y Irene le tiró un trozo de pan con puntería de matrimonio.

A mitad de cena, Irene brindó por la reapertura, que ya tenía fecha tentativa («antes de que vuelva la gente de vacaciones, que seamos los primeros en recibirlos»), y Blanca, sin levantar la copa, añadió la frase que ahora abre la carpeta del bar: «Que sepamos recibir a los que vuelven.

Que es lo único que diferencia un bar de un local.

» La dijo mirando a Lucía y a mí, o eso me pareció, aunque con Blanca nunca se sabía si miraba a alguien o a la disposición general de la mesa.

Y en un hueco de la conversación —Daniel explicaba a Beni la diferencia entre un desvío estándar y un retraso—, Lucía me pasó debajo de la mesa un trozo de papel doblado.

Lo abrí con la discreción de los colegiales: era la fila nueva de la ficha técnica del edificio, recién impresa, con una entrada añadida en su letra cuadrada.

Elemento: «Cerradura del baño». Estado: «funciona».

Fecha: «veinticuatro de agosto». Tratamiento: «él».

Y en el margen, donde ella solo apunta las cosas que no sabe dónde archivar: «consta en acta».

La doblé, me la guardé en el bolsillo de la camisa, junto al pecho, y terminé la cena con el papel ahí, caliente, sin saber que era el último objeto tierno que me iba a caber en ese bolsillo en mucho tiempo.

Y entonces llegó el momento que Beni había estado preparando toda la cena, porque los viejos preparan sus momentos como los toreros preparan la plaza: sin avisar y toda la vida.

Se levantó. Recogió su vaso —no el plato, el vaso, que es lo importante— y lo puso en el centro de la mesa, vacío, con solemnidad de prueba depositada.

Luego se quedó mirándome un rato largo, con esa mirada suya de conductor nocturno, la de los que han visto pasar a la gente por delante durante veinte años y saben distinguir a los que llevan algo encima.

—Yo tenía que traer mi reseña —dijo—. Que este mes no he traído libro, pero he traído reseña igual, que la reseña la tengo yo en la cabeza y no hace falta libro.

—Beni… —empezó Irene, a la que le olía el incendio.

—Déjale —dijo Lucía, muy bajito.

Beni se señaló la sien con un dedo.

—Mi reseña de este mes es de un libro que no se ha escrito todavía.

—Me miró a mí, y a nadie más—. El autor lleva todo el verano escribiéndolo sin darse cuenta, que es como mejor se escribe, y la trama ya la sabemos todos menos él.

Es la historia de un tío que se equivocó de enemigo.

—Pausa. La vela chisporroteó—. Que el enemigo no era la junta, ni la factura, ni el banco.

El enemigo es otra cosa, más pequeño, que cabe en un bolsillo y pesa más que todo lo demás.

—Recogió su vaso, lo miró contra la luz, y lo dejó otra vez—.

Y mi reseña es una sola frase. —Se inclinó hacia mí, con las dos manos en la mesa, y la dijo despacio, para que no se me olvidara nunca:

—El orgullo no paga las cañas, niño.

Nadie habló. Daniel abrió la boca y la cerró, que en él era un síntoma de terremoto. Irene miró su plato con devoción de rezo. Y yo me quedé con la frase entera dentro, clavada donde clavan las frases que llegan a su hora, que es en el sitio que una herida deja libre al cerrarse.

—¿Y quién paga las cañas, Beni? —pregunté yo, por fin, con la voz rara.

—Los amigos, cuando los dejan —dijo el viejo, sentándose otra vez y cogiendo el vaso como si nada—. Que es lo único que pagan los amigos: las cañas. Lo demás no se paga, se acompaña. —Levantó el vaso hacia mí—. A la tuya, escritor. Que la tuya ya está pagada hace tiempo, y lo sabes.

Brindamos. No sé por qué brindamos, pero brindamos, los seis, con la vela en medio y la noche de agosto fuera, y la frase se quedó en la mesa como se quedan los invitados que han dicho la verdad: incomoda, presente, y ya imposible de ignorar.

Aquella noche no dormí, pero no fue el insomnio de siempre.

Fue otra cosa, nueva en tres años: estar despierto sin archivo.

Me quedé en la cama con las manos detrás de la cabeza, repasando la frase de Beni, y descubrí que no me dolía.

Me ordenaba. Llevaba dos meses dándole vueltas a un plan —contarlo, no contarlo, el manuscrito sobre la mesa, la carpeta en el cajón—, y el viejo, con su reseña de un libro inexistente, me había dado la única reseña que importa: la que te lee entero y te dice, en una frase, por qué no eres feliz todavía.

Los críticos escriben sobre el texto. Beni había escrito sobre mí.