Capítulo doce — Tregua #3
Pensé en mi padre, que era la otra cara de la frase.
El orgullo no pagaba las cañas, no: en mi casa, el orgullo había pagado todo.
Había pagado la ferretería hasta el último trimestre, pagado la dignidad puerta a puerta, pagado mi colegio de los buenos en los años malos.
Mi padre no perdió por orgullo: aguantó por orgullo, que es la versión noble del mismo vicio, y se rompió igual.
Esa era la diferencia fina que Beni no había dicho y que yo le debía ya, tumbado en la oscuridad: no se trata de tener orgullo o no tenerlo.
Se trata de saber qué se está dispuesto a pagar con él.
Yo había estado pagando con el mío todo lo bueno de aquel verano —el café de las mañanas, la cocina de las tres, la carpeta que ella me había hecho sin que yo se lo pidiera—, pagándolo en silencio, a plazos, sin recibo.
Y los plazos, como todos los plazos, estaban llegando a su fecha.
A las tres menos cuarto me levanté. Hice lo que hago: cocina, lamparita, taza. Pero la cocina ya estaba ocupada.
Lucía estaba sentada a la mesa, con su taza del asa grande y la libreta roja cerrada delante, como quien espera sin saber que espera. Levantó la vista y no se sorprendió, que era lo nuestro.
—¿Tú también? —dije yo.
—Tú también —dijo ella, con la sonrisa pequeña de las tres de la mañana.
No hablamos de Beni. No hizo falta: ella había estado en la mesa, había visto la cara que se me quedó, y las cosas que ella ve no necesitan nombre en voz alta.
Hablamos del tejado —que hacía noches que no subíamos—, y a las tres y media estábamos en la azotea de doña Pilar con la llave prestada y la ciudad entera abajo, quieta y tibia, con sus cocinas de las tres encendidas a pared con pared.
Nos quedamos en el pretil hasta que el aire cambió, hablando de todo lo que no importa, que es de lo que mejor se habla.
Ella me contó que de pequeña quería ser «la de los números de la tele», que era como llamaba ella a las presentadoras del tiempo, y que su padre le compró un mapa de España con las capitales al dorso para que practicara.
Yo le conté que de pequeño quería ser cantante de orquesta, que era lo más parecido a escritor que conocía un niño de mi barrio, y que mi padre me regaló una pandereta de la ferretería —la única sección que no vendía— para quitarme la idea.
«Ves —dijo ella—: los dos con un mapa y una pandereta, y hemos acabado igual.
Tú cuentas historias y yo cuento números.
» «No es lo mismo.» «Es exactamente lo mismo. Lo único que cambia es la moneda.»
Y en un momento —no sé cuál, que esos momentos no avisan— dejamos de hablar, y el silencio hizo lo suyo, y nos besamos con la ciudad debajo y las sábanas de doña Pilar secándose al viento detrás, y fue un beso distinto al del verano: sin el vértigo del primero, con otra cosa, con la calma de saber ya a qué saben.
Bajamos a las cuatro. En el pasillo del bajo, con las dos puertas delante y la luz del ventilador en su esquina —que ya no tenía custodia, que ahora era común, como todo lo demás que valía la pena—, ella se quedó quieta un segundo delante de su puerta, y no entró.
—El protocolo de pasillo —dijo, mirando el suelo— contemplaba el cruce.
—Contemplaba el cruce —dije.
—No contemplaba esto.
—Entonces es un hueco de gestión —dije, robándome su frase, que era mi oficio—. Y los huecos de gestión se resuelven despacio, en comisión.
—¿Esta noche hay comisión? —dijo ella, y levantó la vista, y ya no había broma en ninguna de las dos caras.
Y la puerta se cerró con el ruidito de siempre, y lo que pasó después de la puerta es de las dos personas que la cerraron, que fue la única cláusula del contrato que ninguna de las dos partes redactó y que se cumplió entera esa noche.
Yo salí de allí a las cinco de la mañana, en puntillas, con el pasillo entero oliendo a madrugada buena, y bajé a la cocina a por un vaso de agua antes de volver a mi cuarto.
Pensaba en el desayuno —en quién lo hacía, día par, día suyo—, en que había que comprar té, que las dos bolsitas de tila de aquella noche del verano no se habían repuesto nunca, y en si Diana contestaría algo más que «sigue».
Pensaba en cosas pequeñas, con la cabeza llena de paz, que es la única manera de pensar las cosas pequeñas.
Pasé por el portal a tirar un papel, y vi el sobre.
Estaba sobre la mesa del portal, donde la administración deja las comunicaciones oficiales cuando no caben en el buzón: gris, doblado por una esquina, con mi nombre y el del segundo escritos en la letra de siempre.
Lo cogí con la mano del vaso de agua, sin sospecha ninguna, pensando en el té del desayuno.
Lo abrí en la penumbra del portal, con la bombilla de la Asunción zumbando por encima.
El membrete venía con el sello rojo de la certificación. Rojo como una alarma, rojo como los avisos que llevo tres meses escondiendo dentro de novelas ajenas.
Y la primera línea decía que la derrama de la reparación urgente, la de la tubería general, constaba abonada.