Todo Madrid cree que él se lo pidió. Ella estaba delante y sabe que no.
Celia e Iñigo llevan cuatro meses viviendo juntos y dos cajas suyas siguen precintadas en el pasillo.
Cuando aceptan documentar el último invierno de La Aurora, una pista de hielo de barrio que cierra después de medio siglo, ponen una condición: esta vez ellos no son el contenido.
La condición dura diecisiete minutos.
A Iñigo se le cae un estuche al hielo. Se agacha a recogerlo. Desde la grada, una madre de la clase de los sábados hace una fotografía con el móvil, y el ángulo borra los tres metros que ha rodado el estuche y deja a un hombre con una rodilla en el suelo y a una mujer delante.
Lo desmienten enseguida. La rectificación viaja mucho menos que la foto.
Mientras internet decide por ellos, Celia entrevista a las parejas de un libro de contabilidad donde una mujer de ochenta años lleva anotando a mano, desde 1971, todas las pedidas de mano que ha visto desde su despacho.
Ochenta y una. Tres columnas: los nombres, la fecha y la respuesta.
Sí. No. Y, tres veces, una tercera palabra.
Y en una cocina de nueve metros, dos personas que ya se quieren descubren que eso era la parte fácil. Que falta hablar de dinero, de una casa que es de uno solo, de un contrato de tres meses y de una carta que ella escribió hace un año y no llegó a echar al correo.
Una comedia romántica de invierno sobre una pareja que ya está junta, sobre lo que cuesta pedir en voz alta y sobre lo que se queda escrito cuando cierra un sitio.
Humor, frío, hielo malo y chocolate de máquina. Final feliz. Sin triángulos, sin malentendidos tontos y sin ruptura.
«Un otoño casi perfecto» y «Un invierno casi perfecto» pueden leerse por separado.







