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El vídeo tenía veintidós segundos y empezaba tarde.
Empezaba en el «no», sin el panel, sin las cuatro llaves, sin los tres minutos anteriores y sin la frase de después. Estaba grabado desde la fila cuatro de la grada, en vertical, con un pulgar tapando la esquina de arriba a la derecha durante los primeros dos segundos.
Se veía a un hombre con un micro en la mano.
Se le veía la cara entera y muy bien, porque estaba bajo los ocho focos y de frente a la cámara.
Se le oía decir que no, y que eso no, y que eso no lo iban a hacer, y que a esa mujer no le iba a preguntar nada delante de doscientas personas, ni hoy ni nunca.
Y se veía a una mujer de espaldas, a medio metro, con un jersey gris, sin moverse.
Terminaba ahí.
A las ocho de la mañana del domingo tenía cuatrocientos mil. A las tres de la tarde tenía un millón cuatrocientos mil, y ya no era un vídeo, era un asunto, con gente opinando encima que no había visto ni ese vídeo.
Lo vio seis veces y a la sexta supo que se estaba mirando la nuca.
Lo que más le costó entender fue lo del sonido.
En el vídeo se oía mal, con el eco de una nave y con el micro del chico del gimnasio saturando en las eses, y por eso la gente subía el volumen. Y al subir el volumen se oía otra cosa que en la pista no se oía: el murmullo de doscientas personas conteniéndose.
Ese murmullo, en veintidós segundos y a todo volumen, no suena a expectación. Suena a lástima.
Su madre llamó el domingo a las nueve y diez de la mañana.
—Hija.
—Mamá.
—Que me lo ha mandado tu prima Bea.
Y Celia se rio con una risa horrible, porque su prima Bea era una mujer de cuarenta y seis años que vivía en Zamora y que no tenía nada que ver con nada, y porque en ese momento pensó que el universo se estaba pasando bastante.
—¿Y qué te ha mandado?
—Un vídeo de tu novio.
—Y yo le he dicho que eso no puede ser, que yo hablé contigo el jueves y estabas bien.
—Estoy bien, mamá.
—Ya lo sé que estás bien. —Un silencio de esos de Valladolid—. Pero es que sale muy claro, hija.
—Es que está cortado.
—Sale muy claro.
—Mamá, que está cortado. Que le han quitado lo de antes y lo de después.
—Ay. —Otro silencio—. ¿Y quién corta eso?
—Nadie. Uno que empezó a grabar tarde.
—¿Y por qué no lo ponéis entero?
Y Celia estuvo con el móvil en la oreja, de pie en un salón, y no supo qué contestarle a su madre.
Nieves llamó el lunes a las once, y esa fue la llamada mala.
Empezó bien, como empiezan las malas.
—¿Cómo estás?
—Estoy bien.
—Celia.
—Estoy bien de verdad. Estoy en casa, tengo el montaje terminado y no he mirado el teléfono desde ayer a las tres.
—Vale. —Una pausa—. Te tengo que contar una cosa y no te va a gustar.
—Dime.
—Lo de Alcorcón se ha caído.
Lo de Alcorcón era una serie de cuatro piezas para el área de cultura de un ayuntamiento del sur, cuarenta y cinco días de trabajo, y era el único encargo cerrado que Marea tenía para abril.
—¿Se ha caído por qué?
—Se ha caído porque sí.
—Nieves.
—Se ha caído porque el técnico me ha llamado esta mañana y me ha preguntado, con muy buenas maneras, si tú estabas en un momento personal complicado.
—Se le oyó respirar—. Y yo le he dicho que no.
Y él me ha dicho que vale. Y dos horas después me ha escrito para decirme que lo dejamos para el otoño.
Se sentó en el brazo del sofá.
—¿Ha dicho el vídeo?
—No ha dicho el vídeo. Nadie dice nunca el vídeo. —Nieves bajó la voz—. Y a mí lo que me da rabia es que ese hombre no es mala gente. Ese hombre tiene una jefa, y la jefa tiene un concejal, y el concejal ha visto el móvil el domingo como todo el mundo.
—Ya.
—Y esto se le pasa. Esto en seis semanas no se acuerda nadie.
—Ya lo sé.
—Y en seis semanas ya no hay Alcorcón.
Lo del supermercado fue el lunes por la tarde y fue lo que la echó de casa.
Estaba en la cola de la caja tres, con un paquete de café y detergente, y la mujer de delante se giró.
Tendría cincuenta y muchos años, llevaba un abrigo de cuadros y tenía una cara buena.
—Perdona, ¿tú eres...?
—Sí.
—Ay. —Se llevó la mano al pecho—. Ay, hija.
—Estoy bien.
—Que no te lo mereces.
—De verdad que estoy bien.
—Yo se lo dije a mi marido. Le dije, mira lo que le hace ese hombre a esa chica delante de todo el mundo. —Le puso una mano en el brazo—. Y encima con lo de la pista, que a mí eso me parecía precioso.
—Es que no fue así.
—Ya, ya.
—Es que le han cortado el vídeo.
—Claro, cariño. —Le dio dos palmaditas en el brazo y se giró hacia la cinta—. Tú anda con cuidado.
Celia pagó, salió a la calle y anduvo cuatro manzanas con la bolsa en la mano sin ir a ningún sitio.
Después le escribió a Iñigo.
Me voy a casa. No es contigo. Necesito estar sola una noche.
Vale. ¿Quieres que me vaya yo a casa de mi hermano?
No. Ve tú cuando quieras.
Voy a las diez, si te parece.
Vale.
Celia.
Dime.
Ya lo sé que no es conmigo.
Llegó a las siete y media, dejó el café y el detergente en la encimera, se quitó el abrigo y siguió de pie en el pasillo.
Las dos cajas estaban donde llevaban cuatro meses.
Debajo de la balda de los abrigos, contra la pared, obligando a meter la barriga para entrar en el baño. COCINA / VARIOS en las dos, con su letra, con la cinta de embalar del color de una uña vieja.
Fue a por el cuchillo de la cocina.
La cinta se rompió de una pasada y hizo el ruido que hace, y Celia abrió la primera caja de pie, en el pasillo, a las siete y cuarenta y cinco de la tarde de un lunes.
Arriba del todo había papel de periódico arrugado.
Debajo, un wok.
Un wok de veinticuatro centímetros, con el mango de madera y el antiadherente intacto, comprado en 2019 y usado dos veces. Lo sacó, lo dejó en el suelo y siguió.
Seis vasos de tubo, de los que venían en oferta, envueltos de uno en uno en más papel de periódico. Dos estaban rotos. Se habían roto dentro de la caja en algún momento de los últimos cuatro años y nadie se había enterado.
Un molde de bizcocho.
Un escurridor.
Un rollo de bolsas de basura de un tamaño que ya no compraba.
Una tapa sin cazuela.
Debajo del todo, una carpeta de gomas de plástico verde con las nóminas de su primer trabajo, de 2011 a 2014, y el manual de instrucciones de una lavadora que había dejado en un piso del que se fue en 2021.
Y una espumadera.
Y un abrelatas de los de manivela, con óxido en el eje, que ella no recordaba haber comprado nunca y que probablemente no era suyo.
Eso era la caja uno.
La caja dos tenía libros. Veintitantos, la mayoría leídos, tres regalados y sin abrir.
Un cargador de un móvil que ya no existía.
Un disco duro externo de una campaña de 2018.
Un cuaderno de espiral con las cuentas de una mudanza.
Una bolsa de tela con las llaves de dos pisos en los que ya no vivía nadie que ella conociera. Un cactus de plástico.
Y ya.
Ya está. Eso era todo.
Se sentó en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, entre un wok y cuatro vasos de tubo.
Cuatro años.
Cuatro años y dos mudanzas cargando aquello. Cuatro meses en aquella casa subiéndolo y bajándolo de la cama de la habitación pequeña, al pasillo, otra vez a la cama, otra vez al pasillo. Cuatro meses de meter la barriga para entrar en el baño.
Cuatro meses diciéndole que no a un hombre que se ofreció a abrirlas un martes con una cerveza.
Y no había nada.
No había una carta de nadie, ni una foto que doliera, ni un anillo de otra persona, ni la escritura de nada, ni un secreto. Había un wok, dos vasos rotos y las nóminas de un trabajo que ya no existía.
Le entró una risa muy fea y se le pasó enseguida.
Y luego, ahí sentada en el suelo del pasillo, entendió lo que llevaba entendiendo mal desde agosto.
Que no había protegido nada.
Que si dentro hubiera habido algo, aunque fuera una tontería, aunque fuera una foto de un ex, aquello habría tenido sentido y ella habría sido una mujer con un pasado que le costaba abrir.
Y no. Lo que había hecho era montar guardia delante de una puerta que no daba a ninguna parte, durante cuatro años, para poder decir que había una puerta.
Se levantó a beber agua y volvió a sentarse.
Y estuvo un rato pensando en una cosa que no venía a cuento y que le pareció, en aquel momento, la más importante del mundo, que era el orden en que se hacen las mudanzas.
Nadie precinta dos cajas y las etiqueta COCINA / VARIOS con la intención de no abrirlas.
Se precintan un domingo por la tarde, con prisa, pensando que el martes ya se colocarán.
Y luego llega el martes, y luego llega otro piso, y luego llega otro, y un día tienes treinta y ocho años y llevas un wok a cuestas por media ciudad.
No es una decisión. Ese era el asunto. Nadie decide nunca guardar un umbral vacío. Simplemente no lo abre, y no lo abre otra vez, y a la tercera ya es una cosa que hay en el pasillo.
Estuvo hasta las nueve y media haciendo tres montones.
El montón de tirar, que fue el más grande. El montón de bajar al contenedor de vidrio, que fueron los seis vasos, dos rotos y cuatro no. Y el montón de quedarse, que cabía en una bolsa de tela: los libros, el disco duro y la carpeta verde de las nóminas, porque las nóminas hay que guardarlas.
Las dos cajas vacías las dobló y las dejó apoyadas en la pared del pasillo.
El sitio donde habían estado tenía una marca de polvo rectangular y muy limpia en el suelo.
A las diez menos veinte, con las manos sucias y sin haber cenado, Celia fue a la cocina, cogió la carpeta azul de encima de los dos números atrasados de la revista, le quitó la goma y sacó el sobre.
Blanco, de los de a euro el paquete. Cerrado. Con el nombre de él por fuera con su letra.
Catorce meses y catorce días.
Lo abrió con el dedo, mal, rompiendo el borde de arriba, y sacó un folio doblado en tres.
Se sentó a leerlo.
Era mucho más corto de lo que se acordaba. Ese fue el primer golpe. Catorce meses guardando aquello y eran veintidós líneas escritas con dos bolígrafos, porque el primero se le había acabado a la mitad, tal y como recordaba.
El cuerpo era peor de lo que temía y peor de otra manera. No era dramático. No decía que se fuera a ir. No hablaba de él casi nada.
Hablaba de ella y hablaba de una cosa muy concreta, que era la manera que tenía Celia Olmedo de colocarse siempre en un sitio desde el cual nadie pudiera acusarla nunca de haber pedido algo.
Aprobar sin mirar. Aceptar la mitad. Decir «sin problema» demasiado rápido.
No quejarse del termostato. Firmar lo que le pusieran delante y luego cargar con ello sola durante cuatro años en dos cajas.
Y al final, después de las veintidós líneas, con el segundo bolígrafo y con la letra más pequeña, estaba la frase que se sabía de memoria y que llevaba catorce meses sin poder decir en voz alta.
No te la voy a mandar, porque mandártela ya sería pedirte algo.
Celia dejó el folio encima de la mesa de la cocina.
Se quedó un rato largo mirándolo, con la calefacción a veintiuno y el ruido de la nevera, y no lloró, y luego sí.
Y a las diez y cuarto, cuando ya se le había pasado, cogió el móvil y se dio cuenta de una cosa que le sentó peor que todo lo demás.
Que era exactamente lo mismo que Mila Palau.
Que aquella mujer se había pasado veintiocho años sin decir que quería una boda por miedo a que pareciera una exigencia.
Que se lo había dicho a una cámara antes que a su pareja.
Que ella lo había grabado, y que no había parado, y que había discutido con Iñigo durante una semana sobre si tenía derecho a grabarlo.
Y que en la carpeta azul de su propia cocina, a nueve metros de donde estaban discutiendo aquello, llevaba catorce meses un folio con la misma frase escrita con dos bolígrafos.
Y luego se acordó de una cosa más, y esta le dio menos pena y más vergüenza.
Que en enero, en aquella misma cocina, discutiendo por mil ochocientos setenta euros, ella le había dicho a Iñigo que el problema de los regalos es que a partir de ese día hay uno que ha dado y uno que ha recibido.
Y que aquello era verdad, y que se lo había dicho muy bien, y que llevaba catorce meses guardando en una carpeta la prueba de que ella prefería no recibir nada antes que arriesgarse a haber pedido.
Iñigo llegó a las diez y veinticinco.
Abrió la puerta, entró y se paró en el pasillo.
Miró la marca rectangular de polvo en el suelo. Miró las dos cajas dobladas contra la pared. Miró los tres montones. Miró el wok.
—¿Y esto?
Celia estaba de pie en la puerta de la cocina, con las manos sucias y los ojos hechos polvo.
—Un wok —dijo.