33
El micro pesaba más de lo que se espera y estaba caliente de la mano del chico.
Iñigo Arce lleva veinte años haciendo que la gente hable y nunca ha hablado él, y lo que pensó en el segundo y medio que tardó en levantarlo fue una cosa práctica y bastante fea: que doscientas personas estaban esperando una escena, que él tenía nueve palabras para desmontarla y que las nueve palabras iban a salir mal.
—No.
Se oyó por los altavoces del chico del gimnasio, con un pico de saturación al principio, y ese «no» solo se oyó en toda la pista.
—No. Esto no.
Alguien, al fondo, hizo un ruido.
—Esto no lo vamos a hacer.
Y ahí fue donde lo hizo mal, y lo supo mientras lo estaba haciendo, y siguió porque no había otra manera de decirlo deprisa.
—Yo a esta mujer no le voy a preguntar nada delante de doscientas personas. Ni hoy ni nunca.
Doscientas personas hicieron un ruido corto, todas a la vez, un «oh» de dos sílabas que Iñigo oyó como se oye una puerta cerrándose en otra habitación.
Levantó la mano libre.
—Y no porque no quiera preguntárselo.
Nadie se rio.
—Esa hoja de ahí. —Señaló el panel con el micro, y los dos chavales del club, que llevaban tres minutos sujetándolo, se pusieron todavía más rectos—.
Esa hoja no es un adorno. Esa es la última página de un libro que está ahí arriba, en un cajón, y está en blanco porque la señora que abrió esto en el setenta y uno lleva treinta y cinco años sin escribir en él nada que no haya pasado.
Silencio.
—Y hoy no ha pasado. Así que sigue en blanco.
Se pasó la mano por la boca. Le estaba temblando y se la bajó.
—Esta noche es de ella. Y es de Kike, que lleva desde el setenta y nueve pasando esa máquina. Y es de Marga, que lleva cuarenta y tres años fregando ahí detrás y hoy se ha puesto un abrigo rojo. Y es de treinta críos que no saben todavía dónde van a patinar en septiembre.
Bajó el micro medio segundo y lo volvió a subir.
—No es nuestra. Nosotros llevamos cuatro meses trabajando aquí y hemos dicho en todos los sitios donde nos han dejado que aquella foto de diciembre no fue una pedida. Y era verdad entonces y es verdad hoy.
Buscó a Bea en la primera fila.
Estaba exactamente donde estaba antes, de pie, con el trípode apoyado en el tubo, y no se había movido ni un centímetro.
Y él, que había ensayado en la cabeza cuatro frases distintas para ese momento en los últimos ocho segundos, no dijo ninguna.
—Gracias por venir —dijo.
Y le devolvió el micro al chico de la música.
Y ahí, en el silencio de después, pasó una cosa que no estaba en el guion de nadie.
Teresa Belmonte encendió el flexo del despacho.
Se vio desde abajo, porque la ventana interior daba a la pista y porque acababan de apagar media instalación, y ciento y pico personas levantaron la cabeza a la vez hacia un rectángulo amarillo encendido en alto, a la izquierda, encima de la grada.
Detrás del cristal se veía a una mujer de pie con algo debajo del brazo.
No hizo nada más. No saludó, no abrió la ventana, no bajó.
Encendió la luz y estuvo ahí, y eso, para las once personas de aquella pista que sabían lo que significaba, fue la única respuesta que hubo en toda la noche.
Lo que pasó después no lo recordaría nunca del todo ordenado.
Hubo un aplauso. Empezó en la grada de arriba, tarde, dubitativo, y se contagió hacia abajo, y duró más de lo que duran los aplausos incómodos, y no fue un aplauso hostil.
Hubo, sobre todo, gente que no supo dónde meterse.
Merche Ibáñez lloraba en la tercera fila y no lo disimulaba, y Lorenzo Vilches le pasó otra vez el paquete de pañuelos por detrás de dos personas.
Aixa y Doris estaban paradas en el hielo, agarradas del brazo, sin moverse.
Rosalía Tejada tenía a Amancio de la mano y miraba al frente con la cara de quien está esperando a que termine una cosa que no le gusta.
Y Elvira Nadal, que estaba a cuatro metros y que había dicho que no delante de cuarenta personas en el año setenta y nueve, cruzó los cuatro metros patinando, le puso a Iñigo una mano en el antebrazo, se la dejó ahí dos segundos y volvió con Domingo sin decir absolutamente nada.
Eso fue lo único que a Iñigo se le quedó con nitidez de todo aquel minuto.
Hubo un momento en que los dos chavales del club no supieron qué hacer con el panel y se quedaron sujetándolo diez segundos más, hasta que Sasha, once años, cruzó el hielo, les dijo algo y los tres se lo llevaron entre los tres por la puerta pequeña.
Hubo dos cabezas móviles apagándose.
Hubo un señor que le dio una palmada en el hombro al pasar y le dijo «muy bien, hijo», y una chica de veintitantos que le dijo «lo siento» y que él no supo por qué lo sentía.
Y hubo, sobre todo, doscientos teléfonos que no bajaron.
Kike volvió a subir las cuatro llaves en cuatro veces, clac, clac, clac, clac, y la pista se llenó otra vez de luz blanca y el hechizo se rompió como se rompen esas cosas, o sea, de golpe y con toda la gente mirándose los pies.
La música volvió a subir.
Y ciento y pico personas siguieron patinando veinte minutos más, porque quedaban veinte minutos y porque no había otra cosa que hacer, y eso, visto desde la barandilla, fue lo más raro de toda la noche.
Y hubo una cosa más, y esa sí la recordaría con precisión.
Paco, el presidente del Club Alameda, lo esperó al borde de la pista con la chaqueta de trabajo puesta y las manos en los bolsillos.
—Oiga.
—Dígame, Paco.
—Que yo eso no lo sabía.
—Ya lo sé.
—Que yo he visto la hoja el martes como usted y estaba tachado con dos rayas.
—Ya lo sé, Paco.
—Es que los que han bajado eso son chavales míos. —Se le movió algo en la cara—. Diecisiete años. Del club. Con el chándal del club.
—Ellos no han hecho nada.
—Ellos han hecho lo que ponía en un papel —dijo Paco—. Y el papel lleva el nombre del club.
Y se fue hacia la ventanilla sin decir nada más, y esa fue la primera factura de la noche y la pagó un señor de setenta y un años que tiene una tienda de recambios.
Iñigo salió del hielo por la puerta pequeña.
Se sentó en el banco de la izquierda del vestuario, el tercero, el de Rosalía, y entendió que le temblaban las manos.
No estaba solo. Había cuatro o cinco personas cambiándose, una madre buscando un guante y un niño llorando por algo que no tenía nada que ver con nada.
Se agachó a atarse el patín izquierdo.
No se le había soltado. Estaba bien atado y él lo sabía, y aun así se agachó, se lo desató y se lo volvió a atar entero, de abajo arriba, apretando de dos en dos ojales como le había visto hacer a Rosalía Tejada en diciembre.
Tardó ochenta segundos.
Nadie sacó un teléfono. Nadie dijo nada. Una señora pasó por delante buscando la taquilla veintitrés y no lo miró.
Cuando terminó, tenía la cara caliente y ya se le había pasado.
Fátima pasó por delante con Nayra de la mano, camino de las taquillas, y se paró.
—Perdona.
Iñigo levantó la cabeza.
—Que gracias —dijo Fátima.
—¿Por qué?
—Por lo de las cámaras. —Se colocó el bolso—. Lo de mi hija. Que yo dije que no en enero y que la mujer esa lo cumplió, y esta noche había doscientos móviles y ninguno era vuestro.
—Eso fue cosa de Celia.
—Ya lo sé. Díselo tú, que a mí me da cosa.
Y se fue con la niña, que llevaba el casco todavía puesto y que no había abierto la boca desde el salto.
Celia entró a los dos minutos, se sentó a su lado en el mismo banco, cadera contra cadera, mirando los dos a la fila de taquillas de enfrente, que era la única postura desde la que se podían decir determinadas cosas en aquel edificio.
—Ha estado bien —dijo.
—Ha estado fatal.
—Ha estado fatal y ha estado bien.
—He dicho que no te voy a preguntar nada nunca.
—Has dicho que no me vas a preguntar nada delante de doscientas personas.
—Y luego he dicho «ni hoy ni nunca».
Ella se quedó un momento callada.
—Sí —dijo—. Eso lo has dicho.
—Y luego he dicho lo otro.
—Y luego has dicho lo otro.
Estuvieron los dos ahí, con los patines puestos, oyendo el ruido de fuera.
—¿Tú crees que se ha entendido? —dijo él.
—Dentro sí.
—¿Y fuera?
Celia tardó bastante en contestar.
—Fuera hay doscientos móviles —dijo—. Y el que grabe desde el principio tiene la frase entera y el que empiece a grabar cuando oye un «no» tiene otra cosa.
—Ya.
—Y los que empiezan a grabar cuando oyen algo son más.
—Ya lo sé.
—Y yo estoy de frente a ti y de espaldas a la grada —dijo Celia—, o sea que en todos esos vídeos se me ve la nuca y se te ve a ti la cara.
Iñigo cerró los ojos.
—No lo había pensado.
—Yo lo he pensado a los cuatro segundos. —Se miró las manos—. Y me he odiado un poco por pensarlo mientras hablabas.
A las diez y media, Bea Salgado apareció en la puerta del vestuario con el abrigo puesto y el trípode plegado en la mano.
No se disculpó.
Eso fue lo que a Iñigo le pareció más grave y lo que más tardaría en entender: que no dijo «lo siento», ni «se me ha ido de las manos», ni «pensaba que os iba a gustar».
—Lo tengo entero —dijo.
Ella se puso de pie.
—¿Qué tienes entero?
—Todo. Desde que se apagan las luces hasta que le devuelve el micro al chico.
—Bea.
—Y lo del panel lo he grabado también, desde antes, cuando lo suben los chicos.
—Bea, ¿tú te das cuenta de lo que has hecho?
—Sí.
—Dilo.
—He puesto una fila que estaba tachada.
—Delante de Teresa, de Kike, de Marga y de Paco.
—Sí.
—Y los que han bajado el panel son dos críos del club.
—Sí. —Cambió el trípode de mano—. Eso es lo peor de todo lo que he hecho hoy y ya lo sé.
—¿Y entonces?
Y ahí Bea Salgado miró un rato el suelo de goma del vestuario unos segundos, y cuando levantó la cabeza no dijo nada de lo que Celia esperaba.
—El veintisiete vence el plazo —dijo.
—¿Qué?
—El requerimiento. El veintisiete. —Se colocó la correa del bolso—. Y hoy es veintiuno.
—Bea, eso no tiene nada que ver.
—Ya lo sé que no tiene nada que ver. —Y se le rompió un poco la voz, muy poco, y la recompuso en el acto—. Y aun así es lo único que tengo en la cabeza desde el martes.
Y lo dijo mirándola, sin bajar la cabeza, y después se dio la vuelta y se fue por el pasillo hacia la ventanilla, y no volvieron a verla esa noche.
Y luego, entre las diez y media y las once, pasó lo más raro de la noche, que fue que aquello volvió a ser una fiesta.
No del todo y no para todos. Pero la música siguió, y quedaban veinte minutos de hielo pagado, y ciento y pico personas que se habían levantado a las siete de la mañana para trabajar al día siguiente decidieron aprovecharlos, porque eso es lo que hace la gente.
Los niños del club montaron un tren de doce y dieron dos vueltas. Un grupo de la sesión de los viernes se hizo una foto en el centro. Marga volvió a salir al hielo, esta vez con Bruno de la mano, y llegó hasta la mitad.
Iñigo lo miró todo desde la barandilla con los patines puestos y sin volver a entrar, y pensó que si aquello lo hubiera visto en otro sitio y sin ser él, habría sido el mejor reportaje del año.
A las once menos cuarto, Kike sacó a la gente.
Lo hizo como lo había hecho desde que entró en aquella casa, que fue apagando la mitad de las luces y poniéndose de pie en el centro de la pista con las manos a la espalda, y en once minutos no quedaba nadie encima del hielo.
Los últimos en salir fueron Rosalía y Amancio, porque a Amancio hubo que ponerle los zapatos.
Marga fregó el pasillo de las taquillas a las once y veinte, con el abrigo rojo colgado de una percha de la pared y la bata puesta encima del vestido.
Y a las once y treinta y cinco, Teresa Belmonte bajó del despacho, cruzó la cafetería, comprobó las dos puertas de emergencia como todas las noches, apagó los ocho focos del centro desde la llave grande y cerró con la llave por fuera.
No hubo nada más.
No apareció un mecenas, no llamó nadie del ayuntamiento y no hubo ninguna reunión pendiente. El edificio estaba vendido desde octubre, la escritura estaba firmada, el comprador entraba el lunes y las máquinas de la empresa de desmontaje tenían fecha para el miércoles.
Se fueron los últimos, con Marga y con Kike, y en la acera hacía tres grados y el rótulo de LA AU RO A estaba apagado a una hora a la que llevaba encendido desde el setenta y uno, porque Teresa había bajado el diferencial entero.
—¿Y esto mañana? —dijo Celia.
—Mañana vengo a las nueve —dijo Kike—. Hay que vaciar el cuarto de máquinas.
—¿Usted solo?
—Yo solo.
—Kike, mañana es domingo.
—Ya lo sé.
En el aparcamiento, Iñigo miró el móvil por primera vez en tres horas.
Las luces se habían apagado a las nueve y treinta y ocho.
Eran las nueve y cincuenta y cinco cuando salieron del hielo.
Diecisiete minutos.