32
Salieron ciento y pico personas a la vez y aquello se convirtió durante quince minutos en lo más alegre que Celia había visto en su vida.
El hielo llevaba cuatro horas sin pasar la máquina y estaba destrozado, y eso resultó ser lo mejor de todo, porque en un hielo destrozado no se puede ir deprisa y todo el mundo iba a la misma velocidad.
Los que sabían no podían lucirse. Los que no sabían no se caían tanto. Se igualó la pista entera.
No cabían. Ese era el asunto. Ciento y pico personas en una pista de sesenta metros, la mitad sin saber patinar, agarradas de tres en tres, con niños metiéndose por debajo de los brazos de los adultos y con un señor de setenta años dando vueltas del revés en el centro como si aquello fuera suyo.
Se cayó Doris dos veces y las dos veces se llevó a Aixa por delante.
Elvira Nadal, que patinaba mejor que nadie de los que había allí, hizo dos vueltas enteras sola por la parte de fuera, a buena velocidad, con los brazos a la espalda y sin mirar a nadie, y luego volvió a por Domingo.
Un niño de seis años le enseñó a un señor de cincuenta a levantarse poniendo las dos rodillas primero.
Marga salió al hielo.
Cuarenta y tres años fregando aquel pasillo y no había salido al hielo ni una vez hasta esa noche, con el abrigo rojo puesto y unos patines del treinta y siete que le buscó Kike, agarrada al tubo con las dos manos y andando de lado a razón de un metro cada diez segundos.
—¡Que me caigo!
—Que no se cae, señora Marga.
—¡Que me caigo, Beatriz!
—Que la tengo.
Hizo doce metros. Doce metros exactos, hasta la altura de la ventanilla, y luego dijo que ya estaba bien y salió, y estuvo el resto de la noche contándoselo a la gente.
Celia patinó doce minutos y no se cayó ni una vez, y en la curva del fondo cruzó el pie derecho por delante del izquierdo tres veces seguidas sin pensarlo, y buscó a Iñigo con la mirada para que lo viera y no lo encontró, y le dio muchísima rabia.
Estaba en la barandilla, hablando con Marga, que ya se había quitado los patines y que estaba explicándole los doce metros con las manos.
A las nueve y treinta y ocho, la música se cortó.
No se cortó del todo. Bajó de golpe a un tercio, que es lo que hace un chico que pincha bodas cuando le han dicho que a esa hora hay algo, y en la pista se produjo ese medio segundo de desconcierto colectivo en el que ciento y pico personas dejan de moverse a la vez.
Y se apagaron las luces.
Las apagó Kike, en cuatro veces, con las cuatro llaves, tal y como lo había explicado el martes en la grada y tal y como estaba aprobado en la fila veintidós de la hoja.
Clac.
La mitad del techo se quedó a oscuras y la gente hizo el ruido que hace la gente.
Clac.
Se fue la fila de la cristalera, y la cafetería, y la proyección de las cinco piezas se quedó sola en el cristal, moviéndose sin sonido.
Clac.
Se fue el fondo. Se fue la grada.
Clac.
Y quedaron los ocho focos del centro, y ciento y pico personas paradas encima de un hielo blanco y sucio, mirando hacia arriba y aplaudiendo, porque aquello era bonito y era el final y todo el mundo entendió que era el final.
Celia estaba a nueve metros de la puerta pequeña, entre una madre con un niño en brazos y Sasha.
Y entonces vio a los dos chavales del club en la grada.
Eran dos de los cuatro voluntarios que llevaban toda la semana montando sillas, sacando cajas de patines y poniendo vallas. Dieciséis y diecisiete años, chándal azul, y estaban en la primera fila levantando algo grande y plano por encima de la barandilla.
Tardó dos segundos en entender qué era, porque lo estaban bajando de canto.
Era un panel. Blanco. Muy blanco bajo los ocho focos.
Lo pasaron por encima del tubo con cuidado, entre los dos, y lo bajaron al hielo, y cuando lo giraron y lo apoyaron, Celia vio de frente dos metros de papel cuadriculado reproducido a escala, con la raya vertical de la regla, tres columnas y un renglón vacío.
La última página del Libro.
—No —dijo, en voz alta, y no la oyó nadie porque todo el mundo estaba aplaudiendo.
Los aplausos cambiaron. Eso lo notó enseguida. Pasaron de aplausos de final de fiesta a otra cosa, más lenta y más rítmica, la de la gente que cree que va a pasar algo.
Los dos chavales sujetaron el panel de pie, uno a cada lado, con las dos manos, mirando al frente, muy serios, en la postura exacta de dos chicos de diecisiete años que están haciendo lo que les han dicho que hay que hacer.
Y en ese momento, desde el equipo del chico de la música, se encendieron dos cabezas móviles.
Eran suyas. Las traía él, de las bodas, y estaban en la hoja desde el martes, en la fila dieciocho, aprobadas: equipo propio del técnico, dos focos móviles .
Los dos haces se movieron por el hielo cuatro o cinco segundos, buscando, como buscan esas cosas en las bodas.
Y se pararon encima de ella.
Celia Olmedo estaba de pie en el centro de una pista de hielo, con la luz encima, con dos metros de página en blanco a cuatro metros por delante, con ciento y pico personas apartándose alrededor sin que nadie les hubiera dicho nada, y con Iñigo entrando desde la barandilla.
Porque él también estaba iluminado.
Lo entendió entera y de golpe, y lo entendió en el orden en que se entienden estas cosas, que no es el orden lógico.
Primero entendió el encuadre.
Desde la grada, desde arriba, desde donde estaban las doscientas personas que ya tenían el móvil levantado, aquello no era un panel, ni una hoja, ni un aprobado y un tachado. Era una página en blanco de dos metros, dos personas solas en el centro de un hielo vacío y un círculo de gente.
Eso, en cualquier teléfono del mundo, es una pedida de matrimonio.
Y con el encuadre entendió lo otro, que era peor y que no tenía nada que ver con ella.
Que aquello iba a salir precioso.
Que aquella imagen, hecha desde la tercera fila de una grada de madera con el barniz comido, con ocho focos, un hielo lleno de marcas y una página en blanco de dos metros, iba a ser mejor que la de diciembre.
Muchísimo mejor. Que iba a durar semanas.
Y que ni ella ni Iñigo iban a poder desmentirla, porque esta vez no había ningún estuche cayéndose ni ningún accidente que explicar: esta vez estaban los dos ahí de pie, solos, en el centro, mirándose.
Segundo entendió lo de la hoja.
La fila treinta y uno estaba tachada. Con dos rayas. Delante de Teresa, de Kike, de Marga, de Paco, de Iñigo y de ella. La había levantado ella en el aire para que se viera.
Y en la copia que Bea había ido enseñando toda la semana a los voluntarios, al chico de la música y a Kike, esa fila no podía estar tachada, porque los chavales del club no llevaban un panel de dos metros por encima de una barandilla por su cuenta y riesgo.
Tercero vio que no podía salir.
Eso fue lo peor y fue lo más rápido.
Porque para salir de allí tenía que patinar nueve metros hasta la barandilla, con dos focos encima, delante de doscientas personas que llevaban cuatro meses siguiendo aquella historia en internet.
Y si lo hacía, lo que doscientos móviles iban a grabar era a una mujer marchándose.
—Celia.
Iñigo llegó a su lado. Se paró a medio metro, de frente a ella, dándole la espalda a la grada, y lo hizo bien, porque Iñigo Arce lleva veinte años sabiendo dónde ponerse.
—¿Lo has visto? —dijo ella.
—Lo he visto.
—Está tachado, Iñigo.
—Ya lo sé.
—Está tachado con dos rayas y lo levantó ella en el aire.
—Ya lo sé.
Los aplausos habían parado y ahora había un silencio muy raro, de ciento y pico personas conteniéndose, y por debajo la música a un tercio y el zumbido del compresor.
Alguien silbó al fondo. Alguien dijo «¡venga!». Una señora, muy cerca, le dijo a otra «ay, mira, mira».
—¿Dónde está? —dijo Celia.
—En la primera fila.
—¿Con el móvil?
—Con el móvil en un trípode.
Y con eso entendió, por fin, cómo se había hecho.
Los chavales del club no habían desobedecido nada.
Los chavales del club habían hecho la fila treinta y uno de una hoja de cálculo, que era exactamente lo que llevaban haciendo toda la semana con las filas doce, dieciséis y veinte, y que era lo que hace cualquier voluntario de diecisiete años cuando la persona que lleva el papel le dice dónde va una cosa.
Kike había hecho las cuatro llaves, que estaban aprobadas.
El chico de la música había bajado el volumen a un tercio y había encendido sus dos cabezas, que estaban aprobadas.
Nadie de aquel edificio había hecho nada que no estuviera en un papel.
Lo único que había pasado es que en un papel había una fila de más.
Celia miró.
Bea Salgado estaba en la primera fila de la grada, de pie, con un trípode pequeño de esos de mesa apoyado en el tubo y el teléfono puesto en horizontal, y no estaba mirando la pantalla. La estaba mirando a ella.
Y cuando sus ojos se encontraron, Bea no apartó la vista, y eso fue lo que le dijo a Celia que aquello no era un malentendido.
Después, y esto Celia lo pensaría muchas veces, Bea hizo una cosa que no encajaba con nada.
Sacó de debajo del brazo la hoja de cálculo impresa y la dejó encima del tubo de la barandilla, doblada, a la vista, donde la vería cualquiera que se acercara.
Y volvió a mirarla.
En la grada, detrás de ella, había doscientos teléfonos levantados.
No se levantaron a la vez ni de manera coordinada: se fueron levantando en dos o tres oleadas, como se levantan siempre, empezando por los de delante y contagiándose hacia arriba, y cuando Celia se giró a mirar ya no quedaba ninguno abajo.
Arriba del todo, en el despacho, la ventana interior estaba iluminada y Teresa Belmonte estaba de pie, con la placa de la máquina todavía debajo del brazo.
No bajó.
Tardaría Celia bastante tiempo en entender por qué, y cuando lo entendiera le parecería lo más justo de aquella noche: porque el libro estaba en aquel cajón, porque lo que había en el hielo no era el libro, y porque una mujer de ochenta años no puede cruzar veinte metros de pista llena en menos de un minuto.
Se giró otra vez hacia Iñigo.
Y por debajo de todo aquello, mientras estaba parada bajo dos focos con doscientos teléfonos delante, a Celia se le puso en la cabeza una cosa completamente inútil.
Se acordó de un lunes de enero, en la sala pequeña de Marea, diciéndole a Nieves que no iban a salir en ninguna publicación de la marca, y de lo bien que se lo había dicho, con las dos manos encima de la mesa y sin subir la voz, y de lo satisfecha que había salido de aquella reunión.
Cuatro meses de decir que no en despachos.
Y la noche en que de verdad hacía falta decir que no, el sitio no era un despacho. Era un hielo con ciento y pico personas apartándose, sin mesa, sin acta y sin nadie tomando nota de nada.
Sasha estaba a tres metros, con el chándal azul y los brazos cruzados, mirando el panel con la cara de una niña de once años que está intentando leer una cosa que no entiende.
Bruno estaba agarrado a la pierna de su madre.
Y en la fila cuatro, Fátima había cogido a Nayra por el hombro y le había dado la vuelta, y le estaba diciendo algo al oído, y Nayra tenía el móvil de su madre en la mano y lo estaba bajando.
Eso fue lo único que Celia agradeció de toda la noche.
—No pienso hacer esto —dijo.
—No.
—Ni aunque quisiera. Ni aunque me apeteciera muchísimo. Aquí no.
—No.
—Y si me voy andando, mañana soy la que se fue.
Él la miró un segundo.
Después le puso una mano en el brazo, se separó medio metro, se giró hacia la grada y levantó la otra mano, y el chico de la música, que llevaba treinta segundos sin saber qué hacer con la cara, le acercó el micro por encima de la barandilla.