Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 31 #2
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—Ya lo sé, pero la placa es de la máquina.

—La placa la pintó su padre —dijo Kike.

Y ahí, después de cuatro meses de rebeca y de frases de cuatro palabras, a Teresa Belmonte se le cambió la cara.

No lloró. Se le puso una cosa en la boca durante dos segundos, se le fue, y después miró la placa, la giró para ver la parte de atrás, comprobó los cuatro agujeros y dijo:

—Está bien quitada.

—Con la de estrella.

—Ya lo veo.

Y se la puso debajo del brazo, dio media vuelta y volvió a la ventanilla, y no dio las gracias, y nadie se lo tuvo en cuenta.

Después de la placa, cuando la gente ya volvía a lo suyo, Marga se acercó a Teresa con el micro todavía en la mano y le dijo una cosa más, esta sin megafonía y a medio metro, que Iñigo oyó porque estaba al lado y que no apuntó en ningún sitio.

—Y otra cosa, señora Teresa.

—Dígame.

—Que yo el lunes ya no vengo.

Teresa Belmonte siguió con la placa debajo del brazo.

—Ya lo sé, Marga.

—Es que llevo desde el jueves queriendo decírselo y no encuentro el momento.

—No hay momento para eso.

—Ya. —Marga se colocó el abrigo rojo—. Bueno, pues ya está dicho.

Y se fueron cada una para un lado.

A las nueve y cuarto, con la gente ya otra vez en el hielo, Bea hizo la única cosa de toda la noche que no estaba en la hoja y que no le reprochó nadie.

Cogió el micro del chico de la música, se subió al primer escalón de la grada y leyó, sin presentarlas y sin decir de dónde salían, cuatro respuestas del formulario.

Cuatro de trescientas cuarenta y una. Sin nombres.

Una era de un hombre que decía que aprendió a patinar allí en el noventa y siete porque una chica de su clase venía los viernes, y que la chica no le hizo ni caso y que él sigue patinando.

Otra era de una mujer que decía que había traído a su padre todos los domingos durante dos años y que su padre murió en enero.

La tercera decía, entera: «Yo no sé patinar. Yo venía a la cafetería».

Y la cuarta eran nueve palabras: «Aquí me pidieron matrimonio y dije que no. Gracias».

Bea bajó el micro y no explicó ninguna de las cuatro, y volvió a poner la música.

A las nueve y veinte, Rosalía dijo que ya.

Bea despejó el hielo en cuatro minutos y sin que se notara, que era una cosa que sabía hacer y que Iñigo llevaba tres meses admirándole.

Los niños salieron a por chocolate. Los patinadores de la sesión libre se fueron a la barandilla.

Y quedaron los veinte metros del centro vacíos, con el hielo hecho polvo, lleno de marcas cruzadas de doscientas cuchillas.

Amancio Bru salió con los patines puestos y la mano derecha en el tubo.

Rosalía se los había atado en el banco de la izquierda, el tercero, empezando por el pie derecho, tirando de abajo arriba, dos ojales, otra vez, y rematando con un nudo doble muy apretado. Setenta y ocho segundos por pie.

Anduvieron.

Veinte minutos, la vuelta entera, ella a su izquierda, hablándole de cosas sin importancia en un tono normal. Que si el jueves venía Mari Carmen. Que si mañana hay que ir a la farmacia.

La música estaba puesta y muy baja. Nadie sacó un teléfono.

Iñigo miró la grada y vio a doscientas personas mirando a dos ancianos dar una vuelta a un hielo destrozado, y vio a Merche Ibáñez llorando sin ningún disimulo, y vio a Lorenzo Vilches, tres asientos más allá, pasándole un paquete de pañuelos por detrás de dos personas.

En la vuelta de atrás, cuando pasaron por delante de la puerta pequeña, Amancio se paró.

Se quedó ahí, con la mano en el tubo, mirando el hielo.

Rosalía no le metió prisa. Se puso a su lado y esperó, y estuvieron parados los dos unos quince segundos, y después él siguió andando y ella siguió a su izquierda, y nadie sabrá nunca qué fue eso.

Julián Herrera se apartó de la ventanilla cuando pasaron por delante y se quedó de pie contra la pared, con las manos en los bolsillos de la cazadora, mirando.

Iñigo se acercó y se puso a su lado sin decir nada, y eso era lo que sabía hacer.

—Cincuenta y tres años —dijo Julián al rato.

—Más.

—Más. —Siguió mirando el hielo—. Fíjese qué cosa. Yo esto lo he visto mil veces y nunca lo había visto.

—¿El qué?

—A la gente mayor. —Se movió un poco—. Yo venía aquí los sábados por la tarde, con veintitantos años. Los martes no venía nadie que yo conociera.

Estuvieron así hasta que Rosalía y Amancio pasaron otra vez por delante, y entonces Julián se despidió con la mano sin que nadie lo estuviera mirando y se fue hacia la puerta, y a las once, cuando desalojaron, ya no estaba.

—Esto no lo estamos grabando —le dijo Celia al oído.

—Ya lo sé.

—Digo que me da igual.

—A mí también.

A las nueve y cuarenta y cinco, Bea Salgado subió a la grada con una hoja de cálculo impresa en la mano y le dijo algo al chico de la música.

Después bajó, cruzó por delante de la ventanilla y le hizo un gesto a Kike con cuatro dedos abiertos.

Kike miró la hoja que ella le enseñó, asintió y se fue hacia el cuarto de máquinas.

Y por megafonía, con la voz del chico del gimnasio que pinchaba los sábados, sonó lo que estaba en la fila treinta y que todo el mundo había aprobado el martes por unanimidad.

—Bueno, pues ya sabéis. La última media hora es de todos. Todo el mundo al hielo.