31
A las seis menos diez, cuando Kike abrió la puerta de aluminio, había ciento treinta personas en la acera y la cola daba la vuelta a la esquina del locutorio.
—Madre mía —dijo Bea.
—Hay que cortar en doscientos —dijo Kike.
—Ya lo sé.
—Doscientos y ni uno más, que lo pone en el papel de bomberos de mil novecientos noventa y uno.
—Que ya lo sé, Kike.
La cola no era de gente del barrio. Esa era la parte que a Iñigo le costó tres meses entender y que aquella noche vio de golpe: había gente del barrio, sí, y había familias de la escuela, y había cuatro o cinco caras de la sesión de los martes.
Y había otras ochenta personas que habían visto una fotografía en diciembre.
Se les distinguía en dos segundos. Los del barrio venían con la bolsa de los patines. Los otros venían con abrigo bueno y sin bolsa, y se hacían fotos con el rótulo antes de entrar.
—A mí no me molesta —dijo Bea cuando él se lo comentó—. Que vengan. Doce euros la entrada y hoy cabemos doscientos.
—¿Y mañana?
—Mañana no hay mañana.
Cortaron en doscientos a las seis y veinticinco y hubo un problema en la puerta que se resolvió como se resuelven esas cosas, que fue con Marga poniéndose delante y diciendo que no cabía nadie más.
A Marga, Iñigo tardó cuatro segundos en reconocerla.
Llevaba un abrigo rojo. Y unos pendientes. Y el pelo recogido por detrás con algo que brillaba, y unos zapatos que no eran zapatillas, y estaba de pie en la entrada de La Aurora sin cubo, sin fregona y sin nada en las manos. Ese era el problema: no sabía dónde ponerlas.
—Usted no me diga nada —le avisó al pasar.
—No he dicho nada.
—Que me está mirando.
—La estoy mirando porque está usted guapísima.
—Ya está. Ya me lo ha dicho. —Se colocó el abrigo—. Cuarenta y tres años entrando por esa puerta con una bata y hoy me pongo esto, y todo el mundo tiene que decir algo.
—¿Y le molesta?
Lo pensó dos segundos.
—Un poco no —dijo.
En la cristalera de la cafetería empezaron a proyectar a las seis y media, en bucle, y aquello funcionó mejor de lo que ninguno de los dos esperaba.
Las cinco piezas, sin sonido en el cristal, con los dos puestos de auriculares al lado y una cola de tres personas todo el rato.
La gente se paraba, veía dos minutos, se iba, volvía.
Merche Ibáñez se vio a sí misma a las siete y cuarto y dijo en voz alta que salía muy mayor, y una señora que no la conocía de nada le dijo que qué va, que salía muy bien, y Merche estuvo diez minutos hablando con esa señora.
El hueco negro también estaba. Once minutos y cuarenta segundos con el número 04 en el centro, y al lado, en un cartón que Celia había escrito a mano aquella misma tarde porque no había resuelto el rótulo dentro del vídeo, cuatro palabras.
Falta una. Está retirada.
Iñigo la vio escribirlo con un rotulador gordo, apoyada en el mostrador de la ventanilla, y no le dijo nada.
Rosalía Tejada llegó a las siete menos veinte con Amancio, con la hija de Bilbao y con una bolsa de tela que traía dentro los patines de él, la manta pequeña del sofá y un termo.
Se sentaron en la primera fila de la grada, que Bea había reservado con dos conos y un cartel escrito a mano, y Rosalía le puso a Amancio la manta encima de las rodillas antes de quitarse el abrigo ella.
—¿Va a salir? —le preguntó Iñigo.
—Veinte minutos, cuando no haya nadie en el hielo.
—¿Y cuándo no va a haber nadie?
—Cuando yo lo diga.
Elvira Nadal y Domingo Cortés llegaron discutiendo si habían aparcado bien y siguieron discutiéndolo dentro. Merche Ibáñez llegó a las siete y cuarto. Lorenzo Vilches llegó a las siete y veinte, por su cuenta, y los dos se saludaron desde diez metros con una naturalidad que ya no engañaba a nadie.
Aixa y Doris llegaron con un tupper.
—Es que no sabíamos si iba a haber algo.
—Hay chocolate.
—Ya, pero chocolate no es comida.
Y Julián Herrera llegó a las ocho menos cuarto, solo, con la cazadora de pana, y se plantó al fondo, junto a la ventanilla de alquiler, sin patines y sin acercarse a nadie.
Lo vio y no fue hacia él.
A los diez minutos, Teresa Belmonte salió de la ventanilla, cruzó los veinte metros de suelo de goma que la separaban de aquel hombre y le dio la mano.
Estuvieron así unos segundos.
No se dijeron nada que se pudiera oír desde donde estaba Iñigo, o a lo mejor no se dijeron nada en absoluto. Después Teresa volvió a la ventanilla y Julián Herrera se quedó donde estaba, y a las nueve y media todavía seguía allí.
Lo mejor de la proyección no fue la proyección. Fue la gente viéndose.
Elvira Nadal y Domingo Cortés se pusieron los dos puestos de auriculares a las siete menos cuarto y estuvieron once minutos mirándose a sí mismos, y a los cuatro minutos Elvira se quitó un auricular y le dijo algo a Domingo, y Domingo se quitó el suyo y le contestó, y estuvieron discutiendo dos minutos con los auriculares en la mano delante de una pantalla en la que ellos dos seguían discutiendo sin sonido.
Aixa y Doris se vieron de pie, sin auriculares, agarradas del brazo. Cuando salió lo del gato en la caja de zapatos, Doris se tapó la cara con las dos manos y se rio hacia dentro, y Aixa la miró a ella y no a la pantalla, que fue el plano que Iñigo no hizo y del que se acordaría bastante tiempo.
Merche Ibáñez se vio a sí misma dos veces. La segunda se trajo a la señora que había conocido veinte minutos antes.
Y a las ocho y diez, Iñigo pasó por delante de la cristalera y vio a Julián Herrera de pie delante de la proyección, con las manos en los bolsillos de la cazadora, viendo la pieza de Merche y Lorenzo.
Se quedó las cinco. Las cinco enteras, de pie, sin auriculares, y cuando llegó la sexta, la suya, se apartó dos pasos y continuó mirando desde ahí.
La exhibición fue a las siete y media y duró veintitrés minutos.
Salieron los treinta con el chándal del club, que era azul y les quedaba grande a la mitad, y Bea los sacó en tres tandas y con el silbato, y a los cuarenta segundos ya se había olvidado de que había doscientas personas mirando y estaba gritando exactamente igual que un sábado por la mañana.
—¡Bruno! ¡Rodillas!
Se cayó Bruno en la primera vuelta y se levantó él solo, y doscientas personas aplaudieron, y Bruno se puso rojo y se cayó otra vez.
Bea los sacó en tres tandas porque en el hielo no caben treinta niños a la vez sin que aquello se convierta en un accidente, y las tres tandas las tenía puestas por nivel, y los de la barandilla salieron los primeros, que es al revés de como lo haría cualquiera.
—¿Por qué los malos primero? —le preguntó una madre.
—Porque si salen los últimos, la gente ya se ha ido —dijo Bea sin girarse.
Sasha hizo su programa entero. Dos minutos y cuarenta segundos con música, y a Iñigo, que llevaba tres meses viéndola entrenar sin música, le pareció que era otra persona. Al terminar se quedó de rodillas en el centro con los brazos abiertos, once años, y la grada se levantó.
Y Nayra intentó el salto.
Lo intentó en el tercer paso del programa colectivo, en la esquina de la puerta pequeña, sin avisar a nadie, y no le salió. Se fue de canto en la caída y terminó sentada, y se levantó sola y siguió igual que si nada, que es lo que le habían enseñado.
Doscientas personas aplaudieron igual, que fue lo peor.
La niña salió de ahí con la boca apretada y sin mirar a la grada, donde Fátima estaba de pie en la fila cuatro. Bea la esperó en la puerta pequeña y le dijo cuatro palabras al oído, y Nayra dijo que sí con la cabeza dos veces y no volvió a abrir la boca en toda la noche.
Ninguna cámara del equipo grabó nada de aquello. Esa había sido la orden y se cumplió.
Doscientos móviles hicieron lo que hacen doscientos móviles.
Entre la exhibición y lo de Teresa hubo cuarenta minutos de sesión libre, y en esos cuarenta minutos pasaron muchas cosas pequeñas y ninguna importante.
Doris Arteaga consiguió que Aixa saliera al hielo y las dos dieron media vuelta agarradas al tubo antes de rendirse.
Elvira Nadal le enseñó a una niña de nueve años a frenar con los dos pies.
Domingo Cortés se sentó en la grada con Amancio Bru y estuvieron veinte minutos hablando de nada, dos hombres de setenta y tantos y de ochenta y muchos, y a Iñigo se le hizo raro, mirándolos desde abajo, que aquella era la mejor foto de la noche y que no la iba a hacer.
Y la máquina de chocolate se atascó dos veces, y Marga la desatascó las dos veces dándole con el canto de la mano en la esquina de la chapa, y Celia, que estaba al lado, se rio tanto que tuvo que apoyarse en la pared.
—¿De qué se ríe? —dijo Marga.
—De nada. De una caldera.
Lo de Teresa fue a las nueve y cinco y lo montó Marga.
Empezó como empiezan estas cosas, que es con la música cortándose de golpe y con alguien diciendo que se acerque una persona que no quiere acercarse.
—Yo no bajo.
—Señora Teresa, baje.
—He dicho que no bajo.
—Que baje usted, hombre.
Bajó, y bajó con la rebeca gruesa puesta, y se colocó en el borde de la pista con las manos cruzadas por delante y la cara de quien está esperando a que termine una reunión.
Los treinta niños del club cantaron el cumpleaños feliz.
Lo cantaron mal, en tres tonos distintos, con Nayra adelantándose y con Bruno gritando el final, y Teresa Belmonte estuvo los cuarenta segundos mirando el hielo.
—Ochenta —dijo Marga cuando terminaron, hablando por el micro del chico de la música y sujetándolo demasiado cerca de la boca—. Los cumplió en enero y no nos dijo nada. Nos enteramos por un papel del banco que vi yo hace veintitrés años.
—Marga.
—Y como no nos dejó hacer nada en enero, se lo hacemos hoy.
—Marga, que esto no es mi cumpleaños. Esto es el cierre.
—Es las dos cosas.
Doscientas personas aplaudieron.
Y entonces Kike Berrocal cruzó el hielo andando, en zapatillas, con las manos a la espalda, y llegó hasta ella y le puso algo delante.
Era una placa de metal, de unos treinta centímetros, con la pintura saltada por las esquinas y cuatro agujeros de tornillo.
Ponía GLORIA.
—La he quitado esta tarde —dijo Kike.
Teresa Belmonte la cogió con las dos manos.
—¿Y la máquina?
—La máquina se va con el edificio.