Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 30
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La hoja de cálculo tenía treinta y una filas y Bea la había traído en tres copias, dos de ellas mal.

—Es que la impresora del gimnasio se come el margen.

—Se lee.

—Se lee lo de la izquierda.

—Bea, se lee.

Eran las cinco de la tarde de un martes y estaban en la grada, siete personas en la tercera fila: Celia, Iñigo, Teresa, Kike, Marga, Bea y Paco, el presidente del Club Alameda, que había venido del negocio de recambios con la chaqueta de trabajo puesta y que en dos horas dijo doce frases, todas correctas.

—Vamos por orden —dijo Bea— y si algo no se puede, lo tacháis y ya está.

Y así estuvieron una hora y cuarenta minutos, y fue, dentro de lo que era, bastante divertido.

Luces. Kike puede apagar la mitad de los focos y dejar los ocho del centro. Lo que no puede es hacer que se apaguen despacio, porque no son de esos.

—¿No hay manera?

—No.

—¿Y si los apagamos de dos en dos?

—Se puede. —Kike lo pensó—. Los tengo en cuatro llaves. Puedo apagar en cuatro veces.

—Pues cuatro veces.

Música. Un chico del gimnasio que pincha los sábados, gratis, con su propio equipo. Bea trae la lista. La ve Teresa y tacha dos canciones sin dar explicaciones.

—Esa no.

—Es que esa la pide todo el mundo.

—Esa no.

Y no dijo más y nadie insistió.

Homenaje a Teresa. Aquí se tardó veinte minutos.

—No.

—Teresa.

—He dicho que no.

—Es que la gente va a querer.

—Que quieran. —Se puso la rebeca bien—. Yo el veintiuno abro la puerta y el veintiuno la cierro, y no me voy a poner en medio del hielo a que me aplaudan.

—¿Y si no es en medio del hielo?

—Ni en medio ni en la esquina.

Bea miró a Celia. Celia miró a Marga. Marga, que llevaba toda la reunión sin abrir la boca, dijo:

—Se lo hacemos igual.

—¿Cómo dice?

—Que se lo hacemos igual, señora Teresa. Que llevo cuarenta y tres años fregando aquí y esto lo decidimos los demás.

Teresa Belmonte la miró tres segundos.

—Bueno —dijo.

Y eso fue todo el homenaje, y quedó aprobado por unanimidad y sin que la interesada votara.

La clase. Exhibición de la escuela a las siete y media, veinte minutos, los treinta niños. Sasha hace su programa entero, dos minutos y cuarenta segundos. Nayra hace el salto, que lleva tres semanas saliéndole cuatro de cada cinco veces.

—¿Y si se cae?

—Pues se cae —dijo Bea—. Es que si no lo hace, es peor.

Cesiones. Aquí volvió a aparecer el problema de siempre y Celia lo resolvió mal y a la vista de todos.

Veintiséis firmadas para el archivo. Ninguna para una gala abierta al público con doscientas personas y móviles.

—No se puede grabar a los niños esa noche —dijo—. Ni nosotros ni nadie.

—Celia, va a haber doscientos móviles.

—Ya lo sé. Y por eso nosotros no ponemos ni una cámara en la exhibición, y lo decimos por megafonía antes, y si alguien sube un vídeo con la cara de un crío, no ha sido cosa nuestra.

—¿Y el archivo?

—El archivo se cerró el once —dijo Celia—. Lo del veintiuno no es archivo. Lo del veintiuno es una fiesta.

Patines. Hay que sacar del almacén los del cuarenta y dos y los del treinta y cinco, que llevan en cajas desde antes de la pandemia, y hay que afilar. Kike calcula tres días.

—¿Tres días?

—Tres días si me ayuda alguien.

—Te ayudo yo —dijo Bea.

—Tú tienes clase.

—Te ayudo por las tardes.

—Y yo por la mañana —dijo Marga.

—Usted friega.

—Yo friego a las siete y a las once. En medio hago lo que me da la gana.

Barra. Aquí se armó. Paco quería poner barra del club para sacar algo.

Teresa dijo que en su edificio no se vendía alcohol y que llevaba media vida sin venderlo.

Bea propuso vender chocolate de la máquina a dos euros.

Kike dijo que la máquina hacía sesenta vasos por hora.

Marga dijo que hacía cuarenta. Kike dijo sesenta. Marga dijo que ella la limpiaba.

Quedó en cuarenta.

Aforo y puerta. Doscientos. Lo pone un papel de bomberos de mil novecientos noventa y uno que Teresa tiene enmarcado en el despacho, no por gusto, sino porque es el único que hay. Kike cuenta en la puerta con un contador manual del cuarto de máquinas.

—¿Y si vienen trescientos?

—Entonces entran doscientos.

—¿Y los otros cien?

—Los otros cien se quedan fuera —dijo Kike—, y yo cierro la puerta, y a mí me da igual quién sea.

Cesiones de los entrevistados. Esta la sacó Celia y tardó doce minutos, porque las cinco parejas habían firmado para un archivo y no para una proyección en una fiesta con doscientas personas.

—Las llamo yo mañana, una por una, y les pregunto.

—¿A las cinco?

—A las cinco. Y si una dice que no, esa no se proyecta.

—¿Y si dicen que sí de palabra?

—Les mando un correo de dos líneas y me contestan «de acuerdo». —Lo apuntó—. Eso también vale y además queda.

Dijeron que sí las cinco. Rosalía preguntó si podía ir su hija.

El libro. Esa la sacó Paco, y la sacó bien.

—¿El libro se enseña?

—El libro no baja —dijo Teresa.

—Ya, pero la gente va a preguntar. Yo si vengo, pregunto.

—Pues se le contesta que está arriba.

—¿Y no se puede subir a verlo?

—De uno en uno y conmigo delante —dijo Teresa, y ahí Celia levantó la cabeza, porque era la primera vez en cuatro meses que aquella mujer cedía en algo relacionado con aquel cajón—. Y sin tocarlo.

Proyección.Proyección. Las cinco piezas, en bucle, proyectadas en la cristalera de la cafetería desde dentro, con auriculares en dos puestos.

—¿Las cinco?

—Las cinco.

—¿Y la que falta? —dijo Paco.

—La que falta no está.

El presidente se rascó la ceja y no preguntó nada más, y eso a Celia lo vio como el mejor favor que le habían hecho en tres semanas.

Y a las seis y veinte, cuando ya llevaban veintiocho filas y la cosa estaba prácticamente cerrada, Bea Salgado dijo:

—Falta el final.

Celia levantó la vista de la hoja.

—¿Qué final?

—El de la noche. —Bea se movió en el banco—. A ver, lo digo entero y luego decidís, ¿vale? Que lo he pensado mucho y lo digo delante de todos precisamente para eso.

—Dilo.

—La campaña se llama «La última pregunta». Cuatro meses. Trescientas cuarenta y una personas han escrito la suya.

—Sí.

—Y la última noche tiene que acabar en algo, porque si no acaba en algo, la gente se va como de un supermercado.

—Vale. ¿Y qué propones?

—Dos cosas. —Bea levantó un dedo—. La primera, la página en blanco.

Celia dejó el boli encima de la hoja.

—No.

—Escúchame.

—Te escucho, pero no.

—Es una reproducción —dijo Bea, deprisa—. El libro no se toca, eso lo tengo clarísimo, el libro no sale de ahí arriba. Es una foto de la última página, la del renglón vacío, impresa a dos metros. He pedido precio en la imprenta de la calle de atrás y son ciento sesenta euros con el soporte.

—No.

—Se pone en el hielo a las nueve y media, se apagan los focos de dos en dos como ha dicho Kike, y la gente ve una página en blanco de dos metros. Ya está. Es la imagen de la noche.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque esa página no es una imagen —dijo Celia—. Esa página está en blanco por una razón, y la razón es que la señora que está sentada ahí no escribe lo que no ha pasado.

Todo el mundo miró a Teresa.

Teresa Belmonte tardó unos segundos.

—El libro no baja —dijo—. Ni el libro ni una foto del libro.

—Es una reproducción, Teresa.

—Ni una reproducción. —No levantó la voz—. Esa hoja está esperando a una cosa que no ha pasado. Si la bajas al hielo y la enseñas, ya ha pasado.

Bea calló un momento.

—Vale —dijo—. Vale, lo entiendo.

—¿Lo entiendes de verdad? —dijo Celia.

—Lo entiendo de verdad. Es que a mí me parecía bonito y ya está. —Se recogió el pelo y lo soltó—. Tachadlo.

Lo tachó.

—¿Y la segunda? —dijo.

Y ahí Bea Salgado tardó más, y luego lo dijo mirándolos a los dos.

—Que salgáis vosotros.

Celia notó cómo Iñigo se enderezaba a su lado.

—Explícate.

—Al final del todo. Dos minutos. —Bea hablaba deprisa otra vez—.

La campaña se llama «La última pregunta» y empezó por una foto vuestra, eso lo sabe todo el mundo y lo hemos dicho quinientas veces.

Y yo lo que quiero es que la última pregunta la haga alguien de verdad, esa noche, ahí, delante de todos.

—¿Que la haga quién?

—Vosotros.

—¿Que yo le pida matrimonio a Iñigo delante de doscientas personas?

—O él a ti. O como queráis. —Bea levantó las dos manos—. O ni siquiera eso. Que salgáis y digáis una frase. Lo que sea.

—No.

—Celia...

—No —dijo Celia, y lo dijo despacio, y lo dijo para toda la tercera fila—. Escúchame bien, porque esto lo voy a decir una vez y quiero que lo oigáis todos.

Bea cerró la boca.

—No vamos a salir. No vamos a estar en medio del hielo. No va a haber ninguna pedida, ni de verdad ni de mentira, ni preparada ni espontánea, ni con anillo ni sin anillo. No vamos a decir ninguna frase al micrófono. Y no va a haber ninguna reproducción de ninguna página.

—Y esto no es que me apetezca poco. —Se giró del todo hacia ella—.

Esto es que llevo desde el diecinueve de diciembre desmintiéndolo en todos los sitios donde me han dejado.

He perdido un colaborador, he perdido un patrocinio y me han rectificado en un medio.

Y todo eso me ha costado lo que me ha costado precisamente para no acabar la noche haciendo exactamente lo que dije que no había pasado.

Y ahí pasó una cosa que Celia no esperaba, que fue que habló Kike.

—Yo tampoco lo haría.

Todo el mundo se giró, porque Kike Berrocal llevaba cuatro meses hablando en frases de tres palabras y ninguna sobre nada que no fuera una máquina.

—¿Usted qué? —dijo Bea.

—Que yo tampoco lo haría. —Se rascó la barbilla—. Yo he visto ochenta de esas desde ahí abajo, y las que salen bien salen porque no hay nadie mirando más que el que tiene que mirar.

—Kike, la mitad fueron delante de gente.

—Delante de gente que estaba a lo suyo. —Volvió a mirar el hielo—. No es lo mismo la gente que está patinando que la gente que está esperando a que pase algo.

Hubo cuatro o cinco segundos de nada.

—Vale —dijo Bea.

—¿Vale?

—Vale. Tienes razón. —Cogió su copia de la hoja de cálculo y tachó la fila treinta y uno con dos rayas—. Tachado.

—Bea, en serio.

—Que sí. Que te he oído perfectamente y que no se hace. —Levantó la hoja para que se viera la fila tachada—. Mira. Tachado delante de todos.

Kike miró el hielo. Marga recogió el cubo. Paco no abrió la boca. Teresa Belmonte se levantó y empezó a subir la escalera.

Y así se cerró la reunión de producción de la última noche de La Aurora, con treinta filas aprobadas y una tachada, a las seis y treinta y cinco de la tarde de un martes, delante de siete personas.

Paco fue el último en levantarse.

—Bea, un momento.

—Dime, Paco.

—Lo del papel.

Celia, que estaba guardando el portátil, levantó la cabeza.

—¿Qué papel? —dijo.

—El del ayuntamiento. —Paco se sacó un sobre doblado del bolsillo de la chaqueta de trabajo—. Que llegó el viernes a mi casa, porque el domicilio social es el mío.

Bea cogió el sobre y lo abrió allí mismo.

Era el requerimiento de subsanación. Diez días hábiles para aportar la póliza de responsabilidad civil en vigor. Fecha de entrada, el viernes. Contando desde el lunes siguiente, el plazo terminaba el veintisiete.

—Seis días después del cierre —dijo Bea.

—Eso es. —Paco se puso las manos en los bolsillos—. Y yo eso no lo puedo firmar, hija.

—Ya lo sé.

—Que yo te firmo todo lo que me traes, y te lo he firmado siempre. Pero una póliza es un pago, y el club tiene setecientos euros en la cuenta.

—Ya lo sé, Paco.

—Y si la firmo y luego no se paga, el que responde soy yo.

—Que ya lo sé. —Bea dobló el requerimiento y se lo guardó—. Déjamelo a mí.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé todavía.

Se fue a las siete menos veinte y Marga con él. Kike bajó a apagar.

Celia terminó de guardar el portátil, se echó la mochila al hombro y, cuando ya estaba en el segundo escalón, se giró.

Bea seguía sentada en la tercera fila, sola, con la hoja de cálculo en una mano y el móvil en la otra, y estaba haciendo cuentas con el pulgar.

—Bea.

—Dime.

—¿Cuánto falta?

—Dos mil ochocientos.

—¿Y cuánto tienes?

Bea levantó la vista y sonrió con media boca.

—Setecientos euros del club —dijo— y una mierda de nada.