29
—«Los que dijeron que sí».
—No.
—«Ochenta y una preguntas».
—Tampoco, porque no son ochenta y una, son cinco.
—«Cinco de ochenta y una».
—Eso parece un descuento.
Llevaban una hora y cuarenta minutos discutiendo cómo titular las cinco piezas y habían llegado a esa fase de las discusiones en las que los dos ya se están riendo y ninguno cede.
El problema era real, además.
Cinco piezas de entre nueve y catorce minutos. Rosalía y Amancio. Elvira y Domingo. Merche y Lorenzo. Aixa y Doris. Julián y Montse. Y un hueco negro de once minutos y cuarenta segundos en medio con un número puesto.
—Es que si les pones título, los interpretas —dijo Celia—. En cuanto pongo «El sí más largo» ya le he dicho al espectador lo que tiene que pensar de Mila.
—Mila no está.
—Peor.
Se echó hacia atrás en la silla de la habitación pequeña.
—En la redacción esto lo resolveríamos en cuatro minutos.
—Ya, porque en la redacción titula el editor.
—Titula el editor y el redactor se enfada, sí. Es un sistema muy bueno.
—¿Y qué pondría tu editor?
—Quim pondría «Lo que pasó después». Con eso lee todo el mundo.
—Es horroroso.
—Es horroroso y funciona, y por eso tiene un despacho y yo no.
—Vale, otra vía —dijo Iñigo—. Titulamos por la respuesta. «Sí». «No». «Sí». «Sí». Y la sexta, «Pendiente».
Celia se giró en la silla.
—Ni de coña.
—¿Por qué?
—Porque «Pendiente» en un título es una promesa. El que lo lee se piensa que al final del capítulo va a pasar algo.
—Es que al final del capítulo pasa algo.
—Pasa una pregunta sobre los jueves. —Volvió a la pantalla—. Y si le pones «Pendiente» encima, se la cargas.
—A mí me parece que es la palabra del proyecto.
—Y a mí. Y por eso no la voy a gastar en un rótulo.
Estuvieron otros veinte minutos.
Probaron con las fechas solas y quedaba frío. Probaron con la primera frase de cada uno y quedaba de anuncio. Probaron con los oficios, y Celia dijo que aquello parecía un censo, e Iñigo dijo que un censo estaba muy bien, y Celia dijo que un censo estaba muy bien para el que hace el censo.
—Es que tú vienes de un sitio donde el titular es para que entren.
—Es que es para que entren.
—Aquí no entra nadie. Aquí lo ve quien lo busca.
—Eso lo dice todo el mundo que hace una cosa que no ve nadie.
—Gracias.
—De nada.
Probaron con los objetos.
—«El anillo empeñado». «El carrete gastado». «La cremallera del anorak».
—Eso es bonito —dijo Celia— y es exactamente lo que no voy a hacer.
—¿Por?
—Porque el objeto es mi pregunta, no la suya. —Cerró el portátil a medias—. Yo les pregunto por el objeto porque sé que sobre los objetos no se miente. Si además lo pongo de título, estoy contando cómo pesco.
—A mí eso me parece honrado.
—A mí me parece un truco de tío listo.
—Gracias.
—De nada.
Al final lo dejaron en una cosa que no era un título, que fue lo único en lo que se pusieron de acuerdo: el año y los dos nombres. 1972. Amancio y Rosalía. Y así las cinco. Sin adjetivos, sin subtítulos y sin una sola palabra de más.
—Se lo has copiado a Teresa —dijo Iñigo.
—Se lo he copiado a Teresa, sí.
—Nombres, fecha y respuesta.
—Nombres y fecha. La respuesta que la ponga el que lo vea.
El estado del archivo, a cuatro días del cierre, era este, y lo escribieron en la escaleta con esas palabras porque las cuatro cosas no eran la misma cosa.
Seis casos localizados.
Seis entrevistas realizadas.
Cinco piezas utilizables.
Y una silla vacía.
Antes de eso hubo dos horas de trabajo aburrido y necesario.
Celia hizo la lista de lo que faltaba y la leyó en voz alta, y era corta y muy incómoda: dos rótulos por corregir, la mezcla de sonido de la pieza de Merche y Lorenzo, que estaba llena de cafetera, y una decisión sobre el hueco.
—Yo lo dejaría tal cual.
—Once minutos y cuarenta segundos en negro.
—Con el número.
—Iñigo, en negro son once minutos de gente mirando una pantalla apagada.
—Entonces ponle un rótulo.
—Un rótulo diciendo qué.
—Lo que pusiste en la escaleta.
Celia lo pensó bastante rato.
—«No disponible. Autorización retirada» —dijo.
—Eso.
—Es que eso suena a que alguien nos ha hecho algo.
—Es que alguien ha hecho algo. Ha ejercido un derecho.
—Ya. —Cerró el portátil a medias—. Lo dejo para el final, que es lo único que puedo decidir el último día.
Teresa llamó a las siete y veinte de la tarde, a Iñigo, al móvil, cosa que no había hecho nunca.
—¿Está usted con ella?
—Está en Marea.
—Bien. —Un ruido de silla—. ¿Puede subir mañana temprano?
—Puedo subir ahora.
—Mañana temprano.
Subió a las nueve menos cuarto, con la pista todavía cerrada y con Kike pasando a Gloria abajo, y encontró a Teresa Belmonte de pie en el despacho, delante de la ventana interior, con la rebeca gruesa y sin la estufa encendida.
—¿Qué le contaron?
—Teresa...
—No le estoy pidiendo que me lo cuente. —No se giró—. Le estoy preguntando si le contaron lo mío.
Iñigo cerró la puerta.
—No.
—¿Nada?
—Ella dijo una cosa. Dijo que había una señora arriba, en una ventana.
Teresa Belmonte tardó unos segundos.
—Ya —dijo.
Y se sentó, cosa que no hacía nunca antes de las once, y le señaló la silla de enfrente con la barbilla.
—Yo estaba aquí —dijo—. En esta ventana, no en otra. Sábado por la tarde, la pista llena, y yo estaba haciendo la caja de la semana con estos papeles.
—Y levanté la vista y lo vi arrodillarse.
Señaló con dos dedos hacia el cristal, hacia la esquina de la puerta pequeña, sin mirar.
—Desde aquí se ve todo y no se oye nada. Eso ya lo sabe usted. —Se colocó la rebeca—. Y yo llevaba veinte años viendo lo mismo desde el mismo sitio. Un hombre se arrodilla, la mujer se tapa la boca, aplaude alguien. Ochenta veces.
—Y dio por hecho.
—Di por hecho. —Abrió el cajón de abajo, lo dejó abierto y no sacó nada—. Y bajé el libro y escribí los nombres, para no tener que subir otra vez después. Que en aquella época yo tenía cuarenta y tres años y todo el día era poco.
—¿Escribió también la respuesta?
—No.
—¿Nada?
—Nada. Escribí «Julián H.» y escribí «Montse», que era como los tenía yo en la cabeza, porque el apellido de ella no me lo sabía. —Cerró el cajón—. Y cuando levanté la cabeza otra vez, él ya estaba de pie.
Iñigo no dijo nada.
—¿Qué año fue?
Teresa Belmonte lo miró.
—Eso no se lo voy a decir.
—Teresa, es un año.
—Es un año que no está escrito en ninguna parte porque se lo comió el agua —dijo—. Y si se lo digo yo, usted lo apunta, y entonces ya está escrito.
—Yo puedo no apuntarlo.
—Usted es periodista.
—Ya.
—Y ella tampoco quiere que esté. —Se colocó la rebeca—. Le he oído decir que esa mujer preguntó veintidós minutos antes de decir que sí. Pues yo he tenido treinta y cinco años para pensarlo, y el año me lo quedo.
Iñigo cerró el cuaderno y lo dejó encima de la mesa, y ese gesto, que llevaba veinte años haciendo a propósito, esta vez lo hizo de verdad.
—Vale —dijo.
—Y ella me estaba mirando —dijo Teresa.
Ahí se hizo el silencio.
—¿A usted?
—A mí. Aquí. —Se tocó el cristal de la ventana interior con el dorso de la mano, sin llegar a golpearlo—. Desde el hielo se ve esta ventana muy bien cuando está la luz encendida, y yo tenía el flexo puesto porque estaba con la caja.
—¿Y ella sabía que estaba escribiendo?
—Ella me vio con el libro abierto.
Teresa juntó las manos en el regazo.
—Y yo no bajé —dijo.
—¿Cómo?
—Que no bajé. —Lo dijo igual que había dicho lo del riñón de la máquina en enero—. Tenía que haber bajado. Se baja, se pregunta y se escribe después. Eso es lo que hay que hacer y lo que he hecho ochenta veces.
—Y aquel día no bajé porque me daba vergüenza. Porque yo tenía el libro abierto y ellos dos sabían que lo tenía abierto, y bajar era decirles «he escrito sus nombres antes de tiempo».
—¿Y qué hizo?
—Apagué el flexo.
Él la miró.
—Apagué el flexo y me quedé aquí sentada a oscuras hasta que se fueron —dijo Teresa Belmonte—. Que eso es todavía peor, porque encima parecía que me escondía. Y me escondía.
Fuera, abajo, Kike terminó la vuelta y Gloria hizo el ruido de siempre al pararse.
—¿Cuánto tiempo estuvo a oscuras?
—Hasta que se fueron.
—¿Y cuánto fue eso?
—No lo sé. —Se alisó la falda con las dos manos—. Yo tenía la caja de la semana ahí encima sin terminar y no la terminé. Eso sí me acuerdo, porque el lunes la hice otra vez desde el principio.
—¿Y no bajó ni cuando salieron?
—Bajé cuando ya no estaban.
—¿Y qué hizo?
—Cerrar. —Siguió de pie—. Cerré la pista, cerré el libro y me fui a mi casa. Y desde ese día, cuando yo veo a alguien arrodillarse desde esta ventana, bajo. Bajo aunque esté con el banco, bajo aunque esté nevando y bajo aunque me caiga por la escalera. Y luego escribo.
—¿Los buscó después?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca. —Juntó las manos en el regazo—. El primer año porque me daba vergüenza. Los diez siguientes porque ya había pasado mucho tiempo. Y de ahí en adelante porque ya no se busca a nadie por una cosa de hace veinte años.
—¿Y la línea?
—La línea estuvo ahí. Sin fecha y sin respuesta, que era lo único honrado que podía hacer con ella. —Miró el archivador—. Yo pensaba tacharla y no la taché. Y ese fue el único acierto de todo el asunto.
—¿Por qué no la tachó?
—Porque tachar es escribir que no pasó nada —dijo Teresa—. Y pasó.
Se levantó.
—Y luego, en el noventa y seis, se soltó una junta del tejado y estuvo goteando ahí, encima de ese archivador, no sé cuánto tiempo, porque yo estaba con la reforma y con el banco y no subía. Y cuando lo vi, el libro estaba en el cajón de abajo con la esquina de arriba mojada.
—Y se comió la cabecera.
—Se comió cinco hojas por arriba y las pegó. —Se acercó a la ventana otra vez—. Y le voy a decir una cosa que no le he dicho a nadie y que me da mucha rabia. Que me alegré.
—¿Se alegró?
—Me alegré tres o cuatro días. Hasta que me di cuenta de lo que me había alegrado.
—Se cruzó de brazos—. Y desde entonces, en este libro no se escribe nada antes de tiempo.
Ni una coma. Y eso no es una norma bonita, que es lo que se cree la gente.
Eso es una multa que me pongo yo todos los días desde hace treinta y cinco años.
Abajo empezaron a entrar los del turno de mañana y se oyó el chirrido de la puerta de aluminio.
—Teresa, una última cosa y me voy.
—Diga.
—Si aquella noche llega usted a bajar. —Iñigo se apoyó en el respaldo de la silla—. ¿Qué habría escrito?
Teresa Belmonte estuvo un rato con eso.
—Habría escrito lo que me dijeran ellos.
—¿Y si no le dicen nada?
—Entonces no se escribe. —Se colocó la rebeca—. Eso es lo que no entiende la gente de este libro. Que la mitad del trabajo es bajar la escalera y preguntar, y la otra mitad es aguantarse cuando no te contestan.
—¿Y usted cree que le habrían contestado?
—No. —Lo dijo sin pensarlo—. Yo creo que aquella mujer me habría dicho que me fuera a mi despacho, y con toda la razón del mundo, y yo me habría subido, y la línea estaría igual que está.
—¿Entonces qué más da que bajara o no?
—Da todo. —Se giró hacia él—. Porque entonces sería una línea sin respuesta. Y lo que hay ahí arriba es una línea empezada por una señora que se creyó que sabía cómo acababa.
—¿Se lo va a contar usted a ella? —dijo Iñigo.
—¿A Celia?
—A Celia.
Teresa Belmonte se puso de perfil, mirando el hielo recién pasado, entero y liso, sin una sola marca.
—Se lo cuenta usted —dijo—. Yo lo he contado hoy y ya está contado.