Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 28
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Llegaron con veinte minutos de diferencia y eso fue lo primero que Celia entendió mal.

Julián Herrera llegó a las nueve y cuarenta, con una cazadora de pana y un coche que había aparcado mal en la acera de enfrente, y estuvo esos veinte minutos de pie en el vestíbulo, sin sentarse, mirando la máquina de chocolate.

—¿Quiere un café?

—No, gracias.

—¿Agua?

—No, gracias. Estoy bien.

Tenía sesenta y cuatro años, las manos grandes y esa manera de estar quieto que tiene la gente que ha decidido no molestar. Miró la pista dos veces a través del cristal de la cafetería y las dos veces apartó la vista enseguida.

Montse Cea llegó a las diez menos dos minutos, en taxi, y no entró.

Se quedó en la acera terminando de hablar por teléfono, o eso pareció, hasta que Celia salió y vio que no estaba hablando con nadie, que tenía el móvil apagado en la mano.

—Buenos días.

—Buenos días. —Se guardó el móvil—. Perdone. Me he quedado ahí como una tonta.

—No pasa nada. Tómese el tiempo que quiera.

—Es que hace treinta y cinco años que no entro.

Tenía sesenta y dos, el pelo corto y gris y un abrigo verde botella bien cuidado, y llevaba los guantes puestos.

—¿Está él dentro?

—Está dentro.

—Vale. —Miró el rótulo de arriba, al que le faltaban dos letras—. Eso antes se veía entero.

Y entró.

Lo de dentro duró cuatro segundos y Celia lo vio desde detrás.

Él se giró. Ella se paró a dos metros. Ninguno de los dos abrió los brazos y ninguno dio un paso adelante. Al final fue él quien alargó la mano, y ella se quitó el guante derecho para dársela, y eso, el gesto de quitarse el guante, fue lo que a Celia le dolió en el esternón sin saber por qué.

—Hola, Montse.

—Hola.

—Estás igual.

—No estoy igual, Julián.

—Bueno.

Y no dijeron nada más hasta que se sentaron.

Habían montado la cafetería la noche anterior. Persiana bajada tres cuartos, todas las mesas apiladas contra la pared menos una, y esa la habían quitado también. Dos sillas, separadas metro veinte, ligeramente giradas la una hacia la otra. Detrás, la cristalera con la pista al fondo, apagada.

Una cámara. Fija. Sin trípode de ruedas, sin segundo punto de vista, sin nadie moviéndose.

La encendió Ruth a las diez y cinco y se fue a la grada. Lucas puso dos micros de solapa y se sentó en el suelo, contra la pared, fuera de plano. Iñigo dejó la cámara de fotos dentro de la mochila y no la sacó en toda la mañana.

Y Celia se puso detrás del monitor, en un taburete, y no volvió a levantarse.

La pista abría a las once. Tenían cincuenta minutos.

—Empiecen ustedes por donde quieran —dijo.

Empezó Montse.

—Fue el once de marzo. Eso lo sé porque era el cumpleaños de mi madre y esa noche íbamos a cenar en su casa y llegamos tarde.

—Yo del día no me acuerdo —dijo Julián.

—Ya lo sé.

—Me acuerdo de todo lo demás.

—Ya lo sé.

Contaron los prolegómenos por turnos y sin discutir.

Llevaban dos años y medio saliendo. Él trabajaba en una empresa de instalaciones y ella estudiaba y hacía sustituciones en una farmacia.

Venían a la pista dos o tres veces al mes porque a ella le gustaba y a él no le gustaba nada, cosa que los dos dijeron con las mismas palabras y por separado.

—Yo venía por ella —dijo Julián.

—Él venía por mí.

Y a las diez y diecinueve, sin ningún aviso, Julián Herrera dijo:

—Yo aquel día lo hice mal.

Ella se miró los guantes, que tenía en el regazo.

—Yo lo hice mal y lo he sabido siempre —siguió él—. Y llevo treinta y cinco años pensando que ojalá alguien me hubiera parado en la puerta.

—¿Y qué hizo? —dijo Celia, y fue la única vez que habló en cuarenta minutos.

—Que se lo pedí ahí.

Señaló con la barbilla hacia el cristal, hacia la pista apagada, hacia la esquina de la puerta pequeña.

—A las siete de la tarde, con la pista llena, un sábado. Con gente. —Se frotó la rodilla con el pulgar—. Y ella odiaba eso. Ella me había dicho mil veces que no le gustaba que la mirasen.

—Se lo había dicho —confirmó Montse.

—Se lo había dicho mil veces. Yo lo sabía.

—¿Y por qué lo hizo?

Julián tardó bastante.

—Porque esa semana me habían dicho lo de mi madre.

Montse levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Lo del riñón. El martes.

—Julián, eso fue en abril.

—Eso fue el martes. —No la miró—. Lo del hospital fue en abril. Lo de que había que mirarlo fue el martes de esa semana, y yo estuve el miércoles y el jueves sin dormir, y el viernes decidí que quería que hubiera una cosa buena.

Y ahí llegó el primer silencio de verdad.

Fueron once segundos. Celia los contó después en el monitor, porque en el momento le parecieron dos minutos.

En esos once segundos no pasó nada abstracto. Montse Cea se quitó el guante izquierdo, que era el que le quedaba, lo dejó encima del derecho, los cambió de orden y los volvió a cambiar. Julián Herrera miró el suelo. Lucas, contra la pared, no movió ni un dedo.

—Tú eso no me lo dijiste —dijo ella.

—No.

—Ni ese día ni después.

—Ni ese día ni después.

—Once años, Julián.

—Ya.

—Es que once años. —No lo dijo con rabia. Lo dijo despacio, como quien lee una cifra en un papel—. Yo a tu madre la llevé al médico cuatro veces.

—Ya lo sé.

—Y tú me dejaste que la llevara sin decirme que aquello había empezado el martes de esa semana.

—Es que si te lo digo, parece una excusa.

—¡Es que es una excusa! —Y ahí sí levantó la voz, una vez, y se le fue enseguida—. Pero es una excusa buena. Es una excusa que yo te habría aceptado el mismo día.

Julián no contestó.

Celia, detrás del monitor, no tocó nada.

Lo de la pedida en sí lo contaron después, y fue mucho más corto de lo que ella esperaba y no fue lo importante.

Él dobló una rodilla en el hielo, junto a la barandilla, con el abrigo puesto. Dijo «Montse» y dijo dos palabras más. Ella dijo «para».

—¿Solo «para»? —preguntó Celia.

—Solo «para» —dijo Montse—. Y bajito, que eso es lo que más me ha durado.

—¿Por qué?

—Porque si lo digo alto, se convierte en una escena y la escena la arreglamos entre los dos. —Se colocó los guantes—. Y lo dije bajito para que no se enterara nadie, y por eso no se enteró nadie, y por eso nos quedamos ahí los dos solos con aquello encima.

—¿Y qué pasó después?

—Que él se levantó.

—Me levanté.

—Y que fuimos al vestuario, y nos quitamos los patines, y nos fuimos a cenar a casa de mi madre, y llegamos veinte minutos tarde, y cenamos.

—¿Y hablaron?

—No.

—¿Esa noche no?

—Nunca —dijo Montse.

Y ahí llegó el segundo silencio, y ese duró más y lo rompió ella misma.

—Nunca. Ni esa noche, ni al día siguiente, ni en once años. —Se pasó la mano por la falda—. Se levantó, y yo pensé: ya está, ya ha pasado. Y él pensó lo mismo. Y ese fue el acuerdo, y no lo firmamos ni lo hablamos, y lo cumplimos los dos perfectamente durante once años.

—Once años —dijo Julián.

—Once años y dos meses.

A las treinta y un minutos, Montse Cea hizo la única pregunta que había venido a hacer.

—¿Qué pone exactamente?

Celia levantó la vista del monitor.

—¿En el libro?

—En el libro.

Celia cogió el móvil, buscó la foto que le había hecho a la hoja con la linterna de Kike por detrás y se levantó, cosa que no había hecho en media hora, para acercársela.

Montse la cogió con las dos manos.

Se veía un rectángulo naranja con las fibras del papel a la vista, y dentro, torcido, medio comido por una mancha marrón, Julián H y debajo Montse , y a la derecha dos columnas vacías con la raya de la regla intacta.

Estuvo mirándolo mucho rato.

—No pone que dije que no —dijo.

—No.

—No pone nada.

—No pone nada. La fecha tampoco.

Montse le devolvió el móvil y se llevó la mano a la boca un segundo, y luego se la quitó.

—Yo llevo treinta y cinco años pensando que en algún sitio estaba escrito que yo le dije que no a este hombre delante de todo el mundo —dijo—. Y no es verdad. No está escrito en ninguna parte.

Julián la miró.

—Nadie se enteró, Montse.

—Ya. Eso lo dices tú.

—Es que no se enteró nadie. Si no lo oyó ni el de la ventanilla.

—Se enteró la señora de arriba —dijo Montse.

Y no dijo más, y ni Celia ni Iñigo ni nadie de aquella cafetería preguntó qué señora ni qué ventana, porque los dos que podían haberlo preguntado sabían perfectamente cuál era la ventana y ninguno lo hizo delante de una cámara encendida.

Lo que vino después fue lo que Celia no había previsto.

Fue una lista.

Fueron Julián Herrera y Montse Cea, sentados a metro veinte el uno del otro delante de una cámara fija, contando por turnos las cosas buenas de once años, y contándolas bien, y con detalle, y sin ninguna amargura.

Un piso de alquiler en Vallecas con una terraza en la que no cabían dos sillas.

Un sofá granate que compraron en el noventa y cuatro y que estuvo en tres casas.

Un perro que se llamaba Truco y que se murió en el noventa y nueve y del que hablaron cuatro minutos.

Veranos en Gandía. La boda de la hermana de ella.

La operación de él. La madre de él, que vivió doce años más y que los llamaba «los chicos».

Y hubo una parte de esa lista que a Celia se le quedó dentro más que ninguna otra, y fue cuando llegaron a las vacaciones.

—Gandía diez años seguidos —dijo Julián.

—Once.

—Once, sí. El mismo apartamento.

—El mismo apartamento, el mismo bloque y la misma señora, que se llamaba Encarni y que nos guardaba las llaves.

—Y el segundo año ya nos dio la de la terraza.

—La de la terraza nos la dio el tercero.

—El segundo.

—Julián, el tercero, que fue el año que llevamos al perro.

—Ah, es verdad. Truco.

—Truco.

Y ahí Se quedaron los dos callados, sonriendo, y fue el único momento de toda la mañana en que aquellas dos personas parecieron lo que habían sido durante once años, que era una pareja normal con un apartamento en Gandía y un perro.

—Fue bueno —dijo Montse—. Que eso también hay que decirlo.

—Fue muy bueno.

—A mí no me maltrató nadie, ¿eh? Que la gente se cree que si te separas es que pasó algo.

—No pasó nada —dijo Julián.

—No pasó nada —repitió ella—. Ese es el asunto.

Celia miró el monitor. Treinta y ocho minutos. Faltaban doce para que abriera la pista y ella tenía, ahí dentro, una historia entera y un final que no llegaba, y notó cómo se le empezaba a poner la mano en el pecho, que era el sitio donde le avisaba el oficio.

Hizo la única pregunta que se le ocurrió, y era una pregunta pequeña.

—¿De qué hablaban?

Los dos la miraron.

—¿Cómo? —dijo Julián.

—Que de qué hablaban ustedes. En esos once años. Por las noches, en la cocina, en el coche. ¿De qué hablaban?

Y ahí, delante de una cámara fija, en una cafetería con la persiana bajada tres cuartos, dos personas de sesenta y pico años se pusieron a buscar y no encontraron nada.

—Pues de lo que se habla —dijo Montse.

—Del trabajo —dijo Julián.

—Del trabajo, de la casa.

—De mi madre.

—De tu madre mucho.

—De la compra.

Se pararon los dos a la vez.

—Ya está —dijo Montse.

—¿Ya está?

—Ya está. Eso es todo. —Y siguió con la boca un poco abierta, mirando a un punto de la pared por encima de la cámara—. Madre mía.

Él se movió en la silla.

—Montse.

—Es que es verdad. —Se giró hacia él—. Es que llevo tres días diciéndole a mi marido que iba a venir aquí a contar lo del hielo, y no es lo del hielo. Es que después del hielo no volvimos a preguntarnos nada.

—Nos preguntábamos cosas.

—Nos decíamos cosas. Que no es lo mismo.

—Se le empezó a mover la mano y se la sujetó con la otra—.

Tú me decías a qué hora venías. Yo te decía si había pan.

Eso lo hace todo el mundo, Julián, y todo el mundo además pregunta otras cosas, y nosotros dos dejamos de preguntar el once de marzo a las siete y diez de la tarde.

—Y no nos dimos ni cuenta.

—Yo sí me di cuenta —dijo él.

—¿Cuándo?

—El noventa y ocho. En Gandía. —Se frotó las manos—. Estábamos en la playa y yo pensé: llevo seis años sin preguntarle nada a esta mujer. Y me acuerdo de que pensé que ya se lo preguntaría en Madrid.

—¿Y qué me ibas a preguntar?

—No me acuerdo.

Celia, detrás del monitor, tenía las dos manos apoyadas en las rodillas y no las movió.

Ruth no tocó la cámara. Lucas no subió la pértiga porque no había pértiga. Iñigo no sacó la máquina de la mochila.

Y a los cuarenta y cuatro minutos, Julián Herrera se giró del todo en la silla, hacia ella, y le hizo una pregunta.

—Montse.

—Dime.

—Los jueves.

Montse Cea levantó la cabeza.

—¿Qué jueves?

—Los jueves salías. —Julián tenía las manos abiertas encima de las rodillas—. Once años. Todos los jueves te ibas a las siete y volvías a las diez y media. ¿Adónde ibas?

Ella tardó unos segundos.

—A casa de mi hermana.

—¿Todos los jueves?

—Todos los jueves. Once años. —Se le quebró la voz por abajo, en el sitio donde no se nota mucho—. Le daba de cenar a los niños los jueves porque ella hacía turno de tarde.

—Ah.

—Sí.

—No te lo pregunté nunca.

—No.

—Ni una vez.

—Ni una vez —dijo Montse—. Y yo tampoco te lo conté.

Julián asintió despacio, dos veces, y luego tuvo la vista en el suelo entre sus zapatos, y no volvió a hablar.

A las diez y cincuenta y cinco, Kike encendió las luces de la pista al otro lado del cristal, y la cafetería entera se llenó de un blanco frío que les cambió la cara a los dos.

—Se ha hecho la hora —dijo Celia.

—Sí.

—¿Quieren que paremos?

—Sí —dijo Montse.

Y se levantó, y le dio la mano a Lucas, y le dio la mano a Ruth, y se fue a la calle a esperar el taxi.

Julián Herrera siguió sentado dos minutos más, con el micro de solapa todavía puesto, hasta que Lucas se acercó a quitárselo.

—Perdone —le dijo a Celia.

—No tiene que pedir perdón.

—Es que había venido a contarle lo del hielo.

—Ya.

—Y lo del hielo es lo de menos —dijo—. Fíjese qué cosa. Treinta y cinco años.

Cuando salieron, Montse estaba en la acera, con el abrigo verde y los guantes puestos, y Julián se paró a tres metros de ella.

—¿Te llevo?

—Voy en taxi.

—Ya. —Se metió las manos en los bolsillos—. Digo si te llevo.

Montse Cea lo miró.

—Vale —dijo.

Y se fueron los dos andando hacia el coche mal aparcado de la acera de enfrente, y no se cogieron del brazo, y no se dijeron nada, y Celia estuvo en la puerta de una pista de hielo a las once de la mañana viéndolos cruzar la calle.

Detrás de ella, dentro, empezaron a entrar los primeros del día.