27
Iñigo volvió a la sala de fondo local cuatro veces en tres semanas, y la cuarta ya lo saludaban por el nombre.
La bibliotecaria se llamaba Aroa, tenía unos treinta años y le tenía un cariño desproporcionado a aquella estantería.
—Nadie los pide nunca.
—¿Nadie?
—Dos veces al año. Genealogistas y gente de herencias. —Le puso el tomo del noventa y nueve encima de la mesa con las dos manos—. Y luego usted, que viene a buscar a un señor.
—A un señor y a una señora.
—A la señora no la va a encontrar.
—Ya lo sé.
—Es que en esa época las líneas iban a nombre del marido o del padre. —Se apoyó en el respaldo de la silla de al lado—. Si su señora vivía con sus padres, está en la guía con el apellido del padre y sin nombre. Y si vivía sola en el noventa y uno, era una rareza.
—Ya me he dado cuenta.
—Aquí abajo tenemos el padrón antiguo, ¿eh? —dijo, y bajó la voz sin ninguna necesidad—. Y no se lo puedo enseñar.
El método era una estupidez y funcionaba: buscar Herrera Molina, J. en la guía de cada año y anotar la dirección. Si el nombre está, es que la línea sigue. Si la dirección cambia, es que se mudó. Si desaparece, es que se fue, o que se murió, o que se pasó al móvil como todo el mundo.
1991: Sierra de Gata, 14. 1993: Sierra de Gata, 14. 1995: Sierra de Gata, 14. 1997: Sierra de Gata, 14. 1999: Camino Alto de Vallecas, 61. 2001: Camino Alto de Vallecas, 61. 2003: Camino Alto de Vallecas, 61. 2005: no aparece.
Y ahí se acababa el papel, porque en 2005 ya no había guías nuevas que sirvieran para nada y porque a partir de ahí la gente dejó de existir en los libros.
—O sea que en el noventa y ocho se mudó dos calles —dijo Celia.
—Dos calles y media.
—¿Con la madre?
—Con la madre, supongo. La portera dijo que doña Pilar estuvo en Sierra de Gata hasta que se la llevó el hijo, y la portera entró en el noventa y ocho.
—Entonces la portera y el hijo se cruzaron.
—Se cruzaron un año.
Camino Alto de Vallecas, 61, era un edificio de cinco plantas sin portero, con un telefonillo de veinte pulsadores y ningún nombre escrito en ninguno, y con un bar en los bajos que se llamaba El Rincón de Mati y que llevaba abierto, según ponía en la persiana, desde 1994.
Iñigo entró a la una y media y pidió un café.
Mati tenía sesenta y tantos años, un delantal negro y esa capacidad de las dueñas de bar de barrio para hablar contigo y con otros dos a la vez.
—Julián el del cuarto.
—¿Le suena?
—Claro que me suena. Julián y la madre. —Puso el café—. Doña Pilar, que bajaba aquí a por el pan cuando ya no debía bajar a por nada.
Iñigo dejó el cuaderno encima de la barra y no lo abrió, que a esas alturas ya había aprendido.
—¿Y siguen ahí?
—Qué va. Se fueron hará quince años. Dieciséis.
—¿Adónde?
—A un pueblo de Ávila. —Mati se puso a secar vasos—. Que él siempre decía que se iba a ir y nadie se lo creía, y un día se fue.
—¿Sabe el nombre del pueblo?
—Pues ahora mismo no le sé decir. —Siguió dándole vueltas con el vaso en la mano—. Es uno de la sierra, de esos de por ahí arriba. Empieza por na, o por ña.
—¿Navas?
—No.
—¿Navalperal?
—No, hombre. —Chasqueó la lengua—. Espere, que se lo pregunto a mi cuñado, que él tenía una prima por ahí.
El cuñado tardó dos días.
El jueves a las once y veinte, Mati le mandó un audio de once segundos por un número de teléfono que Iñigo le había apuntado en una servilleta.
«Oye, que ya está. Que es Navahondilla. Que dice mi cuñado que él iba a las fiestas.»
Navahondilla, provincia de Ávila. Cuatrocientos y pico habitantes.
Y ahí estuvo parado media hora, porque a partir de ese punto todas las opciones que se le ocurrían eran malas.
Al ayuntamiento no se llama a preguntar por un vecino, porque no te lo van a decir y porque hacen bien. Al padrón no se accede. Y el censo, la parte que se puede consultar, no da domicilios de particulares.
Lo que hay en un pueblo de cuatrocientos habitantes, sin embargo, es un bar.
Y en el bar hay un teléfono fijo, y ese sí está en internet, porque los bares se anuncian.
Llamó el jueves a las cinco y cuarto de la tarde.
—Bar Alameda, dígame.
—Buenas tardes. Perdone que llame a un bar para esto. Estoy buscando a un señor que vive ahí, se llama Julián Herrera.
Hubo una pausa de dos segundos y de fondo se oyó una televisión y una máquina tragaperras.
—¿El de la casa de arriba?
Iñigo cerró los ojos.
—Puede ser. Vino de Madrid hace unos quince años con su madre.
—Ese. —Se oyó cómo el hombre se apartaba del teléfono—. ¡Manoli! El de la casa de arriba se llama Herrera, ¿no?
Algo lejano.
—Sí, Herrera. ¿De qué es?
—Soy periodista. Estoy haciendo un trabajo sobre una pista de hielo de Madrid en la que él estuvo hace treinta y muchos años, y me gustaría contárselo y que él decida.
—Ah.
—No es nada malo, se lo prometo. Y si no quiere, no pasa nada.
—Hombre, malo no será, que él es muy buena gente. —Un ruido de vasos—. Mire, yo le digo una cosa y usted verá. Él baja los sábados a comprar y se toma un vermú. Si usted me deja un número, yo se lo doy y él le llama si quiere.
—Eso es exactamente lo que quiero.
—Pues déjeme el número.
—¿Y no le importa?
—A mí no me importa nada —dijo el hombre—. Yo le doy el papel. Lo que haga él con el papel es cosa suya.
Julián Herrera llamó el sábado a las dos menos veinte.
—¿Es usted el que ha llamado al bar?
—Soy yo. Muchas gracias por llamar.
—De nada.
Tenía una voz tranquila y algo ronca, y hablaba despacio, y en los primeros treinta segundos dejó claro que no estaba nervioso ni asustado y que tampoco tenía especial interés.
Se lo contó todo. La pista, el cierre, el libro, las ochenta y una entradas, el archivo, las cinco entrevistas.
Y luego lo otro.
—Hay una entrada que está sin terminar.
Silencio.
—Pone «Julián H.» y pone «Montse», y no hay fecha y no hay respuesta.
Más silencio. Se oía viento.
—O sea que lo apuntaron —dijo Julián.
—Lo empezaron a apuntar.
—Ya.
—Y no lo terminaron.
—Claro. —Una risa corta, sin ninguna alegría—. Es que no había nada que apuntar.
Iñigo esperó, que es lo que sabía hacer.
—Mire, yo se lo cuento —dijo Julián al rato—. Pero yo solo no.
—¿Cómo?
—Que yo eso no lo cuento yo solo. —Se le oyó cambiarse el teléfono de oreja—. Porque si lo cuento yo, cuento la mitad, y la mitad es mía y la otra mitad es de ella. Y ya le hice yo bastante aquel día.
—¿Usted tiene manera de contactar con ella?
—Tengo su teléfono.
Se sentó en el borde de la mesa.
—¿Desde entonces?
—No, hombre. —Otra vez la risa corta—. Desde hace once años. Nos escribimos por su cumpleaños y por el mío, y hablamos cuando se murió mi madre. No somos nada y tampoco somos nada malo.
—¿Y le importaría preguntarle?
—Le voy a preguntar yo, sí, porque si la llama usted se va a asustar. —Una pausa—. Y le adelanto que va a decir que no.
Entre la llamada de Julián y la de ella pasaron cuatro días en los que Iñigo no hizo absolutamente nada, que es la parte del oficio que nadie cuenta.
No se puede llamar. No se puede escribir a nadie. No se puede buscar por otro lado, porque si ella dice que no, buscarla por otro lado es exactamente lo contrario de lo que le has prometido a él.
Lo que se hace es esperar cuatro días con el teléfono encima de la mesa.
El miércoles por la tarde, mientras esperaba, revisó por décima vez la caja de resguardos de la temporada del noventa y uno, y encontró una cosa que no servía para nada y que se quedó mirando un rato largo.
En la misma caja, ocho resguardos por detrás del de Julián Herrera Molina, había otro abono anual a nombre de un tal Herrera Molina, Juan, con el mismo teléfono.
El padre, seguramente. O un hermano.
Y en la casilla de la temporada siguiente, la del noventa y dos, ese segundo abono ya no estaba.
Iñigo lo dejó donde estaba, cerró la caja y no lo apuntó, porque llevaba veinte años sabiendo distinguir una pista de un dato y aquello no era ni una cosa ni la otra.
Montse Cea llamó cuatro días después, el miércoles, desde un número de Madrid, a las ocho y diez de la tarde.
No dijo que sí.
Estuvo veintidós minutos preguntando.
Preguntó quién iba a estar en la sala. Preguntó si se emitía en televisión o solo en internet. Preguntó si podía leer las preguntas antes, e Iñigo le dijo que podía leerlas y que además podía no contestarlas, y que eso lo firmaban.
Preguntó qué pasaba si en mitad de la grabación decidía que no.
—Se para y ya está.
—¿Y lo grabado?
—No se usa. —Iñigo se echó el pelo hacia atrás—. Y no se lo digo por decir. La semana pasada hemos tenido que bloquear una entrevista entera por eso y nos ha costado el trabajo de tres días y una parte del presupuesto.
—¿Eso es verdad?
—Es verdad y lo puede comprobar cuando quiera.
Hubo un silencio.
—¿Y qué pone exactamente en el libro? —dijo ella.
—Su nombre de pila y la mitad del apellido de él. No hay fecha y no hay respuesta.
—¿Y se ve?
—Se ve la mitad. Está pegado por una gotera y no se puede abrir.
—Ah. —Un ruido, igual que si se hubiera sentado—. Mire, eso me tranquiliza más que todo lo que me ha dicho usted en veinte minutos.
Al final dijo que sí con dos condiciones.
La primera, que Julián estuviera delante. No en la sala de al lado, no llegando después: delante, desde el principio, y que si él no iba, ella tampoco.
—Yo eso no lo cuento sin él —dijo—. Ni por teléfono, ni a solas, ni con la mejor persona del mundo. Que aquello lo hicimos entre los dos.
La segunda tardó más en salir.
—¿Va a estar la señora?
—¿Qué señora?
—La dueña.
Se paró.
—Teresa Belmonte.
—Esa.
—Puede no estar, si usted lo prefiere.
—Lo prefiero.
Y no dijo por qué.
Iñigo esperó ocho segundos, que en un teléfono son muchísimos, y ella no añadió nada, y a él le pareció que insistir en aquel momento habría sido la peor idea de todo el invierno.
—Entonces no estará —dijo.
—Gracias.
Colgó a las ocho y treinta y dos.
Se quedó de pie en el salón con el móvil en la mano y con dos frases dando vueltas, y no eran las dos frases que había ido a buscar.
Una era de Teresa, en el despacho, en febrero, con el café en la mano: uno seguro.
La otra acababa de decirla Montse Cea hacía cuarenta segundos, y era una pregunta que ella no tenía ningún motivo para hacer.
Fue a la cocina, donde Celia estaba con el portátil y la escaleta abierta.
—Sexta confirmada —dijo—. Los dos. El día once, aquí, a las diez.
Celia levantó las dos manos.
—Joder.
—¿Y las condiciones?
—Que él esté delante desde el principio.
—Eso es normal.
—Y que Teresa no esté en el edificio.
Celia bajó las manos despacio.
—¿Eso te lo ha dicho ella?
—Eso me lo ha dicho ella. Y no me ha explicado por qué, y yo no se lo he preguntado.
—¿Y Teresa sabe que hemos dado con ellos?
—Todavía no.
Los dos se miraron por encima de la mesa de la cocina.
—Se lo tengo que decir yo —dijo Celia.
—Sí.
—Y le tengo que decir que no puede estar en su propio edificio el día once.
—Sí.
Celia cerró el portátil.
—Faltan nueve días para el once —dijo— y quince para que cierre la pista.