26 #2
—¿Y tú? —dijo él.
—Yo los domingos.
—¿Los domingos?
—Yo llevo desde octubre montando los domingos. Todos. —Se miró las manos—. Ese archivo yo lo he hecho con cuatro mil doscientos euros y con veintitantos domingos, y eso no está en ningún presupuesto porque lo puse yo.
—Ya lo sé.
—Y me gusta. Ese es el problema. —Levantó la vista—. A mí los domingos montando no me pesan. Me pesa la media jornada, me pesa el colchón y me pesa el termostato. Los domingos son lo único que hago porque quiero.
—Entonces no los dejes.
—Es que si esto es una vida, no puedo tener veinte domingos al año trabajando gratis y una hoja debajo del salero que dice que ponemos el treinta y cinco y el sesenta y cinco. Eso no cuadra.
—¿Y qué haces?
—No lo sé —dijo Celia—. Los cobro, o los reduzco, o dejo de hacer archivos. Y las tres cosas me dan pereza.
Lo apuntaron los dos y no lo resolvieron, y esa fue la tercera cosa aparcada del día.
Y a las siete menos veinte, cuando ya estaban recogiendo las tazas, Iñigo dijo, sin mirarla:
—Y falta otra.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabes?
—Llevo dos horas esperando a ver quién la decía.
Ninguno de los dos se movió.
—¿Niños? —dijo él.
—Niños.
—¿Tú qué piensas?
—Que no lo sé —dijo Celia— y que hace tres años sí lo sabía, y que cambió de sitio en algún momento del otoño pasado y no me di cuenta.
—A mí me pasa lo mismo.
—Ya.
—¿Lo aparcamos?
—Lo aparcamos con fecha —dijo ella, y cogió el papel—. Como la casa. Y la fecha es después de la gestoría y después del diecisiete de abril, porque yo esa conversación no la tengo sin saber si tengo trabajo.
Iñigo lo pensó un segundo.
—Eso es lo más frío que has dicho hoy.
—Ya lo sé. —Escribió la línea y le puso la hora—. Y es lo único de toda la tarde que no quiero discutir.
Ocho. Lo que no supieron.
A las siete y media llegaron a la parte del régimen económico y se atascaron en cuatro minutos, porque ninguno de los dos sabía nada.
—Es que si te casas, ¿todo pasa a ser de los dos?
—Yo creo que depende.
—¿De qué?
—De si haces capitulaciones. Creo.
—¿Y la casa? La casa es de antes.
—Entonces es tuya.
—Pero lo que pague de hipoteca a partir de la boda es de los dos, ¿no?
—Ni idea.
—¿Y la revalorización?
—Ni idea.
—¿Y en Madrid es lo mismo que en Cataluña?
—Ni idea, Celia.
Estuvieron veinte minutos leyendo cosas contradictorias en el móvil y a las siete y media Iñigo cerró el suyo.
—Vamos a hacer una cosa. Esto no lo vamos a resolver los dos un sábado con Google.
—No.
—Pedimos cita.
—¿Con quién?
—Con quien sea. Un notario, una gestoría, alguien que cobre por saberlo. —Se levantó—. Y vamos los dos y preguntamos las cinco cosas que no sabemos, y salimos sabiéndolas, y luego decidimos.
—Eso cuesta dinero.
—Eso cuesta menos que lo que llevamos gastado esta semana en no saberlo.
Lo apuntó al final del papel.
Pedir cita. Preguntar: régimen, casa anterior, hipoteca pagada durante, revalorización, qué pasa si no nos casamos.
Y debajo, porque quedaba sitio, escribió lo único de las cinco horas que no era un número.
Ninguno decide solo una cosa que le cambie la vida al otro.
—Esa es la de verdad —dijo Iñigo.
—Esa es la de verdad.
—Esa la incumplimos los dos en diciembre.
—Los dos —dijo ella—. Tú con mil ochocientos setenta euros y yo con ocho palabras.
Puso la hora al final. Las siete cuarenta y ocho.
Comieron a las nueve y media cualquier cosa, y estuvieron un rato en el sofá viendo la mitad de una película que ninguno de los dos siguió.
Y a las once, Celia dejó el mando en la mesa, se giró y se lo quedó mirando.
—Oye.
—Dime.
—No hemos resuelto nada.
—Hemos resuelto tres cosas.
—Hemos resuelto tres cosas de doce. —Se subió las piernas al sofá—. No sabemos qué pasa con la casa, no sabemos lo del régimen ese y a mí me renuevan el diecisiete de abril.
—¿El diecisiete?
—El diecisiete. Está en el contrato y lo sé de memoria desde febrero. —Abrió las manos—. Y ese día Nieves me va a decir tres meses más o me va a decir otra cosa, y de eso depende bastante de lo que hemos escrito hoy.
—De eso no depende nada.
—De eso depende todo, Iñigo.
—De eso depende el dinero. —Le puso la mano en el tobillo—. Lo otro no.
—Y no me apetece nada seguir hablando.
Él la miró.
—A mí tampoco.
—Y no es como el otro día.
—No.
—El otro día era para no hablar —dijo Celia—. Hoy es porque hemos hablado cinco horas y cuarto y llevo desde las cuatro de la tarde mirándote las manos mientras escribías números, que es una cosa que me pasa y que no pienso justificar.
—¿Desde las cuatro?
—Desde antes.
Y se lo dijo así, con la luz del salón encendida y una película puesta, y no hubo ni una sola metáfora en toda la casa.
Fue larga y fue de las buenas.
Empezó en el sofá y siguió en el pasillo, y en el pasillo Celia se rio contra su boca porque llevaban tres meses tropezándose con las mismas dos cajas y esta vez las esquivaron los dos sin mirar, con una coordinación que era casi humillante.
—Ya nos sabemos el camino —dijo.
—Cállate.
—Es que ya nos lo sabemos.
Se le olvidó lo que iba a decir a mitad de frase, igual que pasaba siempre cuando él le ponía la boca en ese sitio del cuello, y ella se lo dijo, y él lo hizo otra vez.
Hubo tiempo. Eso fue lo mejor. No hubo prisa, no hubo nada que evitar, no hubo un tema esperando detrás de la puerta.
Hubo un sábado a las once de la noche, la calefacción a veintiuno, dos personas de treinta y ocho y cuarenta y dos años que llevaban un año largo juntos y que se conocían el cuerpo lo suficiente como para no tener que preguntar y lo justo como para seguir preguntando.
Y hubo una cosa que Celia recordaría después, con precisión, cuando todo lo demás de aquel invierno se le hubiera puesto borroso.
Que en algún momento, con la cara en el hombro de él y sin ningún motivo, se echó a reír.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Dime qué pasa.
—Que me acabo de acordar de Doris —dijo—. De lo del baño.
—No me hagas esto ahora.
—«Al fondo a la derecha.»
—Celia.
—Perdón. Perdón, sigue.
Y siguió, y ella dejó de reírse a los cuatro segundos.
Después acabaron destapados y con frío en una habitación a veintiuno, que es una cosa que solo pasa en marzo, y estuvieron un rato largo sin hablar.
Iñigo se levantó a por agua y volvió con dos vasos y le dio uno, y se sentó en el borde de la cama en vez de meterse otra vez.
—¿Te puedo decir una cosa que no viene a cuento?
—Di.
—Que hoy me lo he pasado bien.
—¿Con la hoja de cálculo?
—Con la hoja de cálculo. —Se bebió medio vaso—. Cinco horas hablando de dinero y no me he querido ir ni una sola vez.
Celia se incorporó sobre un codo.
—¿Eso te pasa?
—Eso me pasa. —La miró—. Con mi hermano, con mi jefa, con las parejas que he tenido. A las dos horas de una conversación difícil empiezo a mirar la puerta. Es físico, es como cuando te entra sueño.
—¿Y hoy no?
—Hoy no.
—Bueno. —Celia volvió a tumbarse—. Pues eso lo apuntamos mañana en el papel.
—Eso no se apunta.
—Todo se apunta.
—Sigue sin estar arreglado —dijo Celia al final.
—Ya lo sé.
—Lo digo por si acaso. Que mañana sigue todo igual.
—Mañana sigue todo igual —dijo Iñigo—, menos tres cosas.
—Menos tres cosas.
Y se durmieron así, en una casa que era de él, con un papel debajo del salero que tenía dos letras distintas y dos horas apuntadas, y con un sobre cerrado a nueve metros, en una carpeta azul, encima de dos números atrasados de una revista.