26
Empezó por una tontería, como empiezan todas.
Eran las ocho y media de un sábado de finales de febrero, estaban recogiendo la compra y Iñigo dijo que había que cambiar el ticket del garaje al nombre de los dos porque le habían mandado una carta de la comunidad.
—Yo no tengo coche.
—Ya, pero usas el mío.
—Vale.
—Y son ocho euros al mes.
—Hecho.
—Celia.
—Que vale, que me parece bien.
Iñigo cerró el armario y se apoyó en la encimera.
—Es que llevas tres semanas diciéndome «vale».
Ella dejó los yogures.
—Sí.
—¿Lo hablamos?
—Lo hablamos.
Entonces él fue al salón, volvió con el papel de debajo del salero, el de la letra de ella y la hora al final, y lo puso en la mesa. Celia fue a la habitación pequeña y volvió con el portátil. Y a las nueve menos veinte de un sábado empezó la conversación más larga que iban a tener en toda su vida.
Duró cinco horas y cuarto con dos interrupciones para comer y una para bajar a por tabaco, que ninguno de los dos fumaba y que fue en realidad para salir a la calle.
Uno. Lo que gana cada uno.
Lo dijeron en voz alta y era la primera vez que lo hacían.
Iñigo tenía un contrato indefinido en CONTRALUZ desde hacía tres años y cobraba dos mil trescientos netos en doce pagas, más lo que le entraba por fotografía de encargo, que el año pasado habían sido cuatro mil doscientos brutos y este año no sabía.
Celia cobraba mil ciento cuarenta netos por media jornada. Con el archivo de La Aurora había facturado cuatro mil doscientos de los que había cobrado la mitad, y de esa mitad ya se había gastado mil doscientos el martes.
Lo escribieron en el papel, uno debajo del otro, y estuvieron un rato mirando los dos números sin decir nada, porque una cosa es saberlo y otra es verlo escrito con la misma letra.
Dos. La casa.
Aquí Iñigo trajo datos que ella no tenía y que él no había dado nunca.
Lo compró hace nueve años por doscientos catorce mil euros. Puso cuarenta y ocho de entrada, que eran una herencia pequeña de su madre y ocho años de no gastar. La hipoteca son seiscientos noventa al mes y le quedan siete años.
Y lo otro, que lo dijo mirando la mesa:
—Ahora vale trescientos setenta.
Celia levantó la cabeza.
—¿Trescientos setenta?
—Trescientos sesenta y cinco o trescientos ochenta, según a quién le preguntes. Lo he mirado esta semana. No lo había mirado desde que lo compré.
—O sea que has ganado ciento cincuenta mil euros durmiendo.
—Más o menos.
—No es una crítica.
—Ya sé que no es una crítica. —Se limpió la boca con el dorso de la mano—. Es que me da vergüenza. Yo no he hecho nada. Yo firmé un papel en el dos mil diecisiete porque mi madre se murió.
—Eso no es vergonzoso.
—Ya. Pero es que tú llevas cuatro meses pagando la mitad de la luz de una casa que se ha revalorizado ciento cincuenta mil euros, y de eso no te toca nada, y eso está bien y es legal y es una mierda.
Tres. La propuesta de él.
Duró treinta segundos y se cayó en cuatro minutos.
—Te pongo en la escritura.
—No.
—Celia, escúchame.
—Te he escuchado y no. —Cerró el portátil—.
Y no por orgullo, que también, sino por tres cosas.
Una, que eso es una donación y las donaciones tributan y no tengo con qué.
Dos, que si entro en la escritura entro en la hipoteca, y yo no puedo firmar seiscientos noventa euros al mes con un contrato de tres meses.
Y tres, que no quiero que me regales medio piso.
—No es un regalo.
—Es exactamente un regalo. —Se apoyó en la mesa—. Y el problema de los regalos no es recibirlos. Es que a partir de ese día hay uno que ha dado y uno que ha recibido, y eso no se borra nunca.
Iñigo estuvo un rato callado.
—Eso es lo que llevas cuatro meses sin decirme.
—Eso es lo que llevo cuatro meses sin decirme a mí.
Cuatro. El número que ella había mirado.
Celia abrió el móvil y le enseñó cuatro capturas de pantalla que llevaba desde el jueves sin enseñarle a nadie.
Eran cuatro pisos en alquiler en aquel barrio. Uno de cincuenta y cuatro metros, uno de cuarenta y ocho, y dos estudios.
Novecientos cincuenta. Novecientos ochenta. Ochocientos setenta. Novecientos veinte.
—Yo cobro mil ciento cuarenta —dijo—. Y esto es lo que hay a diez minutos de aquí.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Tú sabes que los alquileres están caros. —Dejó el móvil en la mesa—. Yo sé que si mañana esto se acaba, yo no me voy a un piso. Yo me voy a una habitación, con treinta y ocho años, o me voy a Valladolid con mi madre.
—Eso no va a pasar.
—Puede que no pase, y aun así es verdad hoy. —Le cogió la mano un segundo y la soltó—. Y eso es lo que llevo dentro desde octubre, Iñigo, y no es que no confíe en ti. Es que yo no tengo salida. Tú tienes casa y yo tengo dos mil doscientos euros que ahora son mil.
Cinco. La propuesta de ella.
Tardó veinte minutos en decirla porque llevaba tres semanas pensándola y le daba miedo que sonara a factura.
—A partir de marzo yo no te transfiero mi mitad de los gastos.
Iñigo levantó las cejas.
—Vale.
—Espera, que suena fatal. —Cogió el boli—. Yo pago lo que se paga fuera. La luz, el gas, internet, la compra, lo que quieras. Eso lo pagamos a treinta y cinco y sesenta y cinco como pusimos en enero y funciona.
—Sí.
—Lo que no te transfiero es la parte que va a la hipoteca.
—A mí no me llega nada de la hipoteca.
—Te llega en la comunidad, en el IBI y en el seguro.
Son ciento noventa euros al mes entre las tres cosas y yo pago la mitad, noventa y cinco.
—Escribió el número—. Y esos noventa y cinco euros son de tu casa.
Están pagando tu casa. Y yo cada mes te los mando con el concepto «mitad febrero» como una idiota.
—¿Y qué quieres hacer?
—Que sigan saliendo de mi cuenta el mismo día y con el mismo importe. Y que vayan a una cuenta a mi nombre que no toco.
Él miró el papel un rato.
—A ver si lo entiendo. ¿Tú quieres seguir pagando lo mismo pero a ti misma?
—Yo quiero que dentro de cinco años, si esto se ha ido a la mierda, yo salga de aquí con cinco mil setecientos euros y no con dos mil doscientos.
—Y si no se va a la mierda.
—Si no se va a la mierda, es la entrada de algo. O es un viaje. O es lo que nos dé la gana, porque para entonces ya habremos hablado de otras cosas.
Hubo un silencio largo.
—Es lo más triste que he oído en mi vida —dijo Iñigo.
—Ya lo sé.
—Y es lo más sensato que he oído en mi vida.
—Eso también lo sé.
—Y me parece bien. —Cogió el boli y lo escribió él, debajo de la letra de ella—. Y quiero pagar yo esos noventa y cinco.
—No.
—Celia, es que si tú te los ahorras, alguien tiene que poner esos noventa y cinco en la casa, y la casa es mía.
—Ah. —Se paró—. Es verdad.
—O sea que los pones tú en tu cuenta y los pongo yo en la casa, y el que pierde soy yo, que es lo que había que arreglar.
Se miraron por encima de la mesa.
—Estamos haciendo una hoja de cálculo del amor —dijo Celia.
—Estamos haciendo una hoja de cálculo, sí.
—Es horroroso.
—Es horroroso y llevo desde diciembre queriendo hacerla.
Seis. Y si no nos casamos.
Esa la sacó Celia a las seis y media, cuando ya llevaban tres horas y media y estaban los dos con la espalda hecha polvo.
—Falta una.
—Dime.
—¿Y si no nos casamos?
Iñigo dejó el boli.
—¿Eso es una pregunta o es una propuesta?
—Es una pregunta de verdad. —Se echó hacia atrás en la silla—.
Porque llevamos toda la tarde arreglando cosas que hay que arreglar igual.
Lo del alquiler es verdad si nos casamos y si no.
Lo de los noventa y cinco euros es verdad si nos casamos y si no.
Lo de la casa es verdad si nos casamos y si no.
—Sí.
—Entonces, ¿la boda para qué es?
Y ahí él tardó bastante.
—Para dejar de decidirlo cada seis meses —dijo.
—Explícate.
—Que ahora mismo tú y yo estamos juntos porque los dos queremos, todos los días, y eso está muy bien y es agotador. —se mordió el labio por dentro—. Y hay una parte de mí que se levanta cada mañana y hace la cuenta otra vez. Y llevo un año haciéndola y siempre me sale que sí, y aun así la hago.
—Y si nos casamos, ¿dejas de hacerla?
—No. Pero deja de ser gratis dejar de hacerla.
Celia estuvo un rato con eso.
—Es la cosa más rara que me han dicho nunca de una boda —dijo—. Y es la única que entiendo.
—¿Y tú?
—Yo quiero un papel donde ponga que existo —dijo—. Ya está. Ni fiesta, ni vestido, ni las cuarenta y una cenas de mi familia, aunque las va a haber porque mi madre existe. Yo quiero que si mañana te pasa algo, yo no tenga que explicarle a nadie en un hospital quién soy.
—Eso ya lo tienes con una pareja de hecho.
—No es lo mismo y lo sabes.
—Ya lo sé —dijo Iñigo—. Lo he dicho para ver qué contestabas.
—Muy bonito.
—Ha estado feo, sí.
Siete. Lo que deja cada uno.
Esa la sacó él, y la sacó porque llevaba dos horas dándole vueltas.
—Falta una cosa y no es dinero.
—Dime.
—Que en todo esto hay una parte que no se paga y que hay que poner igual. —Cogió el boli y no escribió nada—. Yo, si esto sale, dejo de irme.
Celia levantó la cabeza.
—¿A dónde?
—A donde sea. —Se echó hacia atrás—. En tres años he hecho cuatro. Cuenca no cuenta, que eso son tres días. Digo de las otras. Dos semanas, tres semanas, un mes. Rumanía en el veintitrés, lo del puerto, lo de la nave.
—Ya lo sé, que yo te he visto hacer la maleta.
—Y esas no me las mandan. Esas las pido yo. —Dejó el boli—. Quim las saca en la reunión de los jueves y yo levanto la mano, y llevo levantando la mano desde que tengo veinticinco años.
—¿Y ahora no?
—Ahora, si nos casamos, no. Al menos no como hasta ahora.
Celia se quedó un momento con eso.
—A ver, párate —dijo—. Eso no me sirve.
—¿Cómo que no te sirve?
—Que no me sirve que lo dejes. —Se echó hacia delante—.
Me sirve que lo decidas. Que no es lo mismo.
Si tú un día levantas la mano y te vas tres semanas a un sitio, yo no me muero, Iñigo.
Lo que no quiero es que dentro de cuatro años me digas que dejaste de levantarla por mí y que no te acuerdes de haberlo decidido.
—Eso es exactamente lo que estoy haciendo ahora.
—Vale. —Cogió el boli ella—. Pues eso sí lo apunto.
Y lo apuntó, y luego siguió con el boli en la mano.