25
El presupuesto de la jornada eran mil doscientos euros y Celia lo pagó de la manera menos cinematográfica posible, que fue haciendo una transferencia desde el móvil, sentada en la cama, a las once y cuarto de la noche del martes, y dejando el móvil boca abajo después.
—Ya está.
—¿Ya?
—Ya. Ruth el viernes y Lucas el viernes.
Iñigo no dijo nada durante un rato.
—¿Y Semana Santa?
—Semana Santa no.
—Celia.
—Es que son doscientos ochenta de avión más la ida y la vuelta al aeropuerto —dijo, y lo dijo con la misma voz de las cifras, ni triste ni valiente—. Y mi madre lo va a entender porque mi madre lo entiende todo, que es lo que más rabia me da.
—Se lo pago yo.
—No.
—Es un vuelo.
—Es un vuelo y luego es una cosa y luego es otra. —Se metió en la cama—. Y llevamos un mes con un porcentaje escrito en un papel debajo del salero y ese papel no dice nada de vuelos.
Hubo dos minutos de silencio.
—Lucas me ha ofrecido hacerlo por la mitad —dijo Celia entonces.
—¿Y?
—Y le he dicho que sí, porque ese día tenía otra cosa por la tarde y le venía bien. —Apagó la lámpara—. Y a Ruth le pago entero, porque Ruth me lo ofreció gratis y eso no.
—¿Por qué no?
—Porque llevo tres meses diciéndole a todo el mundo que las cosas cuestan lo que cuestan —dijo en la oscuridad—. Y ya te digo yo que a Ruth le vendría muy bien no cobrar.
Aixa Bennasar y Doris Arteaga llegaron el viernes a las nueve y media con una bolsa de tela, un termo y una discusión ya empezada.
—Es que no era jueves.
—Era jueves, mi amor.
—Era miércoles. El grupo de teatro venía los miércoles.
—El grupo de teatro venía los jueves y por eso estaban ahí.
—Aixa. —Doris se paró en medio del vestíbulo con las dos manos por delante—. Yo me acuerdo perfectamente de que era jueves porque al día siguiente yo trabajaba.
—Tú trabajabas todos los días.
—Bueno, sí. Eso también es verdad.
Aixa tenía cincuenta y cuatro años, era veterinaria en una clínica de Rivas y llevaba unas gafas de pasta enormes que se le caían cada vez que se agachaba.
Doris tenía cuarenta y nueve, había llegado a Madrid en 2006 y trabajaba en una peluquería a la que le faltaban dos años para ser suya, cosa que dijo en el minuto cuatro y con la fecha exacta.
En el termo llevaban café con leche para las dos. Eso fue lo primero que sacaron.
—Es que aquí siempre hemos pasado un frío horroroso —dijo Doris—. Yo la primera vez que vine no sabía que hacía frío dentro.
—Es una pista de hielo, cariño.
—Ya, pero yo pensaba que sería frío de fuera, no frío de dentro. —Se echó a reír—. Yo vine con una chaqueta vaquera. Una chaqueta vaquera.
Se sentaron en la mesa de la esquina y Lucas les puso los micros, y a Iñigo, después de once semanas viendo entrevistados sentarse en aquella mesa, le llamó la atención una cosa desde el primer minuto: eran las únicas que se habían sentado juntas del mismo lado.
La historia la contaron a dos voces y sin pelearse por los hechos, que después de Merche y Lorenzo fue casi un descanso.
Se conocieron en 2008 en el veterinario, porque Doris llevó a un gato que no era suyo.
—Era del vecino.
—Era del vecino que se había ido a Alicante y me dejó el gato tres días y el gato se puso malo el segundo.
—Y llegó con el gato en una caja de zapatos.
—En una caja de zapatos, sí, porque no tenía transportín. Y esta me dijo, delante de todo el mundo, que así no se traía a un animal.
—Y era verdad.
—Y era verdad, pero se lo podía haber dicho de otra manera.
—Yo te lo dije muy bien.
—Tú me lo dijiste como una directora de colegio.
La otra se quitó las gafas y las limpió con el jersey, muy digna, y Doris le dio en el brazo con el dorso de la mano.
Estuvieron dos años y medio sin plantearse nada, y en 2011 Doris trajo el tema una noche de enero mientras tendían.
—Yo se lo dije tendiendo.
—Me lo dijo con una funda de almohada en la mano.
—Es que si me siento a decirlo, no lo digo.
—¿Y qué le dijo? —preguntó Celia.
—Le dije: aquí nos podemos casar.
Y Doris Arteaga lo dijo así, sin ninguna solemnidad, mirando el termo, y después siguió hablando de otra cosa durante casi un minuto antes de volver.
—Es que yo eso lo supe cuando llegué —dijo—. Antes de venirme ya lo sabía, porque una amiga mía se había casado aquí en el dos mil siete. Y yo pensaba, bueno, qué cosa más rara, uno se va del país por trabajo y le sale eso de regalo.
—¿Y allí?
—Allí no. —Levantó las cejas—. Allí el matrimonio es de hombre y mujer, lo pone en la Constitución, y eso sigue igual. Han cambiado muchas cosas en veinte años y eso no.
—¿Y usted lo esperaba?
—Yo ya no espero nada de eso, mi amor. —Se rio, y no fue una risa amarga—. Mi mamá tiene ochenta y un años y me dice todos los años en diciembre que ella va a ver eso. Y yo le digo que sí. Y ella sabe que le digo que sí por decir.
Su mujer le puso la mano en la rodilla por debajo de la mesa y la dejó ahí. Eso Iñigo lo vio porque estaba de pie en el ángulo malo, que es donde se ven las cosas.
—Bueno, ¿y la pista? —dijo Celia.
—La pista fue idea mía —dijo Aixa.
—La pista fue idea mía.
—Doris.
—Fue idea mía y tú lo sabes.
—A ver, la pista fue idea suya —admitió Aixa— pero por una razón mía.
—Ay, madre.
—Que sí, que yo llevaba tres meses diciendo que quería un sitio donde no nos mirara nadie.
Y ahí explicaron lo único que explicaron en toda la mañana, y lo explicaron rápido y sin darse importancia.
Que en 2011 las cosas no estaban como están ahora. Que a ellas dos, en aquella época, la gente las miraba. No mal, la mayoría de las veces. Las miraba con interés, que según Doris es peor, porque el que te mira mal se va y el que te mira con interés se queda a ver.
Que habían probado un restaurante y no. Que habían probado un parque y tampoco.
Y que un jueves por la tarde, o un miércoles, entraron a La Aurora porque llovía, y descubrieron que en una pista de hielo con veinte adolescentes de instituto nadie mira a nadie.
—Es que no nos miró ni Dios —dijo Doris, encantada.
—Ni uno.
—Es que ni cuando nos besamos.
—Es que ni cuando nos caímos, que fue mucho más llamativo.
—Yo me caí seis veces.
—Ocho.
—Aixa, seis.
—Yo las conté.
La pedida fue ese mismo día y no estaba planeada.
—No había anillo —dijo Doris—. No había nada. Yo dije lo que había dicho tendiendo, pero aquí, agarrada a la barandilla, y esta me dijo que vale.
—Yo dije «vale» —confirmó Aixa—. Toda la vida oyendo pedidas preciosas y yo dije «vale».
—Dijiste «vale, venga».
—Peor.
—Y entonces fue cuando pasó lo de la chica.
La veterinaria se tapó la cara.
—Cuéntalo tú, que a mí me da vergüenza.
Lo contó Doris.
Que a los diez segundos de aquello, una chica de dieciséis años que llevaba media hora dando vueltas se paró delante de ellas, muy seria, y les preguntó si sabían dónde estaba el baño.
—El baño.
—El baño. Y Aixa le dijo que al fondo a la derecha.
—Es que estaba al fondo a la derecha.
—Es que le contestaste —dijo Doris—. Es que yo te acababa de pedir matrimonio y tú le diste indicaciones a una niña.
—¡Es que preguntó!
—Y luego me miraste y me dijiste «¿por dónde íbamos?».
—Yo no dije eso.
—Dijiste eso.
Se rieron las dos a la vez y Celia también, y en la cafetería, a las diez y veinte de la mañana, hubo dos minutos enteros de risa de tres mujeres, y eso, después de tres semanas, sonó rarísimo dentro de aquel edificio.
Antes de eso hubo veinte minutos que no iban a ninguna parte y que Iñigo apuntó igual, porque eran los mejores.
Tienen una perra que se llama Chispa y que tiene once años y a la que Doris le da jamón por debajo de la mesa desde 2015 mientras Aixa, que es veterinaria, se lo prohíbe desde 2015.
—Es que le sienta mal.
—Le sienta divinamente.
—Doris, es que yo soy veterinaria.
—Y yo soy la que la saca a las siete de la mañana.
La peluquería la compra en dos años. Lo dijo con la fecha exacta, marzo del veintiocho, porque el dueño se jubila y llevan cuatro años con el acuerdo hablado y sin firmar, cosa que a Aixa le quita el sueño y a Doris no.
—Es que Paco tiene setenta y dos años, mi amor.
—Y va a cumplir setenta y cuatro y me la va a vender.
—¿Y si le pasa algo?
—Pues entonces me quedo sin peluquería y ya está.
—Ves, eso es lo que a mí me...
—Aixa. —Doris le puso la mano en el brazo—. Que llevo dieciocho años en este país y no me he quedado sin nada.
Y con la madre de Doris hablan por videollamada los domingos, ochenta y un años, desde Barquisimeto, y la madre lo primero que pregunta siempre es por Chispa.
—Y lo segundo por Aixa.
—Lo segundo por Aixa, sí. Hemos tardado catorce años en llegar a lo segundo.
Se casaron en septiembre de 2011 en un juzgado, con nueve invitados. Vino la hermana de Doris desde Valencia y no vino su madre, y de eso hablaron ocho segundos y pasaron a otra cosa, y \1 pensó que aquellos ocho segundos eran lo más elocuente de la mañana.
A los cuarenta minutos apareció la única sombra de la mañana y duró noventa segundos.
—¿Y no os habéis planteado nunca volver? —preguntó Celia.
Doris se quedó con el vaso a medio camino.
—¿A dónde?
—A su país.
—Ah. —Lo dejó en la mesa—. Volver, volver, no.
—¿Por el trabajo?
—Por todo. —Se ajustó el jersey—. Mi mamá tiene ochenta y un años y yo la veo por una pantalla los domingos, y eso es lo que hay y no lo digo con pena porque somos ochocientas mil haciendo lo mismo. Pero volver es otra cosa. Volver es un país entero.
—Ya.
—Y allí, además, yo estoy soltera —dijo, y lo dijo sin ninguna carga, como el que menciona un trámite—. Ahí no estamos casadas. Ahí somos dos señoras que viven juntas.
Aixa se calló y le puso la mano en la rodilla otra vez.
—Bueno. —Doris cogió el vaso—. ¿Por dónde íbamos?
Celia hizo la pregunta del objeto casi al final.
—¿Y qué pasó con el anillo?
—Que no hubo.
—¿Nunca?
—Nunca. —Doris levantó las dos manos y las enseñó por delante y por detrás, sin nada—. Nosotras no somos de anillos.
—Yo sí soy de anillos —dijo Aixa.
La otra se giró.
—¿Tú eres de anillos?
—A mí me habría gustado un anillo.
—¿Tú me estás diciendo esto ahora?
—Es que nunca me lo habías preguntado.
—¡Es que llevamos quince años!
—Ya, pero es que tú dijiste «nosotras no somos de anillos» en dos mil once y yo dije «vale».
—¡Tú siempre dices vale!
—Es mi carácter.
Y ahí, por un segundo, Iñigo pensó que se iba a repetir la mañana del capítulo de Mila y Sergio y notó que Celia bajaba el boli medio centímetro.
Y no pasó nada de eso.
Porque Doris Arteaga se echó hacia atrás en la silla, miró a su mujer con las cejas levantadas y dijo:
—Bueno. Pues cumples cincuenta y cinco en julio.
—No hace falta.
—Ahora ya hace falta, mi amor. Ahora ya no me puedo escapar.
Recogieron a la una. Doris insistió en pagar unos cafés que no se habían tomado ellas. Aixa preguntó dónde se alquilaban los patines y estuvieron veinte minutos más en la pista, las dos, mientras Ruth guardaba el material y Celia hacía cuentas en la libreta.
Iñigo hizo once fotos de esos veinte minutos.
Aixa patinaba fatal y Doris peor, y ninguna de las dos tenía el menor interés en mejorar. Daban vueltas agarradas del brazo por la parte de fuera, hablando sin parar, y cada tres o cuatro metros una de las dos hacía un aspaviento y las dos se reían y se paraban.
La foto buena la hizo en la décima, sin pensarla, con el corto y desde la barandilla.
Estaban las dos de espaldas en la curva del fondo, en el sitio exacto donde Elvira acorta el paso para que la alcance Domingo, y la luz de las once entraba por los lucernarios de lado, esa luz de febrero que dura veinte minutos y se va.
Doris tenía la cabeza girada hacia atrás, hacia Aixa, diciéndole algo, y Aixa se estaba riendo con la boca abierta y no salía bien, y esa era la cuestión: que no salía bien y salía verdad.
Iñigo la miró en la pantallita y supo lo que tenía.
Y supo también, y le fastidió muchísimo, que era la primera imagen del archivo que no tenía nada que ver con una pedida de matrimonio.
En el aparcamiento, Doris se paró antes de subir al coche.
—Oiga, una cosa. Yo lo que le he dicho de mi país no lo diga usted con pena.
Celia levantó la vista.
—No lo voy a decir con pena.
—Es que la gente lo cuenta con pena. —Se ajustó el bolso—. Y yo no me casé aquí porque allí no pudiera. Yo me casé aquí porque conocí a esta. Lo otro es el sitio, no es la historia.
—Le prometo que no.
—Vale. —Doris abrió la puerta—. Y a esta cómprele el anillo, que yo la conozco y va a decir que no hace falta hasta el mismo día.
—¡Que te estoy oyendo! —dijo Aixa desde dentro.
Se fueron con el termo vacío y la bolsa de tela, y Celia se quedó en el aparcamiento con la libreta en la mano y sin apuntar nada.
—Mil doscientos euros —dijo Iñigo.
—No lo digas.
—No lo estoy diciendo por eso.
—Ya sé por qué lo estás diciendo. —Se guardó el boli en el bolsillo del abrigo—. Y sí. Han sido mil doscientos euros bien gastados y encima me los he gastado yo, que es lo único que me sale gratis en todo este invierno.
Ruth llegó con el trípode al hombro.
—¿Te mando la factura hoy o espero a fin de mes?
—Hoy.
—Puedo esperar.
—Hoy, Ruth.
—De acuerdo.
Ruth se fue hacia la furgoneta y Celia se quedó mirando cómo se iba.
—Va a poner menos —dijo.
—¿Cómo?
—Que en la factura va a poner menos de lo que hemos hablado. Lo sé porque yo he hecho eso quince veces con gente a la que le tenía cariño. —Se subió la cremallera—. Y luego se la voy a tener que devolver, y va a ser una conversación horrible, y la vamos a tener el lunes.