Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 24
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Cenaron a las diez y veinte y no cenaron mal.

Eso fue lo raro. Que no hubo portazos, ni frases con doble filo, ni ese tono de cortesía envenenada que ponen las parejas cuando llevan cuatro horas sin decir lo que hay que decir.

Hubo una tortilla, una ensalada de bolsa y una conversación de treinta minutos sobre el escaneo, sobre si las trescientas cuarenta imágenes se podían depositar en algún sitio y sobre qué archivo municipal aceptaría un fondo privado.

—El municipal de aquí no lo va a coger —dijo Celia—. Los fondos privados los aceptan si hay convenio, y para el convenio hace falta que alguien firme, y el que firma es el propietario.

—Teresa firma.

—Teresa firma hasta el lunes de después del cierre. A partir de ahí el edificio es de una empresa y el libro es de una señora particular de ochenta años.

—Pues que lo firme antes.

—Es lo que voy a intentar. —Pinchó la ensalada—. Y luego está lo otro, que es que a esos sitios no les entra todo. Tienen criterios. Puede que les parezca que un libro de contabilidad con ochenta y una pedidas no es patrimonio documental.

—A mí me parece patrimonio documental.

—A ti y a mí. Somos dos.

Fue una conversación buena y los dos la usaron para lo mismo.

A las once, Iñigo recogió la mesa y Celia se puso a fregar, y él estuvo de pie detrás de ella con el trapo en la mano.

—Yo tengo una cosa —dijo.

—Dime.

—Y no la puedo decir, porque hicimos un trato.

Celia cerró el grifo.

Se secó las manos despacio, con el paño de la izquierda, que era el de las manos, y se giró apoyada en la encimera.

—Dilo igual.

—No.

—Iñigo, si lo dices así ya lo has dicho.

—Ya lo sé. —Se rascó la nuca—. Y por eso es peor, porque además de romperlo lo estoy rompiendo de una manera cobarde.

—Pregúntamelo.

—No es una pregunta. Es una necesidad y son las once de la noche, y las necesidades a las once de la noche no se sirven.

—Iñigo.

—Es que hicimos un trato —dijo, y levantó las dos manos—. El trato es que yo no pregunto nunca y que tú me lo dices cuando puedas. Y yo lo firmé encantado, y llevo dos meses cumpliéndolo, y he pasado por delante de esa carpeta doscientas veces.

—Lo sé.

—Y hoy no puedo.

Ella siguió donde estaba, con el paño todavía en la mano.

—Pregunta.

—¿Pone que te vas?

Ahí está.

Cinco palabras, sin reproche, sin subir la voz, dichas desde el otro lado de una cocina de nueve metros cuadrados por un hombre que llevaba todo el día tragando lo que le habían dicho en una redacción.

Celia sabía la respuesta.

Ese era el problema desde el siete de enero.

No era que no se acordara. Del cuerpo de la carta no, era verdad: de los cuatro o cinco párrafos escritos a las once de la noche en una cocina prestada no se acordaba.

Pero de la última frase se acordaba palabra por palabra, y esa última frase contestaba a lo que él le acababa de preguntar, y la contestaba de una manera que ella no había conseguido decir en voz alta en un año y dos meses.

Abrió la boca.

Y no salió.

No fue un bloqueo dramático ni una emoción arrolladora. Fue una cosa mucho más pequeña y mucho más humillante: fue que se oyó a sí misma empezar la frase en la cabeza, oyó cómo sonaba, y decidió que no.

—No te lo puedo decir —dijo.

Él bajó la cabeza una vez.

—No es que no me acuerde.

—Ya lo sé.

—Es que sé exactamente lo que pone y no me sale.

—De acuerdo.

—¿Puedo hacerte otra? —dijo Iñigo—. Una más pequeña.

—Sí.

—¿Está escrita antes o después?

Celia no entendió.

—¿Antes o después de qué?

—De la mía. —Se apoyó en la encimera de enfrente, a metro y medio—. Sagrario nos dio las dos hojas a la vez, pero yo tardé cuarenta minutos y me acuerdo de que tú terminaste antes. Y llevo un año pensando si tú escribiste la tuya sabiendo ya lo que yo estaba escribiendo o no.

—No lo sabía.

—Vale.

—Y no está escrita antes ni después —dijo Celia—. Está escrita a la vez, en la misma mesa, con el mismo bolígrafo hasta que se acabó.

—Hecho.

—Y esa te la contesto porque no es la carta. Eso es la mesa.

—Ya lo sé. Por eso la he preguntado.

Y eso, que en cualquier otra noche habría sido una ternura, esa noche fue peor que todo lo demás, porque a Celia le dejó claro que llevaba catorce meses haciéndose preguntas pequeñas para no hacerse la grande.

—Y no te estoy castigando.

—Ya sé que no me estás castigando. —Dejó el trapo doblado encima de la encimera, muy bien doblado, como hacía él cuando estaba tocado—. Es peor. Si me estuvieras castigando, se arreglaría.

—Iñigo.

—Es que hoy he tenido un día muy malo —dijo, y le tembló un poco al final—. Y me han dicho una cosa esta tarde que es verdad y que me va a durar años. Y he llegado a casa y he pensado, mira, por lo menos aquí sé dónde estoy.

—Y sabes dónde estás.

—No lo sé. —Levantó la barbilla hacia el pasillo—. Hay un sobre a nueve metros de aquí con mi nombre por fuera desde hace catorce meses y no sé lo que pone. Eso no es saber dónde estás. Eso es vivir en una casa donde hay una habitación cerrada.

—Es tu casa.

—No me hagas eso.

—Perdón. —Celia se llevó la mano a la boca—. Perdón, de verdad. Eso ha sido barato.

—Ha sido barato, sí.

Los dos Siguieron en la cocina, con el fregadero a medias, y por la ventana empañada entraba la luz naranja de la farola de siempre.

—Yo te puedo decir una cosa —dijo Celia.

—Dime.

—No pone que me voy.

Iñigo cerró los ojos un segundo.

—Vale.

—Pero eso que acabo de hacer tampoco vale —siguió ella, y lo dijo deprisa, porque si no lo decía deprisa no lo decía—. Te acabo de dar el trozo que te tranquiliza y me he quedado con el resto. Y eso es exactamente lo que te he estado echando en cara toda la semana.

—Ya.

—Es que es lo mismo, Iñigo. Tú tenías un párrafo entero y publicaste todo menos ese. Y yo acabo de hacerte lo mismo en catorce segundos.

Él miró un rato el fregadero.

—Pues sí —dijo.

—Sí.

—Bueno.

—Bueno.

No hubo nada más. Ninguno de los dos gritó, ninguno de los dos se fue de la habitación, y ninguno de los dos dijo ni una sola de las cosas que se dicen cuando se quiere hacer daño de verdad, y por eso mismo, cuando terminaron de fregar, no quedaba absolutamente ningún sitio adonde ir.

A las doce menos veinte, Iñigo cogió una manta del armario del pasillo.

—Voy a dormir aquí.

Ella se paró en la puerta de la habitación.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta. —Estaba de pie en el salón, doblando la manta por la mitad, sin mirarla—. Es que si me meto en la cama contigo ahora, mañana esto se ha arreglado.

—A lo mejor es mejor que se arregle.

—A lo mejor. —Puso el cojín en el lado del brazo del sofá—. Pero es que se arreglaría solo, y eso ya lo hemos hecho el sábado, y nos salió mal.

Ella siguió en el marco de la puerta un rato largo.

—¿Estás enfadado conmigo?

—No.

—Puedes estarlo.

—Ya lo sé. —Iñigo se sentó en el sofá y se quitó las zapatillas—. No estoy enfadado. Estoy cansado y estoy triste, y mañana a las nueve tengo que llamar a Quim.

—Buenas noches, Celia.

—Buenas noches.

Se lo dijeron los dos con una educación absoluta, y eso, en aquella casa y a aquellas horas, fue lo más triste que había pasado en cuatro meses.

Se acostó a las doce y diez y no durmió.

A la una menos cuarto se levantó a beber agua y pasó de lado por el pasillo, entre las dos cajas y la pared, con cuidado de no hacer ruido, porque en el salón se oía la respiración de él y no era la de dormido.

En la mesa de la cocina, encima de dos números atrasados de una revista, seguía la carpeta azul con la goma puesta.

Bebió el agua sin encender la luz.

Y se puso a hacer lo que hacía siempre a la una de la mañana, que era organizar.

Podía sacar la carta de la carpeta, entrar en el salón y dársela. Eso lo descartó en cuatro segundos, porque él no la quería en la mano, la quería en la boca de ella.

Podía leérsela en voz alta. Eso duró un poco más y también se cayó, porque leerla es lo mismo que darla.

Podía decírsela de memoria. Y ahí se paró, con el vaso vacío en la mano, porque se dio cuenta de que llevaba catorce meses sin repasarla a propósito, y de que si ahora se sentaba a reconstruirla entera, palabra por palabra, para poder soltarla mañana, eso ya no sería contárselo.

Sería un guion.

Y en el camino de vuelta, en el pasillo, se paró.

Se paró delante de la habitación pequeña, donde estaban el portátil, el disco duro con los ochenta y cuatro minutos bloqueados y la línea de tiempo con un hueco negro de once minutos y cuarenta segundos, y no entró.

Volvió a la cama.

Puso el despertador a las siete menos cuarto, cuarenta minutos antes de lo normal.

A las tres y veinte oyó el sofá. Un crujido, luego los pasos descalzos por el pasillo, luego el grifo del baño, luego los pasos otra vez.

Se detuvo un segundo delante de la puerta de la habitación.

Celia tenía los ojos cerrados y la respiración de dormida, que se le da bien porque la ha practicado en aviones, y estuvo así los tres segundos que él tardó en seguir andando.

Por la mañana, cuando sonó el despertador, Iñigo ya estaba de pie en la cocina con la manta doblada encima del respaldo del sofá y el café hecho.

—¿Y esa hora? —dijo.

—Me voy a Marea.

—¿A las siete y media?

—Voy a montar allí. —Celia cogió la taza con las dos manos—. Todos los días, de ocho a tres.

Él tardó un momento en contestar.

—No es por ti.

—Ya lo sé.

—Es que no puedo montar esa pieza en la habitación de las cajas.

Iñigo dejó la taza en el fregadero.

—¿Y a las tres qué haces?

—Voy a La Aurora. —Celia cogió el abrigo del perchero, el bueno—. Tengo que hablar con Teresa de dos cosas, y una es Mila y Sergio.

—¿Y la otra?

—Que el libro se queda sin restaurar.

—Eso se lo puedo contar yo.

—No. —Se puso la bufanda—. Eso se lo cuento yo, que la que aprobó la portada fui yo.

Se fue a las siete y cincuenta y dos.

Y en la mesa de la cocina, encima de dos números atrasados de una revista, se quedó la carpeta azul con la goma puesta y el sobre dentro, cerrado, en el mismo sitio en el que llevaba desde el siete de enero.