23
La reunión de los jueves duraba cuarenta minutos y en aquella redacción se llamaba «la reunión», a secas, porque el día que alguien intentó llamarla «comité editorial» estuvieron dos meses con la broma.
Aquel jueves duró cincuenta y cinco, porque Bego había traído una pieza sobre licitaciones de limpieza viaria y porque Bego, cuando traía una pieza sobre licitaciones, la defendía igual que si fuera su hija.
—Es que hay un patrón.
—Bego, hay tres contratos.
—Hay tres contratos y un patrón.
—Tres no es un patrón. Tres es tres. —Nagore hablaba sin levantar la vista del portátil, que era su manera de rematar—. Un patrón son cinco y una explicación.
—¿Y de dónde sacas tú el cinco?
—De ningún sitio. Pero tú tampoco sacas el tres de ningún sitio y encima lo pones en el titular.
Quim levantó las dos manos, y eso era lo que hacía a los cuarenta minutos.
—Se queda en cuatro párrafos y sin titular fuerte hasta que haya un quinto contrato. Siguiente.
Iñigo presentó la suya en dos minutos y no le preguntaron nada, y salió de la reunión contentísimo, que es lo que suele pasar antes.
En CONTRALUZ la verificación se hacía con una carpeta compartida y una ficha de dieciocho casillas, y la llevaba Nagore: treinta y cuatro años, un máster en algo que nadie recordaba y la reputación de ser insoportable, que en aquella redacción era un elogio.
—Tienes veintiséis fuentes.
—Tengo veintiséis fuentes.
—Y en el texto se usan dieciocho.
—Bueno, es que hay cosas que no...
—Iñigo, no me des la charla, que sé lo que es una fuente de contexto. —Nagore giró la pantalla—. Te pregunto por tres. Estas tres.
Era jueves y eran las once y veinte, y a Iñigo aquello le pareció, durante ocho minutos, un trámite.
Las dos primeras las despachó bien. Un correo del distrito con la fecha de la convocatoria, que estaba ahí porque respaldaba un dato que sí había usado, y una hoja de precios públicos que sostenía otro.
—Y esta.
Dosier_LaAurora_Nordica_v5.pdf
—Ese es el dosier de patrocinio.
—Ya sé lo que es. Está en la carpeta y no está en el texto.
—Está de contexto.
—¿Contexto de qué?
—De la campaña.
—En el texto hablas de la campaña en dos párrafos y en los dos citas la cuenta de la campaña, no el dosier. —Nagore se echó hacia atrás—. Si el dosier está aquí es porque en algún momento lo ibas a usar.
—Lo iba a usar y luego no cabía.
Y en cuanto lo dijo supo dos cosas. La primera, que era mentira. La segunda, que Nagore no le iba a discutir, porque a Nagore no le pagaban por discutir sino por dejar constancia.
—Vale —dijo ella, y escribió cuatro palabras en la casilla catorce.
—¿Qué has puesto?
—Lo que has dicho tú.
Se acercó a la pantalla.
Fuente aportada, no utilizada. Autor: no cabía.
—Es que suena fatal escrito así.
—Todo suena fatal escrito así. Por eso lo escribimos.
—Una cosa más —dijo Nagore cuando él ya se levantaba—. A la productora del archivo la citas tres veces y las tres por el cargo.
—Es que el nombre no aporta.
—El nombre nunca aporta cuando no queremos ponerlo. —Siguió tecleando—. Ponlo o no lo pongas, que eso es de Quim. Yo verifico datos.
Iñigo lo dejó como estaba.
La crónica salió el viernes con el título El último invierno de La Aurora y catorce fotos, y fue lo mejor que había publicado en tres años.
La leyeron ciento sesenta mil personas en cuatro días, que en aquella casa era una barbaridad.
Le escribieron dos personas que habían aprendido a patinar allí.
Le escribió una profesora de secundaria preguntando si podía usarla en clase.
Y le escribió la hija de Rosalía Tejada para decirle que la habían leído en voz alta en la comida del domingo y que su madre había dicho que estaba bien escrita, que era el elogio máximo del universo conocido.
Estuvo dos días muy contento.
El martes por la mañana, un digital de cultura sacó una pieza sobre campañas de barrio y casos de comunidad, con cuatro ejemplos, y La Aurora era el segundo.
Era una pieza corta y bien hecha. Y en el tercer párrafo, citando textualmente el dosier de patrocinio, del que alguien les había pasado el pdf, decía que el proyecto se había vendido a la marca bajo el título de ochenta y dos historias cuando el libro contenía ochenta y una.
No acusaba a nadie. Lo ponía como ejemplo de cómo se redondean estas cosas.
Quim llamó a las diez y diez.
—Iñigo.
—Lo he visto.
—Sube.
En el despacho estaban Quim y Nagore, y Nagore tenía la ficha de verificación abierta en la pantalla, con la casilla catorce a la vista, y ese fue el momento en que Iñigo Arce entendió del todo cómo funcionaba el sitio en el que llevaba tres años trabajando.
—A ver —dijo Quim—. Yo lo que necesito saber es una cosa y solo una. ¿Tú tenías esto?
—Lo tenía.
—¿Verificado?
—Verificado. Tengo el pdf, tengo la hoja de cálculo del archivo con las ochenta y una entradas numeradas y tengo el correo de aprobación de la versión cinco con la hora.
El editor se frotó los ojos con el pulgar y el índice.
—O sea que lo tenías mejor que ellos.
—Lo tenía mejor que ellos.
—¿Y por qué no está?
—Porque lo quité.
Y ahí, por lo menos, no le hizo perder el tiempo a nadie.
—Vale —dijo Quim—. Ahora la otra. La aprobación de la versión cinco, ¿de quién es?
Iñigo tardó tres segundos.
—De Celia Olmedo.
—Que es la productora del archivo.
—Que es la productora del archivo.
—Y tu pareja.
—Y mi pareja.
Nagore no levantó la vista de la pantalla, y aquello, en una redacción de veintidós personas, era una manera de estar muy presente.
—¿Y eso está en el registro? —dijo Quim.
—Está el vínculo. El alcance no.
—El alcance no.
—El alcance no.
Se levantó y anduvo por el despacho, que eran cuatro pasos, y estuvo dando esos cuatro pasos un rato.
—Vamos a hacerlo hoy —dijo—. Nota al pie de la pieza y aviso en portada durante veinticuatro horas. Y lo firmo yo.
—Lo puedo firmar yo.
—No lo puedes firmar tú, precisamente. —Quim se paró—.
Lo firmo yo, que soy el editor, y digo lo que pasó: que el dato lo teníamos, que no se publicó, que lo publicamos ahora, y que el autor de la pieza tiene una relación personal con una de las personas mencionadas y que eso no constaba con el detalle que exige nuestro registro.
—Eso último no hace falta.
—Eso último es lo único que hace falta —dijo Nagore, sin levantar la vista.
—Es que ahí lo que se lee es que he tapado una cosa por ella.
—Ahí lo que se lee es lo que pone —dijo Quim—. Y lo que pone es que tenías el dato, que no lo publicaste y que además hay un vínculo. Lo de por qué no lo publicaste lo va a suponer cada uno, y eso es cosa tuya, no mía.
—¿Y no puedo explicarlo?
—Claro que puedes. En cuatro líneas al final, si quieres.
Iñigo lo pensó durante bastante rato.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro. Si escribo cuatro líneas explicándome, la pieza pasa a ser sobre mí.
Quim lo miró con algo que en otra persona habría sido aprobación.
—Eso es lo primero sensato que dices hoy.
La rectificación se publicó a las cuatro y veinte de la tarde y tenía siete líneas.
No decía que CONTRALUZ hubiera tapado nada, porque CONTRALUZ no había tapado nada.
No decía que Celia hubiera mentido, porque Celia no había mentido.
Decía que el dosier de patrocinio del archivo hablaba de ochenta y dos historias, que el libro contiene ochenta y una, que ese dato obraba en poder del autor y no se incluyó en la pieza original, y que el autor mantiene una relación personal con la productora del archivo, circunstancia que constaba parcialmente en el registro interno del medio.
La leyó nueve veces.
En la redacción no pasó nada.
Eso fue lo peor de la tarde y es lo que menos se espera. Nadie se acercó a decirle nada, nadie hizo un chiste y nadie le dio una palmada en el hombro. Bego pasó por detrás de su mesa dos veces y las dos veces siguió andando, y Bego era una mujer que se paraba a comentar hasta el tiempo.
A las cinco menos veinte, Nagore le mandó un mensaje interno de una línea.
La casilla catorce la habría puesto igual con cualquiera.
Ya lo sé , contestó él.
Vale.
Rosa Bao apareció a las cinco menos cuarto en la cocina de la redacción, con un táper, y esta vez ni siquiera lo metió en el microondas.
—¿Tienes un minuto?
—Sí.
—No, si es corto. —Dejó el táper en la encimera—. Yo lo que quería decirte es una cosa que a lo mejor no te ha dicho nadie hoy.
Iñigo esperó.
—Si tú no hubieras escrito ese párrafo nunca, no habría pasado nada. —Rosa se apoyó en el fregadero—. Se te habría pasado. La gente no ve lo que no ve, y una pieza sin ese párrafo es una pieza normal.
—Lo escribiste. Lo verificaste por triplicado. Lo dejaste en el documento hasta el final y lo quitaste tú.
—Sí.
—Pues eso es peor —dijo—. Eso es peor que no haberlo escrito nunca, y lo sabes, y por eso llevas desde las diez de la mañana con esa cara.
—Rosa...
—No te estoy echando la bronca. Te la ha echado Quim, que es lo que le toca. —Cogió el táper otra vez—. Yo lo que te digo es que sepas cuál es la parte mala, porque mañana vas a estar contándote que la parte mala es el registro. Y el registro es papeleo.
—¿Y cuál es la parte mala? —dijo Iñigo.
—Que ya sabías cómo se hace esto. —Rosa se encogió de hombros—. Tú no eres un chaval de veinticinco años al que se le pasa una cosa. Tú ayudaste a redactar el documento del registro en diciembre. Tú sabes lo que es la casilla de alcance porque estuvimos dos tardes discutiendo cómo se llamaba.
—Sí.
—Pues eso. —Se apartó del fregadero—. Y lo otro que quería decirte, y ya me voy, es que yo no voy a hablar con ella.
—¿Con Celia?
—Con Celia. Ni la conozco ni tengo nada que decirle. —Cogió el táper—. Aquí el que trabaja eres tú.
Se fue con el táper sin calentar.
El correo de Nieves entró a las siete y media y era el más corto de todos.
Nórdica quiere salir del material. No lo exigen. Lo piden con mucha educación y dos veces.
Lo hemos hablado. Yo les devuelvo la parte no ejecutada y ellos se quedan en el cartel de la última noche, que es lo que les importa.
Parte no ejecutada: 2.400. Es la restauración.
El escaneo está pagado y hecho y eso no se toca. Tienes las 340 imágenes y son tuyas.
Lo siento, Celia. Esto lo decido yo y lo decido por la casa. Llámame cuando puedas.
Iñigo lo supo antes que ella, porque a él se lo reenvió Quim, que a su vez lo había recibido de la agencia de Nórdica junto con la petición formal de que retiraran el logo de la crónica publicada, cosa que no procedía porque en la crónica no había ningún logo.
Ese fue el único momento cómico del día y no se lo pudo contar a nadie.
Celia le enseñó el correo a las nueve de la noche, en la cocina, sin decir nada, girándole el móvil.
Él lo leyó dos veces.
—Dos mil cuatrocientos —dijo.
—Dos mil cuatrocientos.
—¿Y eso es todo lo de la restauración?
—Eso es todo lo de la restauración. —Celia dejó el móvil boca abajo en la mesa—. Elsa me lo dijo en enero: escaneo primero, restauración después. El escaneo está hecho. Tengo trescientas cuarenta imágenes de un libro que no se puede abrir por el medio.
—Se puede volver a pedir.
—¿A quién?
—No sé. Al ayuntamiento. A una fundación.
—Iñigo, la pista cierra en cinco semanas.
Los dos siguieron de pie.
—Las cinco hojas se quedan pegadas —dijo Celia.
—Sí.
—Y dentro hay tres entradas que nadie ha leído nunca y una de ellas es la de Julián y Montse.
—La de Julián y Montse la hemos leído.
—Hemos leído la mitad con una linterna de taller. —Se apoyó en la encimera—. Y ahora ya no vamos a leer la otra mitad, porque no hay dos mil cuatrocientos euros.
Iñigo abrió la boca para decir que lo sentía y se dio cuenta a tiempo de que era exactamente lo que no había que decir.
—Ha sido por mí —dijo en cambio.
—Ha sido por el párrafo.
—El párrafo lo quité yo.
—Ya lo sé. —Celia lo miró—. Y la portada la aprobé yo, a las diecinueve cincuenta y dos, con la hora puesta por mí en el asunto porque el sistema lo monté yo.
—Eso es otra cosa.
—Eso es exactamente la misma cosa —dijo ella—. Tú tenías un párrafo y lo quitaste. Yo tenía ocho palabras y no las escribí.
Y ahí Iñigo supo que llevaba nueve horas esperando que ella dijera eso y de que no le alivió absolutamente nada.