22
El correo de Sergio Maroto entró el lunes a las siete y cuarenta y dos de la mañana, y tenía nueve líneas.
Buenos días, Celia.
Le escribo para retirar mi autorización de la entrevista del viernes pasado. Sé que firmé el papel y sé lo que firmé. También he mirado que se puede retirar y por eso lo hago por escrito y con fecha.
No quiero que se publique nada de ese día, ni entero ni en trozos.
Le pido disculpas por las molestias y por el trabajo. No es nada personal con ustedes, que se portaron muy bien.
Un saludo, Sergio Maroto Gil
Celia lo leyó de pie en la cocina, con el pijama todavía puesto, y lo primero que pensó no fue nada noble. Lo primero que pensó fue ochenta y cuatro minutos .
Lo segundo fue que aquel hombre había escrito «he mirado que se puede retirar», lo cual quería decir que el fin de semana, en algún momento entre el viernes y el domingo, Sergio Maroto se había puesto delante de un ordenador a buscar si podía deshacer aquello.
Lo tercero fue Mila.
Mila llamó a las once y cuarto.
—¿Le ha escrito?
—Me ha escrito.
—Ya. —Un silencio corto—. Yo quiero que se publique.
Se sentó.
—Mila...
—Espere, que lo he pensado mucho y lo quiero decir seguido, que si no me lío. —Se oía tráfico de fondo, y luego dejó de oírse, como si hubiera entrado en un portal—. Yo he estado veintiocho años sin decir eso. Y lo dije el viernes. Y ahora resulta que lo que dije se va a la basura.
—No se va a la basura. Se conserva.
—Se conserva donde no lo ve nadie, que para el caso es lo mismo.
—Es distinto y luego se lo explico. Siga.
—Que yo firmé lo mío —dijo Mila—. Yo firmé por mí. Lo que yo dije el viernes es mío. ¿O no?
—Es suyo, sí.
—¿Entonces?
Y ahí estaba, y a Celia le habría gustado tener veinte minutos y un abogado, y lo que tenía era el móvil en la oreja y una mujer esperando.
—Es suyo lo que usted dijo —contestó—. Y lo que él dijo es suyo. Y lo que ustedes dos hicieron durante cuatro minutos delante de una cámara es de los dos.
—Ya. —Mila tardó en seguir—. O sea, que no.
—O sea, que no.
—Es que fíjese qué cosa —dijo Mila, y se le puso una voz distinta, más pequeña—. Que otra vez decide él.
Celia cerró los ojos.
—Mila.
—No, perdone. Perdóneme, que eso no es justo y lo he dicho igual. —Se oyó una puerta—. Él está en su derecho y además tiene motivos. Yo también estaría hecha polvo si me hubieran grabado enterándome de una cosa así.
—No tiene que pedirme perdón a mí.
—Es que no se lo puedo pedir a nadie más. —Se rio, muy poco—. Que estamos bien, ¿eh? Que hemos hablado el fin de semana más que en cinco años.
—Me alegro mucho.
—Ya. Pues eso.
—Mila, escúcheme un momento, porque le quiero explicar exactamente qué pasa con ese material y quiero que lo sepa por mí y no por un papel.
—Dígame.
Y se lo explicó, en la cocina, con el pijama puesto, tardando doce minutos y sin usar ni una palabra de las que había leído esa mañana en tres sitios distintos.
Que no se borra. Que el bruto se conserva, entre otras cosas porque es la única prueba de lo que ocurrió y de lo que se firmó, y borrarlo sería peor para todos.
Que no se toca. Que no se monta, que no se usa como referencia, que no se le enseña a nadie, ni siquiera dentro del equipo, ni siquiera como ejemplo.
Que se guarda en una carpeta cerrada con una nota delante que dice quién lo retiró y cuándo.
Y que si algún día los dos, los dos, quieren otra cosa, se vuelve a hablar.
—¿Los dos? —dijo Mila.
—Los dos.
—Ya.
—Lo siento muchísimo.
—No lo sienta, mujer. —Un ruido de llaves—. Si al final lo importante lo dije. Lo que pasa es que me habría gustado que quedara.
A Sergio lo llamó ella el lunes por la tarde, porque un correo no se contesta con otro correo cuando alguien ha tardado tres días en escribirlo.
—Le he leído y está todo correcto —dijo—. Se retira y no se publica nada. Ya está hecho.
—Se lo agradezco mucho.
—No tiene que agradecerme nada. Está en su derecho y punto.
—Ya. —Se oía una televisión de fondo y alguien la bajó—. Oiga, ¿le puedo decir una cosa?
—Claro.
—Que yo no lo hago por mí.
Celia siguió con el boli levantado.
—¿Cómo?
—Que a mí me da igual salir. —Sergio hablaba despacio, como quien ha ensayado poco y quiere hacerlo bien—. Yo salgo ahí quedándome sin saber qué decir, y eso es lo que pasó y me parece bien que se vea. A mí no me da vergüenza.
—Entonces...
—Es que la que sale llorando es ella. —Un silencio corto—. Y yo llevo desde el viernes pensando en la gente. En la gente de internet, digo, en la de los comentarios. Y sé de sobra lo que van a decir de ella.
—¿Qué van a decir?
—Que por qué no habló antes. —Lo dijo sin subir la voz—.
Van a decir eso, y lo van a decir doscientas personas, y una parte se lo va a decir con cariño, que es peor.
Y esa mujer ha estado veintiocho años sin decirlo y le ha costado lo que le ha costado, y yo no la voy a poner ahí para que se lo expliquen.
Celia dejó el boli.
—Ella quiere que se publique —dijo.
—Ya lo sé. Me lo ha dicho.
—Y usted lo está impidiendo.
—Sí. —No se defendió ni un segundo—. Ya sé lo que parece. Y sé que ella lleva razón en todo lo demás y que yo llevo veintiocho años sin sacar el tema. Pero esto es lo único que puedo hacer yo, y lo estoy haciendo.
—Sergio, ¿se lo ha contado así?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque si se lo cuento así, tiene que darme las gracias —dijo—. Y no quiero que me dé las gracias por esto.
La parte administrativa fue el martes y fue, en su género, una obra maestra de la incomodidad.
Celia hizo una lista, porque hacía listas.
Uno: sus dos discos duros. Carpeta 20 ENTREVISTA 4 , renombrada a 20 RETIRADA — NO USAR , con un archivo de texto dentro con la fecha del correo de Sergio, el nombre completo y la hora.
Dos: el servidor de Marea. Ahí estaba la copia de seguridad automática de todo lo que ella subía los viernes, y ese era el problema de verdad, porque el servidor de Marea lo veían cuatro personas.
Llamó a Nieves.
—Necesito bloquear una carpeta.
—¿Bloquear cómo?
—Que no la vea nadie. Ni Dani, ni el chico de posproducción, ni tú.
—Yo soy la directora.
—Ya lo sé.
—Celia, yo tengo acceso a todo por contrato y por seguro.
—Pues entonces la ves tú y nadie más, y firmas que la has visto —dijo Celia—. Y no te la vas a poner una tarde para saber qué pasó, porque te conozco.
Hubo un silencio de tres segundos.
—Vale —dijo Nieves—. Eso ha sido feo.
—Ha sido feo y era necesario.
—Ha sido feo y tienes razón, que es peor. —Un teclado—. Te la saco de la carpeta general y te la meto en una privada, y lo apunto en el registro de accesos. ¿Qué pongo?
—Pon «retirada de autorización, artículo dos punto tres».
—¿Y eso qué es?
—Es lo que le he estado leyendo tres veces esta mañana para asegurarme de que no me lo estaba inventando.
Tres: Ruth y Lucas.
Ruth contestó en diez minutos y le mandó una captura de la papelera vaciada antes de que Celia terminara de escribir la petición. Lucas contestó a las dos horas y con una pregunta que Celia pensó exactamente la pregunta correcta.
Yo tengo el audio en mi grabadora todavía, ¿lo borro o te lo mando?
Mándamelo y bórralo.
Hecho. ¿Está bien la señora?
Está bien.
Vale.
Y luego estuvo lo del seguro, que ocupó la tarde entera y que fue lo más absurdo del día.
Marea tiene una póliza de responsabilidad civil profesional que obliga a conservar cinco años la documentación de cesiones de todos los proyectos, y la gestora de la correduría llamó a las cuatro para pedir la cesión firmada y la comunicación de retirada, las dos, escaneadas y en el mismo pdf.
—Es que las quiero juntas.
—Están juntas.
—En el mismo pdf, digo, no en la misma carpeta.
—¿Y eso cambia algo?
—A mí me lo piden así.
Celia hizo el pdf. Tardó cuatro minutos y estuvo el resto de la tarde pensando en que el papel donde Mila Palau había firmado a las nueve y cincuenta de la mañana y el correo donde Sergio Maroto lo deshacía todo iban a vivir a partir de entonces en la misma hoja, pegados el uno al otro, en el ordenador de una correduría.
Y hubo una quinta cosa que no estaba en ninguna lista y que fue la peor.
Celia tenía dieciocho páginas de escaleta escritas alrededor de aquella entrevista.
La cuatro era el centro de la pieza y las otras cinco estaban colocadas en función de ella: Rosalía y Amancio abrían porque eran la rutina, Elvira y Domingo iban después porque eran el contrapunto, Merche y Lorenzo aliviaban, y Mila y Sergio caían encima de ese alivio.
Todo eso dejó de existir el lunes a las siete y cuarenta y dos.
Se sentó con la escaleta impresa y un rotulador y estuvo dos horas rehaciendo un orden que ya no tenía centro, y a la segunda hora vio que lo que le fastidiaba no era el trabajo.
Era que las otras cinco parejas habían mejorado.
Sin la cuatro, la sexta pasaba a ser el final y no la coda, y Aixa y Doris dejaban de ser el aire y pasaban a ser el argumento.
Y eso, que era verdad y que le salía mejor, le pareció durante un rato una especie de traición administrativa, hasta que se acordó de que a Mila Palau lo que le había pasado no era un problema de montaje.
Cuatro: el montaje.
Y ahí fue donde se rompió una cosa que Celia no vio venir.
Se sentó a las cinco de la tarde en la habitación pequeña con el proyecto abierto, y la línea de tiempo tenía siete bloques marcados con colores.
Rosalía y Amancio, verde. Elvira y Domingo, azul.
Merche y Lorenzo, naranja. Mila y Sergio, rojo.
Y tres bloques vacíos, grises, con los nombres puestos y sin nada dentro.
Seleccionó el bloque rojo y le dio a suprimir.
Y el proyecto estuvo con un hueco de once minutos y cuarenta segundos en mitad de la estructura, entre el naranja y el primero de los grises, exactamente donde ella llevaba tres días imaginando el centro de la pieza.
Miró el hueco un rato largo.
Después hizo una cosa que no había hecho nunca en doce años de oficio, que fue no cerrar el hueco.
Podía haberlo cerrado. Se cierra arrastrando y ya está, y el montaje queda continuo y nadie se entera. Lo que hizo fue dejar los once minutos y cuarenta segundos en negro, en su sitio, y ponerle nombre al bloque vacío.
04.
Nada más. Un número.
Y en la escaleta, en el documento de texto que llevaba desde diciembre, escribió debajo de la entrevista cuatro:
No disponible. Autorización retirada.
Lo leyó dos veces y le pareció que se le veía demasiado el orgullo.
Lo dejó igual.
Iñigo llegó a las nueve y la encontró todavía delante de la pantalla, con la luz apagada y el hueco negro ocupando la mitad de la línea de tiempo.
—¿Es eso?
—Es eso.
Él se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Cuántas te quedan?
—Grabadas y utilizables, tres. —Celia no se giró—. Grabadas, cuatro. Localizadas, cinco. Y una que no sé si existe.
—Y dinero para ninguna.
—Y dinero para ninguna, salvo lo mío.
Los dos miraron el bloque negro sin decir nada.
—Yo eso lo habría cerrado —dijo Iñigo.
—Ya lo sé.
—No lo digo como crítica.
—Ya sé cómo lo dices. —Celia guardó el proyecto y cerró el portátil—. Y no lo voy a cerrar, y no es porque sea más honesta que nadie. Es porque si lo cierro, dentro de dos años yo tampoco me acuerdo de que estuvo ahí.