21
Al día siguiente, sábado, Celia dio dos vueltas enteras a la pista sin tocar la barandilla ni una vez.
Lo vio desde la puerta pequeña y tardó cuatro segundos en entender por qué le extrañaba.
Era la postura. En diciembre iba con los hombros pegados a las orejas y las manos abiertas por delante, como si empujara algo, y ahora iba con los brazos sueltos y la barbilla arriba, y en la curva del fondo metía el pie derecho por delante del izquierdo sin pensarlo.
—Te has cruzado —le dijo cuando pasó por su lado.
—¿Qué me he cruzado?
—El pie. Acabas de cruzar en la curva.
—No he cruzado nada.
—Has cruzado. Dos veces.
Celia frenó de la manera fea, la de meter el filo de golpe, y volvió patinando hacia atrás dos metros con una torpeza que le devolvió toda la dignidad de golpe.
—A ver, hazlo otra vez —dijo Bea desde el otro lado, que estaba recogiendo conos y llevaba diez minutos mirándolos—. Sin pensarlo.
—Es que si lo pienso no me sale.
—Pues no lo pienses.
—Es que ahora ya lo estoy pensando.
—Ahí lo tienes. Ya eres oficialmente adulta patinando.
—Yo llevo dos meses viéndote —dijo Bea—. En diciembre ibas como si te fueran a robar el bolso.
—Iba con miedo.
—Ibas con la cara. La cara es lo que frena. —Se echó el pelo hacia atrás—. Tú mirabas al suelo, y el que mira al suelo va al suelo. Ahora miras al fondo.
—¿Y eso lo aprendes cuándo?
—Cuando te cansas de mirar al suelo.
Nayra pasó por detrás a toda velocidad, sin casco porque era sábado y ya había terminado la clase, y Bea le gritó algo sin mirarla y la niña frenó, se puso el casco y salió otra vez.
Estuvieron media hora. Fue la última cosa alegre que hicieron ese fin de semana.
Empezó en el coche, a las dos y diez, con las bolsas en el maletero y el motor arrancando.
—He estado montando lo de ayer.
—Ya me lo imagino.
—Son cuatro minutos y veinte segundos seguidos sin cortar. —Celia miraba al frente—. Y son buenísimos.
—Lo sé.
—Es la mejor cosa que voy a montar en mi vida y lo sé desde ayer a las once y veinte de la mañana.
Iñigo puso el intermitente y no abrió la boca, y a los treinta segundos ella se giró.
—Dilo.
—No he dicho nada.
—Llevas desde ayer no diciendo nada. Que es peor.
—Yo creo que había que haber parado.
—Hecho.
—Me lo has preguntado tú.
—Ya lo sé. Y te digo vale. —Celia se cruzó de brazos—. Sigue.
—No hay más. Creo que había que haber parado. Un minuto. Un vaso de agua. Que ella supiera que podía elegir seguir.
—Ella sabía que podía elegir seguir.
—Ella no sabía nada. Ella se acababa de oír a sí misma decir una cosa que no había dicho en veintiocho años.
—Y miró a cámara.
—Miró a cámara.
—Iñigo, miró a cámara —dijo Celia, y se giró entera en el asiento—. Eso significa que se acordó de que estaba grabando. Y siguió. Con la cámara en la cara y sabiendo que estaba, siguió hablando cuatro minutos más. Eso es una mujer adulta decidiendo.
—Eso es una mujer adulta en mitad de una frase que no puede dejar a medias.
—¿Y tú qué sabes?
—Nada. Yo no sé nada. —Iñigo cambió de carril—. Por eso digo que había que haber parado, para saberlo.
Aparcaron y subieron y siguieron discutiendo en la cocina, y esa fue la parte mala, porque en la cocina no hay volante y hay que mirarse.
—Vamos a hacer una cosa —dijo Celia, y sacó la libreta, y él supo que aquello iba a durar—. Dime qué habría pasado si paro.
—No lo sé.
—Dímelo. En serio. Yo digo «vamos a parar un momento», Lucas baja la pértiga, Ruth corta y nos servimos agua. ¿Qué pasa?
—Pasa que ella respira.
—Pasa que ella se arregla. —Celia dio un golpecito con el boli en la mesa—.
Pasa que ella se seca, se ríe, dice «madre mía qué tontería», que es lo que dijo veinte minutos después, y cuando volvemos a grabar dice tres frases resumidas y bien construidas sobre cómo se siente.
Y entonces yo tengo un testimonio. Y lo que tengo ahora es una cosa que pasó.
—Ya.
—Y esa mujer llevaba veintiocho años sin decirlo, y no lo dijo porque yo tuviera una cámara. Lo dijo porque le hice una pregunta buena y porque el marido estaba delante.
—No es el marido.
—Perdona. Porque él estaba delante. —Se pasó la mano por la cara—. Y eso, además, era lo que ella necesitaba. No hablar conmigo. Hablar con él.
—Eso no lo sabes.
—Eso lo sé de sobra. Iba dirigido a él. Yo no estaba, Iñigo. Yo era la mesa.
—Tú no eras la mesa. Tú eras la que tenía un botón.
—No hay ningún botón.
—Hay un botón —dijo él—. Se llama «vamos a parar un momento» y lo tienes tú y no lo tiene nadie más de esa habitación, y no lo usaste.
Ella lo miró un momento.
—Ya —dijo—. No lo usé.
—Vale.
—No lo usé y no me arrepiento del todo, y esa es la parte que no te gusta.
—Esa es la parte que no me gusta, sí.
—¿Y sabes por qué no me arrepiento del todo? —Se levantó y se apoyó en la encimera—. Porque llevo tres meses haciendo el trabajo más honesto que he hecho en mi vida con cuatro mil doscientos euros y sin ayudante, y ayer, por fin, no fue simpático. Fue de verdad.
—Y también porque es buenísimo, que eso también lo he pensado. Lo pensé ahí, en el segundo y medio ese, y lo pensé con todas las letras.
Él tardó bastante en contestar.
—Gracias por decirlo —dijo.
—No me des las gracias, que ya me da bastante asco.
Y ahí él tuvo la ocasión. La tuvo entera, servida, con la puerta abierta y el momento exacto.
Podía haber dicho: yo tengo un párrafo verificado en un documento y no lo he mandado.
Once palabras.
En vez de eso dijo:
—Yo en octubre estuve en Cuenca con una mujer que llevaba veintidós años en una cadena de envasado y me contó una cosa que no le había contado a su marido. Y no la publiqué.
—¿Por qué?
—Porque me la contó a mí y no a un periódico.
—¿Y cómo sabes cuál es cuál?
—No lo sé.
—Pues eso —dijo Celia—. Que no lo sabes tú tampoco.
—No lo sé —repitió él—. Pero yo esa decisión la tomo antes de escribir. Y tú la tuya la has tomado después de grabar.
Eso le dolió, y se le notó, y él lo supo mientras lo estaba diciendo y lo dijo igual.
—Qué cómodo —dijo Celia.
—No es cómodo.
—Es comodísimo. Tú decides en tu casa, delante de un documento, sin nadie llorando enfrente. —Se puso de pie—. Yo tenía a dos personas a metro y medio y segundo y medio para decidir.
—Y por eso digo que hay que decidirlo antes.
—¿Antes de qué? ¿Antes de saber lo que va a pasar?
—Antes, sí. Se llama tener una norma.
—Ya. —Celia cogió el vaso de la encimera y lo dejó otra vez sin beber—. Pues dime la tuya.
—¿Mi qué?
—Tu norma. Dímela. Con palabras. La norma exacta que tú aplicas.
Y ahí él no supo qué decir, porque no tenía ninguna norma que se pudiera decir con palabras, y lo que tenía era veinte años de decidir en cada caso y de acertar casi siempre y de acordarse mucho de las tres veces que no.
—No la tengo —dijo.
—Ya.
—Y eso no significa que tú hicieras bien.
—No, si eso ya lo sé.
Estuvieron dos horas sin hablar del tema.
—Una cosa más y lo dejo —dijo Celia—. ¿Tú qué habrías hecho?
—Yo habría parado.
—No. Tú, con una cámara en la mano y la señora hablando. No lo que crees que habrías hecho. Lo que haces.
Iñigo tardó bastante.
—Yo bajo la cámara —dijo.
—Eso no es parar.
—No.
—Eso es no llevártelo tú y dejar que se lo lleve otro. —Celia dejó el vaso—. Ruth estaba grabando, Iñigo. Ruth no bajó nada. Tú bajaste la tuya en el capítulo de Amancio y aquello se grabó igual, y estuviste tres días muy tranquilo contigo mismo.
Eso le dio y se le notó.
—Puede ser —dijo.
—Es que es exactamente eso.
—Puede ser y sigo pensando que había que parar.
—Ya lo sé. Y yo sigo pensando que no me arrepiento del todo. —Se levantó a llevar los platos—. Y así vamos a estar hasta marzo.
Comieron, recogieron, ella se puso con el montaje en la habitación pequeña con los cascos y las dos cajas al lado, y él se sentó en el salón con el portátil y abrió el documento de la crónica y lo cerró a los cuatro minutos.
A las siete y media, Celia salió de la habitación, se quitó los cascos y siguió en la puerta.
—Es que no se puede montar hoy —dijo.
—¿Por qué?
—Porque lo estoy montando enfadada contigo y le estoy dejando más tiempo a la parte en que ella llora, para tener razón.
Iñigo cerró el portátil.
—Eso está bien visto.
—Eso está fatal.
—Digo que está bien visto que lo veas.
—Ya. —Celia se apoyó en el marco—. Estoy cansadísima.
—Yo también.
—¿Tregua?
—Tregua.
Se acercó él primero. Fue en el pasillo, entre la puerta de la habitación pequeña y las dos cajas, y empezó bien: le puso las manos en la cara y ella cerró los ojos y le agarró de la camiseta, y durante minuto y medio funcionó exactamente igual que había funcionado siempre.
Se metieron en la habitación. Ella tiró de él hacia la cama y él le pasó la mano por dentro del jersey y encontró su espalda fría, y Celia hizo el ruido de siempre, y aquello iba bien.
Y luego, en algún momento que él no supo localizar después, dejó de ir bien.
No fue una cosa. No hubo un pensamiento. Fue que se dio cuenta de que estaba mirando el techo por encima del hombro de ella y de que estaba pensando en la palabra «después».
Después de esto no vamos a seguir hablando de esto.
Eso es lo que estaba pensando. Y eso es exactamente lo que estaba haciendo.
Se paró.
—Espera.
—¿Qué?
—Espera un segundo.
Ella se apartó lo justo para verle la cara, apoyada en un codo, con el pelo por delante.
—¿Qué pasa?
—Nada. Estoy bien. —Iñigo se sentó y se echó el pelo hacia atrás—. Es que estamos haciendo esto para no seguir.
Ella no contestó.
—Y me parece que funciona —siguió él—, y ese es el problema.
Ella se sentó al otro lado de la cama, y estuvo así unos segundos, y después soltó el aire por la nariz.
—Sí —dijo.
—¿Sí?
—Sí. Yo llevo desde el pasillo pensando que cuando termináramos ya no iba a hacer falta hablar de nada. —Se sentó del todo y se bajó el jersey—. Es que lo he pensado con esas palabras, además. «Ya se le pasará.»
—Joder.
Estuvieron los dos sentados en la cama, cada uno en un borde, medio vestidos, con la luz del pasillo entrando por la puerta.
—No es que no quiera —dijo Celia.
—Ya lo sé.
—Es que quiero muchísimo. Y me da rabia que sea ahora.
—A mí también.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. —Iñigo alargó la mano y le cogió el tobillo, que es lo que quedaba cerca—. ¿Y tú?
—Regular.
—Ya.
—Pero no por esto. Por lo otro.
Estuvieron ahí un rato. Nadie se enfadó. Nadie se fue a otra habitación. En algún momento Celia se rio sola, muy poco, y él le preguntó de qué y ella dijo que de nada, y era verdad que era de nada.
Después ella se levantó, se puso el pantalón del pijama y fue a la cocina a poner el agua.
Él siguió sentado en el borde de la cama.
En la habitación pequeña, en el portátil abierto, seguían los ochenta y cuatro minutos de Mila Palau y Sergio Maroto, volcados en dos discos duros, con la cesión firmada por los dos el día anterior a las nueve y cincuenta de la mañana.
Todo aquello era suyo. Lo podían montar, lo podían publicar y lo podían estrenar en marzo, y nadie en el mundo podía decirles nada.
Se puso una camiseta y no se movió durante un minuto.
Podía ir ahora. Estaba a seis metros, poniendo el agua, en pijama, a las nueve menos veinte de la noche, y aquella era la casa en la que llevaban cuatro meses y donde una hora antes había pasado lo que había pasado, y no había ninguna razón en el mundo para no ir a la cocina y decir once palabras.
Se le ocurrieron tres maneras de empezar y las tres empezaban explicándose.
Fue a la cocina.
—¿Manzanilla o poleo? —dijo Celia.
—Poleo.
—No queda poleo.
—Pues manzanilla.
—Vale.