20
Mila Palau llegó con una bandeja de pastas y eso ya lo complicó todo, porque nadie sabe qué hacer con una bandeja de pastas a las diez de la mañana en una cafetería que está cerrada.
—Es que no sabía si iba a haber algo.
—No tenía que traer nada.
—Ya, pero es que ustedes están aquí toda la mañana.
Sergio Maroto llevaba la bandeja y la dejó en la barra, y luego se pasó los primeros diez minutos buscando un sitio donde ponerla que no molestara.
Eran de esa clase de pareja que se mueve como una sola persona con dos cuerpos.
Se quitaron los abrigos a la vez. Se sentaron sin decidir quién se sentaba dónde, que es lo que cuesta veinte años.
Cuando Lucas les puso los micros, Sergio se quedó quieto con los brazos separados del cuerpo y Mila le abrochó el botón de la camisa que se le había subido, sin mirar, mientras seguía hablando con Ruth.
Llevaban veintiocho años prometidos.
Eso lo contaron en los primeros cuatro minutos y lo contaron muy bien, porque lo habían contado muchas veces.
—Es que se convirtió en un chiste —dijo Sergio—. En el trabajo me llamaban «el novio».
—Con cincuenta y ocho años lo seguían llamando «el novio».
—Y a ella «la novia».
—A mí menos.
—A ti también, Mila.
—A mí menos, porque yo no lo contaba tanto.
Se rieron los dos.
Mila tenía cincuenta y ocho años y era enfermera en un centro de salud. Sergio tenía sesenta y trabajaba en una empresa de mantenimiento de ascensores desde 1989. Se conocieron en una boda ajena, cosa que a los dos les parecía graciosísima, y llevaban juntos desde el noventa y cuatro.
Y el once de octubre del noventa y siete, un sábado, en la sesión de tarde, Sergio Maroto le pidió a Mila Palau que se casara con él en una pista de hielo a la que habían ido porque llovía y no se les ocurrió otra cosa.
—¿Y usted qué dijo? —preguntó Celia.
—Que sí. En cero coma.
—¿Sin pensarlo?
—Sin pensarlo nada. —Mila se rio—. Es que yo estaba loca por él. Yo llevaba tres años esperando eso.
—¿Y luego?
—Y luego nos pusimos a mirar sitios.
Ahí fue donde Celia notó algo, y lo notó de una manera muy pequeña y muy técnica, que fue que Mila movió la mano izquierda hacia la derecha y se tocó el anillo con el pulgar.
Siguió, y no le dio importancia.
Contaron lo del noventa y ocho, que fue el año en que iban a casarse y no se casaron porque murió el padre de Sergio en marzo.
Contaron lo de dos mil dos, que fue el año en que iban a casarse y no se casaron porque a Mila la trasladaron y estuvieron catorce meses en ciudades distintas.
Contaron lo de dos mil ocho, que fue el año de la hipoteca.
—Y en el dos mil cinco íbamos a hacerlo en el pueblo de mi madre —dijo Mila—, y en el pueblo de mi madre hay una iglesia preciosa y no hay dónde comer.
—Había un sitio.
—Había un sitio que era el bar.
—Era un bar muy bueno.
—Era un bar, Sergio.
Contaron lo del dos mil quince, que era el que más gracia les hacía, porque ese año llegaron a reservar un restaurante.
—Cuarenta comensales —dijo Sergio.
—Cuarenta y dos.
—Cuarenta y dos, y lo cancelamos en abril.
—¿Y por qué?
Los dos se quedaron pensando.
—Pues no me acuerdo —dijo Sergio.
—Yo tampoco —dijo Mila.
Y se volvieron a reír, y Ruth ajustó el foco medio centímetro, y Celia escribió en la libreta dos mil quince: no se acuerdan , y le puso un asterisco al lado, porque un asterisco en su libreta quería decir ahí hay algo .
A los veintidós minutos hizo la pregunta del objeto.
—¿Y qué pasó con el anillo?
Mila levantó la mano izquierda y la puso encima de la mesa.
—Aquí está.
Era un anillo fino, de oro, con una piedra pequeña y las aristas comidas de veintiocho años de llevarlo puesto.
—¿Se lo ha quitado alguna vez?
—Para operarme, en el dos mil once. Y me lo puso otra vez él en la habitación.
—Es bonito —dijo Celia.
—Es feísimo —dijo Mila, y se rio—. Es feísimo y es mío.
—¿Y no han pensado nunca en cambiarlo por una alianza?
—Para eso habría que casarse.
Lo dijo igual que todo lo demás. Mismo tono, misma sonrisa, misma velocidad. Y después dejó dos segundos la mano encima de la mesa y añadió, sin cambiar de voz:
—Yo sí quería.
Él se giró hacia ella.
—¿Qué?
—Que yo sí quería casarme. —Mila seguía mirando el anillo—. Yo quería casarme y no lo dije nunca.
—Mila, si lo hemos intentado cuatro veces.
—Lo hemos aplazado cuatro veces.
—Lo hemos intentado y siempre pasaba algo.
—Ya lo sé, Sergio. —Levantó la vista y le sonrió, y esa sonrisa fue lo peor de la mañana—. Y cada vez que pasaba algo, yo era la que decía «bueno, ya lo haremos». Todas las veces. Y lo decía muy convencida.
—Porque no te importaba.
—Porque no quería que pareciera que te estaba exigiendo algo.
Y ahí se paró todo.
No hubo un grito, ni un golpe en la mesa, ni una silla apartada. Lo que hubo fue un cambio de temperatura en una habitación a cuatro grados, y Celia lo notó en la espalda antes que en la cabeza.
Sergio Maroto se puso completamente quieto.
—¿Cuándo? —dijo.
—Siempre.
—Mila, ¿cuándo?
—Siempre, cariño. Desde el noventa y ocho.
—Empezó a moverle la barbilla y se la sujetó con la mano, sin dramatismo, igual que se aguanta un estornudo—.
Desde que murió tu padre y dijiste que no era el año.
Y tenías razón, no era el año. Pero yo te dije «claro que no, ya lo haremos» y yo me fui al baño de tu casa y estuve veinte minutos.
—Yo no sabía eso.
—Ya sé que no lo sabías.
—Mila, yo eso no lo sabía.
—Es que no te lo dije. —Se le rompió un poco la voz por primera vez—. Esa es toda la historia, Sergio. Que no te lo dije nunca.
Y ahí Mila Palau miró a cámara.
Fue medio segundo. Un movimiento de ojos hacia el objetivo y otra vez hacia la mesa, y Celia llevaba doce años trabajando con entrevistados y sabía exactamente lo que significaba ese medio segundo: significaba que la persona acababa de acordarse de que la estaban grabando.
Ese fue el momento.
Celia tenía la frase preparada desde antes de entrar en aquella cafetería, porque siempre la lleva preparada.
Son cuatro palabras. Vamos a parar un momento.
Se dicen sin levantarse, se dice en voz baja, y todo el mundo respira, y se sirve agua, y a veces la gente sigue y a veces no sigue, y las dos cosas están bien.
Miró a Ruth. Ruth la miraba a ella por encima de la cámara.
Y Celia hizo, en un segundo y medio, la cuenta entera.
Que Mila era una mujer de cincuenta y ocho años, enfermera, que sabía perfectamente dónde estaba y qué había firmado.
Que si paraba ahora, aquella frase se quedaba a medias y no se iba a volver a decir nunca, ni en aquella cafetería ni en el coche de vuelta ni en veintiocho años más.
Que aquello no era una emboscada: era la más honesta que había pasado en aquel edificio desde diciembre.
Y que era el mejor material que iba a tener en su vida.
Las cuatro cosas eran verdad. La cuarta también.
Bajó la vista a la libreta y se calló.
—Podíamos habernos casado en el dos mil dos —dijo Sergio, muy despacio.
—En el dos mil dos yo estaba en Cuenca.
—Podíamos habernos casado igual.
—Sí.
—Podíamos habernos casado en cualquier momento de veintiocho años, Mila.
—Ya lo sé.
—Entonces por qué no...
—Porque tú nunca lo volviste a sacar —dijo ella, y esta vez sí subió la voz, un poco, lo justo—.
Lo sacaste una vez, en el noventa y siete, encima del hielo, delante de todo el mundo, y te salió precioso.
Y luego no lo volviste a sacar nunca. Nunca, Sergio.
Veintiocho años. Y yo tampoco, y esa parte es mía y me la quedo yo. Pero yo estaba esperando.
Él se llevó la mano a la boca.
—Yo pensaba que estábamos bien —dijo.
—Y estamos bien.
—Yo pensaba que estábamos bien.
—Es que estamos bien. —Mila alargó la mano y le cogió la muñeca—. Sergio, mírame. Que estamos bien. Que yo he sido feliz. Que no te estoy diciendo que haya sido infeliz veintiocho años, no me hagas eso.
—¿Y entonces qué me estás diciendo?
A Mila se le abrió la boca un momento.
—Pues nos casamos —dijo Sergio.
Mila levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Que nos casamos. En abril. —Se giró en la silla hacia ella con las dos manos abiertas—. Mila, que nos casamos. Que llamo yo mañana al de Alcalá, que ese sitio sigue abierto, que lo miré hace dos años sin decirte nada. Cuarenta y dos personas. Nos casamos y ya está.
Y ahí Mila Palau hizo lo más difícil de aquella mañana, que fue decir que no.
—Así no.
—¿Cómo que así no?
—Así no, Sergio.
—Es que no te entiendo.
—Ya lo sé. —Se secó la cara con el dorso de la mano—. Si me lo pides ahora, me lo estás pidiendo porque me acabas de ver llorar en una cafetería delante de tres desconocidos. Y eso no es pedírmelo. Eso es arreglarlo.
—Es que lo quiero arreglar.
—Ya lo sé, mi vida. —Y ahí se le rompió del todo—. Si eso es lo peor de todo. Que tú siempre lo arreglas.
—¿Y qué quieres que haga?
—No lo sé.
—Dime lo que quieres que haga y lo hago.
—Es que si te lo digo yo, vuelve a ser lo mismo —dijo Mila—. ¿No lo ves? Que si te lo digo yo, ya es una exigencia otra vez.
Sergio abrió la boca y no le salió nada.
—Que quería una boda —dijo ella al final—. Ya está. Que quería una boda y me daba vergüenza quererla.
Y se echó a llorar, con la mano todavía en la muñeca de él, sin taparse la cara, con esa manera de llorar de las personas que han llorado poco delante de gente.
Nadie dijo corta.
Lucas no movió la pértiga. Ruth no tocó el foco. Iñigo, que estaba de pie a tres metros con la cámara colgada del cuello y las dos manos quietas, no hizo ni una foto.
Y Celia, que era la única persona de aquella sala que podía haberlo parado, tuvo la vista en la libreta durante cuatro minutos y veinte segundos.
Y estuvieron así seis o siete minutos, hasta que se acabó del todo, que en estas cosas nunca se sabe cuándo es.
En algún momento Sergio le puso la mano en la nuca y se la dejó ahí. En otro, Mila le dijo que se le iba a enfriar el café y él dijo que no había café. Se rieron los dos un poco, mal.
Y a los seis minutos Celia ya no estaba pensando en el material. Estaba pensando en que aquellas dos personas iban a coger un Ford Focus gris en el aparcamiento y a conducir cuarenta minutos hasta su casa con eso dentro del coche.
Terminó porque terminó. Él le dio unas servilletas de papel que cogió de la barra. Ella se sonó, dijo «madre mía» dos veces, se rio de sí misma y dijo que menuda tontería.
—No es ninguna tontería —dijo Celia.
—Que sí, mujer. Si esto es de hace veintisiete años.
—Es de ahora mismo.
Ella la miró.
—Ya —dijo.
Ruth apagó la cámara a las once y cuarenta y dos y no dijo nada, y estuvo dos minutos guardando el trípode con una lentitud que no era suya.
Lucas recogió el micro de solapa de Mila y se lo quitó él, con cuidado, pasándole el cable por dentro del jersey, y en algún momento le dijo «ya está» de una manera que no tenía nada que ver con el micro.
Y Celia, que llevaba doce años trabajando con equipos, cayó en que sus dos técnicos estaban haciendo exactamente lo mismo que ella no había hecho, que era cuidar a aquella mujer con las manos.
Recogieron en veinticinco minutos, con esa educación exagerada que se pone cuando ha pasado algo. Sergio ayudó a Lucas a enrollar un cable y lo enrolló mal. Mila insistió en que se llevaran las pastas.
En la puerta, con los abrigos ya puestos, Sergio le dio la mano a Celia con las dos suyas.
—Muchas gracias. Ha estado muy bien.
Celia tardó un segundo en poder contestar.
—Gracias a ustedes.
—No, de verdad. Que estas cosas nos vienen bien. —Sergio miró hacia el aparcamiento, donde Mila ya estaba junto al coche—. Que llevamos mucho tiempo sin hablar de nosotros.
Y se fue.
Mila volvió a los dos minutos, sola, a por la bufanda, que se la había dejado en la silla.
Estaba en la mesa de la esquina, y Celia se la dio, y ninguna de las dos se movió de ahí.
—Yo eso no lo había dicho nunca en voz alta —dijo Mila.
—Ya lo sé.
—Ni a él ni a nadie. Ni a mi hermana.
—Ya lo sé.
Se puso la bufanda y se la ajustó dos veces.
—Bueno —dijo—. Pues ya está dicho.
Y se fue.
Cuando el coche salió del aparcamiento, Ruth se acercó a la mesa con la cámara todavía en la mano.
—¿Lo guardo?
—Guárdalo.
—¿Entero?
—Entero.
Ruth sacó la tarjeta y se la dio, y Celia hizo lo que hacía siempre al terminar una jornada, que era volcarla al disco duro y comprobar los archivos uno por uno antes de formatear nada.
Ochenta y cuatro minutos de material.
Los volcó dos veces, a dos discos distintos.