Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 19
50%

19

—Yo eso no se lo puedo contar.

—Teresa.

—Que no se lo puedo contar. —Cerró el cajón del archivador con la cadera—. Y no es que no quiera. Es que si se lo cuento a usted, mañana lo sabe otra gente, y esa gente no me lo ha preguntado a mí.

—¿Y si le digo que ya sé que la escribió usted?

—Ya sé que lo sabe. Se lo dije yo.

Iñigo llevaba doce minutos en el despacho y llevaba doce minutos perdiendo.

—Deme el apellido —dijo—. Solo el apellido de ella.

—No.

—Teresa, es un apellido.

—Es un apellido de una mujer que no le ha dado permiso a usted para nada.

—Teresa se puso las gafas y volvió al catálogo—.

Y le voy a decir una cosa, y luego me deja usted trabajar.

Si lo encuentran ustedes por su cuenta, allá ustedes.

Y si él les dice que sí, pues muy bien. Yo llevo treinta y cinco años sin darle el nombre de nadie a nadie y no voy a empezar hoy porque salgan ustedes en la radio.

Iñigo bajó por la escalera con el cuaderno en la mano y con la sensación clarísima, y bastante rara, de que le acababan de dar una lección de oficio.

Marga fregaba a las once.

Se lo había dicho ella misma en enero, con el palo de la fregona señalando el tabique, y él llevaba desde el jueves anterior esperando a que fueran las once de un día que no fuera sábado.

—Usted otra vez.

—Yo otra vez.

—¿Y ella no viene?

—Ella está montando.

—Ah. —Marga escurrió la fregona—. Pues pregunte, hombre, que se le ve venir desde el aparcamiento.

Se apoyó en la pared del pasillo, en el trozo que ya estaba seco.

—Finales de los ochenta o principios de los noventa —dijo—. Un chico que se llamaba Julián y una chica que se llamaba Montse. Él le pidió matrimonio ahí, en la esquina de la puerta pequeña, y ella lo paró antes de que terminara.

Marga siguió fregando cuatro o cinco pasadas más.

—Eso lo oí yo —dijo.

Iñigo no se movió.

—¿Está segura?

—Yo no estoy segura de que fueran esos dos, que a mí nadie me dijo cómo se llamaban. —Se apoyó en el palo—. Yo estoy segura de que oí una cosa así una vez, y solo una vez en cuarenta y tres años, y por eso me acuerdo. Lo otro, lo de que sean los del libro, lo dice usted, no lo digo yo.

—Vale. Eso me vale.

—Que quede claro.

—Queda clarísimo. —Iñigo abrió el cuaderno—. ¿Qué oyó?

—A ver. —Marga se quedó pensando con la vista en el suelo mojado—. Primero se oyó el ruido.

—¿Qué ruido?

—El ruido de las cuchillas cuando alguien se para en seco. —Hizo un gesto corto con la mano—. Eso se oye muchísimo desde aquí. Los críos lo hacen todo el rato y a mí me suena a papel de lija.

—Vale.

—Y luego el otro ruido, que es el de rodilla.

Iñigo levantó la cabeza.

—¿Hay un ruido de rodilla?

—Hay un ruido de rodilla, sí. —Marga lo dijo como quien explica dónde está el enchufe—.

Cuando alguien se pone de rodillas en el hielo con la ropa mojada suena distinto que cuando se cae.

El que se cae hace un ruido grande y luego nada.

El que se arrodilla hace un ruido pequeño y luego se queda ahí, y el hielo cruje un poco debajo un rato largo porque el peso está en un sitio solo.

—¿Y usted eso lo distingue?

—Yo llevo cuarenta y tres años fregando este pasillo, hijo. —Volvió a meter la fregona en el cubo—. Usted lleva veinte años mirando por un agujerito y distinguirá cosas que yo no.

Iñigo apuntó lo del ruido de rodilla y tardó un rato en saber qué preguntar.

—Marga, una cosa. ¿Qué más ha oído usted desde ahí?

—Uy.

—En serio.

—Pues de todo. —Escurrió la fregona y se apoyó en el palo, igual que hacía cuando iba a hablar—.

He oído a una mujer llamar a su hija para decirle que se venía a su casa esa misma noche.

He oído a un chaval llorar veinte minutos porque no le salía una cosa y no querer salir hasta que se le pasara.

He oído a dos hermanos repartirse la casa de su madre en la puerta del vestuario, y eso duró tres domingos.

—¿Tres domingos?

—Tres. Venían a traer a los críos y aprovechaban.

—¿Y se acuerda de todo eso?

—Me acuerdo de lo que se repite y de lo que no se parece a nada. —Volvió a meter la fregona—. Lo del medio no. Lo del medio son cuarenta y tres años de gente diciendo dónde han aparcado.

—¿Y qué dijeron?

—Él empezó una frase.

—¿Qué frase?

—Yo qué sé qué frase, si no la terminó. —Marga se rio por la nariz—. Empezó con «Montse» y algo más, dos palabras o tres, y ella dijo «para».

—¿«Para»?

—«Para». Una vez. No gritando. —Se paró—. Eso es lo que más se me quedó, que no gritó. Yo he oído aquí a mucha gente decir que no y casi todas lo dicen alto, porque están nerviosas. Esta lo dijo bajito, como se le dice a un niño que va a tocar algo.

—¿Y después?

—Después nada.

—¿Nada?

—Nada de nada. —Marga empujó el cubo dos metros—.

Y eso es lo raro, y por eso me acuerdo. Cuando alguien dice que no, se arma.

Se van, se pelean, alguien llora, alguien viene a devolver los patines a lo bruto.

Aquí no se armó nada. Estuvieron ahí callados, y luego se fueron a los bancos, y estuvieron un rato largo sin decirse una palabra, y luego se cambiaron y se fueron.

—¿Los dos juntos?

—Eso ya no lo sé.

—¿No los oyó salir?

—Los oí salir, pero salir se sale igual solo que acompañado.

Se dio cuenta a mitad de la frase de que llevaba dos minutos construyendo la escena en la cabeza como se construyen las escenas cuando eres fotógrafo, o sea, con luz, con el ángulo y con la cara de ella.

—Marga, una pregunta un poco tonta.

—Diga.

—¿Usted se los imagina?

—¿Cómo que si me los imagino?

—Que si se los imagina. La cara de ella cuando dijo «para».

Ella lo miró como si le hubiera preguntado si le gustaba el hielo.

—Yo no me imagino nada —dijo—. Yo estaba fregando.

Yo tengo sonidos, no tengo caras. —Le dio la vuelta a la fregona—.

Y le digo una cosa: todo el mundo que me pregunta por esto quiere que yo lo haya visto.

Y no lo vi. Y si le empiezo a decir cómo era ella, se lo estoy inventando, y usted lo escribe y luego eso es verdad para siempre.

—Tiene toda la razón.

—Ya lo sé que tengo razón.

—¿Y el año?

—Ni idea.

—¿Ni aproximado?

—A ver. —Marga volvió a pensarlo, y esta vez tardó más—. Yo por entonces tenía a mi hijo pequeño y venía en el autobús de las seis, y eso fue hasta que nos cambiamos de casa. Y nos cambiamos cuando el niño empezó el instituto.

—¿Y eso qué año fue?

—Pues échele usted la cuenta, que yo con los años me lío. Pero fue antes de que llegara Baltasar, eso seguro.

—¿Por qué seguro?

—Porque cuando llegó Baltasar yo ya fregaba a las siete y no a las once, que me lo cambió el padre de Teresa.

Iñigo apuntó eso subrayado dos veces, porque era la única cosa de toda la conversación que se podía comprobar contra un papel.

Kike bajó las cajas a las doce.

Eran cuatro cajas de fruta de plástico, apiladas en el cuarto de máquinas encima de un palé, con los resguardos de abono anual metidos de canto y separados por temporadas con cartulinas escritas a rotulador. Olían a cerrado y a aceite de máquina.

—Aquí está todo desde el ochenta y cuatro —dijo—. Falta el noventa y seis, que se mojó.

—¿También la gotera?

—También.

Tardaron tres horas y media entre los dos, sentados en el suelo del despacho con las cajas en medio, y fue el trabajo más aburrido que Iñigo había hecho en año y medio.

Los resguardos eran mitades de talonario, de esos que se rellenaban a mano y se rompían por la línea de puntos. Nombre y apellidos, número de abono, temporada, teléfono. Sin dirección. Con letras distintas según quién estuviera en la ventanilla ese día.

Encontró tres Julianes.

Julián Cabezas Pinto, temporada 1987-88, un teléfono que empezaba por 2.

Julián Ortiz Sanz, temporada 1992-93, sin teléfono.

Y en la caja de la 1990-91, con la letra grande y muy inclinada de alguien que ya no trabajaba allí:

HERRERA MOLINA, JULIÁN. Abono anual. Tfno. 4…

Iñigo se lo enseñó a Kike.

—Herrera —dijo.

El hombre lo miró tres segundos.

—Puede.

—¿Le suena?

—No.

—Kike, usted lleva aquí desde el setenta y nueve.

—Y he visto pasar a cuarenta mil personas —dijo Kike, y se levantó con las rodillas crujiéndole— y me acuerdo de la máquina.

El teléfono no daba nada. Lo llamó desde el coche a la una y media y una voz grabada dijo que el número no existía, que era lo que se esperaba de un número de siete cifras con un prefijo antiguo.

Y ahí es donde la cosa se puso lenta.

Un nombre completo y un teléfono muerto no son nada.

No hay ningún sitio, y eso Iñigo lo sabía desde hacía veinte años, donde metas un nombre y te salga una persona, salvo que esa persona quiera salir.

Hay ochenta y tantos Julián Herrera Molina en España y la mitad no existen y la otra mitad no son.

Lo que sí hay es un número de teléfono de 1991.

Estuvo dos días dándole vueltas y lo resolvió el jueves por la mañana, en la biblioteca municipal del distrito, en la sala de fondo local, delante de una estantería que olía a papel viejo y a moqueta.

Las guías telefónicas de los años noventa estaban encuadernadas por años. Tres tomos por año, listado alfabético, y al final, en algunas ediciones, un listado por calles.

No hay índice por número. Eso hay que hacerlo a mano.

Iñigo estuvo cuatro horas y media pasando páginas de la letra hache del año noventa y uno con el número apuntado en un pósit pegado en la esquina de la mesa, y a las dos y veinte de la tarde, con la vista hecha polvo, encontró la línea.

Herrera Molina, J. — c/ Sierra de Gata, 14 — 4…

Estuvo sentado un minuto entero delante de la guía abierta.

Después hizo una foto de la página, apuntó la calle, cerró el tomo y lo devolvió al mostrador.

Antes de devolverlo comprobó otra cosa, porque si vas a pasar cuatro horas y media en una sala de fondo local, las compruebas todas.

Buscó Cea en la guía del noventa y uno.

Había once. Cea Barrios, Cea Domínguez, Cea Ferrero, Cea Iglesias, dos Cea Marcos, Cea Pardo, Cea Quesada, Cea Rubio y dos Cea Vázquez. Ninguno con inicial eme en el nombre, porque en aquellas guías el titular de la línea era casi siempre el padre.

Los fotografió todos y supo, mientras lo hacía, que no valía para nada. Once apellidos en un distrito de Madrid, sin nombre completo, sin edad y sin barrio, es una lista de once desconocidos.

Lo guardó igual.

Antes de encontrarla perdió una tarde entera por hacerle caso a Aroa.

—Algunas ediciones traen callejero —le había dicho—. Al final del segundo tomo. Va por calles y dentro por números, y si tiene usted la calle, tiene el nombre.

—Es que yo no tengo la calle. Tengo el número de teléfono.

—Ah. —continuó pensando—. Entonces no.

—¿Y no hay índice por número?

—No hay índice por número en ninguna guía telefónica del mundo, y si lo hubiera habría sido ilegal.

Aun así lo intentó, porque a las seis de la tarde de un martes uno hace estas cosas: cogió el tomo del callejero y estuvo dos horas y media revisando las calles del distrito una por una para ver si por casualidad se cruzaba con el número.

No se cruzó. Y a las ocho y media, cuando cerraban, supo que había mirado ciento y pico calles de un distrito que tiene trescientas.

La calle Sierra de Gata estaba a nueve minutos andando de La Aurora.

Fue esa misma tarde. El número 14 era un bloque de siete plantas de ladrillo, con la puerta abierta y una portera de unos sesenta años sacando cubos.

—Buenas tardes. Perdone que le moleste.

—Diga.

—Estoy buscando a una persona que vivió aquí a principios de los noventa. Julián Herrera.

La mujer dejó el cubo.

—Yo llevo aquí desde el noventa y ocho.

—¿Y le suena el apellido?

—Herrera había en el segundo. —Se limpió las manos en el delantal—. Una señora mayor, doña Pilar. Estuvo hasta que se la llevó el hijo, y de eso hace lo menos quince años. Luego vendieron.

—¿El hijo se llamaba Julián?

—El hijo venía los domingos —dijo—. Yo cómo se llamaba el hijo no se lo puedo decir, hijo, que yo abro el portal.

—¿Y venía solo?

—Al principio con una chica. —La portera se apoyó en el cubo—. Luego ya no.

Iñigo notó el cambio de temperatura en la nuca y no movió ni la cara.

—¿Se acuerda de la chica?

—Hija, yo entré en el noventa y ocho.

—Ya, pero si venía con una chica y luego ya no...

—Si venía con una chica y luego ya no, es que se dejaron. —La mujer lo dijo con la paciencia de quien lleva veintisiete años viendo portales—. Eso pasa en todos los portales de España y no hace falta acordarse de nadie.

—¿Y sabe adónde se la llevó?

—A un pueblo. —Se encogió de hombros—. De eso sí me acuerdo, porque me lo dijo ella. Que se iba a un pueblo con el hijo y que allí había mucho aire.

Iñigo apuntó pueblo y mucho aire en el cuaderno, y aquello, escrito en un cuaderno a las siete y media de la tarde de un jueves de febrero, era exactamente lo que parecía: nada.

Volvió andando.

Tenía un nombre completo, una calle, una madre llamada Pilar y un pueblo sin nombre.

Y de Montse tenía cinco letras.

Al llegar a casa sacó la caja de resguardos del maletero, la subió por la escalera y la puso encima de la mesa de la cocina, y estuvo hasta las dos de la mañana pasando cartulinas de temporada por si el nombre de ella aparecía en alguna, aunque sabía perfectamente que en aquellos talonarios las mujeres de veinte años casi nunca tenían abono a su nombre.