18
—Esto no se aplasta.
—No lo voy a aplastar.
—Todo el mundo dice eso y luego lo aplasta.
El aparato lo habían subido entre dos hombres por la escalera del despacho, y Teresa lo vio montar desde la puerta con la cara de quien vigila una mudanza ajena.
Era un aparato de brazo, con la cámara arriba y una cuna abajo en forma de uve para que el libro no tuviera que abrirse del todo. Lo trajo Elsa, que vino a montarlo ella y a explicárselo, y que en la primera media hora lo dijo tres veces.
Trabajaron con guantes de nitrilo, azules, de los de la caja de cien. Se puso los suyos y Elsa le dijo que se los quitara.
—¿Cómo que me los quite?
—Con papel viejo, guante de látex o de nitrilo no. Se resbala y agarras de más. —Elsa le enseñó las manos desnudas—. Manos limpias y secas. El guante es para lo que mancha o para lo que está enfermo. Este libro está sucio, no está enfermo.
—Yo pensaba que era al revés.
—Todo el mundo lo piensa. Es lo de las películas.
El sistema lo montaron entre las dos y funcionaba así: Celia pasaba la hoja, Elsa comprobaba el ángulo, la cámara disparaba sola cada cuatro segundos y el nombre del archivo lo ponía el programa con un correlativo. La primera hora fueron nueve hojas. La cuarta hora fueron treinta y una.
Discutieron dos veces.
La primera, por las siglas. Celia había puesto BLQ para el bloque y ONDL para las hojas onduladas, y Elsa dijo que eso no lo entendería nadie en un archivo dentro de veinte años.
—Es que es mi hoja de cálculo.
—Es que dentro de veinte años no va a ser suya.
Celia lo pensó tres segundos y cambió las dos columnas enteras.
La segunda fue por el orden. Elsa quería escanear primero las tapas y los cantos y Celia quería empezar por las entradas, y ganó Elsa por un argumento que a Celia le pareció irritante y correcto: que si se quedaban sin tiempo, lo que no se puede volver a hacer es la tapa, porque la tapa se rompe, y las entradas se pueden fotografiar con un móvil en un apuro.
Estuvieron dos días. Sesenta y cuatro hojas buenas, doce onduladas, y trescientas cuarenta imágenes contando las tapas, los cantos y los resguardos de abono que Kike había bajado del cuarto de máquinas en dos cajas de fruta.
Y luego estaba el bloque.
Cinco hojas pegadas entre una entrada de octubre del ochenta y ocho y otra de marzo del noventa y tres, y Elsa lo miró seis o siete veces a lo largo de los dos días, siempre igual, cogiéndolo por el canto y soltándolo enseguida.
—Esto lo humedecemos en cámara y se separa —dijo—. Pero no lo hago yo aquí, ni esta semana, ni por lo que ha presupuestado usted, que ya se lo dije.
—¿Y cuándo?
—Cuando me lo lleve al taller. Y a mí me lo lleva usted cuando esté todo lo demás escaneado, no antes.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces, nada. —Elsa se puso el abrigo—. Y no me lo abra a la fuerza, que se lo estoy viendo en la cara.
Se fue el jueves a las dos.
Se quedó sola con el escáner, el libro y cuatrocientas imágenes que ordenar, y a las dos y diez bajó a por un café y se encontró la cafetería llena de gente que no conocía.
Cuatro mesas ocupadas un jueves a las dos y diez. Una pareja de unos treinta años haciéndose una foto delante de la cristalera. Dos señoras con abrigo bueno preguntando en la ventanilla si se podía patinar sin saber patinar.
Teresa les estaba contestando que sí, que claro que sí, que para eso está la barandilla.
A las dos y veinte apareció Kike en la puerta del despacho con una linterna de trabajo en la mano, de esas de taller, con la carcasa amarilla y el cable enrollado en el mango.
—¿Quiere verlo?
Celia levantó la cabeza.
—¿El qué?
—El de dentro.
Kike Berrocal había dicho, en dos meses, unas cuarenta palabras en total, y todas habían sido sobre hielo, máquinas o tallas de patines. Entró, dejó la linterna en la mesa, la enchufó a la regleta de detrás del archivador y esperó a que Celia se apartara.
—Esto lo hacía Baltasar con el mechero —dijo—. Yo prefiero esto.
—Kike, ¿usted sabe lo que hay dentro?
—Yo sé que hay algo.
Puso el libro abierto por el bloque, con mucho cuidado, en el ángulo justo que Elsa le había enseñado a ella y que él no había visto porque no había estado delante. Después metió la linterna por detrás, pegada al papel, y apagó el flexo.
La hoja se encendió por dentro.
Fue una cosa preciosa durante dos segundos, un rectángulo naranja con las fibras del papel a la vista como si fueran venas, y después Celia se acercó y dejó de ser preciosa.
Se leía la mitad. La restauradora lo había dicho por teléfono en enero y era exactamente eso: se leía la mitad, y la mitad era peor que nada.
En la columna de la izquierda, arriba, había un nombre completo y otro empezado:
Julián H
Y debajo, en la misma línea, con el trazo cortado en seco por la mancha:
Montse
Y nada más.
La columna del centro, la de la fecha, estaba vacía. No borrada: vacía. Se veía la raya vertical de la regla y se veía el papel limpio a los dos lados.
La columna de la derecha también estaba vacía.
Y arriba, donde en aquellas hojas iba la cabecera con la temporada escrita a mano, había una mancha marrón con forma de nada que se comía los dos centímetros de arriba de las cinco hojas del bloque, que era exactamente por donde había entrado el agua del techo.
Tuvo la vista en aquello mucho rato.
—Kike.
—Dígame.
—Esta letra no es de Baltasar.
—No.
—Y no es la del padre.
—No.
Era pequeña. Era muy derecha. Tenía las tes cortadas alto y las emes con el último palo más corto, y Celia llevaba dos meses fotografiando esa letra en las once anotaciones a lápiz del margen y en las ciento y pico entradas del final del libro.
Era la de Teresa.
Y estaba en una hoja que iba entre octubre del ochenta y ocho y marzo del noventa y tres, en un tramo donde todo lo demás lo había escrito un hombre con una pluma y luego un chico con letra de colegio, y donde Teresa Belmonte, según ella misma, no escribía nada porque no le tocaba escribir nada hasta dos mil dieciséis.
—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí? —preguntó.
—Desde el setenta y nueve.
—¿Y se acuerda de un Julián?
Kike apagó la linterna y la habitación volvió a la luz gris de la ventana interior.
—Yo de nombres no me acuerdo —dijo—. Yo me acuerdo de la máquina.
Teresa subió a las tres menos cuarto con dos cafés de la máquina, uno para cada una, que era una cosa que había empezado a hacer en febrero sin anunciarlo.
Celia tenía el libro cerrado encima de la mesa y la linterna todavía enchufada.
—Teresa, siéntese un momento.
—Estoy bien de pie.
—Siéntese.
Se sentó.
—He visto la entrada del bloque —dijo Celia—. Con la linterna, a contraluz. No lo he tocado, no lo he abierto y no lo he forzado.
Teresa dejó los dos cafés en la mesa.
—Ya.
—Pone «Julián H.» y pone «Montse», y no hay fecha, y no hay respuesta.
—Y la letra es la suya.
Teresa Belmonte cogió su café, le quitó la tapa de plástico, la dejó boca arriba en la mesa y estuvo cuatro o cinco segundos mirando el vaso.
—Esa es la tercera —dijo.
—Eso ya lo sé. Lo que le estoy preguntando es por qué la escribió usted.
—Porque estaba yo.
—Usted me dijo que empezó a escribir en el dieciséis.
—Y empecé a escribir en el dieciséis.
—Teresa.
—Esa la escribí yo —dijo, y lo dijo con la misma voz de siempre, ni más baja ni más lenta, y esa fue la parte que a Celia le dio mala espina— y la escribí mal. Eso es todo lo que le voy a contar hoy.
—¿Qué quiere decir que la escribió mal?
—Lo que he dicho.
—Teresa, yo llevo dos meses trabajando con este libro y usted me dijo el primer día que aquí no se apunta nada hasta que ha pasado. Me lo dijo como si fuera lo único importante de todo esto.
—Y lo es.
—¿Y esa?
—Esa es de antes de la regla —dijo Teresa.
Celia tardó medio segundo en cerrar la boca.
—¿Antes de qué regla? La regla es de su padre.
—La regla es mía.
—¿La escribió mal?
—Está sin terminar. Eso es estar mal. —Se levantó con el café en la mano—.
Y a partir de esa no se ha escrito ni una línea en este libro antes de tiempo.
Ni una. Búsquelas usted, que para eso las ha contado todas.
Y ahora tengo que bajar, que a las tres entra el instituto y son cuarenta y hay que sacar las tallas pequeñas.
—Teresa, ¿usted sabe quiénes son?
—Sé quiénes eran.
—¿Y viven?
Ella se paró en la puerta.
—Uno seguro —dijo.
Y bajó por la escalera agarrada al pasamanos, despacio, como bajaba siempre.
Se quedó sola con el libro cerrado, la linterna enchufada y trescientas cuarenta imágenes en un disco duro.
Abajo, en la pista, empezó a sonar la megafonía y entraron los primeros del instituto dando gritos, y a través de la ventana interior se veía la puerta pequeña y la curva del fondo y toda la mitad izquierda del hielo.
Se puso de pie donde se ponía Teresa.
Desde allí se veía todo. No se oía nada, porque el cristal era doble y estaba sucio y la megafonía llegaba amortiguada, pero se veía todo, y a esa distancia una persona arrodillada en el hielo se distingue de una persona que se ha agachado a coger algo.
O no.
Celia estuvo un rato largo mirando por aquella ventana y luego se apartó.
Ochenta y una pedidas en más de medio siglo.
Ochenta habían recibido una respuesta el mismo día, y la respuesta se había escrito después, como mandaba la única regla de aquella casa.
Y una no.
Una llevaba entre treinta y cinco y cuarenta años en una hoja pegada a otra hoja, con dos nombres, sin fecha y sin contestar, y la había empezado a escribir una mujer que veía la pista entera desde una ventana y que no había bajado a tiempo.
Celia abrió la hoja de cálculo, se fue a la fila que había dejado en blanco en enero y escribió en la columna de la respuesta, con minúscula, la única palabra que se podía escribir.
pendiente.