17
El jueves por la tarde, en el vestuario, con la pista llena de gente de fuera del barrio, a Iñigo se le soltó el cordón del patín izquierdo y se agachó a atárselo.
Aparecieron tres teléfonos.
No fue violento ni desagradable. Fueron tres chicas de veintitantos años, sentadas en el banco de enfrente, que levantaron el móvil a la vez con la naturalidad de quien se encuentra un pájaro raro, y una se apartó un poco para no salir en el plano de la otra.
Se ató el cordón, se puso de pie y ellas bajaron los teléfonos, y una dijo «perdón» y las tres se rieron.
Diecisiete minutos.
Eso fue lo que pensó, y lo pensó con esas dos palabras, mientras se sentaba otra vez en el banco con las manos en las rodillas.
Ese fue el tiempo que había tardado aquel sitio, el primer día del invierno, en pasar de ser una pista de hielo donde nadie los miraba a ser un sitio donde un hombre no puede agacharse.
Once semanas después seguía sin poder.
Volvió a pasar dos horas después, en la puerta, con un señor de sesenta años que le pidió permiso antes.
—Perdone, ¿le importa?
—¿El qué?
—Que es para mi mujer, que le hizo mucha ilusión lo de ustedes.
—Es que no fue lo de nosotros.
—Ya, ya. —El hombre bajó el teléfono, y lo bajó de verdad—. Perdone.
Y se fue, y ese fue peor que las tres chicas, porque las tres chicas no le habían pedido nada.
—Es que es un gesto muy concreto —le dijo Celia esa noche—. Agacharse. Es el único gesto que la gente reconoce entero.
—Ya.
—Puedes atarte el patín sentado.
—Estaba sentado. Se me soltó el de abajo.
—Pues átate los dos antes.
—Me los ato antes.
—Pues ya está.
—Ya está —dijo él, y no estaba, y los dos lo sabían.
La entrevista fue el viernes a las once y cinco, en directo, en un magacín de tarde de una radio nacional, cuatro minutos de teléfono.
Habían llamado a Marea. Querían hablar de la pista que cerraba y del archivo, y Nieves dijo que sí porque a Nieves aquello le parecía una noticia y no una trampa, y tenía razón.
La oyó en el coche, aparcado, con la calefacción puesta.
Los dos primeros minutos fueron buenos. Celia contó lo de 1971, lo de las ochenta y una pedidas, lo del libro escrito a mano por tres personas distintas. Contó lo de Rosalía atando los patines de Amancio los martes y se le notó en la voz que le gustaba contarlo.
El tercer minuto lo torció el locutor, y no por mala fe.
—Y todo esto lo descubren ustedes a raíz de una imagen que se hizo viral en diciembre, ¿verdad? Una imagen preciosa.
—Nosotros llevábamos un año con el encargo.
—Ya, ya. Pero fue esa foto la que puso el sitio en el mapa.
—Fue esa foto, sí.
—Y ustedes son la pareja de la foto.
—Somos dos personas que estaban trabajando ahí ese día.
—Pero son pareja.
—Somos pareja.
—Bueno, pues eso, que enhorabuena.
Y ahí Celia hizo lo que Iñigo sabía que iba a hacer desde el segundo minuto y que aun así le encogió el estómago.
—No hay enhorabuena. No estamos prometidos. Aquello no fue una pedida, fue un estuche que se cayó al hielo, y lo hemos dicho en todos los sitios donde nos han dejado decirlo desde el diecinueve de diciembre.
—Bueno, pero la gente...
—La gente se ha portado muy bien y ha hecho que trescientas cuarenta y una personas cuenten su historia en un formulario. Eso es real y me parece maravilloso. —Un segundo de pausa—. Lo otro no pasó. Y yo prefiero que esto lo vea menos gente y que sea verdad.
Hubo dos segundos de radio muerta.
—Pues ahí lo dejamos —dijo el locutor—. La Aurora, la última temporada, en Madrid. Muchas gracias, Celia Olmedo.
Apagó la radio y estuvo dentro del coche mirando el volante.
Era una frase impecable.
Era, además, exactamente lo que había que decir. Si él hubiera estado al teléfono habría dicho eso mismo, y peor, y con más frases.
Y llevaba tres años en un oficio donde ese tipo de frase se aplaude en las redacciones y se paga en otra parte.
Nieves llamó a los once minutos de terminar el programa.
—Bueno.
—Dilo.
—No voy a decir nada. Has hecho lo que había que hacer.
—Nieves.
—Que lo has hecho bien, de verdad. —Un ruido de silla—. Lo único, y esto te lo digo como amiga y no como jefa: la frase de que prefieres que lo vea menos gente.
—¿Qué pasa con esa frase?
—Que es buenísima. Que es la mejor frase que has dicho en tu vida y que la va a citar todo el mundo. —Nieves resopló—. Y que a los patrocinadores esa frase les da pánico.
Iñigo, que estaba al lado, la vio quedarse tres segundos mirando el móvil después de colgar.
—¿Qué te ha dicho?
—Que lo he hecho bien.
—¿Y por qué pones esa cara?
—Porque me lo ha dicho como se dan los pésames.
El correo de Nórdica llegó el lunes a las diez y cuarenta y dos.
Estaba bien escrito y era educado y no mentía en ninguna línea.
Decía que el patrocinio de temporada se había estructurado en dos tramos, ocho mil a la firma y siete mil en marzo, y que el segundo tramo estaba vinculado a unos objetivos de visibilidad recogidos en el anexo.
Decía que el equipo había revisado la evolución de las últimas dos semanas.
Decía que, con enorme cariño por el proyecto, no iban a poder ejecutar el segundo tramo.
Terminaba diciendo que el primer tramo estaba pagado y no se tocaba, y que contaran con ellos para el cartel de la última noche.
—Ni siquiera nos podemos enfadar —dijo Nieves por teléfono—. Es que está firmado así desde el principio y yo lo leí y te lo enseñé.
—Me lo enseñaste.
—Te lo enseñé en la diapositiva once.
—Nieves, no me estoy quejando.
—Ya, es que me estoy quejando yo.
Con los ocho mil pagados, la cuenta salía así, y Celia la hizo en la libreta esa misma tarde sin que se le moviera la mano.
Tres mil ochocientos para el escaneo del libro y el presupuesto de restauración del bloque. Eso estaba comprometido, contratado y no se tocaba.
Cuatro mil doscientos para dos jornadas de entrevista con equipo. Una ya gastada en Merche y Lorenzo. Quedaba una.
Y los dos mil ochocientos del club se habían ido con el segundo tramo.
Y las entrevistas cuatro, cinco y seis eran tres y quedaba dinero para una.
—Puedo hacer Mila y Sergio con equipo —dijo Celia—. Y las otras dos, por teléfono. Videollamada, ellos con su móvil, yo grabando la pantalla.
—¿Y cómo queda eso?
—Queda como una videollamada.
Estaban en la cocina, con la caldera funcionando y la ventana empañada, y ella tenía delante la libreta abierta y el portátil con la hoja de cálculo de las ochenta y una entradas.
—A ver, se puede hacer —siguió—. Se hace todos los días. Yo he montado piezas enteras con videollamadas y algunas eran buenas.
—Es que además Aixa y Doris no viven aquí. Viven en Rivas. No es que sea un problema de desplazamiento, es un problema de que si no hay cámara, no hay cámara.
—Celia.
—Es una hora y media de coche entre ir y volver, dos personas de equipo, jornada completa, y son mil doscientos euros con el sonido.
—Celia.
—Que ya lo sé —dijo, y cerró la libreta—. Que no lo voy a hacer por teléfono.
Iñigo esperó.
—Se casaron en dos mil once en un sitio donde nadie las miraba raro —dijo Celia— y una de las dos no podría casarse hoy en el país donde nació. Y yo no las voy a grabar con un móvil apoyado en un vaso.
—Lo pago yo.
—De acuerdo.
—¿Vale? —Levantó la cabeza—. Son mil doscientos euros de mis dos mil doscientos.
—Ya sé cuántos son.
—Y no son de la reserva de la casa, que eso es otra cosa y no se toca. Son míos.
—Ya lo sé. —Iñigo se sentó enfrente—. Y por eso no te voy a decir nada, porque son tuyos y porque la semana pasada me pasé cuarenta minutos explicándote que un porcentaje no es una caridad. No me voy a desdecir el jueves.
Ella lo miró.
—A veces eres insoportablemente coherente.
—Es lo único que tengo.
—Pero no lo pago hoy —dijo, y volvió a abrir la libreta—. Lo pago cuando tenga la fecha con ellas, porque si lo apalabro y luego se cae, me he quedado sin colchón y sin entrevista.
Lo escribió, y al final puso la hora.
El sábado por la mañana, en la clase, pasó una cosa pequeña que Iñigo apuntó y que no cabía en ningún sitio.
Había once personas en la grada que no eran madres. Once, un sábado a las nueve y media, en una pista de barrio, mirando a treinta críos de seis a once años dar vueltas.
No hacían nada malo. No grababan, porque Bea se lo había pedido por megafonía y porque la gente, cuando se le pide bien, hace caso. Estaban sentados en las cinco filas de madera con el abrigo puesto, viendo una clase infantil de patinaje como el que ve una cosa que va a desaparecer.
Bea lo vio antes que nadie y no dijo nada durante la clase.
Al terminar, en la puerta pequeña, con el silbato colgando:
—Once.
—Once —dijo Iñigo.
—Y a mí me viene bien, ¿eh? Que conste. —Se secó la frente con la manga—. Once personas que se han levantado un sábado y que a lo mejor firman algo.
—Pero.
—Pero yo tengo a Nayra mirando a la grada. —Cogió los conos—. Y esa niña lleva tres años entrenando para que la mire su madre.
Bea quitó el vídeo el miércoles a las nueve menos cuarto de la noche.
Era el suyo, no el de ellos: veintiocho segundos grabados con su móvil un sábado de enero desde la barandilla, con los treinta críos en dos filas y ella contando cabezas, y con una música que no era suya y que probablemente tampoco podía usar, aunque eso no fue el problema.
Noventa y cuatro mil reproducciones. Era, con diferencia, lo mejor que le había funcionado nunca.
—Me ha escrito la madre de Adrián —le dijo a Iñigo en la puerta de la pista, con el móvil en la mano y el abrigo a medio poner—. Que sale el niño de frente doce segundos.
—Pero ellos firmaron.
—Firmaron lo de Celia. —Bea le enseñó la pantalla, un papel fotografiado—. Firmaron una cesión para el archivo documental de La Aurora. Eso es una cosa. Yo lo he puesto en la cuenta de una campaña que pide dinero. Eso es otra.
—¿Y ella qué te ha dicho?
—Nada malo. Me ha dicho que le había hecho ilusión y que luego lo ha pensado y que prefiere que no. —Se guardó el móvil—. Y tiene razón, Iñigo. Tiene toda la razón. Yo no le he preguntado.
—¿Solo lo quitas para él?
—No se puede quitar solo a uno. —Bea se subió la cremallera—. Es un vídeo de veintiocho segundos con treinta niños. O está o no está.
—Bea, noventa y cuatro mil.
—Ya sé cuántas son. —Le dio al botón allí mismo, delante de él, sin ceremonia, y se guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo—. Mira, yo llevo tres meses pidiendo que la gente se fije en estos críos. Sería muy gracioso que acabara enseñándolos sin permiso.
Estuvieron los dos ahí, en la puerta, con el frío entrando.
—¿Y ahora qué pones? —dijo él.
—Lo que tengo. Conos, hielo, pies. —Se encogió dentro del abrigo—. Los pies funcionan fatal.
Se rio ella sola de su propio chiste y se fue hacia la Kangoo, y a Iñigo le pareció, viéndola cruzar la calle, que aquella era la tercera vez en tres semanas que veía a Bea Salgado hacer lo correcto sin que se lo pidiera nadie y sin que le sirviera de nada.
—Oye —dijo Bea cuando ya estaba en la acera, y se giró—. ¿Tú crees que si no lo hubiera quitado se habría enterado alguien?
—No.
—Yo tampoco.
—¿Y?
—Nada. —Se metió las manos en los bolsillos—. Que quería oírtelo decir a ti, que eres periodista.
Esa noche escribió cuatrocientas palabras de la crónica y se atascó en un párrafo.
El párrafo decía que la campaña de La Aurora nunca había utilizado la fotografía, y que su eficacia se apoyaba en un espacio que nadie había rellenado, y que el mismo dosier con el que se había levantado el patrocinio hablaba de ochenta y dos historias donde el libro tenía ochenta y una.
Lo tenía verificado por triplicado, que es como se verifican las cosas que van a molestar.
Tenía el pdf del dosier con la portada. Tenía la hoja de cálculo de Celia con las ochenta y una filas numeradas.
Y tenía, porque estaba en la carpeta compartida a la que él tenía acceso desde diciembre por su parte del encargo, el correo de aprobación con la hora puesta en el asunto.
Leyó el párrafo tres veces.
No decía que Celia hubiera mentido, porque Celia no había mentido. No decía que la campaña hubiera usado la foto, porque la campaña no había usado la foto. Decía lo que decía el número y decía quién lo había aprobado, y eso, en una crónica, es un párrafo normal de martes.
Miró la hora. Las doce y veinte.
En el pasillo, al fondo, se oía a Celia lavándose los dientes.
Lo dejó en el documento y se fue a la cama.