16 #2
A los treinta y cuatro minutos apareció el hijo.A los treinta minutos apareció el hijo.
Se llamaba Quique, tenía treinta y cinco años y vivía en Rivas, y salió porque Celia preguntó a quién se lo habían contado primero.
—A mi madre —dijo Lorenzo.
—A su madre, sí. A las nueve de la noche y por teléfono fijo, y desde la cabina de abajo porque no quería que yo lo oyera.
—No quería que lo oyeras porque mi madre iba a decir algo.
—Tu madre dijo algo.
—Mi madre dijo algo, sí, y por eso llamé desde la cabina. —Lorenzo se dirigió a Celia—. Yo protegí a esta mujer.
—Tú te protegiste a ti.
—Las dos cosas. Se pueden hacer las dos cosas.
Y de Quique se pelearon otros cuatro minutos: por quién le contó lo del divorcio, por qué edad tenía, por si estaba en el colegio o ya en el instituto, y por si lo llevó bien.
—Lo llevó bien —dijo Lorenzo.
—Lo llevó regular.
—Merche, lo llevó bien.
—Lo llevó regular dos años y luego bien, que es lo normal y no pasa nada, y decir que lo llevó bien desde el principio es lo que decimos los padres para dormir.
Lorenzo tardó en contestar.
—Bueno —dijo—. Regular dos años.
A los treinta y ocho minutos llegaron al divorcio y Celia se preparó para el bajón que llega siempre, y no llegó.
—Nos separamos en el noventa y uno —dijo Merche—. Y el divorcio salió en el noventa y tres, que entonces era otra cosa.
—Fue una separación primero —dijo Lorenzo.
—Eso he dicho.
—Has dicho que nos separamos y luego has dicho el divorcio, y la gente joven se cree que es lo mismo.
—Pues que se lo crean.
—Es que no es lo mismo. —Lorenzo se giró hacia Celia otra vez—. Esto es importante para lo suyo. Nosotros nos separamos y estuvimos dos años separados, y en esos dos años pasaron cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas —dijo Merche.
—Cosas —dijo Lorenzo.
Y se miraron, y estuvieron de acuerdo en algo al instante, cosa que no había pasado en toda la mañana, y lo que dijeron a continuación lo dijeron los dos con la misma voz plana y sin discutir ni una coma.
—Fue de mutuo acuerdo —dijo Merche.
—Totalmente de mutuo acuerdo —dijo Lorenzo.
—Los dos queríamos.
—Los dos.
—Y nunca hubo nadie de por medio.
—Nadie.
Celia dejó pasar dos segundos. Después miró a Iñigo, y Iñigo, que estaba a metro y medio con la cámara bajada, la miró a ella.
Y no preguntó.
Podía. Tenía la pregunta hecha, se la sabía entera, y sabía además que si la hacía en ese momento y con ese tono le iban a contestar, porque llevaban cuarenta minutos calentándose el uno al otro y estaban los dos abiertos como una mano.
—Muy bien —dijo Celia—. Vamos con lo otro. ¿Cuál fue la mejor decisión de su vida?
Los dos se relajaron a la vez, y lo notó.
—Casarme con ella —dijo Lorenzo.
—Divorciarme de él —dijo Merche.
—Bueno, y divorciarme, también.
—Y casarme, también, hombre.
—Pero la mejor, la mejor, fue casarme.
—La mejor fue el divorcio.
—Eso es porque tú eres muy dramática.
—Eso es porque yo tenía treinta y cuatro años y me pasé tres llorando en un piso de Móstoles, y a partir del noventa y uno he sido feliz treinta y cuatro años seguidos.
—Y yo.
—Y tú.
—Pues entonces la mejor decisión fue casarnos, porque si no nos casamos no nos divorciamos.
Merche abrió la boca.
La cerró.
—Eso no vale —dijo.
—Eso vale.
—Eso es un truco.
—Es un truco y vale.
Terminaron a la una y veinte. Ella se puso el abrigo, cogió el bolso y le dijo a Celia que le mandara aquello cuando estuviera, y que si salía mal peinada lo quitara.
—¿Y usted qué? —le dijo a Lorenzo en la puerta—. ¿Te llevo o te quedas?
—Me quedo un rato, que voy a tomarme un café con esta gente.
—Ah, muy bien. A ver qué les cuentas ahora.
—Nada que no sepas.
—Ya. —Merche se ajustó la bufanda y se dirigió a Celia por última vez—. Cuando termine con él, llámeme. Que lo que le cuente en el café también hay que contrastarlo.
Se fue.
Él se sentó otra vez, pidió un café con leche en la barra y se lo trajo él mismo, y estuvo cinco minutos hablando de la tienda de fotocopias y de una máquina alemana que se le rompió en el noventa y seis y que le costó lo que un coche.
Y en el minuto seis, con la taza ya vacía, dijo:
—Oiga.
—Dígame.
—Lo de antes.
Celia esperó. No cogió el boli. No hizo nada.
—Lo de antes, lo de que fue de mutuo acuerdo. —Lorenzo giró la taza en el plato—. Eso lo decimos así.
—Ya.
—Lo decimos así desde el noventa y tres y a mí me parece bien decirlo así.
—Es que si empiezo ahora a contarlo de otra manera, tengo que contarlo delante de ella, y ella es mi amiga. —Se levantó y cogió el abrigo—. Y a estas alturas es lo único que somos y no lo voy a estropear por un documental. Con todos mis respetos.
—Con toda la razón —dijo Celia.
—Gracias.
—Y no era ninguna trampa.
—Ya sé que no era una trampa. —Lorenzo se puso la bufanda—. Si fuera una trampa no se lo habría dicho.
Cuando se fue, Celia se sentó al lado de Iñigo delante de la cámara apagada.
—¿Se lo ibas a preguntar? —dijo él.
—Sí.
—Yo también.
—Ya lo sé. Te he visto la cara. —Cerró la libreta—. Y luego han hecho eso.
—Han hecho eso.
—Treinta y siete años peleándose por si era el cinco o el doce y por si se arrodilló o se apoyó, y luego llega la única pregunta que importa y se ponen de acuerdo en dos segundos y con las mismas palabras.
—Celia se guardó el boli—. Eso lo tienen ensayado.
Eso lo hablaron una vez, hace muchos años, y no lo han vuelto a tocar.
—¿Y lo vas a montar?
—Lo voy a montar tal cual. Con los dos segundos de silencio incluidos.
—¿Y no es un poco...?
—No. —Celia se levantó—. Porque no voy a decir lo que pasó, voy a poner lo que dijeron. Y si alguien lo ve tres veces, lo ve. Y si no, se queda con una pareja divertidísima que se divorció y sigue quedando para tomar café.
Iñigo empezó a guardar el objetivo.
—Es la mejor de las tres —dijo.
—Es la más divertida de las tres. La mejor sigue siendo Rosalía.
—¿Por?
—Porque Rosalía no discute con nadie —dijo Celia, y cogió el trípode— y aun así no ha contestado a la pregunta buena.