Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 16
40%

16

—Antes de empezar quiero decir una cosa —dijo Merche Ibáñez, todavía de pie, sin quitarse el abrigo—. Que yo he venido porque él me dijo que iba a venir, y si viene él y no vengo yo, ustedes se van a creer lo que les cuente él.

—Exacto —dijo Lorenzo Vilches, que estaba sentado desde hacía diez minutos—. Y yo he venido por lo mismo, pero al revés.

—Tú has venido porque te encanta.

—Me encanta, sí. Pero he venido por lo otro.

Celia miró a Iñigo y a Iñigo se le escapó algo por la nariz que tuvo que disimular con la cámara.

Los sentaron en la mesa de la esquina de la cafetería, la de siempre, y ahí ya empezaron los problemas, porque Merche dijo que ella en esa silla no se sentaba porque le daba la luz, y Lorenzo dijo que la luz daba igual, y Merche dijo que la luz daba igual a quien sale bien de perfil.

Tardaron once minutos en sentarse, y Celia los aprovechó todos.

Primero hubo que resolver los abrigos, porque no había perchero y Merche no dejaba el suyo en una silla.

Después hubo que resolver el café, porque Lorenzo quería uno de la máquina y Merche dijo que la máquina hacía un café asqueroso y que la cafetería tenía cafetera, y la cafetería tenía cafetera pero no había nadie detrás de la barra hasta las once.

Después Lorenzo fue a buscar a alguien detrás de la barra.

—Este hombre es incapaz de esperar tres minutos —dijo Merche mientras él no estaba—. Treinta y siete años.

—¿Treinta y siete años esperando?

—Treinta y siete años sabiendo que es incapaz. Que es distinto y es peor.

Lorenzo volvió con Marga, que salió de detrás de la barra secándose las manos, puso la cafetera y les hizo dos cortados sin decir una palabra y con una cara que Celia guardó para siempre.

—Ya está —dijo Lorenzo.

—Has molestado a la señora.

—La señora se ha ofrecido.

—La señora estaba fregando.

Marga, que ya volvía al pasillo con el cubo, levantó una mano sin girarse, y aquello podía significar cualquier cosa.

—Vamos a empezar por el principio —dijo Celia—. Dígame la fecha.

—Cinco de marzo del ochenta y ocho —dijo Lorenzo.

—Doce.

—Cinco.

—Doce de marzo, Lorenzo, que era sábado. El cinco fue el sábado anterior y ese sábado tú estabas en Guadalajara con tu hermano.

—Yo nunca he tenido un hermano en Guadalajara.

—Tu primo. Lo llamabas tu hermano.

—Yo a Fali no lo he llamado hermano en mi vida.

—Lo llamabas «mi hermano Fali».

Él se giró hacia la cámara.

—Esto lo va a cortar usted, ¿no?

—Yo no corto nada —dijo Iñigo—. Yo hago fotos.

—Pues la que corta.

—Yo tampoco corto todavía —dijo Celia—. ¿Doce de marzo?

—Doce —dijo Merche.

—Bueno —dijo Lorenzo.

Merche Ibáñez tenía sesenta y ocho años, el pelo corto y muy blanco y una manera de dejar el bolso encima de la mesa que era en sí misma una declaración de intenciones.

Había sido administrativa en una empresa de material de oficina durante treinta y un años.

Lorenzo tenía setenta y uno, había sido delineante y después había puesto una tienda de fotocopias, y hablaba con las manos abiertas igual que estuviera enseñando planos.

Estuvieron cuarenta minutos disputándose los hechos y fue, de largo, la mejor mañana de trabajo que Celia había tenido en cuatro años.

Se pelearon por el tiempo que hacía. Se pelearon por si había música o no había música.

Se pelearon por si la sesión era de tarde o de noche, y para resolverlo Lorenzo sacó del bolsillo interior una entrada de La Aurora del año ochenta y ocho, doblada, con el precio en pesetas, que había traído preparada.

—Sesión de tarde —dijo, y la puso en la mesa como quien pone un as.

Ella la cogió, la miró treinta segundos y la dejó.

—Esta es de otro día.

—¿Cómo va a ser de otro día?

—Porque no pone la fecha, Lorenzo. Pone «sesión de tarde» y el precio. —Se la devolvió—. Tú has ido a esta pista doscientas veces.

—He ido contigo.

—Has ido conmigo doscientas veces y esa entrada puede ser de cualquiera de las doscientas.

A Lorenzo le quedó la entrada en la mano.

—Es un argumento bueno —admitió.

—Gracias.

—No te acostumbres.

A los catorce minutos, Lorenzo se levantó y se puso al lado de Iñigo.

—¿Se ve por aquí?

—Se ve por la pantallita.

—¿Y yo salgo de este lado?

—Sale usted de ese lado.

—Es que de este lado tengo la oreja.

—Todos tenemos la oreja de los dos lados, Lorenzo —dijo Merche.

—Yo la tengo distinta.

—Tú tienes la cabeza distinta.

Iñigo giró la pantalla y se la enseñó, y ahí perdió la entrevista durante seis minutos enteros, porque Lorenzo Vilches, que había tenido una tienda de fotocopias durante veintidós años, resultó tener opiniones sobre el encuadre.

—Ahí sobra mesa.

—Es que si subo, corto a la señora.

—Pues baje la señora.

—Yo no bajo nada —dijo Merche.

—Baje usted la cámara, digo.

—Si bajo la cámara les corto a los dos por el pecho.

—¿Y eso es malo?

—Es que entonces parecen ustedes dos carnés de identidad.

Merche soltó una carcajada corta y seca, que era la primera que se le oía, y a Celia le dio muchísima rabia que la cámara estuviera en manos de Lorenzo en ese momento exacto.

Tardó cuatro minutos en recuperarla, y lo hizo de la única manera que funciona con la gente que sabe de lo suyo, que es dándoles algo mejor que hacer.

—Lorenzo, siéntese, que le voy a enseñar una cosa y quiero verle la cara cuando la vea.

Se sentó al momento.

La pelea grande, la que Celia supo desde el primer segundo que era el capítulo entero, llegó a los veinte minutos, y llegó por una pregunta que hizo Iñigo desde detrás de la cámara y que no le tocaba hacer a él.

—¿Quién se arrodilló?

Los dos contestaron a la vez.

—Yo —dijo Lorenzo.

—Él no se arrodilló —dijo Merche.

—Perdón —dijo Iñigo—. Perdón, sigan.

Nadie siguió. Los dos se giraron hacia él a la vez, que era lo peor que podía pasarle, y a partir de ahí la entrevista dejó de ser de Celia y pasó a ser de ellos.

—A ver, joven —dijo Merche—. ¿Usted qué se cree, que esto es una película?

—No, señora.

—Este hombre no se arrodilló. Este hombre se apoyó.

—Me arrodillé.

—Te apoyaste en la barandilla con una rodilla porque no sabías patinar y si te arrodillabas del todo te caías. —Merche puso el dedo en la mesa—. Y eso no es arrodillarse. Eso es apoyarse.

—Es que si te arrodillas en el hielo te empapas.

—Ya lo sé.

—Pues por eso me apoyé.

—Pues eso digo yo.

—Pero la intención era de rodilla —dijo Lorenzo, y ahí se giró otra vez hacia Iñigo con las dos manos abiertas—. Usted es fotógrafo. Usted lo entiende. La intención cuenta.

—La intención no sale en la foto —dijo Iñigo.

Y ahí Merche Ibáñez se echó hacia atrás en la silla, satisfechísima, y dijo:

—Gracias.

Celia tuvo que beber agua para no reírse en alto, y estuvo bebiendo agua bastante rato.

Lo mejor vino después, cuando ella sacó el móvil y les enseñó la foto de la página del libro, como llevaba media hora esperando a poder hacer.

Lorenzo Vilches y Mercedes Ibáñez. 12 de marzo de 1988. SÍ.

Merche se puso las gafas.

—Doce —dijo—. Toma.

—Vale, doce. —Lorenzo se acercó—. Un momento. Un momento. ¿Por qué estoy yo primero?

—¿Cómo?

—Que por qué salgo yo primero en el renglón.

Ella le quitó el móvil de la mano.

—Porque lo apuntó el padre de Teresa y lo apuntó como le dio la gana.

—Los apuntaba por orden.

—¿Por orden de qué?

—Pues por orden de quién preguntó. —Lorenzo se dirigió a Celia—. ¿No lo apuntaban por orden de quién preguntaba?

—No lo sé —dijo Celia, con toda la honestidad del mundo—. Se lo puedo preguntar a Teresa.

—Pregúnteselo.

—No se lo pregunte —dijo Merche.

—Pregúnteselo, por favor.

—Que no se lo pregunte, que este hombre lleva treinta y siete años con esto.

—¡Es que lo pregunté yo!

—¡Y yo te dije que sí antes de que terminaras la frase, que es lo que nadie cuenta!

Se hizo un silencio de tres segundos.

—Eso es verdad —dijo Lorenzo.

—Pues claro que es verdad.

—Eso lo cuento siempre.

—No lo cuentas nunca.

—Lo cuento a veces.

Celia miró la libreta y se dio cuenta de que llevaba cuatro minutos sin escribir nada, y de que no le importaba lo más mínimo.

A los veintiséis minutos apareció la fotografía, y ahí Celia dejó de escribir del todo.

—Ustedes tendrán alguna foto de ese día.

—Una —dijo Lorenzo.

—Dos.

—Una, Merche.

—Dos. La de la barandilla y la de la salida.

—La de la salida no es de ese día.

—La de la salida es de ese día porque llevo el abrigo azul y ese abrigo lo tiré en el ochenta y nueve.

Lorenzo abrió la boca y la cerró, que era lo que hacía cuando le daban un dato con fecha.

—Bueno, dos.

—¿Y las tienen? —dijo Celia.

—Yo tengo la de la barandilla —dijo Merche—. En un álbum, en casa de mi hermana, porque yo ya no tengo álbumes.

—Yo tengo la otra.

—Tú no tienes ninguna.

Y entonces Lorenzo Vilches sacó la cartera.

Fue un movimiento pequeño y muy rápido, de hombre que sabe exactamente en qué compartimento está una cosa, y de detrás del carné de conducir sacó una fotografía de siete por diez, en color, con las esquinas redondeadas y el blanco de los bordes puesto amarillo.

Se la dio a Celia sin dársela a Merche.

Eran los dos en la puerta de La Aurora, ella con el abrigo azul y él con una bufanda espantosa, con la cara de dos personas de treinta y pocos años a las que alguien acaba de decir «poneos ahí».

Merche Ibáñez estiró el cuello.

—A ver.

Celia se la pasó.

Y Merche la estuvo mirando once o doce segundos sin decir absolutamente nada, que en aquella mujer era una eternidad.

—Esta la hizo tu primo —dijo.

—Esta la hizo Fali.

—Ya sabía yo que la había hecho Fali. —Se la devolvió—. Tú esto lo llevas en la cartera.

—Yo esto lo llevo en la cartera desde el noventa y tres.

—¿Desde el noventa y tres?

—Desde el noventa y tres, sí. —Lorenzo la guardó en el mismo compartimento y cerró la cartera—. ¿Qué pasa?

—Nada.

—Es una foto.

—Es una foto —dijo Merche—. Sigue, hija, que este se pone tonto.

Celia siguió, y a los cuatro segundos volvían a discutir por otra cosa, y ni él dijo nada más de la cartera ni ella se lo preguntó, y esos once segundos fueron lo único que hubo en toda la mañana que ninguno de los dos pudo convertir en un chiste.