15
Empezaron a las cuatro y cuarto con dos portátiles, dos cafés y una hoja en blanco, y a las cuatro y veinte ya estaban discutiendo, que fue más o menos lo que él esperaba.
—Gira la pantalla —dijo Celia.
—Está girada.
—Está girada hacia ti.
La giró del todo. No le había enseñado nunca a nadie el movimiento de su cuenta, ni a su hermano, y descubrió que la parte incómoda no eran los números, sino todo lo demás: los conceptos, las fechas, los tres cargos seguidos de una gasolinera de la A-6 en octubre, la suscripción a una revista que llevaba cuatro años sin leer.
—Doce noventa y nueve al mes.
—Ya lo he visto.
—Cuatro años.
—Que ya lo he visto, Celia.
—Seiscientos veintitrés euros.
—Es que si la doy de baja se muere el periodismo.
—El periodismo se está muriendo igual y encima con tu dinero.
—Vale, la doy de baja.
—No la des de baja por esto.
—La doy de baja porque llevo cuatro años sin abrirla y me acabas de decir el total.
—Seiscientos veintitrés.
—Ya. Deja de decirlo.
Ella giró la suya sin que él se lo pidiera, y ahí Iñigo dejó de hacer bromas.
No era la cifra de abajo. La cifra de abajo ya se la sabía, dos mil doscientos y pico, se lo había dicho la noche anterior.
Era la forma que tenía la columna. Entradas el treinta de cada mes, siempre la misma cantidad, la mitad de lo que entraba en la suya.
Y una fila de gastos domésticos partidos exactamente por dos, con una precisión que solo tiene el dinero de quien no puede equivocarse: la luz, el gas, internet, la comunidad, y una transferencia mensual a él con el concepto mitad enero .
Mitad enero. Llevaba cuatro meses recibiendo esa transferencia y no había leído nunca el concepto.
—Vale —dijo—. Ya lo entiendo.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Poner esa cara. —Celia cerró un poco la tapa—. No quiero que te dé pena mi columna. Quiero que hagamos números.
Los hicieron.
Tardaron dos horas largas y se pelearon dos veces más, y la segunda fue la de verdad.
La primera fue por el anillo, y se resolvió rápido: se devolvía. Eso ya lo sabían los dos y no hizo falta ni discutirlo, y lo único que costó fue decidir dónde iba el dinero, y eso era lo que él llevaba desde el miércoles rumiando.
—A tu cuenta —dijo Celia—. Era tuyo.
—No.
—Iñigo, era tu dinero. Es tu dinero.
—Ya. Y lo saqué para una cosa de los dos, y ahora no lo quiero de vuelta como si no hubiera pasado nada.
—Puso el dedo en la hoja en blanco—. Se queda ahí, en mi cuenta, porque no vamos a abrir nada ni a montar un lío, pero apuntado.
Mil ochocientos setenta, con nombre. Y para gastarlo hacen falta dos.
—¿Dos qué?
—Dos síes. Tuyo y mío. Para cualquier cosa que salga de ahí.
Ella lo miró un rato.
—¿Y si me da la gana de decir que no?
—Pues no se gasta.
—¿Aunque sea tu dinero?
—Aunque sea mi dinero.
Ella cogió el boli y lo escribió en la hoja con letra clara: Reserva de la casa. 1.870. Se gasta con dos síes.
La segunda pelea fue por lo otro, y esa duró cuarenta minutos.
—A partir de febrero no pagamos a medias —dijo Iñigo.
—Sí pagamos a medias.
—Celia, tú cobras la mitad que yo.
—Y por eso pago la mitad. Es lo que hay.
—Es que no es lo que hay, es una cuenta que sale mal. —Cogió el boli—. Mira. Si yo pongo la mitad y tú pones la mitad, a mí me sobra dinero a final de mes y a ti no te sobra nada. Los dos hemos pagado lo mismo y no hemos pagado lo mismo.
—Ya sé lo que es un porcentaje.
—Pues entonces.
—Pues entonces nada. —Celia dejó el café—. Si yo pongo un tercio y tú dos tercios, ¿qué soy?
—Eres la que cobra un tercio.
—Soy la que cobra menos y vive en tu casa pagando menos, y eso, dicho en voz alta en la cocina de tu madre, tiene un nombre.
—Mi madre está muerta.
—Ya me entiendes.
—Te entiendo y me parece una tontería enorme —dijo él, y subió la voz, que era una cosa que hacía cuatro veces al año—. ¿Tú a Elvira le dirías eso? ¿A Elvira le dirías que se aguante y pague la mitad de todo con seiscientos euros de viudedad para no sentirse mantenida?
—Elvira no vive con Domingo.
—Elvira no vive con Domingo porque el sistema le cobra seiscientos euros por vivir con Domingo. —Se echó para atrás—. Y a ti no te lo cobra nadie. Te lo estás cobrando tú.
Ahí Celia se calló.
Estuvo callada bastante rato, mirando la hoja, y él tuvo tiempo de arrepentirse de la última frase y de decidir que no la iba a retirar.
—Tres meses —dijo ella por fin.
—¿Qué?
—Tres meses de prueba. De febrero a abril. Yo pongo el treinta y cinco por ciento y tú el sesenta y cinco, y en mayo lo miramos otra vez, y si me siento rara lo cambiamos y no discutimos.
—Vale.
—Y lo apuntamos.
—Hecho.
—Y una cosa más, y esta no es negociable. —Celia dio un golpecito en la mesa con el boli—. La casa no entra hoy. La hipoteca no entra, la propiedad no entra, lo que pasa si un día lo dejamos no entra. Eso no lo hablamos hoy y no lo hablamos con dos cafés.
—Eso hay que hablarlo.
—Hay que hablarlo, y hoy no. Hoy hemos hecho una cosa concreta. Si además arreglamos la vida entera, mañana no nos acordamos de nada.
Lo escribió en la hoja, debajo de lo demás, y al final puso la hora, las seis y treinta y ocho, que era una manía suya del trabajo y que a él le pareció, mirándola hacerlo, lo más ella del mundo.
Siete. Lo que no se apuntó.
A las seis y media, cuando ya estaban recogiendo, Iñigo dijo una cosa que no fue a la hoja.
—Falta una.
—¿Cuál?
—Los cuarenta y un invitados de tu familia.
Celia levantó la cabeza.
—Eso es de la boda.
—Eso es de una boda que no sabemos si vamos a hacer, y son entre cuatro y seis mil euros según el sitio, y llevamos cinco horas hablando de noventa y cinco. —Se apoyó en la mesa—. Y si algún día lo hacemos, ese dinero sale de algún lado y ya sé de qué lado va a salir.
—Del tuyo.
—Del mío.
—¿Y entonces?
—Entonces lo dejamos escrito y no lo resolvemos hoy —dijo—. Igual que la casa.
Celia lo apuntó debajo de lo de la casa, en la misma línea de las cosas aparcadas, y estuvo un rato mirando aquel papel de cuaderno con dos letras distintas en el que en cinco horas habían resuelto tres cosas y habían dejado escritas otras cuatro.
Chelo llegó a las siete menos veinte, porque la había mandado Maite, la del segundo, y porque la había mandado con la frase esta te lo arregla y el otro te lo cambia .
Estuvo veinte minutos con la Junkers abierta y una linterna.
—Esto no hay que cambiarlo.
—El otro dijo que la pieza no se fabrica.
—Y no se fabrica. —Chelo salió con las manos negras—.
Yo tengo dos de un desguace. El otro no te va a montar una pieza usada porque no te la puede garantizar y hace bien.
Yo te la monto y te la garantizo seis meses, y te digo la verdad: esta caldera es del noventa y ocho y te va a durar un año, año y medio. No te prometo más.
—¿Y cuánto?
—Trescientos veinte con el IVA.
Celia e Iñigo se miraron por encima de la mesa de la cocina.
—Dos síes —dijo ella.
—Dos síes.
—Sí.
—Sí.
Chelo los miró a los dos como se mira a la gente que hace cosas raras en su propia casa.
—Vengo mañana a las nueve —dijo.
Salieron para la joyería a las siete y veinte, andando, porque estaba a doce minutos y porque ninguno de los dos propuso coger el coche.
Iñigo llevaba el estuche en el bolsillo interior del abrigo, el de la cremallera, y encima llevaba la funda de plástico con la factura, el certificado y la hoja de devolución doblada en tres con los dobleces marcados con la uña por Loli en diciembre.
—¿Vas nervioso? —dijo Celia.
—Voy ridículo.
—Un poco.
—Es que es una tienda de doce metros y llevo desde diciembre pensando en esto igual que si fuera un funeral de estado.
Entraron a las siete cuarenta. El árbol de plástico ya no estaba y en su sitio había un expositor de pendientes con un cartel de REBAJAS que, dadas las circunstancias, a Iñigo le pareció una falta de tacto del universo.
Loli estaba con una señora eligiendo una cadena, y la señora estaba en esa fase en la que ya ha elegido y quiere que se lo digan otra vez.
—¿Usted la ve muy fina?
—Yo la veo bien.
—Es que para el niño.
—Para el niño está bien.
Iñigo y Celia esperaron de pie junto al expositor de las alianzas, que era donde había sitio, y estuvieron cuatro minutos ahí parados, los dos, delante de una bandeja de alianzas, sin decirse absolutamente nada.
Loli levantó la vista, los vio, y ahí pasó lo que tenía que pasar y duró un segundo y medio.
Los reconoció.
No dijo nada. No hizo ningún gesto. Simplemente terminó con la cadena de la señora sin correr, cobró, dio las gracias, esperó a que la puerta se cerrara, y entonces se puso las gafas que llevaba colgadas del cuello.
—A ver.
Iñigo puso el estuche en el mostrador y encima la funda con los papeles.
Loli abrió el estuche. Sacó el anillo con dos dedos, lo puso bajo el flexo y lo miró con una lupa pequeña por el interior, girándolo despacio, buscando lo que se busca en estos casos, que son marcas de haber estado puesto.
—¿Se ha usado?
—No.
—¿Nada?
—Nada. Se cayó al suelo una vez.
Loli levantó la vista.
—¿Al suelo?
—Al hielo.
—Ah. —Volvió a la lupa—. El hielo es blando. Menos mal que no fue a un suelo de baldosa, que ahí sí me lo habría traído usted con un roce.
Miró dos minutos largos. Después dejó el anillo en el estuche, cerró la tapa y cogió la hoja de devolución.
—DNI de quien pagó.
Lo sacó.
—Vale. Devolución dentro de plazo, un día antes. —Fue rellenando con boli, casilla por casilla, sin ninguna prisa—. Le vuelve a la misma tarjeta. Entre tres y cinco días hábiles según el banco. Firme aquí y aquí.
Firmó.
—Y ya está —dijo Loli.
—Y ya está.
Estuvo mirando el estuche granate encima del mostrador, cerrado, en el mismo sitio exacto en el que se lo habían puesto delante el primer día del invierno, y pensó que aquello duraba mucho más de lo que estaba durando.
Ella lo cogió y lo metió debajo del mostrador sin ceremonias, y aquello, en realidad, fue lo mejor que pudo hacer.
Después miró a Celia.
—Perdone la pregunta.
—Dígame.
—¿Ustedes están bien?
—Estamos bien —dijo Celia.
—Vale. —Loli grapó el resguardo—. Se lo pregunto porque tengo dos hijas y porque en enero devuelve mucha gente, y no todos están bien.
—Estamos bien de verdad.
—Pues me alegro mucho.
Y no dijo ni una palabra más del asunto, ni de la foto, ni de nada, y les dio los buenos días a las ocho menos cinco de la tarde por error y no se corrigió.
En la calle hacía cuatro grados y estaba empezando a llover de esa manera que no llega a lluvia.
Iñigo se paró en el escaparate de enfrente, el mismo en el que en diciembre se había visto reflejado con una bolsa de once centímetros en la mano, y esta vez no había bolsa y había dos personas.
—¿Qué miras?
—Nada.
—Estás mirando algo.
—Estoy mirando que en diciembre estaba yo solo aquí —dijo— y que me pareció una idea buenísima.
—Era una idea buenísima.
—Era una idea buenísima mal hecha.
—Era una idea buenísima con el orden cambiado —dijo Celia, y le cogió del brazo para cruzar.
—Ya está —dijo Iñigo.
—Ya está.
—Es raro.
—Es rarísimo. —Celia se subió el cuello del abrigo—. ¿Estás triste?
—Un poco.
—Yo también.
—¿Tú por qué?
—Porque era mío —dijo ella— y no lo he visto nunca.
Él se paró en mitad de la acera.
—¿Quieres que te diga cómo era?
—No. —Se paró ella también, dos pasos más adelante, y se giró—. Quiero que me lo enseñes otra vez algún día. Otro. Uno que compremos.
—Vale.
—Y no pongas esa cara, que eso no es un sí.
—No he puesto ninguna cara.
—Has puesto una cara enorme.
Chelo vino a la mañana siguiente a las nueve y estuvo hora y media. A las diez y media abrió el grifo del baño y lo dejó correr un minuto largo, con la mano debajo, hasta que salió humo.
—Ya está.
Iñigo pagó los trescientos veinte y le pidió la factura, y por la tarde, cuando volvió Celia, la casa estaba a veintiuno.
Ella se paró en la entrada con la bufanda todavía puesta.
—Hace calor.
—Hace calor.
—Hace calor de verdad. —Se quitó el abrigo—. Dios, es que se me había olvidado.
Cenaron en la cocina sin jersey, con la ventana empañada por primera vez en todo el invierno, y estuvieron toda la cena un poco raros el uno con el otro, de una manera que a Iñigo no le disgustó nada.
Era como cuando terminas una entrevista muy larga y sabes que ha ido bien y todavía no has visto el material.
En la mesa, debajo del salero, seguía la hoja con la letra de Celia y la hora puesta al final.
Y en el perchero de la entrada, en el bolsillo interior del abrigo azul, ya no había nada.