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Lo que estaba buscando era un termo.
Un termo de acero de doce euros que llevaba dos días sin aparecer y que era de su madre, y por eso Celia llevaba media hora mirando en sitios donde no cabía un termo.
Había mirado en el coche, en la nevera, en el armario del pasillo, en la bolsa del gimnasio de él y en el cesto de la ropa sucia, en ese orden y con una minuciosidad que no merecía un termo de acero de doce euros.
Lo que pasa es que el termo era el suyo, y era de su madre, y lo que estaba haciendo en realidad era no montar la escaleta de la tercera entrevista.
No era el abrigo bueno. Era el otro, el azul marino que Iñigo se ponía para ir a sitios donde iba a pasar frío de pie, colgado en el perchero de la entrada desde hacía dos semanas, y el papel estaba doblado en cuatro en el bolsillo de fuera, junto con un tique de una gasolinera y la mitad de un billete de metro.
Lo desdobló pensando que era el resguardo de la tintorería.
JOYERÍA BERTRÁN
Y debajo, entre veinte líneas de letra pequeña, una raya de rotulador fosforito verde que subrayaba dos veces una fecha.
Y encima de la raya, en la columna de la derecha:
1.870,00 €
Se sentó en el escalón del pasillo, el que hay entre la entrada y el resto de la casa, con el abrigo azul en las rodillas.
Mil ochocientos setenta.
Su cabeza hizo lo de siempre, que fue convertirlo en otra cosa.
Mil ochocientos setenta euros eran cuatro meses de su mitad de los gastos.
Eran un tercio de lo que Marea pagaba por el archivo entero.
Eran, y esto tardó unos seis segundos en llegarle, casi exactamente lo mismo que el presupuesto que un hombre llamado Nacho le había mandado por WhatsApp el primer día del invierno, a las nueve y diez de la mañana, para poner una caldera nueva.
Mil novecientos con la instalación.
Mil ochocientos setenta el anillo.
Empezó a reírse sola en el escalón del pasillo, con el abrigo en las rodillas, y se rio bastante rato, con esa risa fea de cuando algo es objetivamente gracioso y no te está haciendo gracia del todo.
Llevaban desde noviembre discutiendo por el termostato.
Se habían dicho las mismas cuatro frases veintidós mañanas seguidas.
Ella había bajado dos grados y había calculado doce euros y él había dicho yo tengo frío y tú tienes razón , y todo ese tiempo, colgada de un perchero a metro y medio de la caldera, había una cosa que costaba lo mismo que arreglarla.
—¿Qué haces sentada ahí? —dijo Iñigo desde la puerta.
Celia levantó el papel.
Él lo miró. Tardó dos segundos en identificarlo desde esa distancia y se le vio en la cara el momento exacto en que lo consiguió.
—Ah.
—Ah.
—¿Qué buscabas?
—El termo.
—Está en el coche.
—Ya me imagino que está en el coche.
Estuvieron los dos así, ella sentada en el escalón y él de pie en el marco, y a Celia le pasó una cosa que no esperaba, que fue que se le fue la risa de golpe y le vino otra cosa, y la otra cosa no era el precio.
—Es que llevo un mes —dijo.
—Ya.
—No, escúchame. Llevo un mes bajando el termostato a diecinueve y haciendo cuentas de doce euros como una imbécil.
—Tú no has hecho el imbécil.
—No he dicho imbécil. He dicho como una imbécil, que es distinto, y lo digo yo de mí y me lo permito. —Se levantó—. ¿Tú tenías esto en el bolsillo mientras yo te decía que un grado son doce euros al mes?
—Sí.
—Celia, el dinero era mío.
—Ya sé que el dinero era tuyo. —Fue a la cocina y dejó el abrigo en la silla y el papel en la mesa—. Esa frase es la que te va a costar la noche, pero ya la has dicho, así que sigamos.
Se pusieron a hacer la cena y lo hablaron por partes, con las manos ocupadas, que era como se hablaban las cosas difíciles en aquella casa.
Y antes de la primera parte hubo un minuto entero de nada, mientras él pelaba y ella ponía el horno, en el que Celia hizo un repaso rápido y bastante humillante de las veintidós mañanas.
La del ocho, cuando se le quedó el pelo helado después de ducharse y él le dijo que se secara en la cocina, que allí calentaba antes.
La del catorce, cuando ella le enseñó la factura de la luz con el gráfico de barras y le explicó lo que era el término fijo.
La del diecisiete, cuando discutieron veinte minutos sobre si merecía la pena poner un radiador eléctrico en la habitación pequeña, con las dos cajas encima de la cama de testigos, y decidieron que no porque un radiador eléctrico dispara la factura.
Todas esas mañanas, colgado del perchero, a metro y medio del sitio donde se estaban diciendo esas cosas.
La primera parte duró diez minutos y fue casi divertida, o lo habría sido en otra casa y en otro mes.
—¿En tres veces?
—En tres. Octubre, noviembre y diciembre.
—O sea que el mes que dijiste que no ibas al bautizo de tu sobrino porque estabas sin blanca.
—Ese mes, sí.
—Y me dejaste pagar la cena del cumple de Nuria.
—Te dejé pagar la cena del cumple de Nuria.
—Iñigo.
—Ya lo sé.
—Es que me dejaste pagar la cena del cumple de Nuria y luego me diste las gracias.
—Yo qué te iba a decir.
—«Gracias, invito yo la próxima» —dijo Celia, imitándole fatal—. Eso dijiste. Y luego invitaste tú la próxima, que era un kebab.
—Un kebab muy bueno.
—Un kebab de cuatro euros pagado por un hombre que tenía mil ochocientos setenta euros en un anillo en el bolsillo del abrigo azul.
—El anillo no estaba en el bolsillo entonces. Estaba en la tienda.
—Iñigo.
—Perdona. —Se pasó el trapo por las manos—. Es que es verdad.
—Es que no me ayuda nada que sea verdad.
La segunda parte empezó cuando pusieron la mesa y ya no fue divertida.
—Vamos a ordenarlo —dijo Celia, y lo dijo con el tono de las reuniones, y en cuanto lo oyó supo que era el tono equivocado y siguió igual—. Una: tú vaciaste tus ahorros. ¿Cuánto te queda?
—Eso no...
—¿Cuánto te queda?
Iñigo dejó los cubiertos.
—Cuatrocientos y pico.
—Cuatrocientos y pico.
—Y la nómina entra el treinta.
—Y si mañana se rompe la caldera del todo, ¿qué hacemos?
—Pues lo que hace todo el mundo. Se paga a plazos o se pide.
—¿Se pide a quién?
—A mi hermano.
—Ah, muy bien. —Celia dejó el plato en la mesa un poco más fuerte de lo necesario—. O sea que si esta casa se queda sin agua caliente en enero, la solución es que tú llames a tu hermano.
—¿Y cuál es la otra solución?
—La otra solución es que lo pague yo, que es lo que iba a decirte el primer día y no te dije.
Ninguno contestó durante un rato.
—¿Ibas a pagarla tú? —dijo él.
—Iba a ofrecerme. Y no me ofrecí.
—¿Por qué?
—Porque no me llega. —Se sentó—. Porque tengo dos mil doscientos en la cuenta y son mi colchón entero, y porque cobro media jornada y me renuevan cada tres meses.
—Te van a renovar.
—Puede. —Puso las dos manos en la mesa—. Pero yo, el día que no me renueven, tengo que poder pagar tres meses de algo. Y la palabra importante de esa frase no es «tres». Es «algo».
Iñigo dejó lo que estaba haciendo.
—¿Algo?
—Algo. Un sitio. —Celia lo dijo mirando la mesa—. Yo tengo dos mil doscientos euros ahorrados para poder irme de tu casa si un día hace falta. Eso es lo que es ese dinero. Y llevo cuatro meses sin decírtelo, y no me había dado cuenta de que era eso hasta anteayer.
En la cocina se oyó el pitido del horno y ninguno de los dos se movió.
—¿Y por qué haría falta? —dijo él.
—No lo sé. Por si acaso.
—Por si acaso qué.
—Por si acaso encuentras una razón impecable.
Lo dijo y se calló de golpe, y se llevó los dedos a la boca un segundo, y Iñigo entendió que no lo había preparado y que lo lamentaba de verdad.
—Perdona —dijo ella—. Eso ha sido de la carta y eso no vale.
—Sí vale.
—No vale, hombre. Teníamos un trato.
—El trato es que yo no pregunto por la tuya. —Se apoyó en la encimera—. De la mía puedes decir lo que quieras, que para eso te la leí yo.
Celia se rio muy poco.
—Y encima ahora eres razonable.
—Es lo único que sé hacer discutiendo y me sale fatal el resto.
—Pues sigamos. —Cogió aire—. Y luego está lo otro. Que la caldera es de tu casa.
Ahí estaba.
—Esta casa es mi casa —dijo Iñigo.
—Esta casa es tu casa.
—Y tú vives aquí.
—Yo vivo aquí y pago la mitad de la luz. —Celia lo miró—. ¿Tú sabes lo que es eso? Eso es un alquiler de mierda con derecho a discutir por el termostato. Eso no es vivir juntos, Iñigo, eso es que me has hecho un favor y yo colaboro con los gastos.
—Eso no es verdad.
—Es verdad en el papel.
—Pues el papel está mal.
—El papel es lo único que hay. —Se le quebró un poco y se enfadó consigo misma por eso—.
Y por eso lo del anillo me ha sentado así.
No porque valga mil ochocientos. Porque tú tenías mil ochocientos euros para decidir tú solo, y yo no tengo mil ochocientos euros para decidir nada, y me has pedido que decida contigo una vida en la que tú puedes vaciar una cuenta y yo no.
Él siguió de pie al otro lado de la mesa.
—Yo no lo compré para eso.
—Ya sé que no lo compraste para eso.
—Lo compré porque llevaba dos años sin gastarme el dinero en nada y porque fue lo primero que me apeteció comprar en mi vida.
—Ya lo sé.
—Y lo pagué con lo mío para que no fuera de los dos. Para que no tuvieras que enterarte de nada. Eso me pareció en octubre lo más limpio que podía hacer.
—Ya sé que te lo pareció. —Celia levantó las manos—. Y esa es la parte que me da miedo. Que tú y yo hacemos las cosas por separado y nos parece elegante.
—O sea que tú tienes un colchón para irte —dijo Iñigo— y yo tenía un anillo para que te quedaras. Y ninguno de los dos se lo ha contado al otro.
Celia levantó la cabeza.
—Sí. Más o menos es eso.
—Pues vaya dos.
—Vaya dos.
Cenaron.
Cenaron de verdad, en silencio los primeros cinco minutos y luego hablando de otra cosa, porque los dos sabían que aquello no se terminaba esa noche y ninguno tuvo ganas de fingir que sí.
A los postres, Iñigo dijo:
—El plazo es el viernes.
—¿Qué plazo?
—El de la devolución. Treinta días desde que lo recogí. —Señaló el papel de la mesa con la barbilla—. Por eso está subrayado.
Celia cogió el resguardo y miró la raya verde fosforito, dos veces, encima de la fecha.
—Pasado mañana.
—Pasado mañana.
—Yo mañana puedo por la tarde.
—Yo mañana puedo por la tarde también. —Dejó el papel—. Pero no lo vas a devolver tú.
—¿Cómo que no?
—Lo vamos a devolver los dos —dijo Celia—. Y antes de eso nos vamos a sentar dos horas con las dos cuentas abiertas encima de la mesa, la tuya y la mía, y vamos a decidir juntos qué se devuelve, qué se arregla, quién pone qué y qué significa que uno cobre el doble que el otro.
Él la miró un rato.
—De acuerdo.
—¿Vale de los tuyos?
—Vale de los de verdad —dijo—. Es que llevo desde diciembre esperando que me dijeras eso.
—Pues llevas desde octubre pudiendo decírmelo tú.
—También.
Recogieron la cocina. Cuando Celia fue a colgar el abrigo azul en el perchero, se paró con él en la mano y volvió a doblar el resguardo en cuatro, como estaba, y lo dejó encima de la mesa en vez de en el bolsillo.
Después bajó el termostato a diecinueve, por costumbre, y lo volvió a subir a veinte.