13
La furgoneta era una Kangoo blanca del dos mil doce con ciento noventa mil kilómetros y el nombre del club puesto en vinilo en la puerta lateral, mal, con la última A un poco más alta que las demás.
—Eso lo hice yo con un secador —dijo Bea.
—Se nota.
—Se nota, sí. Sube, que está abierto porque no cierra.
Dentro había dos cajas de conos, una bolsa de casco, un abrigo, tres botellas de agua vacías y una carpeta de gomas azul con una pegatina que ponía MUNICIPAL escrita a rotulador.
Aquella era la cuarta vez que Bea Salgado iba al ayuntamiento de al lado por el mismo asunto, y era la primera vez que iba acompañada.
—¿Tú por qué vienes? —le había preguntado dos días antes.
—Porque estoy escribiendo la crónica y la crónica no puede ser solo la señora del libro.
—Ya. ¿Y la verdad?
—Que quiero ver cómo se hace.
Eso le había parecido bien.
La primera vez había ido en noviembre, cuando todavía no había foto ni campaña ni nada, y le habían dicho que la convocatoria salía en enero.
La segunda vez había ido en enero y le habían dicho que la convocatoria estaba publicada desde el día ocho y que el plazo terminaba el veintitrés de febrero.
La tercera vez había llevado la solicitud rellenada a mano y le habían dicho que ese modelo era el del año pasado.
De la primera se llevó una libreta y un cuaderno de notas y volvió sin nada, porque en noviembre la única respuesta posible era «vuelva usted en enero» y a ella se lo dieron con amabilidad.
De la segunda se llevó el número ochenta y tres y estuvo una hora y diez minutos sentada debajo de una pantalla que iba por el sesenta y uno.
De esas tres visitas, Iñigo solo vio el final de la tercera, en una fotocopia doblada en cuatro que Bea llevaba en la carpeta con el sello de registro y una nota en bolígrafo azul: modelo caducado, presentar anexo II .
La cuarta fue la de aquella mañana.
El edificio era de los ochenta, con moqueta y un dispensador de números, y a las nueve y cuarto había once personas esperando y una funcionaria sola.
Delante de ellos había un señor de unos setenta con una carpeta de anillas y un problema de una licencia de vado que llevaba, por lo que se le entendió, dos años y medio.
Tardó veintidós minutos en la ventanilla.
La funcionaria le explicó tres veces lo mismo con las mismas palabras y sin perder la paciencia ni una sola vez, y al final el hombre recogió su carpeta, dijo gracias y se fue sin haber resuelto nada.
—Ese vuelve el jueves —dijo Bea.
—¿Lo conoces?
—No. Pero ese vuelve el jueves.
Iñigo miró la sala. Once personas a las nueve y cuarto de un martes, casi todas mayores, casi todas con carpeta, y una sola ventanilla abierta de las tres que había.
Escribió en el cuaderno una frase que tampoco usó: aquí el que tiene tiempo gana.
—El anexo II lo tiene que firmar el presidente de la entidad.
—Lo firma él, sí. Aquí está.
—Y el certificado de inscripción en el registro de entidades deportivas.
—Aquí.
—Y la póliza de responsabilidad civil en vigor.
Bea sacó una hoja.
—Esto es un presupuesto.
—Ya. Es que la póliza la contrato cuando sepa si me dan la franja.
—Es que la franja no se adjudica sin póliza.
—Y la póliza no me sale a cuenta contratarla sin franja.
La funcionaria la miró por encima de las gafas con una cara que Iñigo, después de veinte años de salas de espera, conocía bien. No era desprecio. Era el cansancio de explicar por cuarta vez esa semana algo que ella tampoco había decidido.
—Puede aportarla en subsanación —dijo—. Diez días hábiles desde el requerimiento.
—Entonces la presento sin póliza y luego me requieren.
—Yo eso no se lo puedo aconsejar.
—Ya. —Bea cogió el bolígrafo—. Pero se puede.
—Se puede.
Lo del dinero salió cinco minutos después y fue la única parte en la que Iñigo tuvo que dejar de tomar notas para no perderse.
—Y luego está la fianza —dijo Bea.
—¿Qué fianza?
—La fianza de la cesión.
—Aquí no hay fianza.
El bolígrafo de Bea se paró en el aire.
—A mí me dijeron que había fianza.
—Fianza hay para eventos puntuales, y se devuelve. Para cesión de temporada lo que hay es el precio público por hora, y se abona por adelantado el primer trimestre. —La funcionaria giró la pantalla treinta grados, lo justo—. Aquí. Mil ciento y pico, según las horas que pida.
—Mil ciento.
—Y pico.
—Vale. —Bea lo apuntó en el dorso de la carpeta—. Entonces yo lo que necesito es la póliza, las licencias de los críos, el precio público del primer trimestre y los certificados.
—Los certificados de delitos sexuales, sí. De usted y de todo el que pise el hielo con menores.
—Esos los tengo.
—Pues eso es lo que hay.
Salieron a las diez y veinte. En el aparcamiento, Bea se apoyó en la puerta de la Kangoo, sacó el móvil y estuvo dos minutos sumando en la calculadora en voz alta, sin ningún pudor, delante de un periodista con una libreta.
—Póliza del club, seiscientos y pico al año.
Licencias y seguro de los treinta, novecientos y algo, que eso lo paga la familia normalmente pero aquí la mitad no lo paga.
Precio público, mil ciento. Gestoría, doscientos, porque yo esto no lo sé hacer sola y ya lo he intentado.
—Levantó la vista—. Dos mil ochocientos y pico.
—Justo lo que te da Nórdica.
—Justo lo que me da Nórdica.
—¿Y eso es casualidad?
—Eso es que yo mandé el desglose antes de pedir nada —dijo Bea—. Es lo único que sé hacer bien de esto. Pedir la cifra exacta y enseñar de dónde sale.
Guardó el móvil.
—Falta una cosa —dijo.
—¿Cuál?
—Que somos de Madrid.
Iñigo tardó un segundo.
—¿Y?
—Y la instalación es de aquí. —Señaló con la barbilla el edificio de la moqueta—.
En la convocatoria, primero van las entidades domiciliadas en el municipio.
Nosotros somos admisibles y vamos los últimos de la lista.
Es lo que hay y además me parece bien, que yo también querría que primero fueran los de mi pueblo.
—¿Entonces para qué presentas?
—Porque los sábados de nueve a dos los tiene el hockey y el hockey es de aquí, y en septiembre igual crecen o igual no crecen. —Abrió la puerta de la Kangoo—. Y porque si no estoy en la lista, seguro que no. Y si estoy, a lo mejor.
En el aparcamiento, antes de arrancar, Bea llamó al presidente del club y puso el manos libres porque estaba maniobrando.
—Paco, que ya está presentado.
—¿Y qué te han dicho?
—Que falta la póliza y que la meto en subsanación.
—Ah, muy bien. —Se oía una radio y un ruido de almacén—. Oye, ¿y la póliza esa cuánto es?
—Seiscientos y pico.
—Ostras.
—Ya. Pero Paco, escúchame, que la vamos a tener. Va a entrar dinero de un patrocinio y va a entrar antes de que haya que pagarla.
—¿Y si no entra?
—Si no entra ya lo hablamos.
—Beatriz. —El hombre bajó la voz de esa manera en que la baja la gente mayor cuando va a decir algo que le cuesta—. Que el club no puede firmar una cosa que luego no pueda pagar. Que esto lo montamos cuatro en el noventa y ocho para llevar a los críos a un campeonato y yo tengo setenta y un años.
—Ya lo sé.
—Que yo te firmo todo lo que me traigas, hija, pero no me metas en un lío.
—No te voy a meter en ningún lío, Paco.
—Vale.
—Te llamo el jueves.
Colgó, metió la marcha atrás y salió del aparcamiento sin decir nada durante dos calles.
Antes de eso, Iñigo la acompañó al gimnasio, porque entraba a las doce y porque él quería ver la otra mitad.
La sala era un sótano con espejos, veintitantas máquinas y música a un volumen que hacía imposible cualquier conversación de más de seis palabras. Bea fichó, se puso una camiseta con el logo encima de la suya y en cuatro minutos ya no era la misma persona.
Corrigió a un chico de veintipocos que hacía peso muerto con la espalda redonda. Le puso la mano en el arco de la espalda, le dijo tres cosas, le quitó veinte kilos de la barra y se quedó a ver dos repeticiones.
Después atendió a una señora de sesenta y tantos que llevaba un papel del médico y que estaba asustada del sitio, y con esa se sentó en un banco y estuvo siete minutos hablando antes de tocar una máquina.
—Es lo mismo que los críos —le dijo a Iñigo al pasar—. Primero que no se hagan daño y segundo que vuelvan.
—¿Y el hielo?
—El hielo es lo mismo con más frío.
A las doce y veinte se fue. Miró desde la escalera y la vio recolocando unas mancuernas que alguien había dejado en el suelo, con la música a tope y ocho horas por delante, y le costó bastante trabajo poner eso al lado de la mujer que dos horas antes discutía de pólizas en una ventanilla.
Fueron a la pista municipal antes de volver, porque Bea quería enseñársela y porque tenía que estar en el gimnasio a las doce.
Era una nave grande y fría, mucho más nueva que La Aurora y mucho más triste, con gradas de plástico azul y una megafonía que ponía música a un volumen absurdo para nueve personas. En una punta, catorce chavales de hockey daban vueltas con los sticks.
—Es mejor pista que la nuestra —dijo Bea.
—¿Sí?
—Muchísimo mejor. Más grande, mejor hielo, vestuarios nuevos. —Se apoyó en el cristal—. Y está a cuarenta minutos, y cuarenta minutos son cuarenta minutos, y la mitad de mis madres van en autobús.
Iñigo hizo cuatro fotos del hielo vacío del otro lado y ninguna le sirvió para nada.
Un hombre con chándal y una carpeta salió del vestuario, vio a Bea y levantó la barbilla.
—¡Salgado!
—¡Rafa!
Se dieron dos besos. Era el entrenador del hockey, y estuvieron cinco minutos hablando de una chica que había pasado de la escuela de Bea a su equipo hacía tres años y que ahora jugaba en Valladolid.
—Oye —dijo él al final—, que me he enterado de lo vuestro.
—¿De lo de la pista?
—De lo de la pista. Vaya putada.
—Sí.
—¿Y qué vais a hacer?
—Pues venirme aquí, si me dejáis.
Rafa se rio, y luego dejó de reírse a la mitad, porque supo que no era un chiste.
—Los sábados los tenemos nosotros.
—Ya lo sé.
—Es que llevamos aquí desde el dos mil seis, Bea.
—Que ya lo sé, Rafa. —Bea se lo dijo sin una gota de reproche—. Si yo en tu sitio no soltaba nada. Estoy en la lista y ya está.
Se dieron dos besos otra vez.
Cuando volvieron a la furgoneta, Iñigo escribió en la libreta una frase que luego no usó en la crónica: aquí no hay nadie haciendo nada mal.
En el coche de vuelta, Bea condujo con una mano y con la otra fue contestando mensajes de voz apoyando el móvil en la rodilla, que es una cosa que no se debe hacer y que hace todo el mundo.
—¿Cuántos trabajos tienes? —preguntó él.
—Tres. El club, el gimnasio, que son doce horas de sala, y los domingos hago cumpleaños en una bolera de Alcorcón.
—¿En una bolera?
—Monitora de cumpleaños. Cinco horas, tarta, veinte críos y un altavoz. —Cambió de marcha—. Y está bien pagado, ¿eh? Mejor que el club.
—¿Mejor que el club?
—El club me paga por horas de hielo. Y horas de hielo hay las que hay. —Adelantó a un autobús—. Lo del papeleo no me lo paga nadie. Esta mañana no la cobra nadie. Yo esta mañana la pongo yo.
—¿Y eso lo sabe el club?
—Claro que lo sabe. El club son cinco señores de sesenta años que fundaron esto en el noventa y ocho y que hacen lo que pueden.
El presidente me firma todo lo que le llevo y me pregunta cómo va, y es un tío estupendo, y tiene setenta y un años y un negocio de recambios.
—Se rio—. No van a ir ellos a la ventanilla.
Pararon en un semáforo largo.
—Yo estoy ahorrando para el nacional —dijo Bea de repente.
—¿El nacional?
—El título de entrenadora nacional. El bueno. —Miró al frente—. Llevo dos años. Son mil setecientos entre matrícula, los bloques y el desplazamiento, porque la mitad del curso es fuera. Y con eso puedo entrenar competición, puedo llevar un club de verdad y puedo cobrar el doble por la misma hora.
—¿Cuánto llevas?
—Mil doscientos.
—Vas bien.
—Voy bien desde hace ocho meses —dijo, y arrancó cuando se puso en verde—. Iba a matricularme en la convocatoria de octubre y luego se estropeó la caja de cambios de esta.
Iñigo miró la palanca.
—¿Esta?
—Esta. Setecientos euros. —Le dio dos golpecitos al salpicadero—. Es la única furgoneta con los conos dentro, así que no había mucho que decidir.
—Si quieres te echo una mano con los papeles —dijo Iñigo—. Con la gestoría, digo. Con los doscientos euros.
Bea giró la cabeza un segundo y volvió a la carretera.
—No.
—Es que no me cuesta nada.
—Que no. —Puso el intermitente—. Mira, yo a ti te dejo venir, te dejo hacer fotos y te contesto a lo que me preguntes. Pero tú estás escribiendo sobre esto, y el día que escribas que a mí no me dan la franja, no quiero que nadie pueda decir que me estabas pagando la gestoría.
Iñigo se calló.
—Además —añadió ella—, tú eres el de la foto. Como me ayudes, ya sé yo lo que dicen.
—No te lo digo con mala idea.
—No, si tienes razón —dijo él, y le sonó rarísimo en la boca, porque era la primera vez que alguien le explicaba a él dónde estaba la línea.
Volvieron a las once y media. Bea aparcó en doble fila delante de La Aurora, dejó el motor encendido, cogió la carpeta azul y bajó a dejarla dentro antes de irse al gimnasio.
—Oye, una cosa —dijo Iñigo por la ventanilla—. Lo del dinero de Nórdica. ¿Cuándo lo tienes?
—Firman la semana que viene y me llega en febrero.
—¿Y el plazo era el veintitrés?
—El plazo de presentar es el veintitrés. Lo de pagar viene después. —Se subió a la furgoneta y cerró la puerta con las dos manos, porque no cerraba a la primera—. Si sale bien, esto lo tengo hecho antes de que ella cierre.
—Bea.
—Dime.
—Cierra igual.
—Ya sé que cierra igual —dijo—. Yo no estoy salvando la pista. Yo estoy salvando los sábados.
Y se fue, con el intermitente puesto desde antes de arrancar.
Iñigo se quedó en la acera con la libreta abierta y se puso a contar, porque era lo único que se le ocurrió hacer, cuántas veces había pedido algo aquella mujer en cinco horas.
Le salió una. Un impreso.