Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 12
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—Es que si no, no se enteran —dijo Nieves.

—Se enteran leyendo un folio.

—No leen folios. Dani, ponla.

Celia había pedido por escrito que aquella presentación no existiera, y la presentación tenía veintidós diapositivas y estaba proyectada en la sala pequeña de Marea a las diez de la mañana de un lunes.

Dani Roures tenía veintinueve años, hacía todos los dosieres de la casa y era muy bueno, y esa era exactamente la parte que iba a costar dinero.

La diapositiva uno decía LA AURORA, UN TERRITORIO DE MARCA CON ALMA DE BARRIO.

—Dani.

—Ya lo sé.

—¿Alma de barrio?

—Es que si pongo «una pista de hielo que cierra» no me llaman —dijo Dani, sin ofenderse lo más mínimo—. Yo la primera la escribo para que la abran. Luego ya se lo cuentas tú.

La tres se llamaba EL ACTIVO. La cuatro, LA OPORTUNIDAD DE ACOMPAÑAR.

En la seis había un gráfico de barras con el crecimiento de la conversación en diciembre, y aquello, mirado desde una silla de la sala pequeña de Marea, era una barra de tres milímetros hasta el día doce y un rascacielos a partir del trece.

Celia se pasó la seis entera mirando el rascacielos.

La cosa, quitados los adjetivos, era esta.

El presupuesto base seguía siendo el mismo: cuatro mil doscientos euros de Marea, la mitad cobrada, dos jornadas de entrevista con cámara y sonido.

Las dos jornadas estaban gastadas. Rosalía y Amancio en diciembre, Elvira y Domingo la semana pasada.

A partir de ahí, todo lo que Celia hiciera lo hacía con su móvil, su portátil y sus domingos.

Y encima de eso, ahora, había otra cosa.

Nórdica, la cadena de tiendas de deporte que le había escrito a Bea, había vuelto a escribir. Esta vez a Marea, porque Bea, muy sensatamente, había reenviado el correo diciendo «yo esto no sé negociarlo». Y Nieves lo había negociado en cuatro días.

—Quince mil —dijo—. Temporada completa, cierre incluido.

—¿Y qué quieren?

—Estar. —Nieves levantó una mano antes de que Celia abriera la boca—.

Estar bien, ¿eh? Logo en los créditos, logo en el cartel de la última noche, una publicación al mes en su cuenta y material para su web.

No quieren guionizar nada, no quieren aprobar el montaje y no quieren salir dentro de las entrevistas. Lo he peleado y está por escrito.

—Enséñamelo.

—Está en la diapositiva once.

Estaba en la diapositiva once y estaba bien.

Y el desglose estaba en la doce, y Celia se lo leyó tres veces.

Ocho mil cuatrocientos euros para cuatro jornadas de entrevista con equipo.

Tres mil ochocientos para el escaneo del libro y el presupuesto de restauración de las cinco hojas del bloque.

Y dos mil ochocientos, con el epígrafe aportación a la escuela , que era exactamente lo que el Club Alameda necesitaba para el seguro y la fianza de la solicitud de febrero.

Exactamente. Ni cien euros de más ni cien de menos.

—Eso lo has puesto tú —dijo.

—Eso lo he puesto yo —dijo Nieves—. Y el número me lo dio la chica, que además me lo mandó con el desglose del club y con el número de registro de la asociación, que ya me gustaría a mí que la mitad de mis clientes se explicaran así.

Miró la diapositiva doce más tiempo del que hacía falta.

Era todo. Era el archivo entero. Eran las seis parejas, era el libro escaneado antes de que las hojas se terminaran de pegar, era que treinta críos siguieran patinando en septiembre.

—¿Y dónde está el problema? —dijo.

—No hay problema.

—Nieves.

—No hay problema, hay una conversación. —Nieves le hizo un gesto a Dani y Dani pasó a la trece—. Ellos han preguntado si vosotros dos participaríais en la comunicación.

—¿Participar cómo?

—Una publicación. Una. Vosotros dos en la pista, con una frase vuestra sobre el sitio.

—No.

—Celia, es una foto de dos personas que trabajan ahí.

—Es una foto de la pareja de la que habla todo el mundo, puesta por una marca, en el sitio donde se hizo la otra foto. —Celia dejó el boli encima de la mesa—. Y la frase da igual lo que diga. La leen cuatro personas y la foto la ven cuatrocientas mil.

—Podemos poner la frase muy clara.

—Nieves, yo he escrito frases muy claras para clientes durante once años. Sé exactamente cuánto duran.

—Vale.

—Y hay otra cosa. —Se giró hacia Dani, que estaba con el portátil y no había abierto la boca—.

Si yo salgo en esa publicación, el material que estoy grabando deja de ser un archivo y pasa a ser una campaña con archivo dentro.

Y entonces las señoras de ochenta años que me están contando a cámara que empeñaron un anillo en el setenta y nueve están en una campaña.

Y eso yo no se lo he dicho a ellas cuando firmaron.

Dani levantó la vista del portátil.

—Eso no lo había pensado —dijo.

—Ya. Por eso lo digo yo, que para eso me pagan la mitad.

—Hecho.

—Espera —dijo Nieves—. Antes de que cerremos esto, déjame proponerte lo de en medio, que es lo que me van a preguntar a mí mañana.

—Dilo.

—Que no salgáis vosotros. Que salgan las manos.

Celia levantó la cabeza.

—¿Las manos?

—Dos manos atando un patín. O una mano en la barandilla. Sin caras, sin nombres, sin pie de foto. —Nieves lo dijo deprisa, porque sabía lo que estaba diciendo—. Y eso lo aprueba cualquiera, Celia. Eso no dice nada.

—Eso lo dice todo.

—Eso son dos manos.

—Nieves, si tú publicas dos manos atando un patín en la cuenta de una marca, en esa pista, este invierno, con lo que ha pasado en diciembre, ¿cuántas personas crees que van a pensar que son las mías?

Hubo tres segundos de silencio.

—Todas —dijo Nieves.

—Todas.

—Ya.

—Y encima sin poder desmentirlo, porque no hay nada que desmentir. —Celia se echó hacia atrás—. Lo de en medio es peor que lo otro. Lo otro por lo menos se puede decir que no.

—Vale.

—No es vale de los tuyos.

—Es vale de los de verdad. —Nieves se echó para atrás—. Te lo tenía que trasladar y te lo he trasladado. Les digo que no y les digo que la pareja no entra en nada. ¿Contenta?

—Contenta.

—Pues ya está. —Nieves apuntó algo—. Dani, quita la trece.

Y esa fue la parte fácil, y Celia salió de la sala pequeña a las once menos veinte pensando que lo había hecho bien.

Antes de eso hubo una conversación de cuatro minutos en el pasillo que Celia no apuntó en ningún sitio.

—Oye —dijo Dani, con el portátil debajo del brazo—. Lo de las señoras.

—Dime.

—Lo que has dicho ahí dentro, lo de que si sales tú en la publicación, ellas están en una campaña.

—Sí.

—Eso yo no lo había pensado nunca. —Se colocó el portátil—. Y llevo cuatro años haciendo dosieres con caras de gente.

—Y ahora voy a tener que pensarlo siempre, ¿no?

—Me temo que sí.

—Pues muchas gracias, de verdad. —Se rio—. Muchísimas gracias. Yo estaba tan tranquilo.

Y se fue a su mesa, y Celia se quedó en el pasillo con una sensación bastante buena que le duró exactamente hasta la una y cuarto.

El dosier se lo mandó Dani a la una y cuarto para que le diera el visto bueno, porque el dosier no salía de Marea sin su visto bueno, y eso también estaba por escrito y lo había pedido ella en noviembre.

Dosier_LaAurora_Nordica_v4.pdf

Lo abrió en la mesa de la cocina, con la comida hecha y sin comer, y fue bajando.

La página dos estaba bien. La página tres estaba muy bien. En la cinco había un mapa de la línea de metro que estaba mal y lo apuntó.

Y en la portada, encima de una foto de la pista vacía recién pasada la máquina, en letras blancas y grandes, ponía:

LA AURORA. OCHENTA Y DOS HISTORIAS.

No se movió, con el tenedor en la mano.

Ochenta y una. Lo sabía mejor que nadie, porque llevaba dos semanas contándolas de una en una en una hoja de nueve columnas, y porque el número estaba en la diapositiva siete de aquella misma presentación, escrito por el mismo chico y bien.

Ochenta y dos.

No decía nada más. No decía quiénes eran los dos que faltaban, no decía prometidos, no decía pedida, no decía ni un nombre. Era un número.

Y era un número que solo se podía entender de una manera.

Abrió el correo y escribió.

Hola, Dani. Tres cosas del v4:

1. Página 5: la línea de metro es la otra, cámbiala o quita el mapa.

2. Página 9: el club se llama Club Alameda, sin «de patinaje».

3. Página 14: pon el logo de Nórdica en los créditos también, que si no luego reclaman.

Puso el cursor en la línea de abajo.

Escribió: 4. La portada.

Lo miró un rato.

Lo que había que escribir después eran ocho palabras.

Son ochenta y una. Cámbialo antes de enviarlo.

Dani lo cambiaba en cuarenta segundos, sin preguntar y sin darle importancia, porque a Dani el número le daba igual, y probablemente ni siquiera lo había pensado, y probablemente lo había puesto porque ochenta y dos suena mejor que ochenta y uno, que es una cosa que pasa con los números redondos y con los que no lo son.

Probablemente.

Se levantó, se sirvió agua, volvió y se sentó.

Y estuvo cuatro minutos, que los contó después mirando la hora de envío, haciendo una cosa muy fea, que fue buscar el argumento.

Lo encontró enseguida, porque siempre se encuentra.

Que ochenta y dos no era una afirmación.

Que un dosier de patrocinio no es una pieza periodística.

Que Nórdica no iba a contar nada, solo a poner logos.

Que si ella corregía eso, tendría que corregir también la palabra «alma» de la portada y el «territorio de marca» de la uno y el rascacielos de la seis, y que a nadie se le ocurriría corregir esas cosas, porque esas cosas son el idioma en el que se piden quince mil euros.

Y detrás del argumento, sin argumento ninguno, estaba lo otro.

Que aquellos quince mil euros eran cuatro entrevistas, un libro escaneado antes de que se le peguen las hojas y treinta críos patinando en septiembre. Y que si mandaba las ocho palabras, no pasaría nada, casi seguro. Casi.

Casi.

Y luego borró la línea del cuatro y le dio a enviar.

Perfecto, lo cambio esta tarde y te lo paso , contestó Dani a las dos y diez.

Dosier_LaAurora_Nordica_v5.pdf , a las siete y media, con las tres cosas corregidas y la portada igual.

Aprobado por mí a las 19.52 , escribió ella en el asunto de la respuesta, porque en Marea las aprobaciones se ponían así desde que Celia había llegado, con hora, porque ella lo había impuesto en su primera semana después de lo del otoño.

Se lo contó a Iñigo esa misma noche, en la cocina, antes de cenar, y se lo contó entero.

—Quince mil —dijo él.

—Quince mil. Ocho cuatro para las entrevistas, tres ocho para el libro y dos ocho para el club.

—Eso es todo lo que necesitas.

—Eso es todo lo que necesito.

—¿Y qué piden?

—Logos y una publicación al mes. —Celia sacó los platos—. Y preguntaron si nosotros dos saldríamos en una publicación de la marca.

Iñigo dejó de sacar los cubiertos.

—¿Y?

—Y les he dicho que no. Esta mañana, delante de Nieves y del chico. La han quitado de la presentación.

—Vale. Bien.

—Bien.

—¿Y tú estás bien?

—Estoy bien. —Y lo estaba. Esa parte era verdad y no le costó nada decirla—. Ha sido fácil, Iñigo. Ha sido lo más fácil que he hecho en tres semanas.

—¿Y Nieves no ha insistido?

—Nieves no insiste. Nieves lo traslada, apunta que lo ha trasladado y pasa a lo siguiente. —Puso los platos en la mesa—. Por eso trabajo con ella y no con otros.

—¿Y Nórdica?

—Nórdica dirá que vale, porque Nórdica quiere estar en un sitio bonito que sale en la tele, y estar es lo que le hemos vendido. —Se sentó—. Y el lunes que viene Bea tiene dos mil ochocientos euros y puede presentar la solicitud del club antes de febrero.

—¿Se lo has dicho?

—Todavía no. Se lo digo mañana en la pista, en persona. —Cogió el tenedor—. Eso lo quiero ver.

Cenaron, y a los postres ella cogió el móvil, abrió el pdf y se lo pasó por encima de la mesa.

—Mira el dosier, que te va a gustar la página siete.

Él lo cogió. Puso el dedo para deslizar.

Y no deslizó.

Se quedó en la portada, con la foto de la pista vacía y las letras blancas, tres segundos, cuatro, cinco.

Ella lo miró desde el otro lado de la mesa y no abrió la boca, y estuvo esos cinco segundos sabiendo exactamente lo que él estaba leyendo y esperando a ver qué hacía.

Él pasó a la siguiente.

—La siete está muy bien —dijo al rato—. Lo del mapa te lo han arreglado.

—Se lo pedí.

—Se nota.

Fregaron los platos, él lavando y ella secando, y cuando ya estaba puesto el lavavajillas y apagada la luz grande, Iñigo dijo, de espaldas, con las manos todavía mojadas:

—Ochenta y dos.

—Ochenta y una —dijo Celia.

—Ya.

Y ninguno de los dos dijo nada más, y ella lo entendió como que estaban de acuerdo, que es la manera que tiene la gente de entender los silencios que le convienen.

Aquella noche, antes de acostarse, entró en la carpeta compartida y comprobó que estaba todo guardado como tenía que estar. El correo con las tres cosas. El v5. Y la línea con la hora, la suya, en el asunto:

Aprobado por mí a las 19.52.