Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 11
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Elvira Nadal aceptó la entrevista con una condición y Domingo Cortés aceptó con otra, y las dos condiciones eran incompatibles.

Ella quería que la grabaran sentada. Él quería que los grabaran patinando. Estuvieron discutiéndolo cuatro minutos delante de Ruth, que ya tenía el trípode montado, y lo resolvieron ellos solos de la peor manera posible, que fue haciendo las dos cosas.

—Sentada —dijo Elvira.

—Patinando —dijo Domingo.

—Es que sentada se ve mejor la cara —dijo Ruth, que llevaba dos minutos en la conversación y ya estaba dentro.

—Es que patinando se ve que estamos vivos —dijo Domingo.

—Estamos vivos igual sentados.

—Tú sí.

Así que los rodaron veinte minutos en el hielo, dando vueltas cogidos del brazo a velocidad de paseo por el Retiro, y después los sentaron en la cafetería, en la mesa de la esquina, ella de espaldas a la cristalera porque la luz de detrás le daba en los ojos y él enfrente porque así la veía.

Iñigo se puso los patines y los siguió media hora con el corto, y en la segunda vuelta entendió una cosa que después no supo si contarle a Celia.

Elvira patinaba mejor. Bastante mejor. Y cada vez que llegaban a la curva del fondo, la que está más cerca de la puerta pequeña, Elvira acortaba el paso sin mirarle y esperaba a que él la alcanzara, y lo hacía de una manera tan automática que llevaba años haciéndola.

—Empiece usted —dijo Celia.

—Empiezo yo —dijo Domingo.

—Empieza él —dijo Elvira—, que lo lleva contando desde el setenta y nueve y ya le ha salido redondo.

—Es que fue redondo.

—Fue un desastre.

—Fue un desastre porque tú lo hiciste desastre.

—Ah, muy bien.

Iñigo miró a Celia y Celia bajó la cabeza a la libreta, y los dos entendieron a la vez que aquella entrevista no iba a haber que conducirla.

Domingo tenía setenta y ocho años, una chaqueta de punto con coderas y unas manos que se movían todo el rato. Contaba deprisa, se adelantaba a las preguntas y volvía atrás a corregirse.

—Sábado, veintitrés de junio del setenta y nueve. Sesión de tarde. Yo tenía treinta y dos años y llevaba con Elvira dos años y siete meses.

—Dos años y cuatro.

—Dos años y siete.

—Empezamos en las fiestas del setenta y siete, Domingo.

—Que empezamos en marzo.

—En marzo tú venías a mi casa a arreglarle la radio a mi padre. —Elvira se dirigió a Celia con la barbilla—. Eso no es empezar.

—Yo iba por ti.

—Ya sé que ibas por mí. Pero eso no es empezar. Eso es ir.

Domingo levantó las dos manos y siguió.

Había traído a la familia, y esa fue la parte que a Iñigo se le clavó desde el minuto uno. No a un amigo ni a un hermano: a la familia entera. Catorce personas, una cámara prestada, un carrete de doce y una abuela de ochenta y seis años a la que subieron a la grada entre dos primos.

—Doce fotos —dijo Domingo—. Y las gasté todas antes de preguntar.

—¿Antes?

—Antes. Fotos de los sobrinos, de mi madre, de la pista. Cuando llegué a lo mío no quedaba carrete. —Se rio con la boca cerrada—. Y menos mal.

—¿Y qué pasó?

—Que se puso ahí en medio —dijo Elvira— y me lo preguntó a gritos, porque con la música no se oía nada, y detrás tenía a catorce personas mirando y a la abuela Petra en la primera fila con un pañuelo.

—Yo no grité.

—Domingo, gritaste.

—Levanté la voz por la música.

—Gritaste, y lo peor no fue eso. —Elvira se giró hacia él por primera vez desde que se habían sentado—.

Lo peor es que a mí no me habías preguntado nunca nada antes de eso.

Nada. Ni si quería casarme, ni si quería tener hijos, ni si quería vivir en Vallecas.

Y de repente me lo preguntas todo junto, delante de tu madre, con la abuela Petra llorando.

—La abuela Petra lloraba siempre.

—Lloraba porque tú se lo habías dicho antes que a mí.

Se hizo un silencio de esos que en una entrevista valen dinero. Ruth no movió la cámara. Lucas bajó la pértiga dos centímetros y no más.

—Eso es verdad —dijo Domingo.

—Pues claro que es verdad.

—Eso es verdad y yo entonces no lo veía.

—Ya sé que no lo veías. —Elvira le dio un golpecito en el brazo, corto, casi cariñoso—. Si lo hubieras visto, te digo que sí.

—Una cosa que me interesa —dijo Celia—. ¿Qué pasó con el anillo?

Domingo se puso muy recto.

—Ah.

—¿Había anillo?

—Había anillo. —Se aclaró la garganta—. Lo compré en El Corte Inglés en mayo y lo pagué en tres meses.

—¿Y dónde está?

Elvira se estiró la falda sobre las rodillas y miró por la cristalera hacia la pista, y no dijo nada, que fue la manera más ruidosa de decir algo que Iñigo había visto en toda la semana.

—Se lo puse a Marisa —dijo Domingo.

Celia no movió un músculo.

—¿A su mujer?

—A mi mujer. En el ochenta y dos. —Se estiró las coderas de la chaqueta—. Era un anillo bueno y yo no tenía para otro, y no se lo dije, y ella no me lo preguntó nunca. Y a lo mejor lo sabía. Marisa era muy lista.

—Lo sabía —dijo Elvira.

—Tú no puedes saber eso.

—Lo sabía, Domingo. Las mujeres esas cosas las sabemos y no las decimos, que es distinto.

Se quedaron los dos mirando la mesa.

—Y lo lleva puesto —dijo Domingo entonces, y le costó decirlo—. En la caja, quiero decir. Se lo dejamos puesto. Eso lo decidieron mis hijos y yo no dije nada.

Lucas, que llevaba una hora sin moverse, subió la pértiga medio centímetro.

—Entonces está enterrado —dijo Celia, muy bajo.

—Está enterrado, sí. —Domingo levantó la cabeza y, para asombro de todos, se rio—. Fíjese qué cosa. El anillo con el que se lo iba a pedir a esta está en Carabanchel y esta está aquí.

—Y aquí estoy mejor —dijo Elvira.

—Eso también.

Celia dejó pasar tres segundos y luego preguntó lo que había que preguntar.

—Elvira, ¿usted qué dijo exactamente?

—Yo dije que no.

—¿Así?

—Así. No. —Se colocó el bolso en el regazo—. Y luego me fui a la máquina a por un chocolate, porque no sabía qué hacer con el cuerpo.

—Y estuvo dos horas ahí —dijo Domingo.

—Estuve una.

—Dos, Elvira.

—Una, y tú estuviste dando vueltas a la pista con el abrigo puesto y sin quitarte los patines, y no me hables de quién estuvo más.

Se acabó el café de un trago y lo dejó.

—Yo he contado esto muchas veces —dijo, y ahora hablaba más despacio— y siempre lo he contado igual: que ella me dijo que no. Y hace tres o cuatro años caí en una cosa, y se la dije a ella y se enfadó.

—No me enfadé.

—Te enfadaste.

—¿Qué cosa? —dijo Celia.

—Que no me dijo que no. Que me dijo que no entonces . —Domingo se encogió dentro de la chaqueta de punto—. Y esas dos cosas se escriben igual y no son lo mismo.

—Se escriben igual porque son lo mismo —dijo Elvira.

—No son lo mismo.

—Domingo, si yo hubiera querido decir «todavía no», habría dicho «todavía no». Que yo hablaba castellano en el setenta y nueve igual que ahora.

—Pero luego te casaste.

—Con Fermín. Que no eras tú.

—Ya sé que no era yo, que fui a la boda.

—Pues eso.

Ahí Iñigo, que llevaba veinte minutos sin hacer una foto, hizo tres seguidas, porque los dos habían callado a la vez mirando la mesa con la misma cara y no había manera de saber cuál de los dos estaba ganando.

Lo que vino después lo contaron entre los dos y sin pelearse, que fue lo que más impresión le hizo.

Ella se casó con Fermín en el ochenta y uno y tuvo dos hijos.

Él se casó con Marisa en el ochenta y dos y tuvo tres.

Coincidieron en tres bodas y dos entierros a lo largo de cuarenta años, siempre con las respectivas parejas, y siempre se saludaron bien.

Fermín murió y cuatro años después murió Marisa.

Y una mañana de martes, en la sesión de jubilados de La Aurora, Elvira se estaba atando un patín en el banco de la derecha y levantó la cabeza.

—Y ahí estaba este —dijo—, con el mismo abrigo.

—No era el mismo abrigo.

—Era clavado.

—Era otro, pero clavado —admitió Domingo.

Vienen los martes desde entonces. A veces también los viernes. Van juntos a todas partes, tienen una llave el uno de casa del otro y los hijos de los dos lo saben y están conformes.

Y no se han casado.

—Ni nos vamos a casar —dijo Elvira.

—Yo sí.

—Tú sí porque a ti no te quitan nada.

Celia levantó la vista de la libreta.

—¿Cómo que no le quitan nada?

—Yo cobro la de Fermín —dijo Elvira—. La viudedad. Y si me caso, me la quitan.

—¿Eso es así?

—Eso es así de toda la vida.

—Eso ahora tiene excepciones —dijo Domingo—. Se lo he dicho cuarenta veces. Por la edad y por lo que cobra, se lo he dicho.

—Y yo te he dicho cuarenta veces que yo no me fío.

—Elvira se giró hacia Celia otra vez—. Mire, yo tengo setenta y siete años y cobro seiscientos y pico euros y vivo de alquiler.

Y me pueden decir en una ventanilla lo que quieran, que el día que me lo quiten no viene nadie a arreglármelo. Así que no.

—Yo tengo piso —dijo Domingo.

—Tú tienes piso.

—Yo tengo piso y no tengo que pedirle permiso a nadie.

—Pues eso es lo que te estoy diciendo, hombre de Dios. —Elvira levantó las dos manos—. Que decir que sí te sale gratis a ti y me cuesta seiscientos euros al mes a mí, y así cualquiera es romántico.

Domingo abrió la boca y la cerró.

—Ahí me ha dado —dijo, a nadie en particular.

Recogieron a la una y media. Se despidieron con dos besos de todo el mundo, incluida Ruth, y le dijeron a Celia que si volvía un martes le presentaba a una señora que llevaba viniendo desde el setenta y cinco.

En la puerta, Domingo se retrasó un poco.

—Oiga —le dijo a Iñigo, en voz baja—. Lo del carrete.

—Dígame.

—Que me lo gasté a propósito.

Él se lo quedó mirando.

—¿A propósito?

—Yo qué sé. —Domingo miró hacia la calle, donde Elvira se estaba poniendo los guantes—.

Yo lo he contado siempre como una torpeza, y hace tres años, en el médico, esperando, me di cuenta de que llevaba todo el carrete gastado antes de arrodillarme y de que yo era muy apañado con la cámara.

—Se subió la cremallera—. A lo mejor no quería fotos.

A lo mejor por dentro ya sabía cómo iba a acabar aquello y no quería que quedara.

—¿Se lo ha dicho a ella?

—No, hombre. —Se rio—. Bastante tengo con lo del abrigo.

Y en el coche, con el trípode en el maletero y el sol de las tres pegando en el parabrisas, Celia estuvo veinte minutos sin decir nada y luego dijo:

—Es la mejor que vamos a tener.

—Falta gente.

—Ya sé que falta gente. Y aun así.

—Aun así.

—Es que tienen las dos versiones a la vez, ¿entiendes? —Puso la mano en el salpicadero—. Él dice que fue un «todavía no» y ella dice que fue un no, y llevan desde entonces sin ponerse de acuerdo, y están los dos ahí, juntos, los martes. Eso no lo escribe nadie.

Volvieron a casa a las tres y media, con la tarjeta llena y la libreta de Celia con doce páginas, y con esa cosa rara que pasa cuando un trabajo sale mejor de lo que esperabas y todavía no se lo has contado a nadie.

Celia dejó el bolso en el suelo del pasillo, al lado de las cajas, y siguió de pie en la cocina bebiendo agua del grifo directamente del vaso de la encimera, que era una cosa que hacía cuando estaba contenta y que no hacía nunca cuando no lo estaba.

—«Y así cualquiera es romántico» —dijo—. Es que se lo ha soltado. Se lo ha soltado y él se ha quedado sin argumentos.

—Lo mejor es que él tenía razón en lo de las excepciones.

—Tenía razón y da igual. —Dejó el vaso—. Ella no está hablando de la ley, está hablando de quién puede permitirse decir que sí. Y él tiene piso.

—Y él tiene piso.

—Y él tiene piso —repitió Celia, y lo dijo mirándolo a él, y luego se rio, porque los dos lo habían visto venir a la vez y a ninguno de los dos le apeteció recogerlo.

Él se apoyó en el marco de la puerta.

—Hoy has estado muy bien.

—Hoy no he hecho nada. Hoy me han hecho la entrevista ellos.

—Has esperado tres segundos después de lo de la abuela Petra.

—Eso sí.

—Eso es todo el trabajo. —Se acercó—. Y luego lo del carrete, que eso lo has provocado tú con lo del objeto.

—Lo del objeto funciona siempre.

—Lo del objeto funciona siempre.

—Es una pregunta buenísima —dijo Celia, y se le puso una cara de vanidad tan poco disimulada que a él le dio la risa, y ella le dio con el trapo, y después no hubo mucha más conversación.

Fue distinto a la otra vez.

Fue de día, con la persiana subida y la luz de las cuatro entrando de lado, y sin nada colgando encima de la cabeza de nadie, y con la ropa de trabajo tirada por el pasillo, la de él y la de ella, encima de las dos cajas y por todas partes.

Se reían. Eso fue lo que más le sorprendió después: que se rieron bastante, que ninguno de los dos se paró a comprobar nada, y que ella dijo una tontería a mitad y él se rio con la boca en su cuello y perdieron el ritmo entero y les dio igual.

—Espera —dijo Celia en algún momento.

—¿Qué.

—Nada. Sigue.

—Que qué pasa.

—Que estoy contenta —dijo—. Eso es todo. Sigue.

Y después Estuvieron encima de la cama a las cinco y cuarto de la tarde, sin tener que estar en ningún sitio hasta el día siguiente, con el edredón por la mitad y el frío entrando por debajo de la puerta.

Estuvieron un rato sin hablar, oyendo a los vecinos de arriba arrastrar una silla.

—¿Sabes qué es lo raro? —dijo ella—. Que hoy no me he acordado ni una vez.

—¿De qué.

—De la foto. De internet. De nada. —Se estiró—. Ocho horas seguidas sin acordarme. Eso no me pasaba desde diciembre.

—A mí tampoco.

—Pues qué bien, ¿no?

—Muy bien.

—Diecinueve grados —dijo ella.

—Diecinueve grados.

—Súbelo a veinte y no se lo cuentes a nadie.

Iñigo fue al pasillo descalzo, subió el termostato dos rayitas en vez de una, y volvió antes de que ella se diera cuenta.