10
El problema no era que hubiera tres letras. El problema era que las tres habían usado tres criterios distintos y ninguna se había molestado en explicar el suyo.
—¿Qué es «el del jersey»? —preguntó Celia.
—Un chico que llevaba un jersey.
—¿Y eso por qué lo apuntó?
—Porque me acordaba del jersey y no del apellido.
Llevaban dos horas en el despacho, con el flexo encendido y la estufa eléctrica a los pies, y Teresa contestaba a todo sin levantar la vista de un catálogo de maquinaria de segunda mano.
Montó el sistema en la primera media hora, que era lo que solía tardar.
Una hoja de cálculo con nueve columnas. Número correlativo, fecha, fecha aproximada sí o no, nombre uno, nombre dos, respuesta, letra que la escribió, anotación al margen, estado físico de la hoja.
Fotografiaba la entrada con el móvil en un soporte, tecleaba, pasaba página con las dos manos y sin abrir el libro más de noventa grados, que era lo que le habían dicho por teléfono aquella misma mañana.
—Usted no lo abra del todo —le había dicho la restauradora—. Y sobre todo, si hay hojas pegadas, no tire.
—¿Y cómo las separo?
—No las separa usted. Se humedecen en cámara, y eso lo hace alguien y cuesta un dinero, y no le puedo decir cuánto sin verlo.
—Un ruido de fondo de taller—. Si lo que quiere es leerlas, hay otra manera.
Póngalas a contraluz. Si la tinta es de las de antes, se le va a ver lo suficiente para que usted se lleve un disgusto.
—¿Un disgusto?
—Porque se lee la mitad. Y la mitad es peor que nada.
La restauradora se llamaba Elsa y hablaba con esa impaciencia amable de la gente que lleva veinte años viendo a aficionados destrozar cosas con buena intención.
—¿Me lo puede presupuestar? —dijo Celia.
—No por teléfono.
—Es que necesito una cifra para pedir dinero.
—Ya, y yo necesito ver el papel para darle una cifra.
—Un ruido de cajón—. Le digo lo que puedo decirle sin verlo.
Que un bloque de cinco hojas puede salir por poco o por bastante según de qué tinta hablemos y según lo que haya hecho antes la gente con él.
Y que lo que encarece esto casi siempre no es la humedad. Es el celo.
—¿El celo?
—La cinta adhesiva. La gente pega las roturas con celo, y treinta años después el celo se ha comido el papel por debajo y hay que quitarlo hoja por hoja. —Elsa hizo una pausa—. ¿Hay celo?
Celia pasó dos hojas con las dos manos.
—Hay celo en la del 89.
—Pues ya me ha contestado usted a lo del presupuesto.
—Y otra cosa. Antes de tocar nada, ¿el escaneo primero o la restauración primero?
—El escaneo primero, siempre. Porque si el escaneo se hace bien, aunque luego se rompa el libro entero usted tiene el libro. Y porque yo prefiero trabajar sobre un objeto que ya está a salvo. —Otro ruido—. Y con escáner cenital, ¿eh? De los de arriba. Nada de aplastarlo contra un cristal.
Celia lo apuntó entero, y lo apuntó dos veces, porque era el primer consejo profesional gratis que le daban en tres semanas y porque le acababa de reordenar todo el presupuesto.
Las decisiones difíciles no fueron las de la humedad. Fueron las otras.
Qué hacer con las once entradas que solo traen un nombre, por ejemplo.
Baltasar apuntaba «Jose y la chica de Vallecas» y se quedaba tan ancho, y eso, en una hoja de cálculo, o es una entrada o no lo es.
Celia decidió que sí, que contaba, y abrió una columna nueva que se llamaba identificación posible con tres valores: sí, no, y quizá con ayuda.
Qué hacer con la del 2 de febrero de 1991, que tiene los mismos dos nombres que la del 14 de junio de 1989 y la misma respuesta las dos veces.
Se lo preguntó a Teresa y Teresa dijo que sí, que se acordaba, que aquella pareja se lo pidió dos veces con dos años de diferencia y que la segunda vez la mujer se echó a llorar y dijo que la primera no había contado porque él estaba bebido.
—¿Y contó la segunda?
—Se casaron. En el noventa y dos. —Pasó una página del catálogo—. Y se separaron en el noventa y siete, si es que quiere usted el final.
—No sé si quiero el final.
—Pues entonces no lo apunte.
Qué hacer, sobre todo, con la del 4 de abril de 1996, en la que la letra de colegio había escrito los dos nombres y luego había tachado el segundo con dos rayas y había escrito otro encima.
Ahí Celia estuvo diez minutos. Al final lo dejó como estaba y anotó en la casilla de observaciones: tachado en origen. No interpretar.
De las ochenta y una entradas, sesenta y cuatro estaban en buen estado. Doce tenían el papel ondulado por humedad antigua y se podían leer sin problema. Y cinco hojas, en el tramo de 1988 a 1993, formaban un bloque.
El bloque estaba en la esquina de arriba, del lado del lomo.
Lo había hecho una gotera del techo del despacho, arreglada hacía muchos años según Teresa y no del todo bien según la mancha.
Las cinco hojas se habían secado juntas.
Al pasar el dedo por el canto no se notaba dónde terminaba una y empezaba la siguiente.
Lo anotó en la columna nueve con una sigla que se acababa de inventar, BLQ, y siguió.
—Teresa, usted me dijo que había tres pendientes.
—Tres.
—Yo tengo dos.
Teresa pasó una página del catálogo.
—Pues siga buscando.
—Es que las he pasado todas menos las cinco del bloque.
—Ya.
—¿La tercera está ahí dentro?
—Yo lo que le he dicho es que hay tres.
Y hasta ahí llegó la conversación, y a Celia le quedó muy claro que aquello no era despiste, porque Teresa Belmonte no se despistaba, y que preguntar otra vez ese día no iba a servir de nada.
Las dos que sí había encontrado estaban documentadas y eran tristes de maneras muy distintas.
La primera era de 1983. Dos nombres, la fecha, y en la casilla de respuesta la palabra pendiente escrita con la pluma del padre de Teresa. Al lado, muchos años después y con lápiz, la letra pequeña había añadido: ella murió en el 84. Él vino hasta el 2001.
La segunda era de 2007, con la letra de colegio de Baltasar. Dos nombres de pila, sin apellidos, sin fecha exacta, solo el mes. Pendiente.
—De esos no sé nada —dijo Teresa—. Baltasar apuntaba lo que le apetecía.
—¿Y no se acuerda de ellos?
—Yo estaba en el banco esa temporada, con lo de la reforma. —Cerró el catálogo—. De esos años me acuerdo de los números.
Y hubo una entrada, la del 30 de mayo de 1985, que la tuvo veinte minutos.
Dos nombres, la fecha, la respuesta en mayúsculas. SÍ. Y en la casilla de la izquierda, encima del primer nombre, una segunda línea escrita con otra tinta y en otro momento, con la letra ancha del padre de Teresa pero más temblorosa:
(la misma del 79)
Celia buscó el setenta y nueve. Y ahí estaba la mujer, con otro hombre, con otra fecha y con un NO.
—Teresa.
—Dígame.
—Esta señora sale dos veces.
—Muchas salen dos veces.
—Con dos hombres distintos.
—Y algunas con tres. —Teresa no levantó la vista del catálogo—. Esto lleva abierto medio siglo, hija.
Celia abrió una columna nueva que se llamaba reincidencias y a la media hora la cerró, porque le pareció una palabra horrible y porque, mirándolo bien, no era información sobre nadie. Era información sobre una pista de hielo de barrio a la que la gente volvía.
A mediodía Celia bajó a por un café de la máquina y se encontró a Marga fregando el pasillo de las taquillas en diagonal, dejando el carril seco de siempre.
—Cuidado con la esquina.
—Voy con cuidado.
Marga siguió fregando. Después, sin levantar la cabeza:
—Usted es la que está con el libro.
—Soy la que está con el libro.
—Ahí hay de todo.
Se paró con el vaso en la mano.
—¿Usted lo ha visto?
—Yo no lo he visto nunca. —Marga escurrió la fregona—. Yo estaba aquí.
—¿Aquí?
—Aquí. —Dio dos golpecitos con el palo en el tabique de la izquierda, ese tabique fino de bloque pintado que separaba el pasillo de las taquillas de la esquina de la pista donde estaba la puerta pequeña—.
Yo friego a las siete y a las once, y cuando friego, oigo.
La gente se cree que porque no me ve no estoy.
—¿Y qué oye?
—Todo. —Volvió a meter la fregona en el cubo—. Discusiones, sobre todo. Y luego lo otro, que también.
—Marga, eso a mí me interesa muchísimo.
—Ya me lo imagino. —Se apartó para dejarla pasar—. Pero yo eso no lo voy a contar delante de una cámara, porque yo aquí friego y la gente tiene derecho a que la que friega no hable.
Volvió a la escalera con el café en la mano, con la sensación exacta de haber encontrado una fuente de primer nivel y de tener que dejarla en el sitio.
—¿Y sin cámara?
La miró un segundo por encima del cubo.
—Depende de qué me pregunte usted.
—Se lo pregunto ahora, entonces.
—Ahora estoy fregando.
—Marga.
—Que estoy fregando, hija. —Pero no se movió del sitio, que era otra manera de contestar—. Mire, yo aquí he oído a mucha gente. Y de todo lo que he oído, lo que menos se me olvida no es lo que se dicen cuando dicen que sí.
—¿Y qué es?
—Lo que se dicen a los diez minutos, cuando ya se ha ido todo el mundo y están recogiendo los abrigos. —Escurrió—. Ahí es donde se ve.
Y continuó fregando.
A la una menos cuarto pasó por la ventanilla y Rosalía estaba allí, esperando a que Amancio terminara el chocolate, con el abrigo abrochado y la bolsa de los patines en el suelo.
—Llegó el jueves —dijo.
—El viernes, dijimos.
—Llegó el jueves, y por correo, y con una nota. —Rosalía se subió el bolso—. Se lo puse a mi hija en la tele el domingo. Once minutos, ¿verdad?
—Once.
—Once minutos. —Se colocó la bufanda—. Mi hija estuvo llorando desde el minuto dos, que a mí me pareció una exageración, y luego lo puso otra vez. Y luego se lo mandó a su hermano.
—Me alegro mucho.
—Y una cosa. En la nota ponía que si necesitaba otra copia le escribiera.
—Claro.
—Escríbame usted a mí el número de esa chica, la de la cámara. La alta.
—Ruth.
—Ruth. —Rosalía se lo apuntó en la mano con un boli—. Que le voy a mandar algo por Reyes, aunque sea tarde.
Cuando volvió al despacho, la estufa estaba apagada y Teresa no estaba.
Marga entró detrás de ella con el cubo, miró la mesa y dijo, en el mismo tono en que había dicho lo del tabique:
—Hoy no le dé mucha guerra, que hoy cumple ochenta.
Celia levantó la cabeza.
—¿Hoy?
—Hoy.
—¿Y no ha dicho nada?
—Ni lo va a decir. —Marga empezó por la esquina de la ventana—. Llevo veintitrés años trabajando aquí y lo sé porque lo vi una vez en un papel del banco. Los cumple hoy y viene a trabajar, como todos los años, y si le dice usted algo se enfada.
—¿Se enfada de verdad o se enfada de mentira?
Lo pensó mientras pasaba la fregona por debajo del archivador.
—De verdad —dijo—. Pero luego se le pasa a la semana siguiente.
Bajó por la escalera con la hoja de cálculo abierta en el portátil, sesenta y nueve entradas catalogadas, cinco hojas que no podía tocar, una fuente que no quería salir en cámara y una mujer de ochenta años cobrando doce euros en la ventanilla.
Se paró en la ventanilla al pasar. Teresa estaba dentro, con la rebeca de siempre, cobrándole a un padre dos sesiones y un alquiler de patines, y contando el cambio en voz alta.
—Doce, catorce y dieciséis. Los calcetines son aparte.
—¿No van incluidos?
—No van incluidos desde el noventa y ocho.
Celia se quedó en la puerta con la mano en la barra un segundo de más, y después salió sin decir nada, porque una mujer que ha decidido que su cumpleaños no existe tiene derecho a que su cumpleaños no exista.
En el descansillo se paró y sacó la libreta.
Presupuesto: escribió. Entrevista 1 hecha. Queda 1 pagada. Faltan 4 sin financiar. Escaneo sin resolver. Bloque de 5 hojas: presupuesto de restauración, pedir.
Y debajo, más pequeño:
Hoy no felicitar.