Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 9
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De treinta niños, tenía veintiséis papeles firmados, dos sin devolver y dos noes.

Uno de los noes era el de la madre de Nayra, que se llamaba Fátima, que fue muy amable por teléfono y muy clara: su hija no salía en internet, ni en un documental, ni en un archivo, ni en nada. Que no era por ellos. Que era que no.

—Lo entiendo de sobra —dijo Celia, y lo entendía, y colgó con ganas de tirar el teléfono a un río.

Porque Nayra tenía ocho años, era la mejor de los treinta con una diferencia insultante y llevaba el pelo con dos trenzas que se le salían del casco, y en cualquier montaje del mundo Nayra era el plano.

El otro no era el de un padre que puso tres condiciones, y una era ver el material antes. Celia dijo que no, y estuvo dos días arrepintiéndose y sabiendo a la vez que era lo único que se podía decir.

El sábado a las nueve y veinte estaba en la puerta pequeña con la carpeta de las cesiones, un rotulador y un problema de encuadre.

—A ver si lo he entendido —dijo Bea, que llevaba el silbato colgado y los conos debajo del brazo—. Que la que no puede salir es Nayra.

—Nayra y Óscar.

—Óscar da igual, que Óscar se queda siempre en la barandilla. —Bea miró la pista—. Pero Nayra va por delante en todo. Si la saco de la fila, se me nota. Y si la pongo detrás, la tengo llorando cuatro sábados.

—¿Y si va delante pero yo no la cojo?

—Eso lo tienes que resolver tú, guapa, que la cámara la pones tú.

Lo resolvieron en once minutos, con un cono naranja marcando el límite del plano y con Ruth cambiando de sitio dos veces. Le tocó el eje corto, de espaldas al despacho, y perdió la mitad buena de la luz de los lucernarios, que era exactamente la que había venido a buscar.

Anotó en la libreta: cesiones = encuadre. La próxima vez se piden en octubre.

Y debajo, porque era honesta cuando escribía sola: lo del primer día no vale. Tíralo.

De las tres horas de material del primer día del invierno, la parte de los niños no la podía usar.

La había grabado sin un solo papel firmado, con Bea repartiendo calcetines y treinta críos entrando por la puerta pequeña, y la luz de aquel día era la mejor que iba a tener en todo el invierno.

Lo supo mientras lo grababa. Lo grabó igual.

Eso no se lo contó a Nieves cuando Nieves le pidió que lo publicara. No se lo contó por vergüenza, y no por la vergüenza jurídica, sino por la otra: la de haber hecho en diciembre una versión pequeñita de lo que ya le había costado una sociedad en octubre.

A las nueve y veinticinco llegó Vanesa con Bruno de la mano y con la cesión firmada, la fecha puesta y el DNI fotocopiado por las dos caras, que era más de lo que había pedido nadie.

—Te la traigo bien, ¿eh? —dijo—. Que ya he aprendido.

—Con la firma bastaba.

—Ya, pero yo ya no me fío de mí.

Celia le dio las gracias y se guardó la fotocopia, y las dos se quedaron un segundo con esa cosa que se les había quedado entre las dos y que ninguna de las dos iba a nombrar en un vestuario a las nueve y veinticinco de la mañana.

A las nueve y media entró la clase.

Celia había visto trabajar a mucha gente y sabía distinguir en tres minutos a quien sabe de quien se defiende, y con Bea le bastaron dos.

Lo primero fue que no empezó por la pista. Empezó por la puerta, contando cabezas en voz alta, y a la altura del catorce se paró y le dio la vuelta a un niño para mirarle la nuca.

—Casco al revés.

—Es que me aprieta.

—Es que va al revés. —Se lo giró—. Ahora aprieta bien.

Lo segundo fue que a los treinta segundos ya había repartido a los treinta en tres grupos sin que ninguno se enterara de que los estaban separando.

El grupo de la barandilla, el grupo del centro y los cuatro de arriba, que iban con Sasha detrás de los conos y a los que no volvió a mirar en veinte minutos porque no lo necesitaban.

Lo tercero fue Bruno.

Bruno tenía seis años y se caía todo el rato, y Bea no le dijo ni una sola vez que no se cayera.

—Bruno. Cuando te caigas, ¿qué hacemos?

—Ponerse de rodillas.

—Las dos.

—Las dos.

—Y luego una y luego arriba. Venga.

Y Bruno se cayó, y se puso de rodillas, y se levantó él solo, y Bea ya estaba a cuatro metros mirando a otra cosa, porque en ese momento Nayra había decidido que quería hacer un giro que no tocaba.

—Nayra. Al cono.

—Es que ya me sale.

—Ya sé que te sale. Al cono.

—Pero es que...

—Nayra, tú vas a hacer eso en marzo y lo vas a hacer bien. Hoy vas al cono. —Y sin cambiar de tono, hacia el otro lado—: Sasha, no le enseñes eso a Adrián, que Adrián lleva tres semanas.

Sasha, once años, se paró en seco con la cara del que iba a hacer exactamente eso.

Y lo cuarto, que fue lo que a Celia le hizo cerrar la libreta, fue el minuto veinte.

En el minuto veinte los cuatro de arriba estaban aburridos, los quince del centro estaban cansados y los once de la barandilla habían descubierto que la barandilla se puede usar de columpio. Treinta niños con tres planes distintos y ninguno era el plan de Bea.

Bea sopló el silbato una vez, corta.

—Carrera. De la puerta pequeña al banderín.

—¿Todos?

—Todos. Y los de la barandilla van con la barandilla.

—¡Eso es trampa!

—Eso es que tienen seis años, Nayra.

Ganó Sasha. Llegó segundo Adrián, que llevaba tres semanas y que no se lo creía, y Bea le dio dos palmadas en el casco y le dijo que eso era porque había hecho el giro con las rodillas dobladas y no porque hubiera corrido más.

Adrián se pasó el resto de la clase con las rodillas dobladas.

Celia bajó la cámara y se rio, y se rio por algo que no tenía nada que ver con ellos dos, que era una cosa que no le pasaba desde diciembre.

A las once, cuando salieron los últimos y el vestuario era una sola pieza de gritos y calcetines largos por el suelo, Bea se sentó en el banco de la izquierda con las piernas estiradas y la cara de las once de un sábado.

—¿Te ha valido?

—Me ha valido. —Celia se sentó a su lado—. Oye, una cosa técnica. La clase, ¿de quién es exactamente?

—Del club. Del Alameda.

—O sea que tú no eres de aquí.

—Yo soy del club. —Bea se soltó el pelo y se lo volvió a atar—. El club le alquila a Teresa la franja de los sábados de nueve y media a once desde hace catorce años, y a mí me contrata el club para coordinar la escuela. Teresa pone el hielo. El club pone el seguro, las licencias y a mí.

—Y cuando cierre La Aurora, el club sigue existiendo.

—El club sigue existiendo y no tiene hielo. —Lo dijo sin dramatismo, mirando los calcetines del suelo—. Un club de patinaje sin pista es una asociación de gente que se manda correos.

—¿Y qué hay?

—Hay una pista municipal.

—¿Una?

—Una. —Bea levantó dos dedos—. A cuarenta minutos en coche sin tráfico, o sea a una hora. Y los sábados por la mañana la tienen ocupada de nueve a dos con hockey, que llevan allí desde siempre y hacen bien en no soltarla.

—¿Y otra franja?

—Domingo a las ocho de la mañana.

—Ah.

—Sí. —Bea se rio sin ganas—. Prueba tú a llevar a un niño de seis años a una hora de casa un domingo a las ocho, dos veces. A la tercera te dice la madre que se apunta a fútbol sala, que está abajo.

Celia apuntó eso también, y mientras lo apuntaba vio que llevaba quince días trabajando en un archivo sobre lo que se pierde y no había preguntado ni una vez qué se perdía exactamente.

—El martes llamé al distrito —siguió Bea—.

Me han contestado el jueves. Me dicen que la franja del sábado en la municipal está adjudicada hasta junio y que puedo entrar en la lista para la temporada que viene, si presento la solicitud antes de febrero y si el club acredita el seguro y deposita la fianza.

—¿Y eso cuánto es?

—Dos mil ochocientos entre las dos cosas. —Bea se puso de pie—. Y la temporada que viene es septiembre. O sea que aunque me lo den, de marzo a septiembre estos treinta no patinan. Y de treinta te vuelven diez.

En la puerta del vestuario, Marga esperaba con el cubo a que salieran para poder fregar.

Fuera, en la cafetería, había cuatro personas desayunando que no eran del barrio.

Bea sacó el móvil y se lo enseñó por encima del hombro mientras andaban.

—Esto te lo iba a mandar luego. El formulario.

—¿Cuántos van?

—Trescientos cuarenta y uno en once días.

Se paró en medio del pasillo.

—¿Trescientos cuarenta y uno?

—Y no son todos de aquí, ¿eh? Hay gente de Zaragoza. —Bea le pasó el móvil—. Y hay tres o cuatro que son para ti.

Celia bajó por la lista. Estaba mal ordenada, tenía faltas y la mitad eran recuerdos de gente que había ido a un cumpleaños en 1998.

Pero a la altura de la respuesta noventa y siete había una mujer que escribía desde Guadalajara y que decía, en cuatro líneas y sin faltas, que su madre le había dicho que no a su padre en aquella pista en el año setenta y nueve, delante de la familia entera, y que si les interesaba se lo preguntaba.

Y más abajo había dos más.

Ahí estaba, en un formulario que no era suyo, en una campaña que ella no había pedido, colgando de una foto que llevaba dos semanas desmintiendo.

Bajó el móvil y le quedó una sensación bastante desagradable en el estómago, que era la de estar delante de exactamente lo que necesitaba.

—¿Te lo reenvío? —dijo Bea.

—Sí.

—¿Todo o solo esas tres?

Celia miró la pantalla un segundo más.

—Todo.

Subió al despacho antes de irse, con la carpeta de las cesiones debajo del brazo, porque aquello había que decirlo en persona.

Teresa estaba en la mesa con el flexo encendido a las once y media de la mañana y una carta del banco abierta delante.

—Trescientas cuarenta y una personas han escrito contando su historia —dijo Celia—. En once días. Hay tres que sirven para el archivo y una es la mujer del setenta y nueve, la del no.

Teresa dejó la carta.

—Elvira Nadal.

—¿La conoce?

—Viene los martes.

Celia estuvo con la boca abierta medio segundo.

—¿Viene los martes?

—Los martes y a veces los viernes. Con Domingo. —Teresa se quitó las gafas—. Están los dos vivos, los dos viudos y los dos aquí, a veinte metros de donde usted ha estado grabando esta mañana.

—¿Y por qué no me lo había dicho?

—Porque no me lo había preguntado usted. —Volvió a ponerse las gafas—. Y porque yo no le voy a dar a nadie el nombre de un cliente mío. Si le escribe la hija, es otra cosa. Eso lo ha decidido la hija.

Celia se sentó en la silla de enfrente sin que la invitaran.

—Teresa, esas trescientas cuarenta y una personas han escrito en un formulario de la campaña de Bea.

—Ya lo sé.

—Y la campaña de Bea existe porque hay una foto.

—Ya lo sé.

—¿Y a usted eso no le...?

—A mí eso me da igual —dijo Teresa—. Yo he leído su desmentido, y usted no ha mentido, y con eso a mí me basta. Lo que hagan trescientas cuarenta y una personas con su tiempo libre no es asunto mío ni suyo.

—Ya, pero yo voy a usar ese material.

—Pues úselo. —Teresa dio dos golpecitos con la uña en la carta del banco—. Y una cosa, que se lo digo hoy porque hoy me han contestado. El comprador entra el lunes siguiente al cierre. Ese lunes esto ya no es mío. O sea que su archivo tiene fecha, y la fecha no depende de usted ni de mí.

—¿El lunes de después?

—El lunes de después. —Cerró la carpeta del banco—. Lo del libro, lo de las seis parejas y lo de la señora del setenta y nueve, todo eso tiene que estar hecho antes. Después habrá una empresa metiendo máquinas.