8
Rosalía Tejada les dio cita para un martes a las diez y cuarto y les dijo que llegaran a y diez, porque a las diez y cuarto empezaba ella y no iba a esperar a nadie.
Llegaron a las nueve y media, que es lo que hace un equipo cuando lo paga el cliente por jornada completa: Ruth con la cámara y el trípode, Lucas con la pértiga y una maleta de la que salían cables durante media hora, Celia con la libreta, y él con dos cuerpos y el objetivo corto.
En esa hora y media, Lucas descubrió que la cafetería tenía un frigorífico industrial que se oía en las tomas, Ruth descubrió que la luz de los lucernarios cambiaba entera cada vez que pasaba una nube, y Celia descubrió que la sesión de los martes empezaba a las diez y no a las diez y media, que era lo que ponía en el cartel de la puerta desde hacía ocho años.
—El cartel está mal —dijo Kike.
—¿Desde cuándo?
—Desde que lo pusieron.
A las diez y catorce, Rosalía entró por la puerta de aluminio empujando a Amancio Bru por el codo, los dos con el abrigo abrochado hasta arriba, y sin mirar a la cámara ni una vez fue derecha al banco de la izquierda del vestuario, el tercero, que era el suyo.
—Buenos días —dijo Celia.
—Buenos días. Empiezo yo, que si no se me enfría.
Se sentó en el suelo, con las rodillas dobladas hacia un lado, y le puso los patines a Amancio empezando por el pie derecho.
Lo hacía deprisa. Tiraba del cordón desde abajo, dos ojales, tiraba otra vez, dos ojales, y cuando llegaba arriba se enrollaba el sobrante en la mano y remataba con un nudo doble muy apretado.
Setenta y ocho segundos por pie. Iñigo los contó porque contar le servía para no hacer otra cosa.
—Usted es el de las fotos —dijo Rosalía sin levantar la cabeza.
—Iñigo.
—Ya. Póngase ahí, que si se pone delante me tapa la luz.
Amancio miraba el techo del vestuario. Ochenta y muchos años, las manos grandes y muy limpias y la cara tranquila de un hombre que está a gusto en un sitio caliente. Cuando Rosalía terminó el segundo pie, él le puso la mano encima de la cabeza un segundo, sin apretar, y la quitó.
—Vamos —dijo ella.
En la pista los esperaba Kike, que había pasado a Gloria a las diez en punto para ellos, y el hielo estaba entero y liso, sin una marca. La sesión de jubilados de los martes eran once personas y a esa hora habían llegado cuatro.
Rosalía sacó a Amancio a la barandilla, se puso a su izquierda, le cogió la mano derecha y la puso sobre el tubo.
Y anduvieron.
No patinaron. Anduvieron, veinte metros, agarrados los dos al mismo tubo, con Amancio arrastrando los pies como quien camina por un pasillo de hospital, y ella al lado hablándole de cosas sin importancia en un tono normal, ni alto ni de cuidar a nadie.
Que si el pan lo habían comprado ayer. Que si el jueves venía Mari Carmen.
Tardaron once minutos en dar media vuelta a la pista.
Ruth grabó los once minutos enteros sin que nadie se lo pidiera, y a Iñigo le sonó a una decisión de una profesional.
Él hizo cuatro fotos y luego bajó la cámara y no volvió a levantarla.
No era por pudor. Era que desde donde estaba, con el corto, lo único que salía era una pareja de espaldas agarrada a un tubo, y esa foto la había hecho ya doscientas veces en residencias, en hospitales y en pasillos de urgencias, y sabía exactamente cómo quedaba y para qué servía.
Lo que estaba pasando allí no era eso, y él no sabía todavía qué era.
Después Rosalía lo sentó en la primera fila de la grada con un chocolate de la máquina, se quitó los guantes y dijo:
—Bueno. Ustedes querían hablar.
Se sentaron en la cafetería, en la mesa de la esquina, con la cristalera a la espalda y Amancio a diez metros a la vista, y Lucas le puso el micro de solapa y ella se lo colocó mejor.
—Antes de nada, dos cosas —dijo Rosalía—. La primera, que yo esto lo hago con una condición.
Celia dejó el boli.
—Usted dirá.
—Que me graben a él en el hielo y me den una copia. En un pincho de esos.
—Eso ya lo hemos grabado esta mañana.
—Ya lo he visto que lo han grabado. Yo lo que quiero es la copia.
—Rosalía se ajustó la rebeca—. Llevo dos años queriendo pedírselo a alguien y no tengo a quién.
Mi hijo vive en Bilbao y con el teléfono le tiembla el pulso, y aquí el único que tiene cámara es el chico de las fotos, y hasta la semana pasada yo no sabía que existía usted.
—La tendrá el viernes —dijo Celia.
—Que sea el viernes, sí, porque el sábado viene mi hija.
—El viernes.
—Y la segunda cosa. —Se giró un poco hacia Iñigo, que era el que tenía la cámara colgada—. No me lo saquen malito. Sáquenlo como está. Pero no me lo saquen malito, que a mí me lo van a ver los nietos.
Iñigo dijo que sí y no dijo nada más, porque llevaba veinte años oyendo peticiones parecidas y aquella era de las claras.
La entrevista duró cincuenta minutos y la llevó ella entera.
Rosalía Tejada contaba como declara un perito. Hora, sitio, tiempo que hacía, quién estaba y qué llevaba puesto cada uno. Ni un adjetivo. Cuando Celia le preguntaba por lo que había sentido, ella contestaba con lo que había hecho, y cuando insistía, contestaba con lo que había hecho otra persona.
—Fue el ocho de enero del setenta y dos, un sábado, sesión de tarde.
Él había venido tres domingos seguidos y yo ya sabía que no venía a patinar, porque no sabía y no aprendió nunca.
—Miró un momento hacia la grada—. Se puso de rodillas en el hielo, ahí, más o menos donde está ahora la puerta pequeña, y se le mojó el pantalón entero, y luego estuvo toda la vuelta a casa con el pantalón mojado en enero, que eso a mí me pareció más de valorar que lo otro.
—¿Y qué dijo?
—Lo que dicen todos.
—¿Que era?
—Que si quería casarme con él. —Rosalía la miró—. No hay muchas maneras.
Celia bajó la vista a la libreta un segundo. Iñigo, que estaba de pie a dos metros con la cámara en la mano, se dio cuenta de que llevaba once minutos sin hacer una sola foto.
—¿Y qué contestó usted?
—Yo le dije que se levantara.
—¿Y luego?
—Y luego le dije que sí, pero primero le dije que se levantara, que es lo que hay que decir primero. —Se estiró la falda sobre las rodillas—. Después fuimos a mi casa, se lo dijimos a mi madre, y mi madre le dio pan con aceite porque no había otra cosa. Eso lo cuenta él mejor.
—Una cosa —dijo Rosalía entonces, y levantó un dedo—. Que llevo toda la mañana viéndoselo en la cara a los dos y prefiero decirlo. Ustedes han venido pensando que esto es una historia bonita.
—No hemos venido pensando nada —dijo Celia.
—Han venido pensando que es bonita, y no pasa nada, que es lo que piensa todo el mundo.
—Se recolocó el micro de solapa ella misma, otra vez—.
Yo he estado casada media vida y de esos hay ocho que no se los deseo a nadie.
Se lo digo para que no se lleven una idea rara.
Lo del hielo fue un sábado. Lo demás fue lunes, martes y miércoles.
Ruth, detrás de la cámara, dejó de mover el foco.
Y siguió, y siguió, y en algún momento Iñigo vio que aquella mujer no estaba siendo fría. Estaba siendo exacta. Aquella era la única versión que quedaba de aquel día, porque el otro que estaba allí no la tenía, y ella lo sabía, y por eso no se permitía ni un adorno. Estaba haciendo un inventario.
—Una cosa que le quería preguntar —dijo Celia, y a Iñigo le sonó el cambio de tono, porque era el que ponía cuando iba a hacer la pregunta que traía escrita—. ¿Qué hicieron con el anillo?
—¿Con cuál?
—¿Hay más de uno?
—Hay dos.
Celia dejó el boli encima de la libreta.
—Cuénteme lo de los dos.
—El primero lo empeñamos en el setenta y nueve. Nos vimos apurados. —Lo dijo igual que había dicho lo del pan con aceite—. Y no lo sacamos, porque cuando tuvimos el dinero ya habían pasado los meses y se había perdido. Está en un monte de piedad de la calle Toledo desde antes de que usted naciera.
—¿Y no le dio pena?
—Me dio muchísima pena. —Rosalía se colocó la manga—. Pero es que teníamos una niña de dos años y en aquella casa no había ni para el butano, y lo que había que empeñar era eso o el reloj de su padre, y el reloj de su padre era de su padre.
—Que no es lo mismo —dijo Rosalía, y ahí, por un segundo, se le movió algo en la boca y se le pasó enseguida—. El anillo era mío y yo podía decidir. Eso también cuenta.
—¿Y el segundo?
—El segundo me lo compró por las bodas de plata y es mejor, y no vale nada. —Se encogió en la rebeca—. Lo tengo en un cajón porque ya no me entra. Yo, si tuviera que quedarme con uno, me quedo con el que está en la calle Toledo, y le voy a decir por qué, y luego usted apunta lo que quiera.
—Dígame.
—Porque el otro me lo dio cuando ya no había ninguna duda.
—Una cosa que le quería preguntar y que a lo mejor no se puede —dijo Celia—. ¿De qué se acuerda él?
Rosalía se estiró la falda sobre las rodillas.
—De pocas cosas y siempre las mismas.
—¿Como cuáles?
—Del ochenta y tres, que fue el año en que se le murió su hermano, y de eso se acuerda entero. —Miró hacia la grada—. De dos canciones. Y del olor del taller donde trabajó treinta años, que me lo dice a veces, así, de repente, en la cocina.
—¿Y de esto?
—De esto no.
—¿Nada?
—De la pista, nada. —Lo dijo sin bajar la voz y sin mirar a otro lado—.
Él viene los martes, se deja poner los patines, se agarra al tubo y anda veinte minutos.
Y si le pregunta usted qué es esto, le va a decir que es la pista de hielo.
Y si le pregunta si ha venido antes, le va a decir que sí, porque contesta que sí a todo, que eso lo hacen.
—¿Y entonces por qué lo trae?
Y ahí Rosalía Tejada la miró de una manera que Iñigo, desde el otro lado de la mesa, decidió no fotografiar.
—Porque a las once de la mañana de un martes está contento —dijo—. Y porque yo sí me acuerdo.
Celia estuvo un rato callada. Después preguntó lo que llevaba dos días queriendo preguntar, y a Iñigo se le notó en la espalda que sabía que iba a preguntarlo.
—Rosalía, ¿usted volvería a decirle que sí?
—Esa no es la pregunta buena.
—¿Y cuál es la buena?
Rosalía se rio, un sonido corto, de garganta, el primero de toda la mañana, y se levantó a mirar hacia la grada, donde Amancio se había terminado el chocolate y tenía el vaso de plástico en la mano sin saber dónde ponerlo.
—Ustedes son jóvenes —dijo—. Ya la encontrarán.
—Podría decírmela.
—Podría. —Se puso los guantes—. Pero es que si se la digo yo, no le sirve. Es como cuando te dan la respuesta de un crucigrama.
—Rosalía.
—Los martes a las once —dijo, y se fue hacia la grada—. Si quiere venir, viene.
—Le quiero enseñar una cosa —dijo Celia—. No la puedo sacar de aquí, pero le he hecho una foto.
Le pasó el móvil por encima de la mesa.
Era la primera hoja del libro de contabilidad, con la luz del flexo del despacho entrando por la izquierda y una sombra suya en la esquina de abajo. Tres columnas hechas a regla. Y en el primer renglón, escrito con pluma y letra inclinada:
Amancio Bru y Rosalía Tejada. 8 de enero de 1972. SÍ.
Rosalía cogió el móvil con las dos manos y se lo puso lejos, a distancia de brazo, que es como miran las cosas las personas que necesitan gafas y no las llevan puestas.
Estuvo así un rato largo.
—¿Esto lo apuntó el padre? —dijo.
—El padre de Teresa, sí.
—Yo no sabía que había un libro. —Se lo acercó un poco y lo volvió a alejar—. Cincuenta y tres años viniendo aquí y no sabía que había un libro.
—Somos ochenta y una parejas —dijo Celia—. Usted es la primera.
—¿La primera de todas?
—La primera de todas.
Rosalía dejó el móvil boca abajo encima de la mesa, con mucho cuidado, como se deja una cosa que no es tuya.
—Pues mire usted qué cosa —dijo.
Y se calló más durante ocho o diez segundos, que en una entrevista es una eternidad, y Ruth no cortó y Lucas no movió la pértiga y Celia no llenó el silencio, que fue, pensó Iñigo, lo mejor que hizo nadie en toda la mañana.
—Bueno. —Rosalía se estiró la falda—. ¿Queda mucho?
Cuando terminaron, Rosalía fue a la grada, le quitó a Amancio el vaso de plástico de la mano y lo tiró a la papelera, y le dijo algo que ninguno de ellos oyó.
Amancio miró la pista.
—Aquí me caí yo una vez —dijo.
—Aquí te has caído muchas veces —dijo Rosalía.
—Pues sí.
Y se rieron los dos, y fue la única cosa de toda la mañana que Iñigo se llevó puesta y que no supo dónde poner después.
Recogieron en veinte minutos. Lucas enrolló cables, Ruth guardó la cámara, y Celia se quedó en la mesa apuntando cosas con una letra muy pequeña, que era la que le salía cuando estaba conforme.
Iñigo salió a la calle a cargar el trípode y se quedó fuera un momento, con el frío en las orejas y el rótulo de LA AU RO A encima.
Llevaba desde el vestuario dándole vueltas a lo mismo y por fin lo tenía en una frase, aunque la frase no le gustaba nada.
Había pasado cinco días pensando que su problema era logístico. Que había hecho una pedida y le había salido mal, y que lo que tocaba era organizar otra mejor, con más cuidado, en un sitio sin gente. Un problema de producción, prácticamente.
Y acababa de ver a una mujer de ochenta y tantos años atar dos patines en dos minutos y medio, toda una vida después de haber dicho que sí, y de aquello no había ninguna versión buena que hubiera podido organizar nadie.
No tenía ni idea de qué hacer con eso.
Rosalía apareció en la puerta con Amancio del brazo, ya con los zapatos puestos y la bolsa de los patines colgada del hombro de él, que era el que la llevaba.
—El viernes —dijo ella.
—El viernes.
—En un pincho. Que yo del ordenador no sé.
—En un pincho.
—Y una cosa. —Se paró en el escalón—. Lo de la foto suya de la que habla todo el mundo. Yo no la he visto, que no tengo eso. Pero mi hija me la ha contado.
Iñigo esperó.
—El anillo se le cayó, ¿no?
—Se me cayó.
—Ya. —Rosalía asintió una sola vez, muy despacio, y bajó el escalón—. Pues fíjese, a él también se le mojó el pantalón.