Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 7
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El sobre llegó el martes, cuatro días tarde y con una esquina doblada, y estuvo diez horas encima del microondas, que era donde la vecina del segundo dejaba el correo de los buzones que se atascaban.

Lo vio al entrar. Papel de barba, de los caros, con el matasellos corrido y una letra grande y muy inclinada que ponía su nombre y la dirección de Iñigo, y en la esquina de arriba, escrito con el mismo bolígrafo, Cantaloya (Segovia) .

—Le he subido eso —dijo la vecina del segundo desde su puerta, sin salir del todo—. Que se les atasca el buzón. Yo se lo dejo encima del microondas y ustedes ya lo cogen.

—Muchísimas gracias, Maite.

—Y llevaba ahí desde el jueves.

—¿Desde el jueves?

—O desde el miércoles. —La puerta se cerró tres cuartos—. Es que yo tampoco estoy para andar mirando.

Lo cogió con dos dedos, lo llevó a la mesa de la cocina y no lo tocó más.

Lo peor de todo, y esto lo pensó a mediodía mientras se hacía unos macarrones y miraba el sobre a metro y medio, era que no se acordaba.

De la suya, digo. De la que había escrito ella.

Se acordaba de la cocina de Sagrario, del hule de cuadros, de que se le había acabado el bolígrafo a la mitad y de que había tenido que pedirle otro.

Se acordaba de haberla cerrado con la lengua, con esa cola asquerosa de los sobres baratos, y de habérsela metido en el bolsillo del abrigo cuando Sagrario estaba de espaldas.

Y se acordaba, sobre todo, de la frase del final, que era la única que sabía de memoria y la única que no quería decir en voz alta.

Lo de en medio no. Lo de en medio eran cuatro o cinco párrafos escritos a las once de la noche por una mujer que acababa de perder una sociedad, y no tenía ni idea de qué ponía exactamente, y eso, un año después, le daba bastante más miedo que la frase.

No lo abrió, y no lo abrió por una razón que tardó todo el día en admitir.

Iba a su nombre. Podía abrirlo sola, en la cocina, con el café al lado, leerlo dos veces, guardárselo y no decir nada. Eso era exactamente lo que había hecho con el suyo durante un año, y le había salido bien, si salir bien significa que no se entera nadie.

A la una y media se sentó delante de él con el sobre en la mano y el dedo metido por la esquina levantada, y lo dejó otra vez encima de la mesa.

Sagrario llamó a las siete y veinte.

—¿Ha llegado?

—Ha llegado hoy, sí. Muchísimas gracias, Sagrario.

—Cuatro días. —Se oyó pasar una página—. Lo eché el día que dije, ¿eh? Que lo tengo apuntado. Lunes, primer día del invierno, once y cuarto de la mañana, un sobre.

—No lo dudo.

—Es que lo pone aquí. Un sobre, un nombre.

—Otra página—. Yo tengo un cuaderno para esto desde el noventa y seis, ¿sabe usted?

Porque la gente se deja cosas. Se dejan libros, se dejan gafas, se dejan a los niños casi.

Y yo lo apunto todo, la fecha y lo que era, y luego si viene alguien reclamando pues ahí está.

—Muy bien hecho.

—Es que si no, cada uno dice lo que le conviene. Y lo llevé yo andando hasta el buzón de la plaza, que el de la carretera lo vacían cuando les parece.

Se sentó en la silla de la cocina mirando el papel de barba.

—Le agradezco mucho que se acordara.

—Ay, hija, si es que yo estas cosas las cumplo. —Un ruido de vasos—. Oiga, y otra cosa que le quería decir. Que mi sobrino me ha enseñado una cosa en el teléfono.

—Ya.

—Salían ustedes dos en un hielo.

—Salíamos, sí.

—Y me ha dicho que se habían prometido y yo le he dicho que a mí eso no me consta. —Sagrario bajó la voz como si en su cocina hubiera alguien más—. Porque a mí no me consta, ¿verdad?

—No le consta, Sagrario. No hay nada.

—Pues eso le he dicho. Que lo que no está escrito no está.

Cuando colgó, estuvo un rato pensando que en una semana dos mujeres mayores le habían dicho, con palabras distintas, exactamente lo mismo.

Iñigo llegó a las nueve y veinte, con el pelo mojado de la lluvia y una bolsa del chino con dos cervezas y detergente, y vio el sobre desde la puerta de la cocina antes de quitarse el abrigo.

—Ah.

—Llegó esta mañana.

Se quedó de pie con la bolsa colgando. Después dejó la bolsa en el suelo, se sentó, cogió el sobre y le dio la vuelta dos veces sin abrirlo.

—¿Lo abro?

—Es tuyo. Es decir, es mío, va a mi nombre, pero es tuyo. —Celia se apoyó en la encimera—. Ábrelo si quieres.

—¿Y si lo leo en alto?

—Si quieres.

Lo abrió con el cuchillo de la mantequilla, torcido, y sacó un folio doblado en tres.

Carraspeó una vez y empezó, y Celia no reconoció del todo la voz. No la de él, que era la de siempre. La otra. La del que había escrito aquello a las once de la noche en una cocina prestada, cuando todavía no vivían juntos y cuando aún se hablaban de usted en las conversaciones importantes.

Celia:

Sagrario dice que tenemos que escribir algo que no nos atrevamos a decir en voz alta y yo llevo cuarenta minutos con el folio en blanco pensando que esto es un truco de señora de pueblo para que la gente se acueste tarde.

Te escribo esto un sábado. Hace un rato has entrado en la cocina a por agua y te has puesto de puntillas para coger un vaso del segundo estante, y llevo desde entonces sin poder escribir nada, porque lo único que se me ocurría poner era eso, y eso no es una carta.

Lo que no me atrevo a decirte en voz alta es esto.

Me he ido de todos los sitios en los que he estado y siempre he tenido una razón buenísima.

Nunca he tenido que mentir para irme. La razón se me presentaba sola, impecable, con su documentación en regla, y yo la enseñaba en la puerta y me marchaba, y todo el mundo lo entendía, y yo también.

Ojalá dentro de un año no haya encontrado otra razón impecable para marcharme.

No sé cómo se termina esto. Sagrario está apagando las luces.

Iñigo

Dobló el folio otra vez por las mismas rayas y lo dejó encima de la mesa.

En la cocina había un ruido de fondo que Celia no había oído en todo el día y que ahora se oía muchísimo, que era el de la nevera.

—Bueno —dijo él.

—Bueno.

—Tampoco es una novedad.

—No es una novedad. —Celia se sentó enfrente—. Es la primera vez que lo veo escrito.

—Ya.

—Y está bien escrito, cabrón.

Iñigo se rio, una risa corta y agradecida, y se pasó la mano por la boca.

—¿Sigue siendo verdad? —preguntó ella.

—Sí.

—Sí, pero no de la manera de entonces. —Se echó hacia delante con los codos en la mesa—. Entonces era una advertencia. Te estaba avisando. Ahora es una cosa que llevo dentro y que vigilo, como el colesterol.

—Muy romántico.

—Es lo que hay a las nueve y media.

—¿Y cuándo la notas? —dijo Celia—. La razón impecable. ¿Cuándo aparece?

Iñigo tardó en contestar.

—Cuando algo va bien mucho tiempo seguido.

—Ah.

—No es que me aburra. Es que empiezo a pensar en el sitio siguiente, y el sitio siguiente siempre tiene una buena razón.

—Se rascó la ceja—. En Bruselas fue que el corresponsal se ponía malo.

En Beirut fue que había que cubrir a alguien tres meses.

Las dos veces era verdad y las dos veces me convino que fuera verdad.

—¿Y ahora hay alguna?

—Ahora hay una pista de hielo que cierra en marzo —dijo él— y llevo tres días pensando en qué hago yo en abril.

Siguieron los dos quietos.

—Vale —dijo Celia—. Gracias por decirlo.

—No lo estaba diciendo hasta que lo he dicho.

Celia miró el folio doblado. Después miró la puerta de la cocina, y el pasillo, y el mueble bajo de la entrada donde estaba la carpeta de plástico azul con la goma, la de los papeles suyos, la que había traído de su piso y que llevaba cuatro meses en el mismo sitio.

Se levantó, fue, la cogió y volvió con ella.

—Tengo que contarte una cosa —dijo.

Abrió la goma, separó dos facturas y sacó un sobre blanco, normal, de los de a euro el paquete, cerrado, con el nombre de él escrito por fuera con su letra.

Lo dejó encima de la mesa, al lado del otro.

Él lo miró un rato largo.

—¿No la echaste?

—No la eché.

—¿Sagrario dijo que os las echaba las dos y tú...?

—Sagrario nunca tuvo la mía. —Celia se sentó otra vez—. La escribí, la cerré y me la guardé en el bolsillo del abrigo. Ella cogió la tuya y apuntó un sobre y un nombre en el cuaderno, y yo estaba delante y no dije nada. Y me la traje a Madrid.

—Un año.

—Un año.

—¿Y por qué?

Ahí estaba la pregunta, y era la buena, y Celia cayó en que había pasado doce meses preparando la respuesta y de que ninguna de las versiones que tenía preparadas le servía delante de él.

—Porque me daba miedo lo que ponía —dijo.

—¿Y qué pone?

—No.

—Celia.

—No, Iñigo. No te la voy a enseñar y no te la voy a contar.

—Puso la mano encima del sobre, no de manera dramática, sino como se pone la mano encima de un papel para que no se lo lleve el aire—.

Y no es un juego, y no es para que insistas.

Es que si te lo cuento ahora, te lo cuento porque tú has leído la tuya en voz alta, y entonces sería una devolución. Y eso no vale.

—Yo no te estoy pidiendo una devolución.

—Ya lo sé. Pero yo te la estaría haciendo.

Él tuvo los ojos un rato en los dos sobres de la mesa, el de barba abierto y el blanco cerrado, y a ella le pareció, y no le gustó parecérselo, que los estaba encuadrando.

—Vale —dijo él por fin.

—¿Vale?

—Vale. —Levantó las manos—. No me gusta y es que vale. Tú no me has pedido explicaciones de esta en un año y yo no sabía ni que existía la tuya.

—La tuya no la tenía yo. Estaba en un buzón de Segovia.

—Bueno, pues ahora sabemos las dos cosas: que la mía la has leído y que la tuya está ahí. —Señaló el sobre blanco con la barbilla—. ¿Dónde la vas a poner?

—Donde estaba.

—¿En la carpeta?

—En la carpeta.

—¿A la vista?

—A la vista. —Celia metió el sobre entre las dos facturas y cerró la goma—. No la voy a esconder. Quiero que sepas que está.

—O sea que la voy a ver todos los días.

—Sí.

—Es la cosa más cruel que me has hecho nunca —dijo Iñigo, y lo dijo medio en broma y no del todo.

—Puede ser.

—De acuerdo.

—Entonces vamos a hacer una cosa —dijo él—. Y no es una negociación, que ya sé cómo te pones.

—Dime.

—Yo no te voy a preguntar por esa carta. Nunca. Ni de broma ni a las tres de la mañana ni cuando discutamos. —Puso la palma en la mesa—. Y tú, el día que puedas, me la dices. No me la das. Me la dices, con tu boca.

—¿Y si no puedo nunca?

—Pues entonces tendremos un sobre en una carpeta durante cuarenta años y seremos una pareja muy rara.

Celia se rio, y le salió más floja de lo que quería.

—Hecho —dijo.

—Hecho.

Él se levantó a por las cervezas, que llevaban veinte minutos calentándose en la bolsa del chino en el suelo, y abrió las dos con el mechero contra el canto de la encimera, y le dio una.

—Una pregunta y ya no más —dijo—. ¿Es mala?

Ella lo pensó de verdad, que era lo mínimo que se merecía la pregunta.

—No es mala —dijo—. Es peor. Es verdad.

A las once y media, el móvil de Celia se iluminó boca arriba encima de la mesa, al lado de los dos sobres.

Era una notificación de la cuenta del archivo.

Cuarenta y un comentarios nuevos en el desmentido, que llevaba nueve días publicado y que seguía teniendo más tráfico que ninguna otra cosa que ella hubiera hecho en su vida.

Le dio la vuelta al teléfono sin mirarlo.

Aquella noche, cuando él ya dormía, Celia se levantó a beber agua y en el pasillo pasó de lado entre las dos cajas y la pared. En la mesa de la cocina seguía la carpeta azul, con la goma puesta, encima de dos números atrasados de una revista.

La miró desde la puerta.

Después se bebió el agua, abrió la goma de la carpeta, metió el sobre dos facturas más adentro, volvió a cerrarla y la dejó exactamente donde estaba.