Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 6
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—No te estoy pidiendo que te desnudes —dijo Quim.

—Me estás pidiendo que escriba sobre mi vida.

—Te estoy pidiendo una pieza de contexto con un ángulo humano.

—Quim.

—Vale, te estoy pidiendo que escribas sobre tu vida.

—Quim Sanchís se echó para atrás en la silla y se puso las manos detrás de la cabeza, que era lo que hacía cuando se le caía el primer argumento y todavía le quedaban dos—.

Mil doscientas palabras. Lo del hielo lo cuentas en dos párrafos y luego te vas a lo otro, a la pista que cierra, al medio siglo largo, a las ochenta y una pedidas. Eso lo lee muchísima gente.

—Eso lo lee muchísima gente porque se me cayó una cosa al suelo.

—Eso lo lee muchísima gente porque hay una foto buenísima. —se encogió en la silla—. Perdona. Es buenísima.

Lo sabía. Llevaba desde la noche anterior sabiéndolo, y le fastidiaba de una manera muy concreta y muy profesional: que en veinte años haciendo fotos no había hecho ninguna que se hubiera movido así, y la que se había movido así se la había hecho a él una señora desde la tercera fila con un móvil de doscientos euros.

—Mira, te lo pongo de otra manera —dijo Quim, que ya iba por el segundo argumento—.

Esto no es una pieza sobre ti. Es una pieza sobre una pista de hielo que cierra, con una ventana de atención de setenta y dos horas que se nos cierra el domingo.

Tú tienes acceso, tienes el material, tienes a la propietaria y tienes el libro ese de las pedidas, que es un documento buenísimo.

Y tienes, además, una cosa que no tiene nadie más.

—Que soy el de la foto.

—Que eres el de la foto.

—Y eso, en el oficio, se llama ser parte.

—Eso, en el oficio, se llama tener acceso —dijo Quim—. Lo de ser parte lo decides tú.

Iñigo no contestó el tiempo justo para que se notara que el argumento era bueno.

—No la voy a firmar —dijo.

—¿Ni el fenómeno? Sin vosotros. La pista, la campaña, la gente.

—Ese lo firmo, pero ese no es el que quieres.

—No, no es el que quiero.

Quim levantó las palmas y lo dejó ahí, sin insistir, porque llevaban tres años trabajando juntos y sabía a partir de qué punto Iñigo dejaba de contestar.

—Mételo en el registro, ¿vale? —dijo cuando ya se levantaba.

—Sí.

—Es que si no me lo dice Rosa a mí.

—Que sí.

Antes de subir a casa pasó por la pista, porque había quedado con Kike a las siete para hacer unas fotos del cuarto de máquinas y porque quería ver a Gloria por dentro.

Kike le enseñó la máquina con el capó levantado durante veinte minutos y con un nivel de detalle que a Iñigo le pareció desproporcionado y precioso: la cuchilla, que se afila fuera y cuesta lo que cuesta; el depósito de agua caliente, que va a sesenta grados porque el agua caliente congela más limpia; y una pieza pequeña de latón que Kike señaló con el dedo y de la que dijo que era del setenta y nueve y que era la única que no había cambiado nunca.

—¿Y qué hacen con ella cuando esto cierre?

—La venden.

—¿Entera?

—Al peso.

Lo dijo sin ninguna carga, agachado, limpiándose las manos en un trapo, y siguió explicándole lo del agua caliente.

Iñigo hizo dieciocho fotos y ninguna sirvió para la crónica, y las guardó igual.

El registro de conflictos era una hoja de cálculo compartida con cinco columnas y un desplegable, y existía desde el veinticinco de noviembre.

Lo había pedido Rosa Bao por escrito, y en la reunión en que lo explicó dijo dos cosas: que no era un castigo y que iba a ser un coñazo. Las dos eran verdad.

Lo abrió esa tarde en casa, sentado en la mesa que era suya desde antes de que Celia viviera allí.

Periodista. Iñigo Arce.

Asunto. La Aurora.

Naturaleza del vínculo. Ahí se paró un segundo y escribió: relación personal con la productora del archivo audiovisual del mismo encargo. Lo leyó. Le pareció frío y exacto, como tenía que ser.

Alcance. Y ahí se quedó.

Porque «alcance» no era «tengo pareja». Alcance, según el documento de dos folios que él mismo había ayudado a redactar en diciembre, era esto: qué decisiones concretas de tu trabajo pueden verse afectadas por el vínculo.

Qué vas a mirar menos. Qué no vas a preguntar.

Qué fuente no vas a llamar. Qué párrafo no vas a escribir.

Siguió mirando la casilla.

Se sirvió agua, volvió, y siguió mirándola.

La respuesta honesta exigía saber qué iba a pasar en los tres meses siguientes, y no lo sabía. Y la cómoda, la de «ninguno, no firmo piezas sobre el asunto», era falsa, porque estaba escribiendo la crónica del archivo y la productora del archivo dormía a metro y medio.

Escribió: ninguno.

Lo borró.

Escribió: pendiente de determinar.

Lo borró también, porque en una hoja de cálculo que firma la directora, «pendiente de determinar» es una manera muy larga de escribir «no lo he pensado».

Cerró la pestaña.

Se dijo, con esas palabras, que lo importante ya estaba hecho: se había apartado de la pieza. Que apartarse era gestionarlo. Que rellenar una casilla no cambiaba nada y que lo rellenaría el lunes con más información.

Rosa Bao se lo cruzó dos días después en la cocina de la redacción, mientras esperaba a que el microondas terminara con un táper.

—¿Cómo va lo del hielo?

—Bien. Cerrando entrevistas.

—Me alegro. Salió preciosa la foto. —Rosa cogió el táper, se quemó, lo soltó en la encimera—. Y ya has metido lo tuyo en el registro.

No era una pregunta y tampoco era del todo una afirmación. Era la manera que tenía Rosa de dejar una puerta abierta durante dos segundos.

—Sí —dijo Iñigo.

—Muy bien.

Y se fue con el táper cogido con un trapo.

La campaña la lanzó Bea el jueves a las siete de la tarde, y era mejor de lo que Iñigo esperaba, que fue lo primero que le molestó.

—Mi prima dice que esto es una activación —dijo Bea—. Yo no sé lo que es una activación. Yo lo que sé es que si consigo tres mil euros antes de febrero, el club puede pedir la franja del sábado en la municipal y los críos siguen.

—Eso no es una activación. Eso es un presupuesto.

—Pues eso le he dicho yo.

Se llamaba LA ÚLTIMA PREGUNTA. Fondo azul hielo, letras gordas, un cartel para la cristalera de la cafetería, una cuenta nueva y un formulario. El texto principal decía esto:

Desde 1971, en esta pista se han hecho ochenta y una preguntas. La respuesta está escrita a mano en un libro que sigue en el despacho. En marzo cerramos. Antes de que cerremos, cuéntanos la tuya.

Debajo, en pequeño: Y si quieres que esto no se acabe, aquí abajo hay tres cosas concretas que puedes hacer.

Y las tres cosas eran concretas, que fue lo segundo que le molestó. No había ni una palabra sobre salvar nada, ni sobre la magia, ni sobre los recuerdos de tu infancia.

Uno. Ven a patinar. Los martes por la mañana están medio vacíos.

Dos. Si aprendiste aquí, cuéntanoslo en este formulario. Tardas cuatro minutos y va al archivo.

Tres. La clase de los sábados necesita un sitio a partir de marzo. Si trabajas en el distrito o en una instalación municipal, escríbenos.

Ni un corazón. Tres verbos y un formulario.

—No sale vuestra foto —dijo Bea. Estaban en la cafetería, con la cristalera detrás y el cartel apoyado en dos sillas—. Mírala entera. No está.

—Ya la he mirado entera.

—Ni la foto, ni vuestros nombres, ni la palabra prometidos. Nada. Lo he repasado cuatro veces con mi prima, que es la que sabe de esto.

—Ya lo sé, Bea.

—Es que quiero que lo sepas.

Iñigo cogió el móvil y abrió la cuenta nueva. Doce publicaciones en dos horas. Ocho eran suyas, de la pista, de los niños, del cartel de SOLO CALCETÍN LARGO, del cierre. Y cuatro eran publicaciones de otra gente, compartidas con el botón de compartir, tal cual, sin tocar.

De esas cuatro, tres hablaban de la pedida.

—Estas.

—Esas no son mías —dijo Bea.

—Ya sé que no son tuyas. Están compartidas en tu cuenta.

—Compartidas con el botón. —Se cruzó de brazos—. Es una función de la aplicación, Iñigo. La aprieto y sale ahí. Yo no he escrito nada.

—En una de ellas pone que os habéis prometido.

—Y en el post de Celia pone que no, y ese también lo compartí, el primero.

—Bea no levantó la voz ni una vez en toda la conversación, y eso fue lo tercero—.

Yo no voy a escribir en ningún sitio que estáis prometidos, porque no lo estáis y porque sería mentira.

Y tampoco voy a ir por ahí, cuenta por cuenta, corrigiendo a doscientas mil personas. Eso no lo puede hacer nadie. Ni tú.

Ahí estaba el hueco, y Iñigo lo vio con la nitidez con la que se ven las cosas cuando llevan tu propio oficio dentro. No había una sola frase falsa. Había un espacio, del tamaño exacto de lo que la gente quiere creer, y alguien había decidido no llenarlo.

Podía decírselo. Tenía las palabras: que dejar sin corregir es una forma de decir, que el silencio también es material, que él llevaba veinte años viviendo de eso.

No lo dijo.

Se guardó el móvil y pensó, con una sensación bastante desagradable, que si Celia hubiera estado allí lo habría dicho ella en dos frases, y que él se había callado, y que además se había callado a favor.

—Se ha llenado el sábado —dijo Bea entonces, cambiando de sitio el cartel—. Y el domingo. Y la sesión de tarde del viernes, que llevaba sin llenarse desde antes del covid. Teresa ha tenido que sacar los patines del almacén, los del cuarenta y dos, que estaban en cajas.

—¿Cuánta gente?

—Cuatrocientos veinte el fin de semana. Normal son ciento cuarenta.

Bea sacó el móvil, buscó y le pasó un correo abierto.

Era de una cadena de tiendas de deporte, cuarenta establecimientos, y estaba escrito por alguien de un departamento que se llamaba Marca y Comunidad. Pedían una llamada. En el segundo párrafo, sin rodeos, hablaban de un patrocinio de temporada y ponían una cifra.

Quince mil euros.

—Eso es la fianza del club —dijo Bea—. Y el seguro. Y escanear el libro de la señora. Y cuatro entrevistas de las vuestras, que sé que os faltan cuatro.

Le devolvió el móvil.

—Deberías hablarlo con Teresa —dijo.

—Ya, es que va a decir que no.

—Es que a lo mejor tiene razón.

—Iñigo. —Bea cogió el cartel por los dos lados y lo levantó para llevárselo a la cristalera—. Yo el sábado tengo treinta críos en esa pista y en marzo no voy a tener ninguno. Dime tú qué es tener razón.

Esa noche, en casa, Celia estaba en la mesa de la cocina con el portátil, la libreta y tres presupuestos de escaneo abiertos en pestañas, buscando quién le hacía por menos de seiscientos euros lo que Aurelio Sada le iba a hacer gratis.

—¿Qué tal en la redacción? —dijo sin levantar la vista.

—Quim quería que escribiera una pieza sobre lo nuestro.

—¿Y?

—Que no.

—Bien. —Marcó una casilla—. ¿Y se ha enfadado?

—Quim no se enfada. Quim vuelve en enero con la misma idea y otro nombre.

Celia se rio y siguió con los presupuestos, y él se sentó enfrente con una cerveza y estuvo un rato mirándole la coronilla.

Podía decirlo ahí. Hay una hoja de cálculo con mi nombre y una casilla vacía. Eran once palabras.

No dijo nada, y no lo pensó como un silencio, que es exactamente el problema de los silencios de esa clase. Lo pensó como que ya lo haría el lunes.