Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 5
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A las siete y cuarenta de la mañana, la fotografía tenía cuarenta y un mil compartidos y ya no era suya.

El primer mensaje era de Vanesa y había entrado a las once y veinte de la noche.

Celia perdona!! te juro que yo no la he subido a ningún sitio la he puesto en mi facebook que lo tengo privado, solo amigos y me ha escrito mi cuñada que la ha visto en un grupo yo no se como se hace eso

Celia lo leyó sentada en el borde de la cama con el pie derecho en alto, porque la ampolla había decidido pasar a la segunda fase durante la noche, y reconstruyó el recorrido en cuatro minutos, porque estaba a la vista y porque ese trabajo lo había hecho cuatro años y todavía lo tenía en los dedos.

El Facebook privado de Vanesa. Una amiga de Vanesa que hace una captura.

Un grupo del barrio, de esos de cuatro mil personas que se usan para denunciar contenedores.

De ahí a una cuenta que se llama Sucede en Madrid , trescientos mil seguidores, que la publica a las siete y cuarto de la tarde con un texto de tres líneas que empieza «HOY EN UNA PISTA DE HIELO DE MADRID». De ahí a todo lo demás.

Nadie había mentido. Ese era el detalle, y le interesó incluso a las siete y cuarenta de la mañana. La cuenta grande no decía que se hubieran prometido. Decía «hoy en una pista de hielo de Madrid» y ponía tres emojis, y lo demás lo habían puesto los cuatro mil quinientos comentarios de debajo.

Un digital del distrito lo había levantado a las nueve de la noche con el titular «La pedida de La Aurora emociona a Madrid en el último invierno de la pista» y un párrafo entero sobre el cierre que estaba, además, bien documentado.

—Han escrito bien lo del edificio —dijo, en voz alta, a nadie.

Lo que más le fastidiaba, y lo pensó con toda claridad mientras se ponía una tirita mal, era que la cuenta grande lo había hecho bien.

Ni una mentira. Trescientas mil personas, tres emojis y un condicional implícito, y el trabajo sucio hecho gratis por los de abajo.

Ella había firmado cosas peores por dinero.

Iñigo apareció en la puerta con el móvil en la mano y la cara de haber visto lo mismo.

—¿Lo desmentimos?

—Lo desmentimos.

Lo escribieron en la mesa de la cocina en veinte minutos, discutiendo tres palabras, y eso era lo que se tardaba en escribir algo así cuando lo escribían los dos. La aclaración salió a las ocho y veinticinco en las dos cuentas que tenía, la suya y la del archivo.

Aclaración, porque se está contando otra cosa. No hay ninguna pedida. Ayer se le cayó al hielo un estuche a un compañero, se agachó a recogerlo y desde la grada pareció lo que no era. Nadie preguntó nada y nadie contestó nada.

Estamos documentando la última temporada de La Aurora, una pista de hielo que cierra en marzo después de más de medio siglo. Si la foto os ha gustado, lo que hay detrás es mucho mejor y es verdad.

Iñigo publicó lo mismo con sus palabras y una frase más seca al final: No estamos prometidos. Gracias.

A las nueve, la aclaración tenía ciento diez compartidos.

A las nueve, la fotografía iba por cincuenta y cuatro mil.

Y a las nueve y media Celia entendió, leyendo las respuestas de arriba abajo con el café frío al lado, que había gente para la que su desmentido era una parte más de la historia.

Qué monos, negándolo para que no se sepa hasta la boda

Osea que se agachó con el anillo en la mano y no le preguntó nada. Chica, huye

ESTO ES PUBLICIDAD DE LA PISTA. Espabilad

Yo estuve allí y sí que se lo pidió, yo lo vi

Ese último era de un perfil con foto de perro que, según su propia biografía, vivía en Alicante.

Buenos días, tenemos finca para bodas en Torrelodones, 120 comensales, escríbeme por privado

—Hay una señora que nos ofrece una finca —dijo.

—¿Buena?

—Ciento veinte comensales.

—Dile que somos ocho.

Teresa llamó a las diez y media, y fue la conversación más corta del día.

—¿Lo ha visto? —dijo Celia.

—Me lo ha enseñado Bea.

—Teresa, lo siento mucho. Hemos publicado un desmentido en dos sitios esta mañana y...

—Ya lo he leído. Está bien escrito.

—Es que la cláusula cuarta la puso usted precisamente para esto.

—La cláusula cuarta la puse yo para que ustedes no salieran en el material. —Al otro lado se oyó abrirse un cajón—. Y en el material no salen. Lo que haga la gente con un teléfono desde mi grada no lo pone ningún contrato.

—Aun así.

—Aun así nada. Yo llevo media vida viendo a la gente pedirse cosas encima de mi hielo y no me he muerto de eso. —Una pausa—. ¿Va a venir usted hoy?

—A las dos menos cuarto.

—Traiga los patines de ayer. Los del treinta y nueve están dados de sí y le van a ir mejor.

Y colgó.

A las diez y media, antes que Teresa, llamó Ruth.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Te lo pregunto por una cosa práctica, no por cariño. —Ruth hablaba así—. El viernes tenemos jornada con Rosalía y Amancio. Si esto sigue así el viernes, va a haber gente en la puerta.

Celia no había pensado en eso.

—¿Tú crees?

—Yo creo que ese sitio hoy tiene ochenta mil personas sabiendo que existe y que hasta el jueves no lo sabía nadie. —Un ruido de fondo—. Y si el viernes hay gente en la puerta, la señora de ochenta y muchos que va a estar contando lo de su marido se va a poner nerviosa.

—Ya.

—Yo lo que digo es que lo hables con la dueña y que cerréis la pista esa mañana.

Celia lo apuntó, y esa fue la primera consecuencia real de la fotografía, once horas antes de la segunda: dos horas de sesión de mañana que La Aurora no abrió el viernes veintiséis, y que Teresa Belmonte aceptó cerrar sin discutirlo y sin cobrarle a nadie la diferencia.

A las once y cuarto llamó Aurelio Sada.

Sada era de la imprenta de la calle de atrás, y en noviembre, cuando Celia bajó a preguntar por presupuestos, le había dicho que no le cobraba nada.

Su madre había aprendido a patinar en La Aurora en el año setenta y tres.

Se ofreció a escanear el libro de contabilidad entero, ochenta y una entradas y las tapas, con la máquina buena, la de plano, la que no dobla el lomo.

Eso eran seiscientos euros de trabajo que ella no tenía y que no había presupuestado porque no hacía falta presupuestarlo.

—Celia, buenos días, mire, que la llamo yo antes de que me llame usted.

—Dígame, Aurelio.

—Que lo del escaneo lo vamos a dejar.

Ella se apoyó en la encimera.

—¿Ha pasado algo?

—Es que me han escrito. —Se le oía andar, y de fondo la máquina—. Anoche y esta mañana. Que si me estoy aprovechando de una pareja para hacerme publicidad. Uno me ha puesto una reseña de una estrella y en la reseña ni siquiera habla de la imprenta, habla de ustedes.

—Aurelio, eso es una tontería, no tiene nada que ver...

—Ya sé que es una tontería. —Se paró—. Pero yo tengo aquí a mi hijo trabajando y esto es un barrio, y a mí lo de internet no me lo ha enseñado nadie. Yo lo hacía por mi madre. Lo hacía por mi madre y con mucho gusto, y ahora no lo quiero hacer.

—¿Y si no ponemos su nombre en ningún sitio?

Hubo un silencio de tres segundos que Celia reconoció, porque era el mismo silencio con el que había perdido dos clientes en su vida anterior.

—No, hija. Lo vamos a dejar. Y no es por usted, ¿eh? Que quede claro. Yo la vi a usted el otro día apuntando cosas en una libreta y me pareció una chica muy seria.

—Aurelio.

—Que le vaya muy bien.

Colgó y siguió con el móvil en la mano un rato largo.

Seiscientos euros. Un archivo de ochenta y una entradas escritas a mano que ahora había que escanear en algún sitio y pagar, y ella tenía cuatro mil doscientos para el trabajo entero, la mitad cobrados, y dos entrevistas presupuestadas.

Lo apuntó en la libreta con la letra fea. Escaneo: cae Sada. 600 aprox. Buscar.

Debajo escribió, y luego lo tachó, y luego lo volvió a escribir:

Se ha caído porque hemos dicho la verdad.

Nieves llamó a las doce, y la primera frase fue:

—Bueno, bueno, bueno.

—No.

—Si no he dicho nada.

—Has dicho «bueno» tres veces.

—Celia, escúchame dos minutos. —Nieves cambió de tono, al de las reuniones buenas—.

Ese vídeo que tienes de ayer, el de los niños entrando, lo pones mañana y te lo ven doscientas mil personas.

Doscientas mil. Y a mí eso me abre puertas para el archivo, que es lo que tú quieres.

No te estoy pidiendo que digas nada que no sea verdad.

—Ya lo sé.

—Es que ni siquiera hay que decir nada. Solo hay que no borrarlo.

—¿Y cuando la gente entre a ver el vídeo de los niños pensando que va a ver una pedida?

—Pues ve a unos niños patinando, que es mucho mejor.

—Y se va.

—Y se va, sí. Y de cada mil que se van, hay veinte que se quedan. —Nieves hizo una pausa de vendedora—. Eso no lo he inventado yo, Celia. Eso funciona así desde antes de que tú y yo naciéramos.

—Nieves.

—Vale. Vale, vale. Piénsalo tú, que para eso lo llevas tú. —Y antes de colgar—: Oye, ¿y tú estás bien?

Celia dijo que sí.

A la una y media la llamó el chico del digital del distrito. Se llamaba Rubén, tenía la voz de tener veinticuatro años y fue honesto desde la primera frase.

—Te llamo porque he leído tu aclaración y quiero corregir la pieza.

—Te lo agradezco mucho.

—¿Me puedes dar una frase?

Celia se lo pensó y le dio dos, y las dio bien, porque llevaba doce años redactando frases para que las citara otro.

—No hubo pedida. Hubo un estuche que se cayó al hielo y un compañero que se agachó a recogerlo. Lo que sí hay es una pista de sesenta metros que cierra en marzo después de más de medio siglo, y ochenta y una historias apuntadas a mano en un libro que nadie ha leído nunca.

—Estupendo. Gracias.

Publicó la corrección a las dos y diez, con la frase entera y bien puesta. El titular decía: No era una pedida, pero La Aurora ya tiene su historia de amor .

Debajo, la fotografía.

Llegó a La Aurora a las dos menos cuarto, cojeando, con dos cafés y la cámara pequeña, y lo primero que vio fue que había cola.

No mucha. Once o doce personas en la acera, a una hora en la que allí no había habido nunca nadie, con el frío de diciembre y los abrigos buenos. Dos chicas de unos veinte años se estaban haciendo una foto delante del rótulo al que le faltaban dos letras.

Dentro, en la ventanilla, una señora con un niño de la mano le preguntaba a Bea si aquello era donde había sido.

—Donde ha sido el qué —dijo Bea.

—Lo de la pedida.

—Es una pista de hielo, señora. Son doce euros la sesión y los patines van aparte.

Cuando la señora se fue, Bea siguió colocando patines por tallas con una lentitud que no era suya.

—Llevo desde ayer queriendo hablar contigo —dijo Bea— y llevo desde ayer sin saber cómo empezar, así que empiezo mal. ¿Vale?

—Vale.

—No borres el post.

Celia dejó los dos cafés en el mostrador.

—El del desmentido. —Se limpió las manos en el pantalón—.

No lo borres. Ya sé que estás hasta el moño y que te está escribiendo medio país para decirte cosas que no le has preguntado.

Pero es que ese post lo han leído ciento cincuenta mil personas y dentro pone «La Aurora». Con nombre. Y pone «cierra en marzo».

—Bea...

—Yo llevo cuatro años pidiendo cosas. He pedido en el distrito, he pedido en la federación, he mandado dieciocho correos a gente que no contesta y he estado en tres reuniones donde me han dicho que ellos por su parte encantados.

—Hablaba rápido, sin dramatismo, como el que recita una lista de la compra—.

Y en doce horas ha escrito más gente sobre esta pista que en cuatro años.

Yo eso no lo he provocado y tú tampoco. Pero está ahí.

—Es una foto de una cosa que no ha pasado.

—Ya. Y el desmentido dice que no ha pasado, y está firmado por ti, y yo lo que te estoy pidiendo es que lo dejes puesto. —Levantó la vista—. Nada más. No te estoy pidiendo que digas otra cosa. Te estoy pidiendo que no quites la única vez que se ha leído el nombre de este sitio fuera del barrio.

Detrás de ellas, en la cafetería, el teléfono de pared llevaba sonando desde las diez y media y Teresa lo había cogido siete veces.

Celia miró el móvil. La aclaración tenía doscientos treinta y un compartidos, cuatrocientos y pico comentarios y, dentro, dos veces el nombre de La Aurora y una fecha de cierre.

No lo borró.