4
Trabajaron cuarenta minutos más y fueron los cuarenta minutos más largos de su vida profesional.
Iñigo hizo ciento diez fotos con un estuche granate en el bolsillo interior, la cremallera subida hasta el tope y la mano yendo a comprobarlo cada cinco minutos como si tuviera un tic.
Encuadró a Bea repartiendo conos. Encuadró a Bruno cayéndose por cuarta vez.
Le salieron bien, porque eso lo sabía hacer con fiebre y con resaca y con lo que hiciera falta, y a la vez notaba en la nuca a las siete madres de la tercera fila, que ya no miraban a sus hijos.
Nadie les dijo nada, y eso fue lo raro. Nadie se acercó a preguntar y nadie se acercó a felicitar, y aquella educación colectiva era peor que si se hubieran acercado, porque significaba que doscientas personas habían decidido a la vez que aquello era delicado.
Una de las madres le sonrió desde la barandilla cuando pasó por delante. Fue una sonrisa entera, de las que se le hacen a la gente que acaba de conseguir algo.
Iñigo le devolvió media, porque no supo qué otra cosa hacer con la cara, y en cuanto la devolvió supo que aquello también iba a contar.
A las tres menos cuarto Celia dijo que ya estaba, y se fueron al vestuario.
La taquilla veintitrés no abría.
Celia llevaba dos minutos metiendo la llave de plástico con la goma naranja, sacándola, girándola del otro lado y volviéndola a meter, sentada de lado en el banco con los patines todavía puestos porque para descalzarse necesitaba las zapatillas, y las zapatillas estaban dentro de la taquilla veintitrés.
—Dale un golpe —dijo Iñigo.
—Ni se te ocurra decirme que le dé con el canto.
—Yo no he dicho nada.
Al final vino Kike con un destornillador plano, metió la punta por la ranura de arriba, hizo palanca dos centímetros y la puerta se abrió sola con un ruido de lata.
—Hay que darle antes de girar —dijo.
—¿Antes de girar?
—Antes.
Y se fue, y aquella fue la explicación completa.
En la puerta, Bea estaba recogiendo los calcetines largos en una bolsa de basura y contándolos de dos en dos.
—Faltan seis.
—Siempre faltan seis —dijo Marga desde el pasillo.
—Es que la gente se los lleva puestos.
—Pues claro que se los lleva puestos. Si están calientes.
El vestuario estaba a la misma temperatura que la pista y olía a goma, a pies y al desinfectante rosa que usaba Marga.
Quedaba una señora del grupo de los martes secándose el pelo con una toalla en la esquina y hablando por el manos libres a un volumen de sala de espera.
Se sentó en el banco de enfrente, se soltó los patines y esperó.
Cuando Celia se quitó el calcetín izquierdo tenía una ampolla del tamaño de una moneda de dos euros en el talón.
—Guau —dijo él.
—No mires.
—Es que es preciosa.
—Que no mires.
—Tiene forma de Portugal.
Ella le tiró el calcetín, que era uno de los calcetines largos de alquiler, blancos con dos rayas azules, que Bea repartía en la puerta como quien reparte munición, y que después de dos horas dentro de un patín del treinta y nueve alquilado ya no eran del todo un objeto textil.
La señora del secador se despidió de su hermana, recogió, dijo hasta el martes y se fue.
Y entonces Estuvieron los dos solos en un vestuario de veinte metros cuadrados, a cuatro grados, con la puerta abierta al pasillo y el eco del motor de Gloria al fondo, y Iñigo entendió que aquel era el momento y que iba a ser exactamente ahí, sentado, con un patín puesto y otro no.
—Lo recogí esta mañana —dijo.
Celia dejó de frotarse el pie.
—Lo aparté en octubre. He estado pagándolo desde entonces. —Se oyó a sí mismo empezar por la logística, como siempre, y decidió seguir por ahí porque era lo único que le funcionaba—. Hoy tenía mesa a las nueve, en la calle Belén, en un sitio con la peor luz de Madrid. Elegí ese sitio a propósito.
—¿Por la luz?
—Porque ahí no sale bien ninguna foto.
Ella soltó una risa muy corta, de una sola sílaba, y luego se le fue de la cara enseguida.
—Iba a pedírtelo esta noche —dijo Iñigo—. Sin nadie delante. Eso era todo el plan. El plan era que no hubiera plan, un sitio feo y tú y yo.
—Y luego se me ha caído de un bolsillo delante de doscientas personas.
—Cuarenta.
—Parecían doscientas.
—Cuarenta y dos, contando a los niños. —Ella se apretó el talón con el pulgar—. Lo he mirado en el material.
—¿Has mirado el material?
—He mirado el material a las cuatro de la tarde, sí, porque soy así de sana.
—¿Y qué se ve?
—Se ve un hombre agachándose a coger una cosa que se le ha caído. —Se le movió algo en la cara y lo dejó pasar—. Y se ve a una tía girándose. Y no se ve nada más, porque yo estoy en el eje y la cámara está donde yo la puse.
—¿Y desde la grada?
—Desde la grada no lo sé, porque desde la grada no había cámara mía.
Ella bajó la vista al suelo de goma, esa goma con relieve de burbujas que hay en todos los vestuarios de todos los polideportivos de España, y él la dejó estar. Sabía esperar. Era lo único que sabía hacer del todo bien.
—¿Me lo estás preguntando ahora? —dijo ella.
—No.
—De acuerdo.
—No te lo estoy preguntando ahora porque ahora sería contestar a otra cosa. —Se agachó a soltarse el segundo patín para no tener que mirarla—. Te lo estoy contando. Es distinto.
—Es distinto —repitió Celia, y sonó a que se lo estaba apuntando.
Se puso las zapatillas sin calcetines, con el talón por fuera, cojeando, y anduvo hasta la puerta y la cerró.
Después volvió y se sentó a su lado en el mismo banco, cadera contra cadera, mirando los dos a la fila de taquillas de enfrente, que era la única postura desde la que aquella conversación era posible.
—Yo quiero —dijo ella.
Iñigo notó que le pasaba algo en el pecho y no hizo nada al respecto.
—Quiero, ¿eh? —siguió Celia—. Que quede claro, porque llevo desde las dos y cuarto pensando en cómo se dice esto sin que parezca un no. Casarme contigo lo he pensado. Lo he pensado bastante y no me da miedo ni me parece antiguo ni me parece innecesario.
—Vale.
—Y aun así, si me lo preguntas hoy, te digo que no.
—Hecho.
—No es vale.
—Un poco sí es vale. —Se apretó el puente de la nariz—. ¿Por qué?
Celia tardó en contestar, y cuando lo hizo empezó por donde empezaba ella siempre, que era por un número.
—¿Cuánto pago yo aquí?
—¿Cómo que cuánto pagas?
—En casa. Cuánto pago.
—La mitad de los gastos.
—La mitad de los gastos. —Se giró un poco hacia él—. ¿Y la casa de quién es?
Iñigo no contestó.
—La casa es tuya. La compraste tú hace nueve años y la estás pagando tú, y yo pago la mitad de la luz, del gas y de internet, y me parecía muy limpio en agosto y en diciembre me parece una manera muy elegante de no decidir nada.
—Hablaba deprisa, sin subir la voz—. Si nos casamos, ¿yo qué soy?
¿Sigo pagando internet? ¿Entro en la hipoteca? ¿Con qué, Iñigo? ¿Con la media jornada?
—Podemos mirarlo.
—¿Tú sabes lo que cobro?
Iñigo abrió la boca y la cerró.
—Ya —dijo Celia—. Yo tampoco sé lo que cobras tú.
Sé lo que cobrabas en junio porque me lo contaste una noche en una terraza, y de eso hace medio año.
Llevamos cuatro meses viviendo en la misma casa, hemos hecho la declaración cada uno por su lado y no hemos visto un número el uno del otro en la vida.
—Nunca ha hecho falta.
—No ha hecho falta porque la casa es tuya y porque yo he ido pagando la mitad de lo que se podía dividir en dos. Eso no es un acuerdo, Iñigo. Eso es una manera de no discutir.
—Podemos mirarlo —repitió él, y esta vez sonó a otra cosa.
—Pues eso es lo que estoy diciendo. Que hay que mirarlo.
—Se le quebró un poco al final y lo tapó tosiendo—.
Que yo no quiero decir que sí a la boda.
Quiero decir que sí a la vida, y la vida no la hemos hecho todavía.
Tenemos una casa tuya, un trabajo mío que dura tres meses, dos cajas en el pasillo y una caldera que funciona a hostias.
—Y una cláusula cuarta.
—Y una cláusula cuarta.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. En el pasillo, Marga arrastró el cubo.
—Entonces qué —dijo él.
—Entonces lo hablamos. En serio, con papeles y con números, como hablamos las cosas del trabajo.
—¿Cuándo?
—Un martes.
Iñigo levantó la cabeza.
—¿Qué pasa? —dijo ella.
—Nada.
—Dilo.
—Que esta mañana te he propuesto un martes para las cajas.
Celia se paró con el patín en la mano, y por la cara que puso, él supo que no lo había visto venir y que ahora ya no lo iba a poder dejar de ver.
—Vale —dijo ella—. Pues el mismo martes las dos cosas. Y si te digo que ese martes no puedo, me lo recuerdas.
—No me gusta ser el que te lo recuerda.
—Ni a mí que lo seas. —Ella se levantó y le tendió la mano para que se levantara, que era una cosa que hacía cuando quería cerrar un tema sin cerrarlo del todo—. Pero es mejor eso que lo otro. Y luego me lo preguntas.
—¿Cuándo?
—Cuando sepamos cuánto cuesta.
Llamó al restaurante desde el aparcamiento, con el móvil entre la oreja y el hombro y las llaves en la mano.
—Arce, para dos, a las nueve. Que lo tengo que anular.
—Vaya, qué pena. ¿Todo bien?
—Sí, sí. Es que nos ha surgido algo.
En el coche, parados en un semáforo de la avenida, Celia se quitó la zapatilla y puso el pie encima del salpicadero para mirarse la ampolla a la luz de la farola.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?
—Dime.
—Que hoy ha sido un día buenísimo de trabajo. —Se puso la zapatilla otra vez—. Tengo a los niños entrando, tengo a Kike sacando la máquina, tengo a una señora de ochenta años contándome un no de mil novecientos setenta y nueve y tengo el libro entero por delante. Y me voy a acordar de la otra cosa.
Iñigo puso el intermitente y no dijo nada, porque no había nada que decir que no fuera peor.
Cenaron una pizza en la cocina, a las diez y cuarto, con la caldera encendida a golpes y el termostato en diecinueve, y no volvieron a hablar del tema hasta el postre, que fueron dos yogures.
—Una cosa —dijo Celia—. ¿Lo tienes aquí?
—Está en el abrigo.
—¿Lo puedes dejar en el abrigo?
—Sí.
—Gracias.
—¿Quieres verlo?
—No. —Le apuntó con la cuchara—. Y no me lo describas.
Iñigo levantó las manos.
—Una pregunta tonta —dijo ella después, rascando el fondo del yogur—. Si nos casáramos. Digo si. ¿Quién vendría?
—¿De mi parte?
—De tu parte.
Iñigo lo pensó de verdad, que era lo mínimo que se merecía la pregunta.
—Mi hermano. Mi cuñada. Los dos críos, si no están de exámenes. Quim. Marisa, de la agencia. Y luego cuatro o cinco personas con las que he trabajado en sitios raros y a las que no veo desde hace años, que vendrían todas.
—O sea, doce.
—Doce.
—De mi parte son cuarenta y uno —dijo Celia—. Y no porque yo sea muy querida. Es porque mi madre tiene seis hermanos y porque si no invito a la tía Pura se organiza un problema que dura una década.
—Cuarenta y uno.
—Cuarenta y uno. Y todos duermen en Madrid, o sea que hay que buscarles sitio. —Dejó la cuchara—. ¿Ves? Esto tampoco lo habíamos hablado nunca.
—Esto no es dinero.
—Esto es dinero exactamente. —Se rio, y por fin se rio de verdad—. Son cuarenta y una cenas.
Iñigo levantó las manos.
Después ella recogió los dos platos, y al ir a meterlos en el fregadero se paró con el agua corriendo y dijo, de espaldas:
—Es que es un anillo bonito, seguro, y si lo veo me pongo a pensar en lo que vale, y llevo todo el día pensando en lo que valen las cosas.
Iñigo no dijo nada. En el bolsillo del abrigo, en el perchero de la entrada, había un estuche granate con un plazo de treinta días naturales escrito y subrayado dos veces con rotulador fosforito, y ese era exactamente el tipo de cosa que en aquel momento no se podía decir en aquella cocina.
Se acercó por detrás, le apartó el pelo del cuello y la besó ahí, en el sitio de siempre.
—¿Es un plan o es una gestión? —dijo ella con el agua todavía abierta.
—Es un plan.
Cerraron el grifo, apagaron la luz de la cocina y no llegaron al dormitorio, y a mitad del pasillo Celia le dio con la pantorrilla a la caja de arriba y las dos se movieron veinte centímetros hacia la puerta del baño.
—Espera.
—¿Te has hecho daño?
—Espera, espera. —Se rio contra su boca—. La ampolla.
—Ah.
—No, la ampolla no. Espera. —Le cogió la cara con las dos manos—. ¿Estás bien?
—No lo sé.
—Vale. Eso me vale más que un sí. —Le tiró de la camiseta hacia arriba—. Ven.
Fue rápido y fue de los dos, y fue también la primera cosa de todo el día que no había visto nadie más: con las persianas bajadas desde por la tarde y sin encender ninguna luz, con la casa a diecinueve grados y la ropa por el suelo del pasillo, y en algún momento Iñigo entendió que llevaba once meses sin pensar ni una sola vez en dónde estaba la cámara, y de que aquella tarde había sido la primera en la que alguien había apretado un botón sin preguntarle.
Aquí no. Aquí no había nadie mirando.
Se lo dijo, o dijo algo que sonaba a eso, con la boca en su hombro, y Celia le contestó que se callara y que siguiera, en ese orden.
Después acabaron en el suelo del pasillo con la espalda contra la pared, respirando fuerte, ella con una pierna encima de las suyas y las dos cajas torcidas al lado.
—Habría que ponerlas —dijo Iñigo.
—Mañana.
Ninguno de los dos las puso, y las dos cajas siguieron así toda la noche, veinte centímetros más cerca de la puerta del baño, y a la mañana siguiente Celia entró de lado y no abrió la boca, y él tampoco.